Referentes │ Tawakkul Karman: “El nacimiento de la democracia requiere apoyo, no cautela”

En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Tawakkul Karman insistió en que no puede haber paz con dignidad sin antes detener la opresión y la injusticia.

| Ensayo | Referentes | 13/05/2026
Tawakkul Karman, Premio Nobel de la Paz 2011.
Tawakkul Karman, Premio Nobel de la Paz 2011.

Tawakkul Karman fundó en 2005, junto a otras siete destacadas periodistas yemeníes, la organización Mujeres Periodistas Sin Cadenas (WJWC), con el propósito de defender la libertad de pensamiento, de expresión y los derechos democráticos frente al dictador Ali Abdullah Saleh. Desde 2007, debido a la negativa del régimen a reconocer legalmente esta organización, Karman dirigió una serie de protestas semanales en una plaza de la ciudad de Saná conocida hoy como la “Plaza del Cambio”. Las protestas de WJWC se convirtieron en el origen del gran levantamiento civil de 2011, en el cual Karman jugó también un rol esencial, siendo reconocida por su pueblo con los sobrenombres “La madre de la revolución” y “La mujer de hierro”.
En octubre de 2011, Tawakkul Karman se convirtió en la primera mujer árabe en recibir el Premio Nobel de la Paz, “por su lucha no violenta a favor de la seguridad de las mujeres y de su derecho a participar plenamente en la construcción de la paz”. En su discurso de aceptación del Nobel, Karman insistió en que no puede haber paz con dignidad sin antes detener la opresión y la injusticia, y llamó al mundo a “demostrar a los déspotas que la ética de la lucha pacífica es más fuerte que sus poderosas armas de represión”.
Días antes de que Tawakkul Karman pronunciara su discurso en Oslo, el 23 de noviembre de 2011, el dictador Saleh se vio obligado a firmar un acuerdo de transición y renunciar al poder tras décadas de tiranía.

El nacimiento de la democracia requiere apoyo, no cautela

Sus Majestades, Altezas, Excelencias, Distinguido Comité del Premio Nobel de la Paz, Primavera Árabe y juventud revolucionaria en el ámbito de la libertad y el cambio, y todos los pueblos libres del mundo: la paz sea con ustedes desde la tribuna del Premio Nobel de la Paz.

Con alegría y satisfacción, deseo expresar mi gratitud por el honor que se me ha concedido, junto con mis compañeras defensoras de la paz, Su Excelencia la Presidenta Ellen Johnson-Sirleaf y la señora Leymah Gbowee, por este premio internacional, que tiene un profundo significado moral y humano. Gracias por este galardón, que considero un honor para mí personalmente, para mi país, Yemen, para las mujeres árabes, para todas las mujeres del mundo y para todos los pueblos que aspiran a la libertad y la dignidad. Acepto el premio en mi nombre y en nombre de la juventud revolucionaria yemení y árabe, que lidera hoy la lucha pacífica contra la tiranía y la corrupción con valentía moral y sabiduría política.

El sueño de Alfred Nobel de un mundo donde reine la paz y desaparezcan las guerras aún no se ha hecho realidad, pero la esperanza de lograrlo ha crecido enormemente y el esfuerzo por conseguirlo se ha redoblado. El Premio Nobel de la Paz sigue ofreciendo a esta esperanza un impulso espiritual y de conciencia. Durante más de cien años, este galardón ha sido prueba de los valores de la lucha pacífica por los derechos, la justicia y la libertad, y también prueba de lo erróneas que son la violencia y las guerras, con todas sus consecuencias devastadoras y contraproducentes.

Siempre he creído que la resistencia contra la represión y la violencia es posible sin recurrir a la misma represión y violencia. Siempre he creído que la civilización humana es fruto del esfuerzo de hombres y mujeres. Por lo tanto, cuando las mujeres son tratadas injustamente y se les priva de su derecho natural, se manifiestan todas las deficiencias sociales y los males culturales, y al final toda la comunidad, hombres y mujeres, sufre. La solución a los problemas de las mujeres solo puede lograrse en una sociedad libre y democrática donde se libere la energía humana, la energía de hombres y mujeres en conjunto. Nuestra civilización se llama civilización humana y no se atribuye solo a hombres o mujeres.

