Memoria e historia en la obra de la escritora cubana Flora Basulto de Montoya. Segunda parte y final

La escritora cubana rescató en su obra la historia de las mujeres y los niños durante la guerra de independencia, marcada por el hambre, la violencia y la resistencia.

| Ensayo | 01/10/2026
Flora Basulto de Montoya junto a la portada de su libro Tierra Prócer, publicado en Camagüey en 1955.

Flora Basulto de Montoya, además de su obra pedagógica y literaria, transitó por la escritura de la historia de su Camagüey. Su libro, Una niña bajo tres banderas. Memorias, publicado por vez primera en 1954,[1] es una muestra de la escritura femenina sobre la historia que abordó un tema tan sensible como la presencia de la niñez en las contiendas bélicas de 1895 en esta región.

En 1963 volvió a publicarse bajo el cuidado de Herminio Almendros e Hilda Perera[2]. La Editorial Nacional de Cuba la dio a conocer ese mismo año. Hilda Perera hizo una adaptación del libro original, dirigida a niños y jóvenes. Para esa fecha, su autora había fallecido en Miami, lugar al que fue a residir con su familia en 1961. No tengo registros acerca de si la familia aceptó esta edición de las memorias de Basulto. El libro original no ha vuelto a publicarse nunca más en la isla.

La memoria como testimonio histórico de la infancia

La narración se hace sin un orden cronológico exactamente porque, en efecto, como la autora refiere en las primeras páginas, el relato nace a partir de sus recuerdos. Basulto afirma:

“En el prólogo lo dije y he repetido que relataré cuanto y como me viniera a la memoria los recuerdos de mi niñez, durante la guerra cubana-hispanoamericana, sin ocuparme de señalar época, pues no se trata de efemérides; sino de recuerdos de más de medio siglo. Y es bastante que los rememore como de ayer”.[3]

La memoria actúa de esa forma es como los días que pasan y el sujeto los descubre nuevamente, pero sin orden. Y no siempre puede encontrar en su memoria lo vivido, aunque el recuerdo permanezca en ella.[4] La historia es narrada por la voz de una adulta que rememora, presenta los hechos y los lugares donde acontecieron los hechos y los convierte en escritura. El resultado no es otro que una mixtura entre realidad y ficción. El fundador de la escuela francesa de los Annales, Marc Bloch afirmó que esa forma de narrar los hechos parte de una de las tantas maneras de presentar el discurso histórico:

“Porque la historia no es solo una ciencia del movimiento. Es también una ciencia en pañales, como todas las que tiene por objeto el espíritu humano, este recién llegado al campo del conocimiento racional. O, para decirlo mejor, viaja bajo la forma embrionaria del relato, por mucho tiempo saturada de ficciones y por mucho más tiempo atada a los conocimientos más inmediatamente aprehensibles”.[5]

Las mujeres y los niños ante la violencia de la guerra

Ella no va a contar las grandes batallas de la contienda de 1895, sino que se detiene en otra cara de la guerra, la de las mujeres y los niños que quedaron aun a riesgo de sus vidas, en la retaguardia. Consciente de que narra hechos que han sido obviados por los historiadores, afirma:

“No es corriente que ocurra, o al menos que se haya relatado, entre otros casos inauditos, que una niña de pocos años, corra en lluviosa noche perseguida por descargas de fusilerías derrumbando cuerpos a su alrededor…ni es corriente, que una niña corra ante granadas y descargas cerradas del enemigo, cayendo aquí y levantándome allá y salir ilesa”.[6]

En la “Introducción” la autora explica cómo nació este libro:

Esta historia brota incontenible como raudal rememorativo y un espíritu edificante, creo gustará a los adultos y a la infancia, en cuyas manos pueden ponerla, porque está escrita con sencillez, sin eclecticismo literario, que, si bien da elegancia, también puede quitar claridad. Sabemos que en la actualidad se prefieren los acontecimientos históricos a las novelas de ficción. Y aunque esta obra parece producto de la imaginación, porque son acontecimientos inusitados e inauditos, son originales y genuinamente ciertos.[7]

