Zilia Sánchez: la forma como umbral, el cuerpo como problema y el retraso ante lo incómodo

Sin aspaviento ni concesiones, la obra de Zilia Sánchez ofrece uno de los aportes más incisivos al pensamiento de la forma en el arte contemporáneo.

Zilia Sánchez junto a su obra en la Galería Lelong & Co. Nueva York, 2014.
Zilia Sánchez junto a su obra en la Galería Lelong & Co. Nueva York, 2014.

“Supongo que no soy una minimalista, sino más bien una mulata”.
Zilia Sánchez

La obra de Zilia Sánchez (1926-2024) exige una entrada atenta. Hay artistas cuya producción se acomoda con relativa facilidad a las categorías heredadas; la suya resiste ese acomodo desde el primer momento. La dificultad no proviene de una oscuridad artificiosa ni de una excentricidad periférica convertida en rareza, sino de otra cosa: de la presión constante que ejerce sobre varios de los instrumentos críticos con los que se escribió la historia del arte del siglo XX.

Allí donde el discurso moderno creyó fijar una claridad suficiente en torno a la autonomía de la pintura, a la depuración progresiva del medio y al privilegio del plano como sede de verdad formal, Sánchez introduce una torsión que no derriba ese edificio, pero sí le altera la estabilidad. Su trabajo no actúa desde afuera. Opera en el interior del sistema, obligándolo a sostener una anomalía cuya exclusión ya empobrecería el propio relato que intenta proteger.

De ahí que su obra obligue a replantear la idea de abstracción y, al mismo tiempo, la relación entre forma y experiencia. Una parte importante de la abstracción moderna persiguió una universalidad desprendida de espesor somático, casi como si la pintura alcanzara su grado superior cuando conseguía liberarse del cuerpo. En Sánchez ocurre otra cosa, aunque sin recaer en la representación. No hay figura, no hay anatomía, no hay iconografía corporal en el sentido usual; lo que hay es una insistencia material que produce percepción física, volumen latente, interioridad retenida, una presencia que no se deja reducir a metáfora ni a signo.

Lo que en otras obras podría presentarse como superficie neutral empieza aquí a comportarse como materia viva, como si la pintura guardara dentro de sí una presión que no termina de aquietarse. De ahí también la necesidad de mover el foco. Situar a Zilia Sánchez como un capítulo dentro de la evolución de la abstracción geométrica o del minimalismo resulta insuficiente y prematuro, porque la operación de encaje la domestica demasiado pronto. Hay que leer su trabajo como un dispositivo que desordena distinciones que parecían seguras: ver y sentir, superficie y profundidad, exterioridad e interioridad, plano y cuerpo.

En ese punto, el pliegue, que podría pasar por un detalle formal si se lo nombra con prisa, adquiere un peso conceptual mucho mayor. No es una firma estilística ni una solución compositiva eficaz. Es la inscripción material de una tensión. Es la señal de que la superficie pictórica ya no puede sostenerse como plano autosuficiente sin admitir una inflexión que la excede y le quita obediencia.

Zilia Sánchez: "Lunar V" (1973).
Zilia Sánchez: "Lunar V" (1973).

En este punto, la obra de Zilia Sánchez obliga también a volver sobre una de las grandes herencias del formalismo moderno. Si Clement Greenberg hizo de la planitud una de las condiciones definitorias de la pintura moderna, la intervención de Sánchez no invalida esa genealogía, pero la somete a una prueba decisiva: muestra que el plano puede seguir siendo el lugar de verdad del cuadro y, aun así, dejar de bastarse a sí mismo. La superficie en su trabajo no se niega; se tensa, se pliega, se vuelve problemática.

Allí donde la modernidad quiso depurar el medio hasta hacerlo coincidir con sus propiedades específicas, Sánchez introduce una alteración silenciosa que vuelve menos estable esa seguridad formal. No abandona la pintura: la obliga a soportar en su interior un resto de cuerpo, de volumen y de latencia que el formalismo no había conseguido cancelar del todo.

Todo esto se vuelve todavía más significativo cuando se considera la trayectoria concreta de la artista. Formada en la Cuba de mediados del siglo XX, en diálogo con una escena cultural que intentaba articular modernidad y especificidad, y desplazada después hacia contextos como Nueva York y, sobre todo, Puerto Rico, Sánchez queda situada en una geografía que excede las clasificaciones cómodas. No pertenece enteramente a la narrativa del arte latinoamericano tal como fue canonizada, pero tampoco se integra de forma plena en el sistema estadounidense que durante décadas monopolizó una parte decisiva de la legitimación internacional de la abstracción.

Esa posición intermedia, lejos de restarle espesor, forma parte de su radicalidad. Desde los márgenes de los grandes centros simbólicos, su obra pudo sostener una investigación menos sometida a las exigencias del mercado, de la moda y del encuadre rápido. La relativa invisibilidad que la acompañó durante largos tramos no se explica solo por coordenadas geográficas o biográficas. Hay también una dificultad estructural del sistema para reconocer como radical aquello que no adopta la forma reconocible de la ruptura.

En un campo que ha premiado el gesto enfático, la novedad declarada y la diferencia convertida en espectáculo, una práctica basada en la reducción, en la repetición y en la variación mínima podía ser leída como discreta, incluso como menor. El error está precisamente ahí. En esa economía de medios se concentra la intensidad de su propuesta. Cada pliegue, cada tensión del lienzo, cada alteración mínima de la superficie modifica el estatuto de la pintura y obliga a revisar sus condiciones de posibilidad.

Desde esta perspectiva, la obra de Zilia Sánchez puede leerse como una investigación sostenida sobre los límites del medio, pero también como una intervención crítica en la historia del cuerpo dentro del arte moderno. Frente a una tradición que osciló entre la idealización y la objetualización del cuerpo femenino, Sánchez trabaja de otro modo. El cuerpo no desaparece, aunque tampoco queda reducido a representación. Se reinscribe en la estructura misma de la obra. No hay exhibición ni denuncia programática; hay una negativa más compleja a ofrecer el cuerpo como imagen disponible, sustituida por una presencia que se adivina, que se siente, que organiza la percepción sin entregarse del todo a ella.

Zilia Sánchez: "Afrocubano" (1957).
Zilia Sánchez: "Afrocubano" (1957).

