El mito en “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier

Alejo Carpentier encontró en Haití un territorio donde la historia, la religión y la imaginación adquirieron una dimensión extraordinaria.

| Ensayo | 18/07/2026
Portada del libro “El reino de este mundo” junto a la imagen del escritor cubano Alejo Carpentier.

El mito es una entidad cultural de importancia extraordinaria para poder comprender la literatura, y en particular para la literatura latinoamericana y caribeña hasta nuestros días. En tanto hecho cultural es objeto de estudio de una serie de disciplinas como la sociología, la historia, la sicología, la filosofía, la lingüística, la historia de las religiones, el arte y la antropología entre otras. Pero su estudio científico verdaderamente comienza a cristalizar a partir del siglo XIX con el alemán Max Müller, que consideró que la génesis del mito en los grupos humanos, especialmente en el mundo oriental, estaba vinculado al mal. No obstante, Müller estudió el mito en su relación con la filosofía y la filología. Pero el estudio del mito y la consolidación de la mitología alcanzaron plena solidez en el siglo XX con estudiosos como Bronislaw Malinowski que influyó notablemente en el cubano Fernando Ortiz.

Otros importantes investigadores del mito a lo largo del siglo XX fueron también el filósofo y antropólogo estructuralista Claude Lévi-Strauss, el epistemólogo Gastón Bachelard, Georges Dumezil especialista en religiones y el antropólogo A.D. Jensen. Gilbert Durand también antropólogo, iconólogo y crítico de arte francés consideraba, por su parte, que el símbolo era un elemento fundamental del mito. Gillo Dorfles filósofo, crítico de arte y siquiatra italiano realizó importantes aportes en relación con la presencia del mito en la sociedad contemporánea y sus vínculos con el mundo de la tecnología.

Carl Jung y Mircea Eliade son dos de los mitólogos más importantes hasta hoy. Ambos formaron parte del Círculo de Eranos, del cual Gustav Carl Jung fue uno de los fundadores, al lado de la filósofa Olga Fröbe-Kapteyn y el filósofo y estudioso de la historia comparada de las religiones, Rudolf Otto. Fundado en 1933, el grupo se dedicó al estudio científico y filosófico de temas concernientes al hombre, la ciencia, la simbología, la religión y el mito. Se reunían una vez al año y discutían temas seleccionados con mucho tiempo de antelación.

En 1942 el tema fue “El principio hermético en mitología, gnosis y alquimia”. En 1949, año en que se publica El reino de este mundo, se discutió “El hombre y el mundo mítico” y en 1950 se abordó “El hombre y el ritual”. Entre los miembros de ese círculo estuvieron también el pedagogo inglés Herbert Read, Henry Corbin y el esteta Erich Neumann.

El mito como objeto de estudio cultural

A partir de estos estudios se construyó una tipología del mito. El mito cosmogónico es uno de los ejes de esa tipología. La cultura fan en África, como casi todos los pueblos del continente, se construye a partir de ese mito. La creación del mundo es asumida a partir de un Dios y pasa de forma oral, porque son culturas ágrafas, de generación en generación hasta nuestros días. En 1920 Blaise Cendrars[1] publicó su Antología negra donde recogió los cuentos, leyendas de diferentes culturas africanas que comprendían los orígenes del hombre, el mundo y las diversas formas de su vida desde un punto de vista cosmogónico.

Portada del libro Antología negra publicada por Blaise Cendrars por primera vez en el año 1921.