Una nueva época en historia de la humanidad

Marcha del 8M en Yemen, 2011. En las manos de las mujeres se lee la frase "La revolución de los jóvenes es pacífica". Foto: Hani Mohammed / AP
Marcha del 8M en Yemen, 2011. En las manos de las mujeres se lee la frase "La revolución de los jóvenes es pacífica". Foto: Hani Mohammed / AP

Damas y caballeros, desde el primer Premio Nobel de la Paz en 1901, millones de personas han muerto en guerras que podrían haberse evitado con un poco de sabiduría y valentía. Los países árabes también han participado en estas trágicas guerras, a pesar de que su tierra es tierra de profecías y mensajes divinos que claman por la paz. De esta tierra surgieron la Torá, que transmite el mensaje: “No matarás”; la Biblia, que promete: “Bienaventurados los pacificadores”; y el mensaje final del Corán, que exhorta: “¡Oh, creyentes! ¡Entrad todos en la paz!”, y la advertencia de que “quien mate a un ser humano por causas distintas al homicidio o la corrupción en la tierra, será como si hubiera matado a toda la humanidad”.

Sin embargo, a pesar de sus grandes logros científicos, la historia de la humanidad está teñida de sangre. Millones de personas han muerto víctimas del auge y la caída de los reinos. ¡Eso es lo que nos cuenta la historia antigua y lo que confirma la historia reciente! Las pruebas actuales demuestran que la esencia de los mensajes que claman por la paz ha sido pisoteada repetidamente, y la conciencia humana ha sido a menudo abrumada por el estruendo de los aviones de guerra, los lanzacohetes y misiles, las bombas y todo tipo de armas.

El sentido de responsabilidad de la humanidad por crear una vida digna y que merezca la pena vivirla siempre ha sido más fuerte que la voluntad de quitar la vida. A pesar de las grandes batallas, la supervivencia de la raza humana es la expresión más clara del anhelo de la humanidad por la reconstrucción, no por la destrucción; por el progreso, no por la regresión y la muerte. Esta tendencia se fortalece día tras día con todos los medios de comunicación disponibles, gracias al rápido y asombroso desarrollo de la tecnología de la información y la revolución de las comunicaciones.

Los muros entre las sociedades humanas se han derrumbado y las vidas y los destinos de las sociedades han convergido, marcando el surgimiento de una nueva época, una época en la que los pueblos y las naciones del mundo no son solo habitantes de una pequeña aldea, como se suele decir, sino miembros de una misma familia, a pesar de las diferencias de nacionalidad y raza o de cultura e idioma. Todos los miembros de esta familia interactúan en todos los rincones de nuestro planeta y comparten las mismas aspiraciones y temores.

A pesar de sus tropiezos, la humanidad seguirá adelante en su camino hacia lo que es beneficioso para la gente y propiciará la convergencia e interacción positivas entre culturas, identidades y características propias de las civilizaciones, tanto en el dar como en el recibir. Así, la comprensión sustituirá gradualmente a la disputa, la cooperación al conflicto, la paz a la guerra y la integración a la división.

Se podría decir que nuestro mundo contemporáneo, refinado y desarrollado por la experiencia y la larga trayectoria, tanto positiva como negativa, avanza con paso firme hacia la creación de un mundo nuevo y una globalización brillante. Será un mundo nuevo y positivo, con perspectivas humanas, y una globalización que garantizará los valores de libertad, verdad, justicia y cooperación para todos los seres humanos. Será un mundo donde todas las relaciones, acuerdos y leyes se basarán en la prohibición de toda forma y práctica de exclusión y esclavitud del hombre por el hombre.