Desde otra tradición, más cercana a la fenomenología que a la crítica formalista, también podría decirse que la obra de Sánchez vuelve visible algo que Maurice Merleau-Ponty había pensado de otro modo: que la pintura no es un simple registro óptico, sino una operación en la que el cuerpo y el mundo se entrelazan antes de toda separación tajante entre sujeto y objeto. Sus relieves tensados, sus hendiduras y sus superficies apenas desviadas de la neutralidad hacen imposible una mirada puramente distante. Obligan a reconocer que ver no es un acto desincorporado, sino una experiencia en la que la percepción carga consigo espesor, cercanía, tactilidad virtual. En ese sentido, la obra de Sánchez no “ilustra” una teoría del cuerpo; obliga a la teoría a llegar tarde, a seguir a la forma allí donde la forma ya había inscrito una verdad perceptiva más compleja.

La introducción a su obra no debería buscar, por tanto, una ubicación rápida dentro de un mapa ya conocido. Más bien conviene abrir, a partir de ella, un campo de problemas. Leer a Sánchez exige aceptar que estamos ante una práctica que no se deja reducir a las categorías heredadas sin pérdida, y que obliga a una atención distinta: menos apresurada, más sensible a las modulaciones mínimas, más preparada para admitir que en juego no está solo una cuestión de forma, sino una reconsideración más profunda de la relación entre arte, cuerpo y experiencia.

Ahí su trabajo supera el ámbito estrictamente estético y entra en una zona más amplia de reflexión. No porque formule un programa, ni porque aspire a convertirse en tesis de exposición fácil, sino porque interroga las condiciones mismas de la percepción y la posibilidad de que, incluso en los lenguajes más depurados, persista una forma de resistencia capaz de ejercer efectos sin necesidad de declararse. La obra de Zilia Sánchez actúa así: sin ruido, sin aspaviento, sin concesión al énfasis. Y esa sobriedad, lejos de debilitarla, la vuelve más difícil de neutralizar.

Biografía como desplazamiento: forma, exilio y persistencia

Zilia Sánchez en San Juan, 1971.
Zilia Sánchez en San Juan, 1971.

La biografía de Zilia Sánchez, mirada desde la lógica habitual de la historiografía artística, podría parecer escurridiza, incluso insuficiente. No está hecha de grandes irrupciones públicas ni de una acumulación de hitos espectaculares que permitan narrarla con facilidad dentro del modelo heroico de la modernidad. Sin embargo, en esa misma discreción se condensa una de las trayectorias más fértiles para pensar la relación entre desplazamiento, forma y persistencia en el arte del siglo XX.

Más que un recorrido lineal, su vida dibuja una serie de reubicaciones sucesivas, geográficas y simbólicas, que no quiebran la coherencia de su práctica, sino que la decantan, la concentran y la someten a una depuración paulatina hasta convertirla en un sistema de trabajo de consistencia poco común. Su formación en La Habana, en el ámbito de la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro, la sitúa en una escena donde la modernidad cubana buscaba afirmarse mediante la apropiación crítica de lenguajes internacionales, y en particular de la abstracción geométrica. Era un momento en el que la isla aspiraba a dialogar con Europa y Estados Unidos sin renunciar a una inflexión propia, y esa tensión entre universalidad y pertenencia configuró el horizonte de experimentación de toda una generación.

Dentro de ese contexto, las primeras obras de Sánchez muestran afinidades con la estructura y el orden de la geometría moderna, pero ya dejan ver una diferencia que más tarde resultará decisiva. Incluso en esas etapas iniciales, su relación con la forma parece menos rígida, menos sometida al imperativo ortogonal. Hay una inclinación a la curva, una modulación más suave, un desvío respecto de la severidad geométrica que anuncia la dirección futura de su trabajo.

El desplazamiento de comienzos de los años sesenta, en el contexto de las transformaciones políticas radicales de Cuba, no puede reducirse a un dato biográfico. Su salida de la isla altera de forma profunda su posición como artista, no tanto porque cambien sus temas como porque se transforma su relación con el lenguaje mismo de la pintura. A diferencia de otros artistas exiliados que elaboran esa experiencia a través del relato identitario, la memoria o la tematización directa de la pérdida, Sánchez adopta otro camino. El exilio deja de aparecer como asunto representado y se vuelve presión interna, exigencia de concentración, necesidad de desprenderse de todo lo que no resulte indispensable. Lo biográfico, en su caso, no se cuenta: se condensa en la disciplina formal.

Su paso por Nueva York la coloca, aunque lateralmente, en el centro de una mutación decisiva del arte contemporáneo. Allí convivían todavía la gravitación del expresionismo abstracto y la emergencia de corrientes como el minimalismo y el arte conceptual, que estaban redefiniendo los términos de la producción y de la recepción de la obra. Sin embargo, su relación con ese escenario no fue la de una integración plena. Nueva York funcionó más como zona de tránsito y confrontación que como espacio de inscripción definitiva. Su trabajo se midió allí con otras posibilidades sin disolverse en ellas, y esa distancia le permitió preservar una singularidad que habría sido más difícil de sostener desde una pertenencia entusiasta a cualquiera de esas corrientes.

Zilia Sánchez: "Conjunción I" (2011).
Zilia Sánchez: "Conjunción I" (2011).

Será Puerto Rico el lugar donde su investigación encuentre una sedimentación más duradera y, al mismo tiempo, más radical. Ese asentamiento, prolongado durante décadas, no debe entenderse como retirada ni como repliegue menor respecto de los centros. Fue, en realidad, la construcción de una autonomía relativa desde la que pudo desarrollar una de las indagaciones más rigurosas sobre la materialidad de la pintura en el ámbito latinoamericano.

Lo que desde cierta mirada podría interpretarse como periferia, desde otra se revela como condición de posibilidad. Lejos de las imposiciones más inmediatas de los circuitos de legitimación internacional, Sánchez trabajó con una continuidad poco contaminada por la ansiedad de novedad que suele ordenar las carreras artísticas.

La crítica tardó en advertir que esa persistencia no era obstinación privada, sino método. Cuando su obra comenzó a recibir mayor atención internacional, varias lecturas insistieron precisamente en ese punto: en la manera en que Sánchez sostuvo durante décadas una investigación formal rigurosa sin ceder ni al decorativismo ni a la seducción de la novedad programática.