¡Verán lo que me contó mi padre, el cual lo sabía por el suyo, y lo sabía desde hace mucho tiempo, mucho tiempo, desde el principio! En el origen de las cosas, en el origen mismo, cuando no existía nada, ni hombres, ni animales, ni plantas, ni cielo, ni sol, ni tierra, nada, nada, nada, Dios ya existía y se llamaba Nzamé… Y a los tres que son Nzamé nosotros les llamamos Nzamé, Mebere y Nkwa. Y en el comienzo Nzamé hizo el cielo y la tierra, y se reservó el cielo para sí. Entonces sopló sobre la tierra, y por acción del soplo nacieron la tierra y el agua, cada una por su lado.[2]

El mito en América y el Caribe tiene una connotación muy especial. Las crónicas de los conquistadores, los diarios, las historias que son el fruto de ese primer impacto con estas tierras condujo a estos hombres a la construcción de mitos. Era la única forma de tratar de entender el mundo que se alzaba ante ellos. El canibalismo fue uno de esos constructos creados por los europeos de los siglos XVI, XVII y XVIII en relación con América y otras regiones del mundo.

La construcción europea del hombre americano

En el siglo XVIII Georges Louis Leclerc, Conde de Buffon sostenía que América era una zona geográfica en total desventaja que el resto de la humanidad. Las teorías de Buffon influyeron en algunos filósofos como David Hume que llegó a afirmar que los hombres de América eran inferiores desde todo punto de vista a los del Viejo Mundo.

Para el abate Corneille de Pauw, los hombres de América además de inferiores eran degenerados. Antonello Gerbi en su libro La disputa del Nuevo Mundo. Historia de una polémica 1750-1900 señalaba: “De Paw es, evidentemente, mucho más radical que Buffon. Buffon se había esforzado por dejar al hombre fuera de su tesis, y había hecho de él, en el peor de los casos, un animalazo frío e inerte e inexperto. Para De Paw, en cambio, el americano no es siquiera un animal inmaduro, no es un niño crecidito: es un degenerado. La naturaleza del hemisferio occidental no es imperfecta: es una naturaleza decaída y decadente”.[3]

Todavía hasta la década del treinta del siglo XX se mantuvo esa disputa sobre el hombre americano. Se partía las ideas de Hegel acerca de que América era un continente sin historia porque carecía de escritura. Habría que añadir que lo mismo ocurría con África. Pero la teoría de la cultura desmintió esta afirmación al apuntar que, la cultura tiene un carácter sistémico, dinámico y posee una memoria que se actualiza constantemente. De tal forma, la memoria cultural actúa de forma creadora y diferente en las diferentes sociedades.[4]

Alejo Carpentier, escritor cubano (Lausana,1904-París,1980)

Carpentier ante las teorías del mito

Alejo Carpentier conoció muy bien todas estas teorías acerca de los mitos y su relación con América. Leyó a uno de los mitólogos más importantes de todos los tiempos, a saber, a Mircea Eliade. Cuando escribe sus crónicas periodísticas en la Sección “Letra y Solfa” en el diario El Nacional de Caracas lo hace evidente.

Al referirse al mito del buen salvaje creado por los europeos para tratar de entender la historia de las nuevas tierras conquistadas advierte el novelista cubano: “Mientras América se hacía historia para España, a través de fidedignos relatos de sus cronistas, más arriba de los Pirineos esa misma América se iluminaba con fulgores del mito”.[5] Y se refiere a los trabajos de Montaigne quien desde Europa y sin haber puesto un pie en América dibuja a los nativos del continente y de las islas como hombres de una mansedumbre exagerada, pero sin dejar de afirmar que hay en ellos ciertos rasgos de canibalismo.

Portada del libro Letra y solfa el cual recopila las crónicas periodísticas publicadas en El Universal por Alejo Carpentier.

En la misma sección periodística escribió acerca de la obra de Georges Dumezil y su concepto acerca de la comparación de los mitos. Por eso, al comentar las ideas del antropólogo francés acerca de las estructuras del mito afirma que: “Las mitologías van pasando, siempre, del plano cosmogónico al de los dioses o semi-dioses gobernantes y legisladores, que establecen principios de poder y derecho. Por medio de los héroes fabulosos, se entroncan con la Historia”.[6] Alejo Carpentier leyó a Mircea Eliade y se refiere a él en más de una ocasión. Decía Carpentier refiriéndose a Eliade y a la problemática del mito, la historia y la cultura:

