Obituario | Fallece la actriz cubana Adela Legrá, una de los rostros del clásico “Lucía”
Su autenticidad y fuerza en pantalla no solo cautivaron al público nacional, sino que la elevaron al símbolo de la identidad femenina cubana.
La cultura cubana despide a la actriz Adela Legrá, que falleció este 2 de enero en Santiago de Cuba a los 86 años. Adela nació en Caimanera, Guantánamo en 1939. Es uno de los rostros más memorables del cine cubano de los años sesenta por su papel en el clásico (Lucía,1968, de Humberto Solás).
Entre otros filmes donde participa Adela, se encuentran: (Manuela, 1967, director Humberto Solás); (Rancheador, 1976, director, Sergio Giral); (El Brigadista, 1978, director, Octavio Cortázar); (Adorables mentiras, 1992, director, Gerardo Chijona); (Tirano Banderas, 1993, director, José Luis García Sánchez); (Derecho de asilo, 1993, director, Octavio Cortázar); (Maite, 1994, directores, Eneko Olasagasti y Carlos Zabala); (Miel para Ochún, 2001, director, Humberto Solás); (Barrio Cuba, 2005, director, Humberto Solás); (De arriba pa bajo y De abajo pa rriba,2007, director, Humberto Solás); (Amor crónico, 2012, director, Jorge Perugorría) y (Café amargo, 2012, director Rigoberto Jiménez).
Adela Legrá: el rostro popular de la mujer cubana
La actriz nace en un entorno campesino y sin formación actoral. Llegó al cine tras años de trabajo agrícola en el oriente del país. Su interpretación de la campesina en Lucía, la convirtió en referente de una feminidad popular, fuerte y silenciosa, pocas veces narrada con dignidad en la pantalla.
Sin embargo, aquella consagración no se tradujo en una trayectoria sostenida. Como tantas mujeres en la cultura cubana, su carrera quedó marcada por la intermitencia, los papeles secundarios y la necesidad de sobrevivir en otros oficios. Incluso dentro del propio mundo del cine.
El fallecimiento de Adela Legrá marca el fin de una era para el cine cubano, pues se despide a una de sus figuras más emblemáticas y naturales. Mientras ella trabajaba en las montañas de Oriente, pasó de ser de una joven campesina a convertirse en un ícono cinematográfico, gracias a su interpretación de la tercera Lucía, el segmento que retrataba a la mujer en la Cuba post-revolucionaria.
Su carrera quedó marcada por la intermitencia
Su autenticidad y fuerza en pantalla no solo cautivaron al público nacional, sino que la elevaron al símbolo de la identidad femenina, representando con una dignidad inigualable, la lucha por la autonomía y la emancipación en un contexto de profundos cambios sociales.
El reconocimiento simbólico no vino acompañado de condiciones materiales, ni de continuidad profesional. Adela Legrá regresó al cine en la madurez, en Miel para Oshún y Barrio Cuba, ya convertida en figura de memoria. Su historia —rescatada tardíamente por documentales— revela una verdad incómoda: el talento femenino, cuando proviene de la pobreza y de los márgenes, suele ser celebrado pero no sostenido.
Adela Legrá no fue solo una actriz; fue el rostro de una época y una gran representación de la mujer cubana en la pantalla grande. Su partida deja un vacío inmenso en el cine iberoamericano.
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