Su primera gran visibilidad en el circuito estadounidense llegó con mucho retraso, pese a que llevaba más de sesenta años trabajando entre pintura, relieve y objeto. Ese reconocimiento tardío no corrigió un simple olvido biográfico; puso en evidencia el retraso de un sistema que necesitó décadas para registrar como central una obra que había permanecido demasiado tiempo fuera del foco.

Es en ese periodo donde termina de consolidarse el gesto que define su obra: la intervención del lienzo mediante pliegues y tensiones que introducen una dimensión volumétrica en la superficie sin convertirla en escultura. Ese hallazgo no aparece como ruptura repentina ni como manifiesto formal. Surge de un proceso lento, casi silencioso, de reducción y refinamiento. La biografía, aquí, se vuelve indisociable del método. Vivir, persistir y trabajar participan de una misma lógica de insistencia, de repetición nunca idéntica, de ajuste constante en torno a un problema que no se abandona porque todavía sigue produciendo preguntas.

Zilia Sánchez: "Conjunción" (2019), obra en proceso. Taller de la artista en Santurce, Puerto Rico. Foto: Irene Esteves Amador
Zilia Sánchez: "Conjunción" (2019), obra en proceso. Taller de la artista en Santurce, Puerto Rico. Foto: Irene Esteves Amador

Su lugar dentro del sistema artístico internacional queda así marcado por una ambigüedad persistente. No pertenece plenamente al canon estadounidense, pero tampoco se deja absorber sin resto por las narrativas más consolidadas del arte latinoamericano, que durante largo tiempo privilegiaron otras formas de experimentación, más fáciles de codificar en términos políticos, identitarios o colectivos.

Esa ubicación entre marcos no solo contribuyó a su invisibilidad relativa; también hizo posible su libertad. Al no quedar completamente sujeta a las expectativas de ninguno de esos sistemas, su obra pudo sostener una coherencia poco habitual, ajena tanto a la exigencia de reinvención constante como a la obligación de representar una identidad reconocible.

Hay además en su trayectoria una relación singular con el tiempo. Frente a una lógica de carrera basada en etapas claras, virajes visibles y renovaciones programáticas, Sánchez construyó una continuidad. Su obra no avanza a través de rupturas espectaculares, sino mediante una profundización sostenida en un mismo núcleo de problemas, que se rearticula una y otra vez con ligeras variaciones.

Esta manera de persistir, más cercana a la insistencia que a la ruptura, introduce una resistencia concreta frente a un sistema que suele confundir valor con novedad ostensible. Una valoración que se repite en la crítica de los últimos años ayuda a fijar este punto con mayor precisión. Se ha dicho de Sánchez que sus lienzos tensados ofrecieron una suerte de contrapeso cálido y corporal a la frialdad asociada con buena parte del minimalismo masculino de posguerra; no porque su trabajo fuese una réplica ilustrativa o un programa de oposición explícita, sino porque introdujo en ese territorio de reducción formal una sensualidad y una insistencia manual que desbarataban la retórica de neutralidad. En lugar del objeto autosuficiente, aparece una superficie herida por el deseo de seguir siendo pintura sin resignarse a la quietud del plano.

El reconocimiento más amplio que empezó a consolidarse en las últimas décadas de su vida, dejó ver, al mismo tiempo, la fuerza de su propuesta y las limitaciones del marco crítico que la había relegado durante tanto tiempo. Las retrospectivas y estudios recientes no solo restauraron su lugar dentro de una historia más compleja del arte contemporáneo; también obligaron a revisar los criterios con los que esa historia había sido escrita.

En ese gesto de relectura, la biografía de Sánchez dejó de parecer una excepción marginal y empezó a mostrarse como un caso especialmente revelador de los mecanismos mediante los cuales ciertas prácticas quedan fuera del canon precisamente por no adaptarse a sus casillas dominantes. En última instancia, la trayectoria de Zilia Sánchez puede entenderse como la de una artista que no construyó su lugar adaptándose a los sistemas existentes, sino sosteniendo un problema formal hasta sus últimas consecuencias.

Su biografía no ilustra la obra como una nota al margen ni como una justificación externa. La atraviesa. La encarna. Y en esa encarnación, hecha de desplazamientos, silencios, exilio y persistencia, se configura una de las contribuciones más incisivas al pensamiento de la forma en el arte contemporáneo.

El dispositivo formal: pliegue, tensión y una erótica sin imagen

Zilia Sánchez: "Eros" (1976-1998).
Zilia Sánchez: "Eros" (1976-1998).

El problema formal que articula la obra de Zilia Sánchez no puede despacharse como innovación técnica ni como simple variación estilística dentro de la abstracción. Lo que está en juego es algo más serio: una reorganización de las condiciones mismas de la experiencia pictórica. La superficie deja de ser el lugar donde una imagen se deposita para convertirse en un campo de fuerzas donde actúan presión, tensión e interioridad.

Cuando hablamos del pliegue, y conviene precisar esto, no estamos nombrando un adorno formal ni una solución compositiva eficaz. Estamos señalando una operación estructural que afecta tanto al estatuto del objeto como a la posición desde la cual el espectador puede relacionarse con él. La tela, tradicionalmente pensada como soporte pasivo, aparece aquí alterada en su obediencia. Tensada, comprimida, elevada desde puntos precisos, adquiere una volumetría que no llega a convertirse en escultura, pero que ya no puede pensarse de manera estrictamente pictórica.

Ese estatuto intermedio es decisivo. La obra se presenta como superficie y cuerpo a la vez, como exterioridad y como promesa de interioridad, como plano que ya no consigue mantenerse puro. La luz, al caer sobre estas curvaturas, deja de limitarse a iluminar. Construye la forma. Produce cavidades visuales, sombras que no son simples efectos ópticos, sino zonas donde la mirada vacila y se ve obligada a revisar su propio recorrido.

La experiencia del espectador cambia entonces de manera sustancial. La frontalidad deja de ser suficiente. La obra no se deja agotar en un golpe de vista único ni rápido. Hay que moverse, reajustar la posición, atender a las pequeñas variaciones de luz y de sombra, a las inflexiones mínimas de una superficie que parece estable y, sin embargo, no lo está.

Se instala así una temporalidad distinta de la percepción. Más lenta, menos dócil, menos compatible con la lógica contemporánea de consumo visual acelerado. La obra no se exhibe con complacencia: opone una resistencia. Y esa resistencia introduce una cualidad casi táctil en la experiencia, como si ver, por sí solo, ya no bastara.

