Julie Hart Beers creó un estilo personal dentro del paisajismo americano, convirtiéndose en una de las pocas mujeres artistas profesionales de su tiempo.
Mary Cassatt asumió el reto de ser una mujer artista y, a fuerza de talento, creó una obra que la sitúa entre los grandes pintores del impresionismo.
Incluso en los sistemas culturales más controlados el arte logra mantener abierto un espacio crítico donde la sociedad puede observarse a sí misma.
La obra de Judy Chicago, una de las más polémicas del siglo XX, transformó el modo en que el arte puede hablar de historia, cuerpo, género y poder.
La pintura Rosario de Velasco no era una negación de la necesidad de cambios, sino una forma de dar permanencia a lo humano frente a la fugacidad del tiempo.
En “Persépolis”, Marjane Satrapi articula memoria, cuerpo e identidad en una reflexión profunda sobre el poder y su penetración en la vida cotidiana.
Relegada durante años por la crítica, Anna Ancher es reconocida hoy entre los grandes pintores europeos por su maestría en la representación de la luz.
Artista clave del expresionismo alemán, Gabriele Münter jugó además un papel esencial en la protección del arte de vanguardia durante el nazismo.
Conocida en su juventud como “la Rembrandt rusa”, Marianne von Werefkin se convirtió a inicios del siglo XX en una de las principales exponentes del expresionismo.
La condición de mujer artista atraviesa la trayectoria creativa de Luchita Hurtado de manera estructural y sostenida a lo largo de todo el siglo XX.