La vida cotidiana de las mujeres en los campos insurrectos

Muchas familias, especialmente en Camagüey, acompañaron a sus esposos a los campos insurrectos. Llevaron consigo todo lo que podrían necesitar. Hubo mujeres que llevaron hasta sus pianos y vajillas. Aquellas mujeres no hacían otra cosa que trasladar a otro espacio, desconocido para ellas, todas sus costumbres domésticas, sociales y económicas. Las mentalidades actúan así ante espacios que solo imaginan y no hacen otra cosa que trasladar a lo desconocido sus hábitos y costumbres. Se ven obligadas a cambiar todo su mundo. Así, los objetos, las ropas, los utensilios diversos cambian totalmente su función habitual en el nuevo entorno espacial. Es necesario tener esto muy en cuenta para poder entender el relato histórico y la propia dinámica del discurso femenino.

Aquellas mujeres no hacían otra cosa que trasladar a otro espacio, desconocido para ellas, todas sus costumbres domésticas, sociales y económicas.

Hambre, enfermedades y supervivencia durante la guerra

La guerra transformó a aquellas mujeres que aprendieron a vivir bajo el asedio constante, el hambre, la sed, las enfermedades y las pérdidas familiares. Una de las estrategias del ejército español era envenenar los pozos. La autora no solo describe este último hecho, sino que también denuncia las ausencias presentes en la historia oficial. El lugar donde vivían fue arrasado por el ejército español. Quemaron las casas y todo lo que les rodeaba. Pero ellas ya conocían el monte y no hubo bajas. Al regreso se encontraron con el desastre:

Flora Basulto de Montoya (Camagüey, 1889-Miami, 1962), periodista, pedagoga y escritora cubana.

El cubo, aunque aplastado aún podía sacar agua, y eso hicieron. Todos estábamos sedientos y nos ardía la garganta por el calor, la sequedad y las cenizas. Pero antes de que fuéramos a tomar agua, mi tía…la españolizada, se quitó un anillo y dijo:

  • ¡Esperen, puede estar envenenada!
  • ¡Entró el anillo al agua y salió negro!

            Quizás por esto creyeron en la ciudad que todos habíamos perecido.     

Estas son las pequeñeces que no escribe la Historia. Como tampoco he leído en ningún libro lo concerniente al espía que llevaba ron a casa de mi padre para que allí le dieran su último café y su último cigarro.[8]

Basulto relata en su libro como: “Pronto fueron sustituidos los garbanzos, papas, tocinos y jamones españoles, por el criollísimo maíz, el boniato, la yuca, el ñame y la calabaza. Los jamones y tocino por el tasajo de vaca y puerco. A la mantequilla europea la sustituyó el queso frescal; y el azúcar la miel de abejas, que por cierto por sus cualidades terapéuticas nos mantenía saludables”.[9] Muchas veces, cuando los rigores de la guerra arreciaron, las condiciones de vida y alimentación se hicieron también más duras.

El café de maíz era mucho más agradable, pero tenía el inconveniente, que había que tener un extenso terreno cultivado, ya que el maíz era básico en nuestra alimentación, ya salcochado o asado cuando tierno, ya en harina de la que se hacían diversos platos, y el gofio y “pinol”[10] con miel para meriendas y postres. Muchas veces fue nuestro único alimento en nuestras escondidas, por eso siempre tenían una reserva, pues el gofio y el pinal tenían la ventaja de no tener que cocinarlo otra vez, ya que, naturalmente no se debía hacer fuego, para que no delatara nuestro escondite en el bosque.[11]

Valeriano Weyler y la guerra vista desde la infancia

Conoció de la violencia y crueldad del general Weyler. Quizás, como varias veces apunta, lo oyó en las conversaciones de los mayores. Desde su recuerdo infantil escribió:

Pero seguía pensando que algo debía hacer para terminar la guerra…

Si pudiera volar como un pajarito y entrar en la casa de Weyler y decir “Dios y hormiga” y cuando estuviera frente al feroz Weyler, decirle:

“Señor, no sea usted malo que Dios lo va a castigar, señor, acabe esta guerra; señor deje ir a los pacíficos a sembrar los campos, déjelos ir señor, que dicen que en el pueblo se mueren de hambre, enfermedades y epidemias. Señor, diga usted: ¡Viva Cuba libre! Verá señor qué bueno es, verá usted como se ríe señor. Así podremos los niños volver a comer pan. ¿Lo ha probado usted tostadito y con mantequilla por la mañana? Pruébelo señor y verá qué bueno es. Y diga usted: ¡ya no hay más guerra! mis enemigos ya no matan más mambises, y los mambises no matan más a mis enemigos. Creía que él dirá así. Y seguía pensando: Y, ¿si siendo yo una hormiguita me mete un manotazo, o con los pies? Mejor es que me presente como soy; ¡y diga Dios y niña! No, no niña, no que le dicen a Weyler “el asesino de los niños”.[12]

La reconcentración de Weyler y sus consecuencias para Cuba

¿Por qué Valeriano Weyler es designado para Cuba en ese momento? Arsenio Martínez Campos, quien había sido el artífice del Pacto del Zanjón en la Guerra Grande, estaba al frente del gobierno en la isla. España se encontraba en esos momentos en plena crisis económica y política. Necesitaba poner término, a cualquier precio, la nueva guerra en Cuba.  Antonio Cánovas del Castillo le escribió a Martínez Campos para que este diera fin de una vez al conflicto bélico. Este le responde de inmediato y deja claramente expuesta su postura:

Los pocos españoles que hay en la isla solo se atreven a proclamarse tales en las ciudades: el resto de los habitantes odia a España. (...). Podría reconcentrar las familias de los campos en los poblados, pero necesitaría mucha fuerza para defenderlos; segundo, la miseria  y el hambre serían horribles y me vería precisado a dar ración y en la última guerra llegué a dar 40 000 diarias; aislaría los poblados del campo, pero nada impediría el espionaje; me lo harían las mujeres y chicos; tal vez llegue a ello, pero en caso supremo y creo que no tengo condiciones para el caso: solo Weyler las tiene en España (...) no vacile en que me reemplace; estamos jugando la muerte de España, pero yo tengo creencias superiores a todo, y que me impiden los fusilamientos y otros actos análogos (...)  Vencidos en el campo o sometidos los insurrectos, como el país no puede pagar ni nos puede ver, con reformas o sin reformas, con perdón o con exterminio, mi opinión Martínez Campos no se hizo esperar. Regresó a España y Valeriano Weyler llegó a Cuba con 200 000 soldados “en aquel momento la mayor fuerza militar que jamás hubiera atravesado el Atlántico”[13].

Valeriano Weyler

Esa es la razón por la cual Valeriano Weyler llega a Cuba. Todavía hoy se desconocen las cifras de fallecidos en ese holocausto que sufrió la isla. La población disminuyó sensiblemente. Advierte el historiador Anderson que entre 1895 y 1899 se pasó de 1 800 000 a 1 150 000 habitantes. Refiere algo estremecedor: “En 1899, Cuba tenía (…) la menor proporción de niños menores de cinco años de las partes censadas en el mundo; ningún otro país del siglo XIX sufrió la pérdida de la sexta parte de la población. La economía quedó arruinada, un proceso en el que también influyó la despiadada campaña de tierra quemada que Máximo Gómez desató contra las haciendas y la plantocracia”.[14] Tenía mucha razón Flora Basulto en afirmar que Weyler era conocido como “asesino de niños”.