Aquí resulta particularmente fértil recordar una constelación crítica que, sin haber pensado a Sánchez de manera directa en sus comienzos, permite leerla con mayor finura. Cuando Lucy Lippard habló de una “abstracción erótica” para referirse a ciertas prácticas que apartaban la forma abstracta de la frialdad geométrica y la llevaban hacia lo visceral, lo táctil y lo ambiguamente corporal, abrió un campo donde la obra de Sánchez encuentra una resonancia nítida.

Sus formas nunca se entregan como ilustración del cuerpo, pero tampoco permiten olvidarlo. Trabajan en esa zona donde la abstracción deja de ser clausura del deseo para convertirse en su topografía desplazada. La diferencia es que en Sánchez esa operación no deriva hacia el exceso matérico ni hacia la teatralidad blanda de otros casos; permanece sometida a una disciplina formal que vuelve la insinuación todavía más intensa.

Es en ese desplazamiento donde aparece la dimensión erótica del trabajo de Sánchez, aunque conviene nombrarla con cuidado para no arrastrarla hacia lecturas previsibles. No se trata de un erotismo iconográfico ni de un repertorio simbólico fácil de descifrar. Es una erótica estructural. Está inscrita en el modo en que la forma se tensa, se curva, se retrae y se ofrece solo parcialmente. Las hendiduras, las protuberancias, las superficies suavemente elevadas remiten a una lógica corporal evidente, pero lo hacen sin fijarse jamás en una referencia anatómica estable. No hay representación del cuerpo; hay producción de una experiencia que lo evoca sin declararlo.

Esta operación adquiere un alcance particular cuando se la sitúa frente a la larga historia de la representación del cuerpo femenino en el arte occidental. Allí donde esa tradición lo había construido como objeto visible, disponible y sometido a la lógica de la mirada, Sánchez introduce una opacidad deliberada. El cuerpo no desaparece; cambia de régimen. Se repliega en la estructura misma de la obra. Ya no aparece como imagen entregada al consumo, sino como presencia insinuada, retenida, nunca del todo disponible.

Precisamente por eso mantiene con la mirada una tensión mucho más activa. Desde esta perspectiva, el pliegue puede leerse también como estrategia de ocultamiento. No en el sentido banal de esconder algo que podría mostrarse mejor, sino como ejercicio de control sobre la visibilidad. La obra regula cuánto da y cuánto reserva. No se basa en la transparencia, sino en la insinuación. Y esa lógica introduce una dimensión ética nada menor. Mirar deja de ser un acto de posesión inmediata y pasa a convertirse en una negociación con aquello que la obra admite o no admite entregar.

Zilia Sánchez: "Subliminal" (1972), vista lateral. Foto: Ike Edeani
Zilia Sánchez: "Subliminal" (1972), vista lateral. Foto: Ike Edeani

Hay además una autodefinición de la propia artista que conviene no perder de vista. Sánchez afirmó en una ocasión: “Supongo que no soy una minimalista, sino más bien una mulata”. La frase importa menos como boutade identitaria que como desplazamiento crítico. En ella se condensa una negativa a dejar que su obra quede absorbida por una categoría que, si bien describe parte de su economía formal, no alcanza a nombrar la mezcla específica de sensualidad, memoria cultural, corporalidad y disciplina que organiza su trabajo.

Esa resistencia a la etiqueta cerrada es también formal: sus lienzos parecen aceptar la reducción moderna solo para contaminarla con una lógica menos pura, menos doctrinal, más encarnada. La economía cromática que atraviesa gran parte de su producción intensifica todavía más esta experiencia. Los blancos, los tonos neutros, las variaciones casi imperceptibles de matiz desplazan la atención hacia la forma y, sobre todo, hacia el comportamiento de la luz sobre la superficie. El color ya no funciona como vehículo expresivo en el sentido más convencional, sino como modulador de percepción. Bajo esa aparente sobriedad cromática, lo mínimo adquiere una densidad inusual. La superficie ya no dice mucho, pero obliga a mirar mejor.

El dispositivo formal de Sánchez, además, no se limita a la relación entre volumen y superficie. Afecta también el espacio en el que la obra se instala. Al proyectarse hacia afuera, aunque sea levemente, sus piezas activan el muro y lo convierten en parte de la operación. La pintura deja de ser ventana y deja también de ser un plano autosuficiente. Está colgada, sí, pero no simplemente puesta. Interviene el espacio, lo altera, modifica la relación entre objeto, entorno y espectador. Esa leve expansión introduce una dimensión casi arquitectónica que, sin imponerse, cambia de raíz la experiencia del conjunto.

Lo que termina configurándose es un sistema formal de enorme coherencia, en el que cada elemento participa de una misma lógica: producir una experiencia en la que la pintura deja de ser mera superficie para convertirse en un campo de intensidades donde el cuerpo, aunque ausente como imagen, resulta ineludible como condición. La obra de Zilia Sánchez no representa el cuerpo. Lo encarna de otro modo. Y es precisamente en esa encarnación, silenciosa y sostenida, donde reside una de las formas más singulares de su radicalidad.

Inserción en el arte de su tiempo: afinidades, desvíos y una modernidad en suspenso

Zilia Sánchez: Sin título (1978).
Zilia Sánchez: Sin título (1978).

La inserción de Zilia Sánchez en el arte de su tiempo plantea un problema que no es solo historiográfico. Es, en el fondo, un problema estructural. ¿Cómo situar una obra que participa de algunas de las transformaciones fundamentales de la segunda mitad del siglo XX sin adherirse de manera plena a ninguna de sus formulaciones dominantes?

La dificultad no viene de una falta de conexiones, sino más bien de su exceso disperso. Hay afinidades, ecos, vecindades, pero pocas filiaciones tranquilas. Sánchez no es una figura aislada, aunque tampoco una figura absorbible sin fricción. Su posición se parece más a la de quien atraviesa los lenguajes de su época introduciendo en ellos una inflexión que los vuelve menos seguros, menos ortodoxos, menos cerrados sobre sí mismos.

