The Show Must Go On: ¿Resistir cuando todo se derrumba?
“Cuando la vida se te convierte en sobrevivir, cuando el futuro no existe, el miedo deja de ser una protección y se convierte en tu propia cárcel.”
Cuba en pie entre la presión y promesas vacías
En Cuba el solo hecho de levantarse es un acto de resistencia. No hablo desde teorías ni desde consignas, sino desde la cola del pan o el apagón en la madrugada, desde la menoscabada cuota de la libreta que alcanza si acaso para mal-comer cuatro días o desde el miedo a enfermarnos sin medicinas, hasta la asignación que mendigas a ETECSA para que tu celular se conecte. Hablo desde el hartazgo y aun así, sigo en pie.
Aún me queda sensibilidad musical: escucho en mi mente aquella canción que escribió Brian May e interpretaba Freddie Mercury, “The Show Must Go On” y me digo que igualmente la vida continúa, aunque por dentro nos sintamos devastados. Lo que no soporto es la mera simulación, la parte sucia del show.
Una isla que se sostiene con voluntad
Cuando Freddie Mercury grabó esa canción, casi no podía sostenerse; estaba muriendo y lo sabía. Y aun así cantó. Igual a como hacemos nosotros los cubanos.
Pero ahora sucede que quieren armar un show dentro de otro, un teatro dentro del teatro, quieren que firmemos para autenticar de nuevo a la dictadura que nos oprime y ese acto del show yo no lo voy a interpretar, no.
Soy Cuba y sigo sobreviviendo aunque ya no tenga fuerzas. Como pueblo camino, aunque estemos agotados. Soy esa mujer que cocina sin electricidad, que inventa la comida, que cuida sin recursos, pero lo que sí no soportaré es otra simulación, no aceptaré más a quien nos ha dejado en la inopia, no. Claramente, al obligarnos a firmar como que los respaldamos, estaremos aceptando que padecemos el Síndrome de Estocolmo: amar al secuestrador. Y eso, no.
Desde afuera, desde lejos, todo parece seguir igual, al menos de acuerdo con lo que dicen los discursos, reuniones, anuncios triunfalistas... pero el corazón ya no puede sostener un alma que se apaga, la vida se deshace. Los mismos apellidos, el mismo guion, mientras que arriba en el teatro, el show en cualquier momento continúa y ahora quieren que sonriamos mientras nos ahogamos en el humo de vertederos incendiados y nos están matando de hambre.
Mientras se prepara el acto de cada día, el establishment habla de “renovación”, de “nuevos cuadros”, de “continuidad con cambios”, de atraer a aquellos que se fueron e hicieron fortunas y antes fueron despreciados, una actitud hipócrita y decadente, que no tiene vitrina donde ocultarse, aunque estas hayan perdido sus cristales.
Algunos llaman al fenómeno “Cubatroika”, pero los nombres cambian menos de lo que dicen. Ahí veo el mismo ADN: los vástagos de la dinastía Castro, engendro fatal que quiere perpetuarse, ser interminable, aferrarse al poder. Y por eso yo no firmaré.
De ese clan emergen imágenes como la de Oscar Pérez-Oliva Fraga o la del nombre marxista-leninista, enyuntada con el nieto del dictador principal, y también muchos hijos de papá convertidos en tecnócratas, seres que buscan garantizar el relevo de su casta, que no representan ruptura alguna, sino la misma estructura de poder reciclada.
Y eso lo tiene que saber el mundo: Ese show de dinastía queriendo representar bonanza para atraer dinero es la nueva modalidad de la dictadura, la nueva presión que quieren ejercer sobre los cubanos de adentro, donde muchos tendrán que simular por sobrevivencia. Pero yo no me prestaré para ese baile.
Quieren disfrazarse para el show como si vinieran con otros aires, pero el guion es el mismo, la obra es la misma. Y nosotros seguimos poniendo el público… y las víctimas.
Son payasos que no hacen reír. Mientras tanto, yo, igual a como hace todo el pueblo no actúo: sobrevivo. Dolor por dentro, fuerza por fuera. En la canción esto mismo se infiere sin decirlo: hay una diferencia entre lo que se muestra y lo que se siente. Cuba aprendió a sonreír sin tener nada. A decir “todo bien” cuando no lo estaba. A seguir cuando el cuerpo y el alma pedían parar. Pero ahora, ya llegó el momento de la pregunta: ¿hasta cuándo?
El miedo a cambiar

No obstante, como dije, una parte del pueblo sufre el Síndrome de Estocolmo, o las consecuencias del vaciado de cerebro que le propinaron desde 1959. Por eso tanta gente tiene miedo a “lo que viene” y muchos dejarán estampadas sus firmas en los infames libros que han colocado desesperadamente en escuelas y centros de trabajo.
El ser humano bajo presión puede hacer cualquier representación aún cuando su dignidad esté en juego, es parte del “daño antropológico” infligido. También temen a que todo empeore, a perder lo poco que les queda. Se los han hecho creer; tienen miedo ante lo desconocido. Siempre los cambios traen eso: puro miedo.
Pero yo me hago otra pregunta, más simple, más honesta: ¿De verdad podemos estar peor que así? No. Por eso yo no firmaré nada.
Cuando la vida se te convierte en sobrevivir, cuando los sueños se reducen a resolver el día, cuando el futuro no existe… el miedo deja de ser una protección y se convierte en tu propia cárcel.
Resistir no puede ser el destino

