Referentes │ Clarice Lispector: “La soledad de no pertenecer”
En este breve ensayo, Clarice Lispector nos habla de cómo el desarraigo se convirtió en una de las experiencias que marcaron su vida y su literatura.
Clarice Lispector nació en 1920 en Ucrania, en una familia judía que huía de los pogromos, y llegó a Brasil cuando ella tenía apenas dos años. Ni europea ni del todo brasileña, creciendo entre la emigración forzosa y la pobreza, Clarice quedó huérfana siendo todavía una niña y encontró en la escritura un refugio y un camino que la llevaría a convertirse en una de las voces más notables de la literatura brasileña. Estas experiencias y, ya de adulta, su exilio voluntario en Europa y los Estados Unidos, hicieron de ella una persona sin arraigos profundos.
Esa suma de pertenencias fracturadas, de soledades y anhelos de integración, es una obsesión que marca toda su obra. Para ella, la incomunicación, la soledad y la imposibilidad de ser plenamente comprendida trascienden lo personal y reflejan una condición humana esencial.
En “La soledad de no pertenecer”, Lispector nos muestra cómo esa suerte de extrañeza crónica se le hizo no solo fuente de un dolor íntimo e inconfesable, sino también una singular forma de libertad, tan difícil de rechazar como de asumir.
La soledad de no pertenecer
Estoy segura de que, en la cuna, mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que ahora no importan, debía de estar sintiendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací por nacer. Ya en la cuna sentí esta hambre humana que ha seguido acompañándome toda la vida, como si fuese un destino. Hasta el punto de que mi corazón se contrae de envidia y de deseo cuando veo a una monja: ella pertenece a Dios.
Precisamente porque es tan fuerte en mí el hambre de entregarme a algo o a alguien, me volví bastante arisca: tengo miedo de revelar cuánto lo necesito y lo pobre que soy. Sí, soy muy pobre. Solo tengo un cuerpo y un alma. Y necesito más que eso. Quién sabe si empecé a escribir tan pronto porque, al escribir, por lo menos me pertenecía un poco a mí misma, aunque eso sea solo un triste facsímil.
Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, he perdido la capacidad de ser persona. Ya no sé cómo se hace. Y una forma nueva de la “soledad de no pertenecer” ha empezado a invadirme como la hiedra de un muro.
Si mi deseo más antiguo es el de pertenecer, ¿por qué entonces nunca he formado parte de clubes o de asociaciones? Porque no es eso a lo que yo llamo pertenecer. Lo que yo quisiera, y no consigo, es, por ejemplo, que todo lo que de bueno surgiese en mi interior pudiese entregarlo a aquello a lo que perteneciese. Incluso mis alegrías, qué solitarias son a veces. Y una alegría solitaria puede volverse patética. Es como tener un regalo envuelto en papel bonito en las manos y no tener a quién decirle: “Toma, es tuyo, ¡ábrelo!” Como no quiero verme en situaciones patéticas y, por una especie de contención, evito el tono de tragedia, raramente envuelvo con papel de regalo mis sentimientos.
Pertenecer no es solo consecuencia de ser débil y de necesitar unirse a algo o a alguien más fuerte. Muchas veces mi intenso deseo de pertenecer surge de mi propia fuerza, quiero pertenecer para que mi fuerza no sea inútil, para que haga más fuerte a otra persona o a una cosa.
Sin embargo, tengo una alegría: pertenezco, por ejemplo, a mi país, y como millones de otras personas pertenezco tanto a él que soy brasileña. Y yo que, sinceramente, nunca he deseado ni desearé la popularidad —soy demasiado individualista para poder soportar la invasión de la que es víctima una persona popular—, me siento, no obstante, feliz de pertenecer a la literatura brasileña por motivos que no tienen nada que ver con la literatura, porque ni siquiera soy una literata o una intelectual. Soy feliz solo por “formar parte”.
Casi consigo visualizarme en la cuna, casi consigo reproducir en mí la vaga aunque permanente sensación de necesitar pertenecer. Por razones que ni siquiera mi madre o mi padre pudieron controlar, nací y me quedé así: nacida.
Sin embargo, mi nacimiento fue planificado de una manera tan bonita... Mi madre ya estaba enferma, y, según una superstición bastante extendida, se creía que tener un hijo curaba a las mujeres de una enfermedad. Entonces fui creada deliberadamente: con amor y con esperanza. Pero no curé a mi madre. Y hasta hoy siento la carga de esta culpa: me hicieron para una misión específica y fallé. Como si contasen conmigo en las trincheras de una guerra y hubiese desertado.
Sé que mis padres me perdonaron haber nacido en vano y haber traicionado su gran esperanza. Pero yo no me lo perdono. Desearía que simplemente se hubiese producido un milagro: nacer yo y curar a mi madre. Entonces sí: habría pertenecido a mi padre y a mi madre. No podía confiar a nadie esa especie de soledad de no pertenecer porque, como un desertor, mantenía el secreto de una huida que por vergüenza no podía darse a conocer.
La vida me ha hecho pertenecer de vez en cuando, como si lo hiciese para darme la medida de lo que pierdo cuando no pertenezco. Y entonces lo supe: pertenecer es vivir. Lo sentí con la sed de quien está en el desierto y bebe con ansia los últimos tragos de agua de una cantimplora. Y después la sed vuelve y camino realmente por el desierto.
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