Si se quisiera darle un marco teórico más preciso a esta dificultad de clasificación, Rosalind Krauss ofrece una pista útil. Cuando en “Sculpture in the Expanded Field” sostuvo que ciertas formas híbridas ya no podían ser leídas con las herramientas heredadas de una división estricta de los medios, estaba nombrando un problema que la obra de Sánchez vuelve palpable. Sus piezas no pertenecen cómodamente ni al territorio de la pintura entendida como plano autosuficiente ni al de la escultura en su acepción más estable. Lo interesante es que Sánchez no convierte esa ambigüedad en un programa ruidoso de transgresión disciplinar. La asume con una calma casi severa. Sus obras sencillamente se sitúan donde las viejas categorías dejan de bastar.

Es inevitable, desde luego, poner su trabajo en relación con la abstracción de posguerra, sobre todo con aquellas derivas que, desde fines de los años cincuenta, comenzaron a cuestionar la suficiencia del plano pictórico. En ese contexto, artistas como Ellsworth Kelly, con sus shaped canvases, o Lucio Fontana, al intervenir la superficie del lienzo para abrir en ella una dimensión espacial real, ofrecen referencias pertinentes para trazar un campo de problemas compartidos.

Pero la proximidad no debe confundirse con filiación directa. Fontana corta la tela y la abre hacia un espacio otro, casi metafísico. Kelly redefine la pintura a partir del contorno autónomo. Sánchez, en cambio, no perfora ni recorta: tensa, pliega, hace emerger una volumetría desde el interior de la tela. Lo suyo no apunta a un afuera trascendente ni a una afirmación soberana de la forma, sino a una interioridad contenida, a una presencia que parece empujar desde dentro.

La diferencia no es sutil. Allí se juega un desplazamiento importante: del espacio entendido como exterioridad hacia una noción de interioridad latente. La forma, en su obra, no se expande tanto hacia fuera como insiste desde adentro. De ahí que su posición pueda pensarse en una zona intermedia entre la apertura espacial de Fontana y la definición formal de Kelly, sin resolverse del todo en ninguno de esos polos.

Bastidor de una obra de Zilia Sánchez en su taller en Santurce, Puerto Rico. Foto: Irene Esteves Amador
Bastidor de una obra de Zilia Sánchez en su taller en Santurce, Puerto Rico. Foto: Irene Esteves Amador

La comparación con el minimalismo estadounidense, y en particular con figuras como Agnes Martin, ilumina otro aspecto de esta inserción. La reducción de medios, la sobriedad cromática, la insistencia en la variación mínima podrían sugerir una proximidad inmediata. Pero basta detenerse un poco para advertir la diferencia. En Martin, la retícula y la repetición de la línea tienden a una experiencia casi espiritual, despojada de espesor corporal. En Sánchez, por el contrario, esa misma economía está atravesada por una presencia somática que impide leer la superficie como pura neutralidad. La obra parece callada, pero en ese silencio hay cuerpo. Hay curva. Hay un modo de lo orgánico que desbarata cualquier ilusión de abstracción puramente desmaterializada.

De ahí que varias lecturas recientes hayan preferido pensar su lugar no solo en relación con el minimalismo o la abstracción geométrica, sino también como una inflexión decisiva dentro del modernismo latinoamericano y caribeño. La insistencia crítica en su papel central dentro de la abstracción, y al mismo tiempo en la singularidad con la que subvierte sus códigos, responde a esa doble condición: Sánchez pertenece a su tiempo, pero nunca de forma obediente. Su obra absorbe los problemas de la época y los resuelve desde una lógica que no coincide del todo con ninguno de sus lenguajes dominantes.

El contexto latinoamericano abre todavía otra vía de análisis. El diálogo, explícito o no, con el neoconcretismo brasileño, y especialmente con figuras como Lygia Clark, permite pensar su trabajo en relación con una tradición que ya había cuestionado la rigidez de la abstracción geométrica desde la experiencia sensorial. Sin embargo, incluso ahí, la singularidad de Sánchez se mantiene. Clark y otros neoconcretos empujan la obra hacia la participación, hacia la manipulación y el contacto directo. Sánchez conserva una distancia. La experiencia que propone no es participativa en sentido literal, sino perceptiva en un grado de concentración poco habitual. El espectador no toca. Mira de otro modo. Y esa diferencia es decisiva, porque preserva un régimen de relación basado, no en la acción física sobre el objeto, sino en la intensificación de la mirada.

Estas afinidades parciales ayudan a comprender por qué su obra ha resultado tan difícil de encajar en las narrativas consolidadas del arte contemporáneo. No responde enteramente a la lógica del centro, simbolizada por el eje Nueva York-Europa, pero tampoco se deja inscribir sin resto en las genealogías latinoamericanas más estabilizadas, que durante mucho tiempo privilegiaron otras modalidades de experimentación, más explícitamente políticas o más legibles como movimientos.

A esa dificultad se suma su propia situación geográfica y biográfica. Su prolongada estancia en Puerto Rico la colocó fuera de los grandes circuitos de legitimación internacional. Pero esa periferia, conviene insistir, no fue un mero lugar de carencia. Fue también un espacio de producción específica, desde el cual la obra pudo desarrollarse sin la presión inmediata de las tendencias dominantes. La distancia respecto a los centros le ofreció una autonomía singular, y esa autonomía se traduce en la continuidad y en la consistencia de su investigación formal.

La inserción de Zilia Sánchez en el arte de su tiempo debe pensarse, entonces, como presencia desplazada. Comparte con su época problemas centrales, como la crisis del plano, la expansión de la obra hacia el espacio o la reducción de medios, pero los resuelve desde una lógica propia, marcada por la interioridad, la corporalidad y la tensión contenida. Su obra no ilustra las tendencias de su tiempo. Las atraviesa, las altera y, en algún punto, las incomoda.

Es precisamente esa ambigüedad la que le confiere su fuerza crítica. Al no pertenecer del todo a ningún movimiento, su trabajo permanece abierto y resiste la clausura interpretativa. Ahí reside su verdadera inserción: no como pieza dócil dentro de un engranaje historiográfico, sino como punto de fricción que obliga a revisar la aparente coherencia de ese engranaje.

La política de lo mínimo: economía formal y resistencia sin espectáculo

Zilia Sánchez: "Lunar negro con tatuaje" (1975).
Zilia Sánchez: "Lunar negro con tatuaje" (1975).

