Mi primer 8 de marzo en libertad

Aprender la libertad implica desmontar esas capas invisibles que el miedo deja con los años: la autocensura, los silencios estratégicos...

| Crónica | Opinión | 09/03/2026
Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas

El metro avanza bajo Madrid con ese zumbido constante que tienen los trenes subterráneos, como si arrastrara consigo los restos del día. Intento ordenar las ideas, pero todavía llevo en el cuerpo los cantos, los tambores, el rumor de cientos de pasos avanzando al mismo tiempo. No sé exactamente qué voy a contar. Tal vez porque lo que siento no es una emoción simple. Es una mezcla difícil de separar: alegría, tristeza, gratitud, nostalgia. Algo que no termina de tomar forma, algo que quiere salir en palabras o en llanto, no lo sé.

Voy sentada, mirando mi reflejo en la ventana del vagón. Mi cara aparece superpuesta a los túneles oscuros que pasan detrás del vidrio. En unos minutos tendré que bajarme para ir a una cita con un posible casero. Estoy buscando piso y me escribió hace un rato para decirme que estamos entre los “finalistas”. Así lo llamó: finalistas. Como si alquilar una vivienda en Madrid fuera una audición, un casting en el que hay que convencer a alguien de que una merece un lugar donde vivir. La ciudad continúa con su ritmo habitual allá arriba, la gente regresando a sus casas, a sus domingos, a sus rutinas. Pero mi cabeza sigue en otro lugar. Lo que más me atraviesa ahora no es el piso que tanto necesito, es otra cosa: este ha sido mi primer 8 de marzo en libertad.

Los gritos que faltan

Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas

Este 8 de marzo he podido gritar, bailar, caminar durante horas entre cientos de personas. Y todo eso sin sentir la respiración de la Seguridad del Estado cubana en la nuca, sin mirar constantemente alrededor para calcular quién escucha, sin preguntarme si mañana vendrán las represalias. Durante años imaginé este momento. Cada 8 de marzo veía fotos de marchas feministas en distintos lugares del mundo: mujeres ocupando las calles, levantando pancartas, coreando consignas, pintándose la cara de morado o de verde. Multitudes de cuerpos avanzando juntos. Y cada año pedía lo mismo: poder marchar también. Poder hacerlo por mis derechos, por los de mis amigas, por los de tantas mujeres cubanas que viven entre silencios impuestos y luchas invisibilizadas.

Con casi treinta y dos años, lo hice por primera vez. Y sin embargo hubo momentos durante la marcha en que no supe muy bien cómo comportarme. La manifestación avanzaba entre avenidas llenas de gente, con música, carteles, grupos de amigas riéndose, niñas sobre los hombros de sus madres. Cada tanto alguien empezaba una consigna y la ola de voces se extendía hacia atrás como un eco. En varios momentos sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. No eran lágrimas claras, de felicidad pura. Era otra cosa, una emoción más difícil de nombrar. Algo parecido a cuando se cumple un deseo largamente guardado y el cuerpo no sabe muy bien cómo procesarlo, como si el presente y todos los años de espera se superpusieran de repente.

He querido tanto esto que ahora, cuando finalmente ocurre, no sé exactamente qué hacer con ello. Tal vez porque la marcha que imaginé durante tantos años no era exactamente esta. La marcha que soñé estaba en Cuba. En Madrid grité muchas consignas: contra el fascismo, contra la guerra, por el derecho al aborto libre, seguro y gratuito, por el antirracismo, por la migración legal. Caminé entre pancartas que hablaban de cuidados, de igualdad salarial, de justicia climática. Escuché discusiones sobre precariedad, violencia machista, racismo estructural. Todo eso es importante. Todo eso también me pertenece. Pero mientras gritaba, dentro de mí había otros gritos esperando su turno.

Quiero gritar por la libertad de expresión, por la libertad de manifestación, por la libertad de asociación. Quiero marchar pidiendo una ley integral contra la violencia de género en Cuba. Quiero corear por el reconocimiento legal del feminicidio dentro del sistema jurídico cubano. Quiero caminar junto a mis amigas por las calles de La Habana sin miedo a que una patrulla cierre la calle, sin que una citación policial llegue al día siguiente. Quiero marchar en Cuba.

Mientras miles de mujeres marchaban en Madrid con música, tambores y consignas, pensé en las celdas donde otras mujeres pasan este mismo día. Pensé en ellas porque el feminismo —al menos el que me enseñaron muchas pensadoras latinoamericanas— no puede separar la lucha contra la violencia patriarcal de la lucha contra la violencia política del Estado. Autoras como Rita Segato han insistido en que las violencias que atraviesan los cuerpos de las mujeres también se inscriben en estructuras de poder más amplias, y que el feminismo latinoamericano necesita mirar las intersecciones entre patriarcado, colonialidad y autoritarismo político.