Los bandoleros y sus vínculos con el Ejército Libertador

Flora Basulto narra una situación en la que se vio envuelta su madre a la llegada al campamento mambí: “Como un sueño, y porque lo oí repetir, recuerdo que mi padre le dijo algo muy quedo a mi madre, y que está muy asustada levantó la vista e inmediatamente se esforzó por ignorar a alguien. Era que allí estaba Mirabal, al que le habían llamado “Rey de los campos de Cuba” como Manuel García, Mirabal era un bandolero que infundía pavor (...) No tenían gusto los libertadores de que se les incorporaran a las filas”[15]

Y añade la autora:“En el ejército no se toleraban ladrones, ni dinero mal habido. Los miles de pesos que envió el Rey de los campos de Cuba, que se había vuelto secuestrador, le fueron rechazados por Martí, pues para liberar a Cuba solo aceptaban dinero limpio”.[16] Martí prohibió que se aceptara cualquier donativo que tuviera un origen dudoso. Pero esta orden no fue totalmente acatada. Hay otras referencias como las Crónicas de la guerra en Cuba, escritas por Nicolás Heredia para las páginas de El Fígaro entre 1895 y 1896. Estas crónicas se compilaron en dos cuadernos y fueron publicadas tiempo después. En las mismas, el autor de Leonela apunta:

Casi simultáneamente con los sucesos de Ibarra caía muerto por un balazo que le entró por la cabeza y le salió por el ojo izquierdo, el famoso bandolero Manuel García, titulado el Rey de los campos de Cuba y de quien se decía que reclutaba gente para formar una partida que habría de enarbolar la bandera separatista. Sea de ello lo que fuera, parece que el temible bandolero estaba en inteligencia con algunos jefes separatistas.[17]

Los bandoleros en la guerra de independencia: entre el delito y la causa separatista

Y más adelante añade: “A poco de estar en la manigua se les unió la gabilla de bandoleros, y entonces la partida adquirió un nuevo refuerzo, que hizo pensar en que difícilmente se lograría para que depusiera las armas. Estos temores no eran infundados, pues luego se averiguó que el bandido, después de abrogarse la jefatura de la partida, había puesto a los que acababan de engrosar sus filas centinelas de vista para evitar que desertaran a las autoridades.”.[18] Por otra parte, Francisco López Leyva en su libro, El bandolerismo en Cuba afirmó:

José Álvarez, alias Matagas o Matagatos el más cobarde de los ladrones (...) había elegido para su escondite una finca de la Ciénaga de Zapata (...) finca llamada San Blas, donde muchos aseguran que se conservan ocultos los frutos de sus rapiñas y de allí solo pudo sacarle a tierra alta la férrea mano de Máximo Gómez que lo obligó a salir a pelear. Y, por cierto, que, con tan mala fortuna para el bandolero, que en su primera correría cayó en una emboscada española y de ella salió herido de muerte con un balazo en el vientre.[19]

El regionalismo y las dificultades de la invasión a Occidente

Otro de los acontecimientos en los que se detiene fue en las dificultades que presentaron Gómez y Maceo para llevar adelante la invasión. Ella recuerda la posición de su padre cuando discutía con otros amigos mambises que de forma enfática dejaba claro “Pero es que la invasión de Las Villas y Occidente era necesaria para que la guerra tenga fin con la independencia”.[20] El fantasma del regionalismo, una de las causas del fracaso de la Guerra Grande, aparecía nuevamente en los campos de Cuba. Todo esto dio lugar a deserciones en las filas de los orientales, incluso, mambises del oriente del país que huyeron porque se negaban a luchar lejos de sus casas.

La autora lo amplía en su libro de historia Tierra Prócer, publicado un año después de sus Memorias: “Puerto Príncipe no quería pertenecer a Santiago de Cuba ni a La Habana; sino ser libre, pero optaron al fin por esta; pues en 1742 se había negado a acatar a Santiago de Cuba cuando la agregaron a su territorio por indómita. Inquietaba esta región al Gobierno español; y usando palabras textuales, diremos que se inquietaba: “por sus manifestaciones contrarias a la respetuosa sumisión que sus vasallos debían al Rey y a sus tenientes gobernadores.” [21] Máximo Gómez desarrolló entonces un plan para poder llevar adelante la campaña. Heredia publica en sus Crónicas…

