Poesía venezolana │ Dos poemas de Ida Gramcko
Ida Gramcko es una de las voces más auténticas de la literatura venezolana, con una obra que transita desde el lirismo íntimo hasta la ruptura de las normas.
Arráncame las áridas raíces
Arráncame las áridas raíces,
déjame suspendida en el espacio
entre los vientos firmes.
Allí se está como en un gran regazo
maternal y sin límites.
Déjame con los pájaros,
indagan lo invisible.
¡Ah, más allá del cielo se alza un árbol
que sus alas indómitas persiguen!
No lo han visto jamás y, sin embargo,
creen sentir su rumor en los confines.
Rumor de hojas distantes… Pero ¿acaso
no lo vieron, gigante, en el origen
primero de la vida, y en sus cantos
no es la voz de la ausencia lo que aflige?
Deja que suba a lo alto
y que mi canto vibre.
Canto la ausencia de algo,
de una estrella enterrada en nubes grises.
La sombra azul del árbol
se dilata y me ciñe.
Déjame con los pájaros.
Soy una flor delimitada y triste.
Arráncame los pétalos y el tallo
y la fragancia, y líbrame.
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No te puedo nombrar…
No te puedo nombrar. No tienes nombre. Eres lo que se siente. Nunca lo que se explica. ¡Oh mi Absoluto Amado, a quien descubro ahora sin que ninguna forma lo limite! Perdóname la antigua reflexión.
No eres lo que se piensa. Eres lo que se ama. No eres conocimiento sino sólo estupor. No eres el perfil sino el asombro. No eres la piedra sino lo inaudito. No eres la razón sino el amor.
De la mano del Ángel yo he ascendido a tu hallazgo que nunca es un concreto tesoro sino continuamente un descubrimiento inenarrable. El Ángel, a mi lado, sintió también intensa, más intensa que nunca, más intensa que con algo o con alguien, esa visión de inmensidad. Como con nadie, no porque cada caso es singular, sino porque aquel acto fue más hondo que todos los suyos, como si recibiéramos de pronto un advenimiento de infinito.
Y es inútil pensar en encarnarte. Eres lo que nunca se puede encarnar ni nombrar porque sólo nos juntas las manos y nos haces doblar las rodillas.
Déjame sentirte, ¡oh infinitud, oh zona inmensa, dimensión sobrehumana, oh mi Dios, siempre con la piel deslumbrada tanto que el cuerpo se me vuelve luz! Déjame estupefacta, arrebatada, y déjame que vibre para siempre con la palpitación mía e íntima.
Quisiera ser aquella que permanece, atónita, ante ti. La que no sabe de tu nombre, la que no sabe de tu forma, una ignorante estremecida. Y que así sea.

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La poesía de Ida Gramcko es testimonio de un proceso de búsqueda constante. Desde su primer libro, Umbral (1942), publicado con solo 18 años, sorprendió por su precocidad y su madurez en el abordaje de temas como el amor erótico, el deseo de comprender el complejo mundo de las relaciones humanas y la preocupación por el futuro. La escritura y las preocupaciones de Ida evolucionaron gradualmente hacia la indagación sobre el sentido de la existencia, la soledad, la locura y el vínculo con la naturaleza. Su estilo se tornó más grave e íntimo, haciendo de la palabra un instrumento de experimentación, pasando del lirismo y el verso clásico a la prosa reflexiva y la narración, en ocasiones rompiendo con los esquemas de los géneros literarios, pero sin poses de rebeldía, sin renunciar a la autenticidad de un camino que hizo de ella una de las autoras más singulares de la literatura venezolana del siglo XX. “Mi vida literaria, mi vida, ha sido una búsqueda afanosa, angustiada, un clamor y una petición de verdad”, escribió.
Se acompañan estos poemas de Ida Gramcko con dos obras de su hermana, la artista Elsa Gramcko (1925-1994), quien fuera una de las más notables exponentes del arte abstracto en Venezuela. Escultora y pintora, Elsa se vinculó desde joven al grupo vanguardista “Los Disidentes”, fundado en 1950 por Alejandro Otero, con quienes hizo su primera muestra pública en el I Salón de Arte Abstracto de Caracas. Desde entones su obra se expuso con regularidad en las principales galerías y museos de América y Europa, convirtiéndose en una de los principales exponentes del arte contemporáneo latinoamericano.
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