La condición de mujer artista atraviesa la trayectoria creativa de Luchita Hurtado de manera estructural y sostenida a lo largo de todo el siglo XX.
Gertrude Abercrombie destaca no solo por la factura impecable de sus obras, sino también por su personal mundo onírico y su exploración del inconsciente.
En una época en la que la formación artística profesional estaba casi vedada a las mujeres, Breslau se trasladó a París a los dieciocho años para estudiar pintura.
La irreverencia de Mercedes Pardo no consistió en oponerse frontalmente al sistema, sino en no obedecer plenamente sus reglas.
Distante tanto de los presupuestos del muralismo como de la estridencia de las vanguardias, Cordelia Urueta ocupa un espacio singular en el arte mexicano.
Martine Franck es una de las grandes fotógrafas del siglo XX, una artista que supo poner el dominio técnico al servicio de una genuina conexión humana.
José Ramón Hernández narra la historia de Osikán como una práctica de resistencia artística, comunitaria y política frente a la censura y el desplazamiento institucional.
Aurelia Navarro legó, con su pintura, una aportación sustantiva a la diversidad de las modernidades españolas del primer tercio del siglo XX.
Marion Adnams desarrolló un estilo y una visión que se distinguen dentro del surrealismo por la maestría de su técnica y por su sensibilidad única.
Con su serie “Sueños”, Grete Stern elevó el montaje fotográfico a la condición de arte y cuestionó el rol subordinado impuesto a la mujer en la sociedad.