La idea de la culpa, del pecado original, se halla en todo el pensamiento religioso. Aun los pueblos menos avanzados en su cultura parecen recordar un estado perfecto, perdido para siempre, una vida que transcurría en una suerte de jardín ideal, donde los árboles ofrecían sus frutos, en todas las estaciones, a un hombre desconocedor de la codicia y la violencia. “En aquellos tiempos el hombre era inmortal y podía contemplar la faz de Dios sin avergonzarse; era feliz y no tenía que trabajar para procurarse el sustento”. Esa “universal nostalgia de la condición edénica”—escribe Mircea Eliade— se tradujo en toda una literatura construida en torno de imágenes tales como “las islas venturosas, los paisajes celestiales del Trópico, la beatitud de la desnudez, la belleza de las mujeres indígenas, etcétera”. Aun desengañados por los reveses sufridos, conociendo la bizarría de los caribes, la inclemencia de ciertos climas, la acción de las plagas, la presencia de las fiebres y “espantables dragones” en estas tierras de América, los primeros conquistadores no renunciaban a hallar la Fuente de la Eterna Juventud o la gran ciudad del Dorado—otras tantas paráfrasis del mito paradisíaco.[7]

Cultura, historia y diversidad en Carpentier

La presencia de estas ideas de Carpentier en sus ensayos, crónicas, conferencias tanto como en su narrativa responde a alguien que comprende la cultura desde una perspectiva que transgrede todo dogma. Para el autor de Los fugitivos la cultura tiene un condicionamiento histórico que es el punto de partida de su diversidad. Carpentier, por otra parte, se fuertemente atraído por la antropología cultural y otras manifestaciones del pensamiento de avanzada de su tiempo.

Es justamente estos saberes los que le permiten entender a América y al Caribe como un lugar donde la historia no puede ser asumida como única, sino a partir de sus diferencias. Esa fue la base conceptual a sus reflexiones acerca de los contextos que tuvieron como punto de partida en su prólogo a El reino de este mundo. La importancia de este prólogo es crucial en la medida por constituir una aproximación a la teoría de la novela latinoamericana y caribeña. Carpentier parte, pues, de un conocimiento cabal de esta otra parte del mundo despojado de la superficialidad de una jungla como la de Wifredo Lam.

La mirada antropológica de Alejo Carpentier

En 1934, todavía en el Viejo Continente, Alejo Carpentier realizó un recorrido que lo llevó al “descubrimiento” del Mediterráneo como afirma en sus crónicas para Carteles. La lectura de estas crónicas pone de relieve el interés del novelista por los tipos humanos, sus costumbres, lenguajes e historias. Hay una mirada que hoy afirmaríamos antropológica y sociológica. En su texto “Brujas, ciudad de brumas”, escrito en junio de 1934 afirmaba:

Los monumentos, las piedras viejas, las obras de arte, me interesan mucho menos que los individuos. Más me atraen las expansiones populares, un refrán secular, un canto, captados al pie de la Alhambra de Granada, que la Alhambra misma. México, España, viven más vigorosamente en mi memoria por el recuerdo de tipos, que por la evocación de cúpulas de azulejos o iglesias barrocas. Esto explica, en parte, mi afición por los países del sol. A medida que nos desplazamos hacia el sur, hacia regiones más cálidas, más cercanas del trópico, las expresiones del alma popular cobran mayor espontaneidad.[8]

Haití y el descubrimiento de lo real maravilloso

Un año antes de publicar su segunda novela, El reino de este mundo hizo un recorrido por La Gran Sabana. El resultado de esta visita avivó todavía más su interés por la historia americana, su paisaje, su naturaleza y sus hombres. Su interés e impacto cuando una vez en Haití asciende hasta la Ciudadela de La Ferriére y recorre las ruinas que fueron escenario de acontecimientos que cambiaron la historia del continente hasta alcanzar la fuerza telúrica del mito de las revoluciones. América despertó, pues, en Carpentier un renovado interés por el mito y la historia: “Y es que, por la virginidad del paisaje, por la formación, por la ontología, por la presencia fáustica del indio y del negro, por la Revelación que constituyó su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició, América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías”.[9]