Esto significará una globalización sin políticas de injusticia, opresión, discriminación o tiranía, y un mundo lleno de colaboración y cooperación, diálogo y coexistencia, y aceptación de los demás. Esto significará una globalización donde el recurso a la ley del poder y su fuerza, contra grupos, pueblos y naciones, para privarlos de su libertad y dignidad humana, desaparecerá para siempre. ¿Estoy soñando demasiado?

En el horizonte vislumbro un mundo nuevo, una globalización brillante y floreciente. Veo, sin duda, el fin de una historia cruel y oscura en la que tantos pueblos y naciones sufrieron horror, tragedias, destrucción y desastres. Veo, sin duda, el comienzo de una historia humana, próspera y generosa, llena de amor y fraternidad.

El derecho a la libertad y la dignidad

La paz dentro de un país es tan importante como la paz entre países. La guerra no es solo un conflicto entre estados. Existe otro tipo de guerra, mucho más cruel: la guerra de los líderes despóticos que oprimen a su propio pueblo. Es la guerra de aquellos a quienes el pueblo confió su vida y su destino, pero que traicionaron esa confianza. Es la guerra de aquellos a quienes el pueblo confió su seguridad, pero que dirigieron sus armas contra su propio pueblo. Es la guerra que hoy afrontan los pueblos de los Estados árabes.

En este preciso instante, mientras les hablo, jóvenes árabes, tanto hombres como mujeres, marchan pacíficamente exigiendo libertad y dignidad a sus gobernantes. Avanzan por este noble camino armados no con armas, sino con la fe en su derecho a la libertad y la dignidad. Marchan en una escena conmovedora que encarna la esencia más hermosa del espíritu humano de sacrificio y la aspiración a la libertad y la vida, frente a las formas más repugnantes de egoísmo, injusticia y afán de aferrarse al poder y la riqueza.

La paz no significa solo detener las guerras, sino también la opresión y la injusticia. En nuestra región árabe, se libran guerras brutales entre gobiernos y pueblos. La conciencia humana no puede estar en paz mientras ve a estos jóvenes árabes, en la plenitud de su desarrollo, convertidos en víctimas de la maquinaria de muerte desatada contra ellos por los tiranos. El espíritu del Premio Nobel de la Paz es el espíritu de paz que hoy impulsamos para apoyar la aspiración de los pueblos árabes a la democracia, la justicia y la libertad. Si apoyamos este espíritu, el espíritu del Premio Nobel de la Paz, demostraremos a los déspotas que la ética de la lucha pacífica es más fuerte que sus poderosas armas de represión y guerra.

La Primavera Árabe

Mujeres yemeníes en la Revolución de Jazmín, 12 de marzo de 2011. Foto: Muhammed Muheisen / AP
Mujeres yemeníes en la Revolución de Jazmín, 12 de marzo de 2011. Foto: Muhammed Muheisen / AP

Las revoluciones de la Primavera Árabe en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria, así como el movimiento revolucionario en países como Argelia, Marruecos, Baréin, Sudán y otros, en cuanto a motivación, fuerza impulsora y objetivos, no se desarrollaron en islas aisladas, ajenas a los rápidos y asombrosos cambios que nuestro mundo presencia. El pueblo árabe despertó para darse cuenta de la escasa libertad, democracia y dignidad que tenía. Y se rebeló.

Esta experiencia guarda cierta similitud con la primavera que se extendió por Europa del Este tras la caída de la Unión Soviética. El nacimiento de las democracias en Europa del Este fue difícil, y la victoria solo se logró tras una dura lucha contra los sistemas entonces vigentes. De manera similar, el mundo árabe presencia hoy el nacimiento de un nuevo mundo al que tiranos y gobernantes injustos se esfuerzan por oponerse, pero que, inevitablemente, acabará surgiendo.