Si hay algo particularmente escurridizo en la obra de Zilia Sánchez es la posibilidad de inscribirla de manera inmediata dentro de un discurso político reconocible. No hay iconografía explícita, no hay apelación directa a acontecimientos históricos, no hay voluntad de intervención en el espacio público según los términos en los que buena parte del arte contemporáneo ha entendido lo político desde la segunda mitad del siglo XX. Y, sin embargo, reducir su trabajo a una variante de formalismo autónomo sería una forma demasiado rápida de desactivar lo más incisivo de su práctica. La política, en su caso, no desaparece. Se desplaza. Se contrae. Se vuelve menos visible, pero no menos efectiva.

Esto obliga a revisar qué entendemos por política en el arte. Cuando se abandona la expectativa de una visibilidad inmediata, de una denuncia articulada o de un mensaje legible en el acto, empieza a hacerse visible otra forma de intervención. Más tenue, más lenta, pero también más persistente. La obra de Sánchez actúa sobre los modos de percepción, sobre el tiempo de la mirada, sobre la relación entre espectador y objeto. En un régimen contemporáneo dominado por la aceleración visual y la saturación de imágenes, su insistencia en la lentitud, en la variación mínima, en la economía formal, constituye ya una forma de resistencia.

La reducción de medios que caracteriza buena parte de su producción no es un gesto de neutralidad ni una elección ascética desprovista de consecuencias. Es una estrategia. Al eliminar lo superfluo, al restringir el campo cromático, al concentrar la operación en la tensión del lienzo y en la modulación de la superficie, Sánchez obliga a que la experiencia estética se desplace desde el reconocimiento rápido hacia una atención sostenida. La obra no se deja consumir con facilidad. Exige tiempo. Exige disposición. Y en esa exigencia produce una fricción clara con las lógicas dominantes del sistema artístico y, más ampliamente, con el régimen contemporáneo de la imagen.

En este punto, la política de lo mínimo deja de ser una fórmula cómoda y adquiere un espesor más preciso. La crítica institucional que acompañó varias de sus retrospectivas insistió en que sus formas abstractas, aun manteniéndose dentro de una economía rigurosa, rozaban de manera sostenida cuestiones de género, feminismo e identidad. Lo decisivo es que esas cuestiones nunca aparecen subordinadas a la literalidad del mensaje. Permanecen en tensión con la superficie, como si la política no estuviera “dicha” por la obra, sino retenida en la forma misma de su aparecer. Esa reserva vuelve su trabajo más exigente y, por eso mismo, más durable.

Esta política de lo mínimo implica también una negativa a la espectacularización. En una época en la que el arte se encuentra cada vez más sometido a circuitos de visibilidad masiva y compite por capturar atención en un entorno saturado, Sánchez trabaja en otro registro. No busca imponerse. No necesita gritar. No compite en el terreno del golpe visual. Permanece en un umbral de baja intensidad que, paradójicamente, la vuelve más resistente a la absorción inmediata por parte del mercado y de la cultura visual dominante.

Hay ahí una forma de autonomía que no depende del aislamiento romántico, sino de la capacidad de sostener un lenguaje propio sin ceder a las demandas externas de legibilidad instantánea ni de exhibición. Esa autonomía, desde luego, nunca es absoluta. Ninguna práctica artística lo es. Pero en su caso alcanza una consistencia suficiente como para generar un espacio de trabajo donde la obra responde primero a sus propias exigencias.

La dimensión corporal que atraviesa su producción añade a todo esto una complejidad política suplementaria. Como ya se ha señalado, el cuerpo no aparece representado, pero su lógica organiza la forma misma de las obras. En ese sentido, la negativa a ofrecer un cuerpo visible puede leerse como una respuesta crítica a la historia de su exposición y de su conversión en objeto.

Frente a una tradición que convirtió el cuerpo, y de manera especial el cuerpo femenino, en materia de contemplación y captura, Sánchez propone una presencia que se resiste a esa fijación, que no puede quedar estabilizada como imagen cerrada. No se trata, sin embargo, de negar el cuerpo, sino de desplazar su estatuto. El cuerpo deja de ser tema para convertirse en condición de la obra. Y al hacerlo escapa, al menos parcialmente, a las formas más previsibles de instrumentalización. Lo que emerge es un movimiento de la visibilidad hacia la latencia, de la exposición hacia la insinuación.

En ese punto, la política de lo mínimo se revela también como política de la retención. La obra no lo entrega todo. Guarda, reserva, administra su visibilidad. Ese gesto tiene consecuencias éticas. La relación con el espectador ya no se funda en la transparencia ni en la disponibilidad total, sino en una economía de lo dado y lo retenido. Mirar deja de ser acceder a un contenido entero y pasa a ser entrar en relación con una superficie que decide cuánto deja ver y cuánto conserva en suspenso.

La propia trayectoria de Sánchez refuerza esta lectura. Su desarrollo al margen de los grandes centros de legitimación, su visibilidad tardía, su persistencia en una investigación formal sin concesiones al espectáculo de la novedad, todo ello permite pensar su práctica como una resistencia sostenida. No una resistencia frontal, expresada en términos de oposición declarada, sino una resistencia ejercida a través de la consistencia, de la negativa a abandonar un problema difícil en favor de soluciones rápidamente absorbibles.

En última instancia, la política de Zilia Sánchez no se formula como programa. Se ejerce. No se proclama. Se encarna en cada decisión formal, en cada reducción, en cada pliegue que introduce perturbación en la superficie aparentemente neutra de la pintura. Y es precisamente esa capacidad de actuar sin depender de la visibilidad inmediata, de producir efectos sin recurrir al espectáculo, lo que convierte su obra en un caso especialmente fértil para pensar otras formas de lo político en el arte contemporáneo. Formas que no buscan ocupar el centro del escenario, sino modificar, mediante una presión constante y casi imperceptible, las condiciones mismas de lo visible y de lo pensable.

Recepción, invisibilidad y relectura: la dificultad de ver lo que no se impone

Zilia Sánchez: "Lunar con tatuaje" (1968-1996).
Zilia Sánchez: "Lunar con tatuaje" (1968-1996).

La trayectoria crítica de Zilia Sánchez no puede leerse como una simple curva ascendente hacia el reconocimiento. Se parece más a una secuencia irregular de apariciones y eclipses que deja al descubierto no tanto la evolución de la obra, cuya coherencia es notable desde sus formulaciones maduras, como las limitaciones de los marcos críticos a través de los cuales el sistema artístico decide qué merece ser visto, cuándo y en qué condiciones. En ese sentido, su recepción constituye un caso particularmente elocuente para examinar los mecanismos de visibilidad y exclusión que intervienen en la construcción del canon contemporáneo.