Máximo Gómez y Antonio Maceo ante los obstáculos de la invasión

Con este fin estuvo preparando en el Camagüey grandes masas de caballería e hizo mover a Antonio Maceo con todas las partidas de que pudiera disponer. La marcha del cabecilla oriental debió ser muy lenta y trabajosa, tanto por la dificultad de sacar de las localidades en que siempre residieron a hombres que repugnaban abandonarlas para combatir en otras que les eran desconocidas, cuanto por la serie de obstáculos que le opusieron las columnas españolas debidamente escalonadas desde Santiago de Cuba a la establecida Trocha de Júcaro a Morón.[22]

La intervención de Estados Unidos en la guerra de independencia

La intervención del ejército norteamericano en la guerra estaba decidida desde 1897, como apunta la historiadora María del Carmen Barcia,[23] razón por la cual preparó, por medio de la prensa, al pueblo norteamericano para crear estado de opinión contra España. Emilio Roig de Leuchsering en 1941 escribía:

En este período interesantísimo de nuestra historia (1878-1895) comprendido entre la tregua del Zanjón y el inicio de la revolución organizada y dirigida por el Partido Revolucionario Cubano y José Martí; ocurre en nuestra tierra, entre otros hechos de significación y trascendencia extraordinaria para la suerte futura de la isla, el desplazamiento de España por los Estados Unidos como una metrópoli comercial de Cuba. (...) Absoluta y totalmente, Cuba es, pues, al estallar la guerra de independencia de 1895, colonia económica de Norteamérica.[24] 

Las reacciones de la población cubana, incluido el ejército mambí, fueron diversas. Unos aprobaban la presencia norteamericana en la isla. La política española había sido sumamente torpe no solo en relación con los cubanos, sino también con los españoles de menos recursos residentes en la isla. Parte del mambisado y de la población, después de la reconcentración de Weyler, estaban decididos a terminar la guerra. Algunas figuras del liderazgo intelectual y político de la época como los autonomistas apoyaban la intervención. Hubo mambises que pelearon en Santiago de Cuba en las filas del ejército español para evitar la intervención. Era una situación muy complicada y la historia no se puede concebir en blanco y negro.

Flora Basulto recuerda cómo: “Por entonces sí pensé que las noticias volaban (...) pues en poco tiempo mi casa se llenó de visitas y como si fuera un santo y seña el saludo, ¡antes que Viva Cuba libre!, decían: ¡Los americanos en Cuba! Y hubo café auténtico, café de la finca y arroz con gallina. Y esa fiesta fue por la llegada de los americanos a Cuba. Propusieron bailar, pero mis padres dijeron: no, ¡baile no!”[25]

La autora narra la postura digna del general Calixto García, al que se le negó entrar con sus tropas en Santiago de Cuba.

La capitulación española y las tensiones con el Ejército Libertador

La autora narra la postura digna del general Calixto García, al que se le negó entrar con sus tropas en Santiago de Cuba. Esta maniobra del general norteamericano Shafter impidió que la plaza militar fuera entregada al ejército mambí. En Camagüey se produjeron igualmente situaciones difíciles con el ejército español.

El teniente general Salcedo, jefe español de Camagüey, envió emisarios al Ejército Libertador proponiéndoles la capitulación por la cual evacuarían las tropas españolas de toda la provincia del Camagüey, quedando enteramente libre de la terrible guerra y con la paz anhelada. La única condición era no ser hostilizados en ninguna parte del territorio camagüeyano, para poder acudir al auxilio de las tropas españolas que estaban en Holguín y que entonces todas juntas regresarían para embarcar por Morón.

El Ejército cubano se negó a esta condición. Prefirió seguir luchando, sacrificándose, sosteniendo una guerra que, entre sus penurias, enfermedades y aportes de fuerzas a Oriente, Camagüey estaba paupérrimo, pero con el vigor de su vergüenza y de su honor, incapaz de ayudar al enemigo como Fernando VII, con tal de obtener prebendas.[26]

Mambisas cubanas.