El pueblo árabe, que se rebela pacífica y civilizadamente, ha sido oprimido y reprimido durante décadas por regímenes de tiranos autoritarios que se han entregado a la corrupción y al saqueo de la riqueza de su pueblo. Han ido demasiado lejos al privar a sus pueblos de la libertad y del derecho natural a una vida digna. Han ido demasiado lejos al privarlos del derecho a participar en la gestión de sus asuntos personales y de los de sus comunidades. Estos regímenes han ignorado por completo al pueblo árabe como un pueblo con una existencia humana legítima y han permitido que la pobreza y el desempleo florezcan entre ellos para asegurar que los gobernantes y sus sucesores tengan el control absoluto sobre el pueblo.

Permítanme decir que nuestro pueblo oprimido se ha rebelado proclamando el surgimiento de un nuevo amanecer, en el que la soberanía de las personas y su voluntad invencible prevalecerán. El pueblo ha decidido liberarse y seguir los pasos de los pueblos libres y civilizados del mundo.

Todas las ideologías, creencias, leyes y estatutos surgidos a lo largo de la historia de la humanidad, así como todos los mensajes divinos y religiones, sin excepción, nos obligan a apoyar a las personas oprimidas, ya sean grupos o individuos. Apoyar a una persona oprimida no solo es necesario por su necesidad de ayuda, sino también porque la injusticia contra una persona es una injusticia contra toda la humanidad.

Lo que Martin Luther King denominó “el arte de vivir en armonía” es el arte más importante que debemos dominar hoy. Para contribuir a este arte humano, los estados árabes deberían hacer de la reconciliación con su propio pueblo un requisito esencial. Esto no es solo un interés interno, sino también internacional, necesario para toda la humanidad. El dictador que asesina a su propio pueblo no solo viola los valores de su pueblo y su seguridad nacional, sino también los valores humanos, sus convenciones y sus compromisos internacionales. Tal situación representa una verdadera amenaza para la paz mundial.

Muchas naciones, incluyendo los pueblos árabes, han sufrido, aunque no estaban en guerra, pero tampoco en paz. La paz en la que vivían era una falsa “paz de tumbas”, una paz de sumisión a la tiranía y la corrupción que empobrece a la gente y aniquila su esperanza en un futuro mejor. Hoy, toda la humanidad debe apoyar a nuestro pueblo en su lucha pacífica por la libertad, la dignidad y la democracia, ahora que nuestro pueblo ha decidido romper el silencio y esforzarse por vivir y hacer realidad el significado de la inmortal frase del califa Omar ibn al-Khattab: “¿Por qué esclavizáis a un pueblo, cuando sus madres lo dieron a luz como libre?”

La revolución pacífica

Cuando supe que había ganado el Premio Nobel de la Paz, estaba en mi tienda de campaña en la plaza Taghyeer de Saná. Era una de los millones de jóvenes revolucionarios. Allí, ni siquiera podíamos garantizar nuestra seguridad frente a la represión y la opresión del régimen de Ali Abdullah Saleh. En ese momento, reflexioné sobre la diferencia entre el significado de la paz que celebra el Premio Nobel y la tragedia de la agresión que Ali Abdullah Saleh ejercía contra las fuerzas del cambio pacífico. Sin embargo, la alegría de estar del lado correcto de la historia nos ayudó a sobrellevar la devastadora ironía.

Millones de mujeres y hombres yemeníes, niños, jóvenes y ancianos, salieron a las calles en dieciocho provincias exigiendo su derecho a la libertad, la justicia y la dignidad, utilizando medios no violentos pero efectivos para lograr sus demandas. Logramos mantener una revolución pacífica de manera eficiente y eficaz a pesar de que esta gran nación posee más de setenta millones de armas de fuego de diversos tipos. En esto reside la filosofía de la revolución, que persuadió a millones de personas a dejar sus armas en casa y unirse a la marcha pacífica contra la maquinaria estatal de asesinato y violencia, simplemente con flores y el torso desnudo, llenos de sueños, amor y paz.

