Narrativa estadounidense │ Alice Walker: “Las flores”

Con un estilo que se distingue por el crudo realismo y la sensibilidad poética, Alice Walker muestra en sus textos el dolor y la fuerza de la mujer afroamericana.

| Escrituras | Narrativa | 26/04/2026
Faith Ringgold: "¡Escóndanse, pequeños!" (1966), detalle.
Faith Ringgold: "¡Escóndanse, pequeños!" (1966), detalle.

Mientras iba saltando, ligera, del gallinero a la pocilga al ahumadero, a Myop le pareció que los días nunca habían sido tan hermosos como aquellos. Sentía en el aire una frescura tal que la hacía arrugar la nariz. La cosechas de maíz y algodón, de cacahuete y calabaza, traían de cada día una nueva sorpresa que le provocaba pequeños temblores de emoción.

Myop llevaba una rama corta y nudosa. La usaba para espantar a los pollos que se cruzaban en su camino, y para marcar el ritmo de una canción en la cerca que bordeaba del chiquero. Se sentía ligera y de buen ánimo bajo el cálido sol. Tenía diez años y nada existía para ella más que su canción, la rama que aferraba con su mano de color café oscuro, y la voz con que entonaba su melodía: la-di-la-la-la.

Alejándose de las paredes oxidadas de la casa de su familia de campesinos, Myop caminó junto a la cerca, siguiendo el arroyo que venía del manantial. Alrededor del manantial, del cual la familia sacaba el agua para beber, crecían helechos plateados y flores silvestres. Unos cerdos hozaban en la orilla poco profunda. Myop observó las pequeñas burbujas blancas que cubrían la delgada superficie entre el suelo y el agua que, en silencio, subía y se deslizaba corriente abajo.

Muchas veces había explorado los bosques detrás de su casa. Con frecuencia, a fines del otoño, su madre la llevaba a recoger nueces entre las hojas caídas. Hoy, prefirió seguir su propio camino, vagando de aquí para allá, cuidando de no pisar una serpiente. Encontró en su paseo muchos helechos y hojas comunes pero bonitas, extrañas flores azules con bordes aterciopelados y un arbusto de calicantos lleno de capullos pardos y olorosos.

hacia las doce del día, con los brazos llenos de ramitas, se encontraba a una milla o más de casa. Otras veces había llegado así de lejos, pero no le gustaba hallarse en territorio extraño, lejos de los sitios que más frecuentaba. La pequeña cala a la que había llegado le parecía lúgubre. El aire estaba húmedo. El silencio era apretado y profundo.

Myop emprendió el camino de vuelta a casa, de regreso a la paz de la mañana. Fue entonces cuando lo pisó en los ojos. Su talón se atoró en la cresta rota entre el ceño y la nariz, y ella se inclinó deprisa, sin miedo, para soltarse. Sólo cuando vio su sonrisa desnuda dio un pequeño grito de sorpresa.

Había sido un hombre alto, a juzgar por la distancia de sus pies al cuello. Su cabeza estaba a un lado, un poco cubierta por las hojas y la tierra. Myop las apartó con su mano y vio que había tenido grandes dientes blancos, aunque ahora estaban todos agrietados o rotos. Tenía los dedos largos y huesos muy grandes. Toda su ropa se había podrido, salvo algunos harapos de la mezclilla azul de su overol, cuyas hebillas se habían puesto verdes.

Myop revisó los alrededores del sitio con interés. Muy cerca del lugar donde había pisado la cabeza había una rosa silvestre. Mientras la recogía para agregarla a su ramo, notó un montículo, una especie de anillo alrededor de la raíz de la rosa. Eran los restos de un nudo de horca: un trozo de la cuerda de un arado que ahora se mezclaba con la tierra. Otro trozo de cuerda colgaba de la rama de un roble alto y frondoso. Podrido también, roto, desteñido y desgastado, pero girando sin descanso, movido por la brisa.

Myop puso sus flores en el suelo.

Y el verano terminó.

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Publicado originalmente en 1973, en el libro Enamorada y en problemas, “Las flores” es uno de los cuentos cortos más impactantes de Alice Walker y un texto esencial de la literatura afroamericana contemporánea. A través de su protagonista, una niña de apenas diez años, nos muestra la terrible realidad de la violencia racial y el fin de la inocencia. Autora de obras emblemáticas como El color púrpura (1982), Walker es una de las voces más notables de la literatura estadounidense y un referente del feminismo negro en el mundo. Su escritura se distingue por esa mezcla de crudo realismo y sensibilidad poética con la que logra reflejar, como pocos autores, la resiliencia de las mujeres afroamericanas.

Se ilustra este cuento de Alice Walker con una pintura de la artista estadounidense Faith Ringgold, versátil creadora que trabajó la pintura, el arte textil y la literatura en un diálogo crítico con los discursos dominantes de su país para contar las historias casi siempre ignoradas de la cultura y la experiencia vital de los afroamericanos a lo largo de generaciones.

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