Nadie osaría discutir nuestra capacidad de resistencia. Lo hemos hecho siempre, también ahora. Y a más de seis décadas de la premier, la canción no se puede repetir: resistir no puede ser el final del camino. Resistir sin avanzar es quedarse atrapados en el dolor, quedarse oyendo otra canción que no será la de Freddy.
Yo sigo escuchando esa que él cantó, que no habla de rendirse, pero tampoco de quedarse en el mismo sitio, de omitir la realidad. Habla de seguir. Y seguir implica moverse, cambiar, transformarse.
El show se ve desde fuera
También hay otro acto que ya se vio, donde unos que vinieron de fuera a mirar el espectáculo devoraban una tableta de postal ideológica con gafas 3D, en el que se observan leones famélicos del verdadero zoo y un parque temático con animales en extinción: nosotros. De esa manera aterrizó en Cuba una izquierda europeizante que se albergó en hoteles Seven Stars y se dejó guiar por los circuitos oficiales, tomando fotos y, a los pocos días del convite, regresó a sus países hablando de dignidad, resistencia y soberanía, sin haber tocado el fondo real de la vida en la isla. Llegaron a escena y, al bajar el telón, quedó expuesta la burbuja de cristal donde vinieron, allí donde Cuba es discurso y no experiencia.
Muchos figurantes y extras zurdos han disfrutado aquí ya antes de la misma farsa y todos han contribuido a sostener el relato dictatorial complaciente, esa narrativa de entrevistas con preguntas generosas, donde el dolor ajeno se convierte en argumento político. No ven —o no quieren ver— la escasez, el miedo, el agotamiento. Ellos observaron el escenario desde la platea, pero nunca bajaron al foso.
También hay entre los actores facsímiles de clarias, que quieren reprogramar nuestros hábitos, para que el gobierno les siga dando un espacio residencial y seguir con sus chicas en el paraíso de la pedofilia, instalado con máscaras venecianas, listos para deconstruir el esquema de las izquierdas corruptas con supuestos actos de caridad al regalar cajas de cristales de colores y espejitos para proclamarse como caritativos.
Y yo hasta voy a esperar que algunos aplaudan la puesta y, aprovechando el apagón, ascenderé por las destruidas escaleras del solar y haré mi música a mi manera, mientras sigue en mis oídos “The show must go on”, haciendo sonar bien fuerte y claro los calderos, y burlaré la represión. Pero no firmaré.
El contraste dentro del país es obsceno. Las marionetas principales del circo —las que encarnan y perpetúan el poder, tanto el principal actor como el entramado que lo sostiene— viven protegidas, alejadas de la precariedad que administran. Mientras tanto, los verdaderos actores de la tragedia —la contorsionista, el tragafuegos, el comevidrios, el malabarista, el pueblo sin nombre— se juegan la vida cada día para sostener una función que ya no tiene sentido. Allí no hay épica, hay desgaste. Hay supervivencia y una distancia brutal entre quienes representan el espectáculo y quienes lo padecen.
Después de la oscuridad

Innuendo fue el título de aquel álbum que dio a conocer esta canción y ese nombre significa “insinuación”, algo que no se dice directamente, pero que está ahí. Indica doble sentido: comentario con una interpretación oculta. Significa que hay muchas cosas que no se dicen, porque no se pueden decir, pero se sienten, se viven aún en Cuba. Pero yo sí digo que no firmaré.
Empiezo a intuir algo muy profundo: que “eso” que está pasando no será eterno, como quiere hacernos creer la dinastía, que la vida puede ser distinta, que el país puede levantarse de otra manera.
Pues que el show continúe… pero sin mentiras.
Sigo aquí. Como millones. Cansada, sí, pero de pie. Ahora llegué a mi azotea y estoy en mi trinchera de metales y cazuelas. Voy a estar aquí como esa voz que cantó al borde de la muerte. Nosotros seguimos, pero no para sostener este teatro. No para aplaudir a los mismos, no para aceptar lo que no funciona. De esa manera, que el show continúe, pero que sea otro, uno donde vivir no sea resistir, sino tener sentido. Por todo eso, no firmaré.
▶ Vuela con nosotras
Nuestro proyecto, incluyendo el Observatorio de Género de Alas Tensas (OGAT), y contenidos como este, son el resultado del esfuerzo de muchas personas. Trabajamos de manera independiente en la búsqueda de la verdad, por la igualdad y la justicia social, por la denuncia y la prevención contra toda forma de violencia de género y otras opresiones. Todos nuestros contenidos son de acceso libre y gratuito en Internet. Necesitamos apoyo para poder continuar. Ayúdanos a mantener el vuelo, colabora con una pequeña donación haciendo clic aquí.
(Para cualquier propuesta, sugerencia u otro tipo de colaboración, escríbenos a: contacto@alastensas.com)




















Responder