La renovación de la historia y la escuela de los Annales

Coincidente con el surgimiento de la Mitología, en tanto saber científico en los años de esta primera estancia carpenteriana en Europa, se está produciendo también un viraje en el terreno de la Historia y el oficio del historiador. Desde la década del veinte, comienza a publicarse en Francia la revista Annales en la que se cuestionan los métodos empleados por la Historia hasta ese momento como registradora solo de grandes hechos, batallas o personalidades. Una de las figuras centrales del grupo de los Annales fue Fernand Braudel cuya obra se destacó por sus extraordinarios estudios acerca del Mar Mediterráneo.[10] En el prólogo a la primera edición de El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, incluido en la edición de 1953 realizada por el Fondo de Cultura Económica, su autor expone:

Portada del libro El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II e imagen de Fernand Braudel.

El historiador tendrá que ser, desde luego, historiador, pero también y a su tiempo, economista, sociólogo, antropólogo y hasta geógrafo. En este alcance imperialista (en el sentido amplio de la palabra), no nos extrañemos que el historiador encuentre ante sí dificultades en verdad insuperables que hacen que la realidad de la vida humana, tanto en el presente como en el pasado, deba captarse en talleres diferentes, por ciencias particulares, en suma, simultáneamente por varios lados. Ninguna inteligencia puede captar hoy la realidad social de una vez y en toda su viviente actitud.[11]

Fernand Braudel y una nueva concepción de la historia

La concepción que tiene Braudel de la historia entre las que destaca su sentido holístico, los términos de larga y corta duración entre otras debieron ser conocidos por Carpentier. La obra cumbre del historiador francés no apareció hasta 1946, pero sus diversos artículos y ensayos se publicaron mucho antes en los Annales revista que debió leer el autor de Los pasos perdidos. Por otra parte, al volver sobre las crónicas que publicó Emilio Roig de Leuchsenring en la revista Social en relación con La Habana, se hace obvio que hay un cambio de enfoque en relación con la historia que coincidía con la de esta joven escuela de los franceses.

Lo mismo ocurre con Jorge Mañach y sus textos acerca de la historia y el estilo literario en Cuba. Pero la mejor muestra de que en Cuba se conoció muy temprano de estas concepciones y métodos históricos está en la obra magna de Ramiro Guerra, Historia de la nación cubana llevada a cabo por un importante equipo multidisciplinario. Además, aparecen los libros de Enrique Serpa, Días de Trinidad (1939) y Mudos testigos (Historia de un cafetal) 1948 de Ramiro Guerra, ambos con un enfoque desde la microhistoria. Todo lo cual indica que Alejo Carpentier no estaba de espaldas a estos cambios historiográficos.

El Caribe como un Mediterráneo americano

El marcado interés del autor de El reino de este mundo por los tipos humanos, tal como los concibe a partir de Ti Noel y Mackandal, los sucesivos cambios sociales tan diferentes a los del resto del continente y de las Antillas, la mirada a los grupos humanos nunca homogéneos, el mar como frontera[12] pero ese mar que despertó el interés de Alejo Carpentier en Europa, a saber, el Mediterráneo, le tuvo que enseñar, Braudel mediante, que la historia no podía ser asumida desde una sola dirección.

Nuestro mediterráneo, es ese Caribe que une a las islas diversas en sus culturas, historias y cambios sociales. Por eso, el mundo de este reino presentado por Carpentier está condicionado también, y, sobre todo, “Por el mar que insinúa, entre otros continentes en miniatura, sus vastos espacios fragmentados, porque el Mediterráneo, más que una entidad singular, es un complejo de mares […] para, gracias a ellos, establecer las condiciones generales de la vida de los hombres”.[13]