Las mujeres cubanas en la historiografía de las guerras de independencia

La participación de las mujeres cubanas en estas guerras no ha sido suficientemente estudiada por la historiografía insular. Uno de los investigadores que más ha aportado a este tema es Abreu Cardet. Este historiador se ha detenido en las caras ocultas de las otras mujeres, incluso, la valentía de las mujeres integristas que enfrentaron al ejército mambí.

La participación de las mujeres cubanas en estas guerras no ha sido suficientemente estudiada por la historiografía insular.

Carlos Trelles, en su Bibliografía cubana del siglo XX, compiló las obras escritas por mujeres sobre las guerras independentistas. La bayamesa Nena Perdomo, quien escribió, Apuntes históricos para la historia de la Revolución de Cuba. Biografía de Pedro Figueiredo y toma de Bayamo por los insurrectos. Este libro fue publicado en 1903 en La Habana. Ena de Rohan, seudónimo de Fermina de Cárdenas, escribió una novela sobre Calixto García y otra sobre Quintín Banderas ambas publicadas entre 1909 y 1911. En 1916, Laura Dulzaides da a conocer una novela histórica titulada Azares y Azahares centrada en las guerras de independencia. La hija de Pedro Figueredo, Candelaria Figueredo, aportó en sus memorias importantes datos biográficos acerca de su padre, La abanderada 1868: memorias, publicada en 1929. Hasta una obra de teatro se escribió en 1905 por Guadalupe Carrandi, El insurrecto cubano que llegó a estrenarse ese mismo año.[27]

Las escritoras que preservaron la memoria de las guerras de Cuba

El Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana dio a conocer el diario de Encarnación de Varona, una camagüeyana que escribió desde la inmediatez de la campaña. En una de sus páginas ella afirmaba: “Cuántas cosas vieron mis ojos en aquella horrorosa época! (...) Mis hijos eran chiquitos (...) Llevábamos todos con resignación aquella vida ambulante y desprovidos de toda clase de comodidades; pero, aunque demasiada ordinaria la comida, la había en abundancia”.[28]

Otras camagüeyanas dieron también su testimonio como Eva Adan Rodríguez quien le pidió al periodista y novelista cubano Miguel de Marcos que escribiera sus memorias de la guerra. Así nació el texto, Hojas del recuerdo publicado en 1935. Además, de La historia de Evangelina Betancourt y Cisneros contada por sí misma otra principeña de relieve, prácticamente desconocida hoy. Evangelina Betancourt (1877- 1970) protagonizó un hecho casi novelesco. Capturada por el ejército español fue recluida en la Casa de Recogidas de forma preventiva porque sería enviada a una de las prisiones españolas frente a Marruecos. La prensa norteamericana quiso hacer de Evangelina Betancourt un detonante para ganar lectores. Lo hizo, después de varias tentativas, el periodista Karl Decker. Vestida de hombre llegó hasta el puerto de La Habana donde embarcó con documentos falsos hacia Estados Unidos.

Flora Basulto de Montoya escribió “sin que lo mencione, ya el lector habrá notado que antes de escribirse la historia, yo la iba aprendiendo”.[29] Y en ese aprendizaje nos mostró a los lectores las páginas más duras, hermosas y dignas de nuestra historia patria.


Notas:

[1] Esta es la edición con la que trabajado para este texto. En la Biblioteca Provincial de Camagüey no consta la realizada en 1963.

[2] En el ensayo “Apuntes sobre la censura de autores y libros de literatura infantil y juvenil en Cuba (1960-1985)” de Sergio  Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez publicado en el Blog de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, los autores apuntan: “ En 1963 se imprime la adaptación para lectores infantiles realizada por Perera del libro autobiográfico, Una niña bajo tres banderas, de la maestra Flora Basulto de Montoya (publicado originalmente en La Habana, en 1954); este trabajo fue un encargo de Herminio Almendros para la Editora Juvenil y se publicó con ilustraciones de Oliva Robain. En 1964, Hilda Perera se exilia en Miami donde continuará escribiendo una importante obra narrativa tanto para adultos como para niños y jóvenes”.