Por eso, también quiero gritar por las mujeres que no pueden marchar. Las que no pueden caminar libremente por ninguna calle. Pensaba en las presas políticas cubanas, muchas de ellas encarceladas tras las protestas del 11 de julio de 2021, una de las mayores movilizaciones sociales que ha vivido la isla en décadas. Decenas de mujeres cubanas han sido detenidas, procesadas o condenadas por participar en manifestaciones o por expresar públicamente su desacuerdo con el gobierno. Algunas enfrentan largas penas de prisión por delitos como “desorden público”, “sedición” o “desacato”, categorías jurídicas que distintas organizaciones internacionales de derechos humanos han cuestionado por su uso para criminalizar la protesta política. Este 8M entendí algo incómodo: mi libertad de hoy también está atravesada por la falta de libertad de otras.

Cuando Cuba apareció en la marcha

Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas

En uno de los momentos de la manifestación comenzaron a enumerar pueblos y luchas con las que el movimiento feminista se solidariza. Los nombres iban apareciendo en los altavoces y en las gargantas de la multitud: Palestina, Irán, el Congo, otros territorios marcados por la guerra, la represión o la violencia estructural. Yo caminaba escuchando casi distraída cuando de pronto oí algo que no esperaba: “Estamos con la resistencia cubana”. El grito atravesó la multitud. Sentí un vacío breve en el estómago, esa sensación que aparece cuando algo te toma por sorpresa. No lo esperaba. Y tampoco esperaba lo que vino después: aplausos, voces gritando, manos levantadas.

Me emocioné. Me sorprendió también porque no hace tanto tiempo la exministra española Irene Montero visitó Cuba y mantuvo reuniones oficiales con la viceprimera ministra Inés María Chapman y con el presidente Miguel Díaz-Canel. En el marco de esas relaciones diplomáticas, el gobierno español ha mantenido una posición de cautela que en la práctica ha evitado calificar públicamente al sistema político cubano como una dictadura. Sin embargo, distintas organizaciones internacionales y de derechos humanos han denunciado reiteradamente las restricciones sistemáticas a las libertades civiles y políticas en la isla.

Por eso aquel grito tenía algo inesperado: no venía de una tribuna institucional ni de un discurso diplomático. Venía de la calle, de una multitud feminista que entre consignas globales decidió nombrar también a Cuba. Me emocioné no porque fuera un reclamo perfecto ni porque hubiera unanimidad, sino porque, de alguna manera, Cuba había aparecido en medio de toda esa gente. Cuba estaba allí, pronunciada en voz alta, discutida, celebrada o cuestionada, pero presente. Y yo estaba allí también: una cubana en su primer 8 de marzo en libertad.

Aprender la libertad

Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas

El metro sigue avanzando bajo la ciudad mientras intento entender lo que significa todo esto. Tal vez la libertad también sea aprender a habitar los deseos cuando por fin se vuelven posibles. Aquello que durante años fue apenas una imagen lejana —fotografías de marchas en otros países, multitudes de mujeres ocupando calles que siempre parecían estar en otro lugar— de pronto se vuelve experiencia concreta: caminar, cantar, gritar sin pedir permiso.

Pero nadie nos enseña realmente cómo se vive la libertad cuando se ha crecido dentro de un sistema donde la libertad siempre aparece condicionada o vigilada. El cuerpo tarda en entenderla. Hay una especie de desfase entre lo que ocurre afuera y lo que el cuerpo aprendió durante años a esperar.

Durante la marcha me sorprendí varias veces mirando hacia atrás casi de manera automática, como si esperara ver a alguien sospechoso que pudiese estar tomando nota de mis pasos. Aprender la libertad implica desmontar esas capas invisibles que el miedo deja con los años: la autocensura, los silencios estratégicos, la costumbre de medir cada palabra. Ese tipo de aprendizaje no desaparece simplemente porque una cambie de país. Permanece en la memoria. Por eso el primer gesto de libertad muchas veces no es gritar más fuerte, sino permitirse gritar sin calcular.

El tren desacelera. Mi parada se acerca. En unos minutos saldré a la superficie y caminaré hacia ese extraño casting inmobiliario que es buscar casa en Madrid. Pensar en alquileres, contratos, nóminas. La vida cotidiana continúa con sus pequeñas urgencias.

Pero mientras recojo mis cosas y el metro se detiene, sigo pensando lo mismo: algún día quiero marchar un 8 de marzo en Cuba. Quiero hacerlo en una ciudad donde las mujeres puedan ocupar las calles sin miedo a represalias políticas, donde las consignas no tengan que medirse antes de ser pronunciadas.

Quiero marchar junto a mis amigas. Y quiero hacerlo junto a todas las que hoy no pueden hacerlo.

Vea a continuación una galería con imágenes de la marcha del 8M en Madrid.

  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas
  • Marcha del 8M en Madrid, 8 de marzo de 2026, Foto: Laura Vargas

▶ Vuela con nosotras

Nuestro proyecto, incluyendo el Observatorio de Género de Alas Tensas (OGAT), y contenidos como este, son el resultado del esfuerzo de muchas personas. Trabajamos de manera independiente en la búsqueda de la verdad, por la igualdad y la justicia social, por la denuncia y la prevención contra toda forma de violencia de género y otras opresiones. Todos nuestros contenidos son de acceso libre y gratuito en Internet. Necesitamos apoyo para poder continuar. Ayúdanos a mantener el vuelo, colabora con una pequeña donación haciendo clic aquí.

(Para cualquier propuesta, sugerencia u otro tipo de colaboración, escríbenos a: contacto@alastensas.com)