Historia y mito en El reino de este mundo

En ese sentido, El reino de este mundo, publicada por vez primera en 1949, se evidencia un exhaustivo estudio de la historia no sólo de Haití, sino de otras fuentes documentales. Algunos investigadores sitúan a El reino de este mundo como una novela histórica. La historia es el eje esencial del texto, pero aparece temporalmente fragmentada. Lo que manifiesta esta novela es que en América todo discurso histórico está marcado por la diferencia e integración de culturas disímiles. El resultado no es otro que una amalgama, por una parte. Por otra, esa mixtura lleva a una dinámica cultural muy difícil de entender para otros. No puede haber, pues, un tipo de novela histórica para nosotros, sino una tipología que tiene como base el entender nuestra historia desde el MITO. Al escribir al director del Fondo de Cultura Económica para proponerle la publicación de esta novela, Carpentier resaltaba lo siguiente:

Portada de la primera edición en 1949 de El reino de este mundo.

Pero no quise dar al libro la forma de un mero trabajo histórico, pues me hubiera privado de un cierto número de elementos poéticos nada desdeñables: elementos de luz, de arquitectura, de hábitos, de violencias. Pero tampoco quise hacer la clásica novela, con diálogos convencionales, inexactitudes y un falso realismo retrospectivo. Por ello di al libro la forma de un relato, sumamente apretado, sin diálogos, en que los hechos se encadenan unos con otros […] sin embargo no hay un hecho, un nombre de personaje o de lugar, un detalle, una cronología, que no haya sido objeto de una cuidadosa comprobación histórica.[14]

No es el caso de la primera novela de Víctor Hugo, Bug-Jargal que tuvo una primera edición en 1826 y otra en 1832 y cuya temática fueron los sucesos ocurridos en Santo Domingo en 1791. Esta novela es quizás el antecedente más cercano que tuvo Alejo Carpentier para concebir El reino de este mundo.            

La novela histórica según Alejo Carpentier

Ti Noel, hilo conductor de esta narración, presenta al lector no toda la historia de las revoluciones que ha vivido, sino sólo momentos fractales de la historia desde una perspectiva esencialmente neobarroca. El personaje no establece diálogos sólo observa cómo se van sucediendo los hechos. Fascinado por las historias del gran Mackandal este lo va a acompañar siempre en su memoria y en sus actos.

Esto es fundamental para entender la transformación de Ti Noel.  Porque Mackandal será el gran mito de esta novela. El esclavo que, convertido en héroe, no sólo dirigió la primera de las sublevaciones, sino que mostró a aquellos esclavos criollos desconocedores de su pasado quiénes eran y por lo que deberían luchar. Por eso, Mackandal nunca se separa de Ti Noel, que más que un personaje es la encarnación de esa masa de hombres que lucharon a través de los siglos hasta encontrarse a sí mismos:

Salmodiaba en el molino de cañas, en horas en que el caballo más viejo de la hacienda de Lenormand de Mezy hacía girar los cilindros. Con voz fingidamente cansada para preparar ciertos remates, el mandinga solía referir hechos que habían ocurrido en los grandes reinos del Popo, de Arada, de los Nagós, de los Fulas. Hablaba de vastas migraciones de pueblos, de guerras seculares, de prodigiosas batallas en que los animales habían ayudado a los hombres. Conocía la historia de Adonhueso, del Rey de Angola, del Rey Da, encarnación de la Serpiente, que es eterno principio, nunca acabar, y que se holgaba místicamente con una reina que era el Arco Iris, señora del agua y de todo parto. Pero, sobre todo, se hacía prolijo con la gesta de Kankán Muza, el fiero Muza, hacedor del invencible imperio de los mandingas.[15]

Se está ante la presencia inequívoca de un mito que como señala Mircea Eliade en su libro Mito y realidad: “Cuenta con una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los “comienzos”. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a los Seres sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea esta una realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución”.[16]

Mackandal, héroe y mito de la resistencia

Carpentier logra una síntesis histórica única en nuestra narrativa al poner en boca de Mackandal los orígenes de aquellos esclavos nacidos en África llegados al continente y a las islas. Los negros que, despojados de todo solo pudieron traer consigo sus creencias, sus tradiciones y sus propios mitos para adaptarlas a una geografía física y cultural totalmente diferente. Por eso Mackandal le habla de la presencia de los Fula, los Nagós, él mismo un mandinga que eran pueblos y culturas diversas trasplantadas de África a este lado del mundo. El autor hace evidente, desde el inicio de la novela que esa África que ha quedado atrás es de una riqueza cultural múltiple que se ha transculturado antes entre ellos mismos y luego, al mezclarse en los campos, barracones, lugares de labor y vida de esclavitud.