Nos sentimos muy felices porque comprendimos, en ese momento, que el Premio Nobel no era solo un premio personal para Tawakkul Abdel-Salam Karman, sino una declaración y un reconocimiento del mundo entero al triunfo de la revolución pacífica de Yemen y un agradecimiento a los sacrificios de su gran pueblo pacífico.

Y aquí estoy ahora, de pie ante ustedes en esta solemne ceremonia. Aquí estoy, en este momento único, uno de los momentos más importantes de la historia de la humanidad, proveniente de la tierra del Oriente Árabe, proveniente de la tierra de Yemen, el Yemen de la sabiduría y las civilizaciones antiguas, el Yemen de más de cinco mil años de larga historia, el gran Reino de Saba, el Yemen de las dos reinas Bilqis y Arwa, el Yemen que actualmente experimenta la mayor, más poderosa y más grande erupción de la revolución de la Primavera Árabe, la revolución de millones en toda la patria, que aún hoy sigue en pie.

Esta lucha pronto cumplirá su primer año desde que se lanzó como una revolución pacífica y popular de la juventud, con una sola demanda: el cambio pacífico y la búsqueda de una vida libre y digna en un país democrático y civil, regido por el estado de derecho. Este estado se construirá sobre las ruinas del régimen de una policía familiar represiva, militarizada, corrupta y retrógrada, que ha llevado a Yemen al borde del fracaso y el colapso durante los últimos treinta y tres años.

Nuestra revolución juvenil pacífica y popular no está aislada ni desvinculada de las revoluciones de la Primavera Árabe. Sin embargo, con profundo pesar, debo señalar que no recibió la comprensión, el apoyo ni la atención que sí obtuvieron otras revoluciones en la región. Esto debería preocupar a la comunidad internacional, pues pone en entredicho la esencia misma de la equidad y la justicia.

Estimados señoras y señores, a través de ustedes y de su gran foro universal, enviamos al mundo un mensaje claro en el que destacamos que:

Nuestra revolución juvenil es pacífica y popular, y cuenta con el apoyo del pueblo. Sueña con una patria libre y democrática, sin lugar para la tiranía, la dictadura, la corrupción ni el fracaso. En nombre de la juventud revolucionaria, prometo a todo el mundo que estamos comprometidos con la lucha pacífica como opción estratégica, sin desviarnos ni retroceder, independientemente de los sacrificios y de la magnitud de la represión, los asesinatos y la violencia estatal.

Nuestra revolución juvenil es pacífica y popular, impulsada por una causa justa, con reivindicaciones equitativas y objetivos legítimos que se ajustan plenamente a todas las leyes divinas, convenciones seculares y cartas internacionales de derechos humanos. Nuestra revolución está decidida a transformar radicalmente las condiciones de corrupción y garantizar una vida libre y digna, sin importar los sacrificios ni los amargos sufrimientos, hasta el establecimiento de un Estado civil democrático, un Estado donde prevalezcan el Estado de derecho, la igualdad y la transferencia pacífica del poder.

Nuestra pacífica revolución juvenil popular ha logrado atraer a sus filas y marchas a cientos de miles de mujeres que han desempeñado, y siguen desempeñando, un papel fundamental, destacado y eficaz en sus actividades, liderando sus manifestaciones hasta en los detalles más pequeños. No decenas, sino cientos de estas mujeres han caído mártires o han resultado heridas por la victoria de la revolución.

Gracias a la pacífica revolución juvenil, la voz y la marcha atronadora de los jóvenes han prevalecido, mientras que el terror y los cinturones explosivos, utilizados por Ali Saleh para justificar su régimen, se han desvanecido. La cultura de la paz se expande y se extiende, encontrando un lugar en cada barrio y calle donde estos jóvenes marchan exigiendo un cambio pacífico y democracia.