Durante décadas, su trabajo permaneció en una zona de atención intermitente. Era reconocido en ciertos círculos, pero no lograba ingresar de manera consistente en los relatos más influyentes sobre la abstracción del siglo XX. Esa invisibilidad relativa no puede atribuirse a una carencia de rigor ni a una supuesta fragilidad formal. Responde, más bien, a una serie de desajustes entre su práctica y las expectativas dominantes del campo. El primero de ellos fue su negativa, deliberada o no, a inscribirse con claridad dentro de un movimiento reconocible. En un sistema que organiza la historia del arte mediante etiquetas, la obra de Sánchez aparecía como anomalía: demasiado singular para ser absorbida sin producir incomodidad.

A ello se suma su ubicación geográfica fuera de los grandes centros de legitimación, desde donde se articulaban las narrativas hegemónicas del arte contemporáneo. Esa distancia no solo limitó su visibilidad institucional, sino que también la dejó al margen de las redes de circulación crítica que suelen consolidar reputaciones. La periferia, aquí, no es un mero dato geográfico. Es una condición estructural que afecta la manera en que la obra puede ser leída, interpretada y valorada.

Las valoraciones más lúcidas de la última década han insistido precisamente en el carácter “demorado” de su reconocimiento. Se habló de una retrospectiva largamente debida, de una artista decisiva que llegaba demasiado tarde al centro del relato, de una obra cuya importancia solo se volvió legible cuando los propios marcos del canon empezaron a resquebrajarse. Más que simple elogio retrospectivo, esas fórmulas revelan el malestar de una crítica obligada a admitir que había confundido silencio con marginalidad y persistencia con ausencia. En Sánchez, la demora del reconocimiento forma parte de la historia misma de su recepción.

Hay también un problema más profundo, ligado a la naturaleza misma de su propuesta. La obra de Sánchez no se impone mediante gestos espectaculares ni a través de una iconografía inmediatamente identificable. Su radicalidad opera en un registro bajo, en la variación mínima, en la insistencia sobre un problema formal que nunca se resuelve en golpe efectista. En un contexto crítico habituado a identificar la innovación con la ruptura visible y la declaración enfática, no era extraño que su trabajo pudiera confundirse, de forma bastante torpe, con discreción o reiteración.

En realidad, lo que allí se desplegaba era una profundización sostenida que exigía un tipo de atención poco compatible con las lógicas de consagración rápida. La situación, sin embargo, empezó a cambiar de forma más visible a partir de finales del siglo XX y, sobre todo, en las primeras décadas del XXI. Retrospectivas, estudios críticos y una creciente disposición a revisar la historia del arte moderno desde perspectivas menos centradas en los grandes polos tradicionales fueron abriendo espacio para una relectura más justa de su obra.

Zilia Sánchez: "Lunar blanco" (2000-2019).
Zilia Sánchez: "Lunar blanco" (2000-2019).

Ese proceso no debe pensarse únicamente como rectificación de una omisión, aunque algo de eso haya. Supone también una reconfiguración más amplia de los criterios mismos de valoración. En este nuevo marco, la singularidad de Sánchez empezó a leerse ya no como obstáculo, sino como aporte decisivo. Su posición entre categorías, que antes dificultaba su incorporación al canon, se reveló como un punto de fricción productivo capaz de poner en cuestión la rigidez de esas mismas categorías. La relación entre pintura y objeto, entre abstracción y corporalidad, entre superficie y volumen, adquirió un relieve renovado en un momento en que las fronteras disciplinarias se volvían cada vez más porosas.

La dimensión de género, durante largo tiempo relegada o apenas mencionada en la lectura de su obra, también comenzó a recibir una atención más sostenida. Sin necesidad de forzar interpretaciones simplificadoras, resultó cada vez más evidente que la manera en que Sánchez trabaja el cuerpo, no como representación sino como inscripción estructural, dialoga críticamente con una tradición marcada por la objetualización del cuerpo femenino. Ese aspecto, que durante años pudo parecer secundario o quedar sumido en un segundo plano, adquirió otra centralidad en el marco de debates contemporáneos más atentos a los regímenes de visibilidad y a sus sesgos históricos.

La relectura de su obra implica así un doble movimiento. Por un lado, permite restituir a Sánchez a un lugar más visible dentro de la historia del arte contemporáneo, reconociendo la coherencia y la radicalidad de su investigación formal. Por otro, obliga a revisar los instrumentos con los que esa historia fue escrita. La cuestión ya no es solo por qué su obra no fue plenamente reconocida en su momento, sino qué revela esa demora acerca de los criterios que han guiado la distribución de atención, valor y legitimidad.

En último término, la recepción de Zilia Sánchez deja ver una tensión persistente entre aquello que el sistema está preparado para percibir y aquello que, por su propia naturaleza, resiste la visibilidad inmediata. La obra no ha cambiado esencialmente para ser reconocida. Lo que ha cambiado, al menos parcialmente, es la disposición del campo crítico para ver lo que antes quedaba fuera de foco. Y en ese desplazamiento se juega algo más que la restitución de una trayectoria singular. Se juega también la ampliación del horizonte desde el cual pensamos la innovación, la radicalidad y la presencia en el arte contemporáneo.

El pliegue como pensamiento y la persistencia como forma

Zilia Sánchez: "Juana de Arco" (1987), detalle. Foto: Ike Edeani
Zilia Sánchez: "Juana de Arco" (1987), detalle. Foto: Ike Edeani

Llegados a este punto, la obra de Zilia Sánchez aparece menos como un conjunto de objetos que como una forma de pensamiento sostenida en el tiempo. No se limita a producir resultados visibles ni a añadir soluciones formales al repertorio de la abstracción. Lo que hace es alterar, de manera insistente, las condiciones mismas en las que esos resultados pueden ser percibidos y comprendidos.

Si la historia del arte moderno se narró con frecuencia como sucesión de rupturas y de gestos inaugurales, la trayectoria de Sánchez propone otra temporalidad: la de la insistencia, la de la variación mínima, la de una fidelidad casi obstinada a un problema que no se deja clausurar. En ese marco, el pliegue debe entenderse como algo más que una operación formal recurrente. Es una figura conceptual en sentido fuerte. Introduce una interioridad en la superficie, pero no como ilusión de profundidad, sino como tensión material efectiva. Niega la autosuficiencia del plano sin abandonarlo, obligándolo a sostener una contradicción que no se resuelve del todo: ser a la vez superficie y cuerpo, exterioridad e insinuación de un adentro que nunca termina de exponerse por completo.