[3] Flora Basulto de Montoya: Una niña bajo tres banderas. Memorias. La Habana, Compañía Editora de Libros y Folletos, La Habana, 1954, p. 218.

[4] Hago con esta afirmación como una referencia a la novela de José Soler Puig, El pan dormido en la que el personaje narrador, también un niño, afirma: “Y es mentira que los días pasan; están ahí, en algún lugar, amontonados y revueltos, esperando que alguien los encuentre, cada uno diferente, aunque parece que todos son iguales, y lo que pasa es que cualquiera se equivoca y saca otro día en lugar del que se quiere; y puede creer entonces que se ha perdido un día, pero el día que se busca sigue ahí, metido en el montón”. Tomado de José Soler Puig: El pan dormido. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1999, p. 105.

[5] Marc Bloch: Apología para la historia o el oficio de historiador. Fondo de Cultura Económica, México, 2001, p. 48.

[6] Flora Basulto de Montoya: Una niña bajo tres banderas. Memorias, p. 6.

[7] Ibidem, p.5.

[8] Ibidem., p, 167.

[9] Ibid., p.47.

[10] El pinol forma parte de la tradición culinaria cubana en los campos. Se elabora a partir de harina de maíz, tostado o molino. Es también típico de los países de la zona del Caribe. Forma parte de la culinaria prehispánica y se come preferiblemente en las zonas rurales.

[11] Ibid., p. 41.

[12] Flora Basulto de Montoya: Una niña bajo tres banderas. Memorias. p. 207.

[13] Benedict Anderson: Bajo tres banderas..p. 166.

[14] Ibid., p. 167.

[15] Flora Basulto: ob. cit., pp. 28-29.

[16] Ibid., p. 69.

[17] Nicolás Heredia: Crónicas de la guerra en Cuba. Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1957, t. 1, p.14.

[18] Ibid., pp. 15-16.

[19] Coronel Francisco López Leyva: El bandolerismo en Cuba. Imprenta “El siglo XIX”, La Habana, 1930, pp. 33-34.

[20] Flora Basulto: ob. cit., p. 82.

[21] Flora Basulto de Montoya: Tierra Prócer. Compañía Editora de diario El Camagüeyano, Camagüey, 1955, p. 94.

[22] Nicolás Heredia: Crónicas de la guerra de Cuba. Segundo Cuaderno del 1ero de noviembre de 1895 al 10 de febrero de 1896 (Llegada del general Weyler). Imprenta El Fígaro, La Habana, 1896, pp. 37-38.

[23] Cfr., María del Carmen Barcia: “La historia profunda: la sociedad civil del 98”, en: revista Temas , La Habana, 1998, p.30.

[24] Emilio Roig de Leuchsering: Consideraciones fundamentales sobre la guerra libertadora de cubana de 1895, en: Jornadas, no 34, El Colegio de México, México, 1941, pp. 18-19.

[25] Flora Basulto de Montoya: ob. cit., p 221.

[26] Ibid., pp.243-244.

[27] Cfr., Carlos Trelles: Bibliografía cubana del siglo XX. Imprenta de la viuda de Quiróz, Matanzas, 1917, t. 2.

[28] Modesto González Cedeño: La vida pública y secreta de Encarnación de Varona. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana, La Habana, 2000, p. 129.

[29] Flora Basulto de Montoya: Una niña bajo tres banderas. Memorias. p. 65.

▶ Vuela con nosotras

Nuestro proyecto, incluyendo el Observatorio de Género de Alas Tensas (OGAT), y contenidos como este, son el resultado del esfuerzo de muchas personas. Trabajamos de manera independiente en la búsqueda de la verdad, por la igualdad y la justicia social, por la denuncia y la prevención contra toda forma de violencia de género y otras opresiones. Todos nuestros contenidos son de acceso libre y gratuito en Internet. Necesitamos apoyo para poder continuar. Ayúdanos a mantener el vuelo, colabora con una pequeña donación haciendo clic aquí.

(Para cualquier propuesta, sugerencia u otro tipo de colaboración, escríbenos a: contacto@alastensas.com)