Por tanto, Alejo Carpentier muestra a través de Mackandal que no se trata solo de conocer los orígenes de la Creación, sino también las luchas por el bien, por la libertad desde una perspectiva del mito escatológico y la presencia de la Serpiente, principio de la religión vodú tal como fue concebida en un principio en las lejanas tierras africanas.

La transformación de Ti Noel

Ti Noel nunca antes había oído hablar de su pasado. Es a partir de Mackandal que “Aunque sus luces fueran pocas, Ti Noel había sido instruido en esas verdades por el profundo saber de Mackandal”. Y, en este caso, se produce la transformación de que, quien cuenta esas historias, acaba por convertirse en un nuevo mito. Por tanto, para Ti Noel los acontecimientos históricos que le sucederán, serán algo más de lo que se pueda percibir en la inmediatez. Eso lo lleva a entender que su reino ya no será el sueño de África, ni de Europa, sino un pueblo fundado sobre una nueva historia. A Ti Noel, de regreso de Santiago de Cuba, le cuesta reconocer aquella caricatura de una falsa Corte imperial donde lo que más le asombraba:

Era el descubrimiento de que ese mundo prodigioso, como no lo habían conocido los gobernadores franceses del Cabo, era un mundo de negros. Porque negras eran aquellas hermosas señoras, de firme nalgatorio, que ahora bailaban la rueda en torno a una fuente de tritones; negros aquellos dos ministros de medias blancas, que descendían, con la cartera de becerro debajo del brazo, la escalinata de honor; negro aquel cocinero, con cola de armiño en el bonete, que recibía un venado de hombros de varios aldeanos conducidos por el Montero Mayor; negros aquellos húsares que trotaban en el picadero; negro aquel Gran Copero, de cadena de plata al cuellos, que contemplaba, en compañía del Gran Maestre de Cetrería, los ensayos de actores en un teatro de verdura; negros aquellos lacayos de peluca blanca, cuyos botones dorados eran contados por un mayordomo de verde chaqueta; negra, en fin, y bien negra, era la Inmaculada Concepción que se erguía sobre el altar mayor de la capilla, sonriendo dulcemente a los músicos negros que ensayaban una salve.[17]

El reino de Henri Christophe y la repetición de la tiranía

El mito escatológico de la violencia y el miedo provocado por esta tiranía de la que es víctima Ti Noel se transforma en generador de una nueva violencia que sólo deja en pie a La Ciudadela de la Ferriere. Enorme construcción hecha de pura piedra como expresión de una transculturación tan traicionera como el poder que albergó en ella. Allí Ti Noel no tiene cabida. Atrás ha dejado mundos diversos que jamás entendió y que nada valieron para él. Ahora desfila Paulina Bonaparte quien en la isla asume los ritos religiosos para tratar de llenar su vacío espiritual. Ella se llena de collares cuyos significados jamás conoció.

Tampoco hubo una relación entre Ti Noel y Lenormand de Mezy. Salvo desprecio y odio, ninguna otra cosa se movió entre ellos. El mundo de la cultura europea le es tan ajeno que solo puede ridiculizarla al final de su ciclo cuando vestido con su horrible casaca verde dicta órdenes que se perdían en el viento. Él crea su propio mundo, su propio espacio, su única nación donde la Enciclopedia sobre cuyos tomos se sienta nada tiene que ver con el reino verdadero que está por erigirse. África, donde están los orígenes de Mackandal, también ha quedado atrás.