Nuestra pacífica revolución juvenil popular ha demostrado que los valores y objetivos de la libertad, la democracia, los derechos humanos, la libertad de expresión y de prensa, la paz, la convivencia humana, la lucha contra la corrupción y el crimen organizado, la guerra contra el terrorismo y la resistencia a la violencia, el extremismo y la dictadura, son valores, ideales, reivindicaciones y objetivos de interés humano común, y son apreciados por toda la comunidad internacional. Estos no están sujetos a división, selectividad ni cancelación bajo el pretexto de diferencias en las características humanas o exigencias de soberanía.

Justicia y democracia

"La Piedad" de Yemen. Una madre abraza a su hijo herido durante las protestas de octubre en 2011. Foto: Samuel Aranda, Premio World Press Photo 2012.
"La Piedad" de Yemen. Una madre abraza a su hijo herido durante las protestas en octubre de 2011. Foto: Samuel Aranda, Premio World Press Photo 2012.

Quisiera destacar que las revoluciones de la Primavera Árabe surgieron con el propósito de satisfacer las necesidades de la población de la región en cuanto a ciudadanía y estado de derecho. Surgieron como expresión del descontento popular ante la corrupción, el nepotismo y el soborno. Estas revoluciones fueron impulsadas por jóvenes que anhelan libertad y dignidad. Saben que sus revoluciones atraviesan cuatro etapas inevitables:

  • Derrocar al dictador y a su familia
  • Derrocando a sus servicios de seguridad y militares y sus redes de nepotismo.
  • Establecer las instituciones del estado de transición.
  • Avanzar hacia la legitimidad constitucional y establecer el Estado civil y democrático moderno.

Así, las revoluciones de la Primavera Árabe continuarán gracias al esfuerzo de la juventud, que está lista para emprender cada etapa y alcanzar plenamente sus objetivos. Hoy, el mundo debe estar preparado para apoyar a la joven Primavera Árabe en todas las fases de su lucha por la libertad y la dignidad.

El mundo civilizado debe, inmediatamente después del estallido de las revoluciones juveniles, iniciar la detención y la congelación de los bienes de las figuras del régimen y sus funcionarios de seguridad y militares. De hecho, esto no es suficiente, ya que estas personas deben presentarse ante la Corte Penal Internacional. No debe haber impunidad para los asesinos que roban el alimento del pueblo.

El mundo democrático, que tanto nos ha enseñado sobre las virtudes de la democracia y la buena gobernanza, no debe permanecer indiferente ante lo que sucede en Yemen y Siria, ni ante lo ocurrido anteriormente en Túnez, Egipto y Libia, ni ante lo que sucede en todos los países árabes y no árabes que aspiran a la libertad. Todo ello forma parte del arduo trabajo propio del nacimiento de la democracia, que requiere apoyo y asistencia, no temor ni cautela.

Las mujeres árabes

Permítanme, señoras y señores, compartir mi convicción de que la paz seguirá siendo la esperanza de la humanidad, y que la mejor esperanza para un futuro mejor para la humanidad nos impulsará siempre a pronunciar palabras nobles y a realizar acciones nobles. Juntos, ampliaremos nuestros horizontes, uno tras otro, hacia un mundo de verdadera perfección humana.

Finalmente, reflexiono sobre mi presencia aquí, en este momento al que todo hombre y mujer aspira por el reconocimiento y la valoración que conlleva. Al hacerlo, veo a la gran cantidad de mujeres árabes, sin cuyas duras luchas y empeño por conquistar sus derechos en una sociedad dominada por la supremacía masculina, yo no estaría aquí. Esta supremacía ha causado mucha injusticia tanto a hombres como a mujeres.

A todas esas mujeres, a quienes la historia y la severidad de los sistemas de gobierno han invisibilizado, a todas las mujeres que se sacrificaron por una sociedad sana con relaciones justas entre mujeres y hombres, a todas las mujeres que aún tropiezan en el camino de la libertad, en países sin justicia social ni igualdad de oportunidades, a todas ellas les digo: gracias… este día no habría sido posible sin ustedes.

La paz sea con ustedes.

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