Tal vez por eso las mejores valoraciones sobre su obra no se han limitado a celebrarla como un “descubrimiento tardío”, fórmula que siempre corre el riesgo de ser indulgente con el sistema que antes la ignoró. Han preferido leerla como una presencia que altera retrospectivamente el mapa mismo del modernismo, una artista que obliga a mirar de nuevo la relación entre abstracción, cuerpo, género y exilio.

Cuando desde la crítica se habla de sus lienzos sensuales como una respuesta feminista a la sequedad del minimalismo dominante, o de su obra como un desplazamiento cálido dentro de una historia demasiado escrita en clave masculina, no se está añadiendo un matiz decorativo: se está corrigiendo la escala con la que se había medido el siglo. Esa condición tiene consecuencias decisivas para la experiencia del espectador.

Frente a una cultura visual dominada por la inmediatez, la legibilidad instantánea y la saturación de estímulos, la obra de Sánchez impone una ralentización. No ofrece una imagen que se entregue de una vez ni un sentido que pueda decodificarse sin resto. Propone, más bien, otra relación con la percepción: una atención prolongada, una disposición a habitar la incertidumbre de aquello que no se deja poseer enteramente. En ese sentido, su trabajo no solo se inscribe en la historia de la pintura. Interviene en la manera misma en que miramos.

Al mismo tiempo, la dimensión corporal que atraviesa su obra, sin recaer jamás en la representación, introduce una inflexión crítica en la tradición moderna. El cuerpo, ausente como figura, se vuelve sin embargo ineludible como condición. No aparece para ser visto, sino para ser sentido en la curvatura del lienzo, en la tensión de la forma, en la manera en que la luz recorre la superficie. Ese desplazamiento constituye una respuesta compleja a la larga historia de la visibilidad del cuerpo, y especialmente del cuerpo femenino, como objeto expuesto, codificado y consumido. Sánchez no niega esa historia de frente; la rodea, la desactiva desde otro lugar, proponiendo una presencia que resiste la captura.

La persistencia de su práctica, desarrollada durante años al margen de los grandes centros de legitimación y de las lógicas de espectacularización del arte contemporáneo, refuerza esta lectura. Su obra no buscó imponerse mediante la visibilidad inmediata, sino sostener una investigación que, precisamente por su rigor y por su resistencia a la simplificación, terminó abriéndose un lugar propio. El reconocimiento tardío no contradice esa lógica. La confirma. Muestra hasta qué punto el sistema necesita tiempo, e incluso una revisión de sus propios criterios, para percibir aquello que no se acomoda a sus expectativas más previsibles.

En última instancia, la obra de Zilia Sánchez deja planteada una pregunta que excede su caso particular. ¿Qué formas de radicalidad somos capaces de reconocer? Mientras sigamos identificando lo radical con la ruptura visible, con el gesto enfático o con la declaración ruidosa, seguiremos dejando fuera prácticas que operan desde la sutileza, desde la repetición y desde la presión continua de una investigación que no necesita reinventarse a cada paso para alterar el campo entero.

El trabajo de Sánchez sugiere otra forma de radicalidad. No una que irrumpe, sino una que se infiltra. No una que se proclama, sino una que se ejerce. No una que necesita ocupar el centro para modificarlo. Hay en sus pliegues una lección severa: lo decisivo no siempre entra en escena con estrépito. A veces actúa de manera casi imperceptible, y precisamente por eso altera de forma más profunda la superficie en la que interviene. Es en esa alteración, silenciosa y persistente, donde su obra encuentra su lugar más incisivo. No como excepción ornamental dentro de la historia del arte, ni como nota tardíamente recuperada por un canon en proceso de corrección, sino como una de sus interrogaciones más rigurosas, más sostenidas y menos complacientes.

Cuando se llega a este punto, además, resulta imposible dejar fuera una cuestión que durante demasiado tiempo permaneció en segundo plano o fue tratada como un asunto lateral: la política del arte cubano y su capacidad, o su negativa, para sostener dentro de sus propios marcos aquellas prácticas que no encajan sin fricción. Pienso en Zilia Sánchez y no veo solo a una artista desplazada por el exilio o por la geografía; veo también una figura incómoda para un sistema que con demasiada frecuencia prefirió la claridad del relato a la dificultad de la obra. Su ausencia, o su presencia debilitada, en los estudios universitarios no fue un accidente. Responde a una lógica que ordena, selecciona y, llegado el caso, decide qué debe quedar en silencio.

Esa lógica no afecta solo a Zilia. Basta recorrer el panorama de las artistas cubanas para advertir una constante que ya no puede considerarse anecdótica. Pienso en Carmen Herrera, cuya radicalidad geométrica fue durante décadas más celebrada fuera que dentro; en Loló Soldevilla, cuya posición dentro de la abstracción cubana ha tenido que reconstruirse más tarde; y también en trayectorias que se desplazan hacia el cuerpo, la memoria y el exilio, como las de Ana Mendieta o María Magdalena Campos-Pons. No se trata de forzar una continuidad artificial entre ellas, ni de fabricar una genealogía complaciente, sino de reconocer algo más severo: todas tuvieron que negociar su lugar frente a un sistema que rara vez fue generoso con las mujeres que no se dejan encuadrar con facilidad.

Desde ahí, la figura de Zilia Sánchez adquiere otra densidad. No como excepción rescatada, ni como nombre añadido tardíamente a un canon que intenta corregirse, sino como indicio de una falla más profunda. La de una tradición crítica que no siempre supo escuchar aquello que no confirma sus propios esquemas. Si su obra tardó en ocupar el lugar que le corresponde, no fue por falta de claridad en su propuesta, sino por la nitidez de los filtros que decidían qué debía ser visto y qué podía permanecer fuera de la luz. Y quizá esa sea la incomodidad más fértil que deja su trabajo: no solo obliga a repensar la pintura. Obliga también a revisar las condiciones bajo las cuales decidimos qué pintura merece ser pensada.

Vigo, 15 de abril de 2026

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