El reino verdadero es el de una nación que se construyó a partir de una visión en la que historia y mito se entremezclaron con la muerte y la violencia, con la sangre y las lágrimas, pero también con el heroísmo de figuras como Mackandal que tejió la historia e indicó el camino hasta convertirse en el gran héroe mítico de la nación haitiana. Pero de pronto la traición y el horror vuelven a apoderarse de la realidad y solo el recuerdo de Mackandal puede salvarlo. El mito es eso: la sublimación de la historia en el duro bregar de la existencia humana.

Fragmento del prólogo de El reino de este mundo.

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[1] Alejo Carpentier conocía la obra de Cendrars y, específicamente, su Antología negra. El autor de Concierto barroco dice de este poeta, novelista e investigador francés: “Blas Cendrars no es un genio, evidentemente…Pero su Antología negra, traducida a veinte idiomas, figura en todas las bibliotecas, por haber sido un libro inteligente y oportuno que reveló a los públicos, en fecha bastante reciente, el auténtico valor literario de ciertas ficciones cosmogónicas, relatos tradicionales, consejas, apólogos, proverbios, del África”. Tomado de: “Cendrars y el Brasil”, en: Literatura poética. Colección Letra y Solfa. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2001, vol. 8, p.94.

[2] Blaise Cendrars: Antología negra. Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1990, p.15.

[3] Antonello Gerbi: La disputa del Nuevo Mundo. Historia de una polémica 1750-1900. Fondo de Cultura Económica, México, 1960, p.50.

[4] Cfr., I. Lotman: “La memoria a la luz de la culturología”, en: revista Criterios. No 31, Cuarta época, enero-junio de 1994, pp. 223-228.

[5] Alejo Carpentier: “El mito del buen salvaje”, en: Mito e historia. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1997, vol. 5, p. 63.

[6] Alejo Carpentier: “Treinta años de investigación”, en: Alejo Carpentier: Mito e historia, Ed. cit., p.103.

[7] Alejo Carpentier: “El mito paradisíaco”, en: Alejo Carpentier: Mito e historia, ed. cit., p.66.

[8] Alejo Carpentier: “Brujas, ciudad de brumas”, en: Crónicas. Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1976, tomo II, p.178.

[9] Alejo Carpentier: Prólogo a: El reino de este mundo. Edición facsimilar. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1999, pp. 15-16.

[10] F. Braudel escribió su obra más importante El Mediterráneo y el mundo del mediterráneo en la época de Felipe II en la cárcel bajo la ocupación alemana a Francia. La obra, concebida en tres tomos, tuvo su primera edición en francés en 1946.

[11] F. Braudel: El Mediterráneo y el mundo del mediterráneo en la época de Felipe II. Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1953, p.10., t. 1.

[12] Entre los primeros en escribir acerca de una teoría de las fronteras para poder entender los procesos culturales en América y las Antillas fue Jorge Mañach. No lo desarrolló como libro, no tuvo tiempo, pero quedaron sus conferencias que la Universidad de Puerto Rico publicó en la década de los 70. Una de las preguntas que se hacía Mañach era “¿Tienen las islas por ser islas un distinto repertorio de posibilidades históricas o un peculiar destino?”. Mucho más tarde, el tema volvió a ser trabajado por Antonio Benítez Rojo en su libro El Caribe que se repite.

[13] F. Braudel: El Mediterráneo y el mundo del mediterráneo en la época de Felipe II. Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1953, p.28, t. 1.

[14] Alejo Carpentier: Carta a Daniel Cosío Villegas. Caracas, 11 de abril de 1948, en: El reino de este mundo. Edición Facsimilar. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1999, pp.214-215.

[15] Alejo Carpentier: El reino de este mundo. Edición facsimilar. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1999, p.27.

[16] Mircea Eliade: Mito y realidad. Ed. Labor, S.A., Barcelona, 1991, p.6.

[17] Alejo Carpentier: El reino de este mundo, p.127.

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