Florence Nightingale: una lámpara en la oscuridad
Contra los prejuicios de su tiempo, Florence Nightingale revolucionó la medicina, inventó la epidemiología moderna y fundó la enfermería profesional.
En la madrugada del 8 de febrero de 1855, mientras los médicos del hospital militar de Scutari dormían en sus habitaciones, una figura solitaria recorría los pasillos del edificio. En su mano llevaba una pequeña lámpara turca, cuya luz mortecina apenas iluminaba a los cientos de soldados que yacían en sus camastros. La mujer se detenía junto a cada uno, verificaba sus vendajes, ajustaba sus mantas, y les tomaba la mano para darles aliento, aunque sabía que la mayoría de ellos iban a morir.
Conmovido por la escena, un corresponsal del diario londinense The Times escribió esa noche una crónica que sacudiría al reino: “Cuando todos los oficiales médicos se han retirado ya, y el silencio y la oscuridad descienden sobre tantos postrados dolientes, puede vérsela sola, con una pequeña lámpara en su mano, haciendo su ronda”.
Así nació la leyenda de la Dama de la Lámpara. Pero aquella mujer que vagaba por los pasillos del mayor hospital del Imperio Británico no era solo una enfermera compasiva con una linterna. Florence Nightingale era una matemática brillante, pionera de los análisis estadísticos y, aunque nadie lo supiera entonces, fue la creadora de la epidemiología moderna. Con su lámpara en una mano y su tablilla de datos en la otra, cambió para siempre la manera en que la humanidad entiende la salud pública.
El llamado divino de una rebelde victoriana

Florence Nightingale nació el 12 de mayo de 1820 en la ciudad italiana que le daría su nombre, Florencia. Su hermana había nacido un año antes en Grecia. William, su padre, era un hombre inusual para su época: hijo de una familia acaudalada, había estudiado en Cambridge y tenía ideas progresistas. Era un abolicionista convencido y, como miembro de la Iglesia Unitaria, creía más en la razón que en los dogmas. Opuesto a las costumbres de su clase, decidió encargarse él mismo de la educación de sus hijas, enseñándoles latín, griego, francés, alemán, italiano, historia, filosofía y ciencias.
La madre de Florence era el polo opuesto: obsesionada con las apariencias, solo aspiraba a que sus hijas hicieran buenos matrimonios y cumplieran el rol que la sociedad victoriana reservaba para las mujeres de su clase: organizar fiestas, bordar, tocar el piano, gestionar el personal doméstico, y convertirse en esposas ejemplares. La idea de que una hija suya quisiera trabajar le resultaba inaceptable.
Florence tenía un talento especial para las matemáticas pero nunca imaginó que eso marcaría su destino. Creció como cualquier niña de la aristocracia hasta que en febrero de 1837, mientras caminaba por los jardines de Embley Park, tuvo lo que describió como una experiencia mística: “Dios me llamó a Su servicio”, anotó en su diario. Había cumplido diecisiete años y no sabía exactamente qué debía hacer, pero estaba segura de que su vida tenía un propósito mucho más importante que sonreír en bailes y recepciones.
Cinco años después lo supo, y cuando anunció a su familia que quería ser en enfermera, se desató una batalla que duraría diez años. Su madre se horrorizó, su hermana sufrió un colapso nervioso ante la posibilidad de que Florence arruinara el nombre de la familia. ¿Una Nightingale trabajando de enfermera? Era impensable. En la Inglaterra de mediados del siglo XIX las enfermeras provenían de las clases más bajas de la sociedad. Muchas eran alcohólicas, analfabetas o prostitutas que encontraban en los hospitales un refugio temporal. Charles Dickens había caricaturizado a la enfermera típica en su personaje de Sarah Gamp: una mujer borracha, sucia e incompetente.
Pero Florence no era una joven común. Su determinación era férrea y su capacidad de sacrificio rozaba el fanatismo. Durante años soportó la oposición familiar mientras aprendía por su cuenta todo lo que podía sobre hospitales y sistemas de salud. Visitaba a los enfermos en las aldeas cercanas, se carteaba con médicos de toda Europa y leía febrilmente sobre las reformas hospitalarias de su tiempo. En 1840 le rogó a sus padres que le permitieran estudiar matemáticas de manera formal y otra vez chocó con su negativa: insistieron en que se dedicara a algo “más apropiado para una mujer”, como la historia o las artes.
El conflicto alcanzó su punto crítico en 1849, cuando Richard Monckton Milnes, un poeta y político influyente, le propuso matrimonio. Milnes era un hombre culto, progresista y muy comprensivo, pero ella lo rechazó. “Tengo una naturaleza moral e intelectual activa que requiere satisfacción”, le escribió a una amiga: “El matrimonio interferiría con mi plan”. Cuando Milnes decidió casarse con otra mujer, la familia Nightingale comprendió que su hija iba en serio y que lo mejor sería no contrariarla más.
Así, a los treinta y un años, Florence pudo viajar a Alejandría para estudiar en el Instituto San Vicente de Paul. Un año después se fue al Instituto para Diaconisas Protestantes, en Kaiserswerth, donde encontró lo que buscaba: enfermeras que trabajaban por vocación, con disciplina, limpieza y sentido de propósito. En 1853, de vuelta en Londres, consiguió empleo como superintendente en el Hospital para Damas Inválidas, un centro de caridad para mujeres enfermas de la alta sociedad. Allí implementó innovaciones administrativas que transformaron el funcionamiento del hospital: instaló un sistema de campanas para que las pacientes pudieran llamar a las enfermeras, mejoró la alimentación, reorganizó los suministros médicos y, lo que fue aún más revolucionario, logró que se tratara a las enfermeras como profesionales, no como sirvientas. Su trabajo fue tan exitoso que su reputación comenzó a extenderse entre los círculos médicos del país.
La guerra de Crimea

El 28 de marzo de 1854 Gran Bretaña declaró la guerra a Rusia en apoyo del Imperio Otomano, iniciando lo que se conoce como la Guerra de Crimea. Para septiembre de ese año, los periódicos británicos empezaron a publicar reportajes sobre las condiciones de los heridos. El hospital militar de Scutari, en los suburbios de Constantinopla, era ―según lo describían― un infierno: los soldados morían por centenas, pero no tanto por las armas enemigas como por el cólera, el tifus y la disentería.
El escándalo fue tal que el gobierno se vio obligado a actuar. Sidney Herbert, Secretario de Guerra y amigo personal de la familia Nightingale, le pidió a Florence que organizara una misión de enfermeras para el frente de guerra. Ella, por su parte, ya había redactado una carta ofreciéndose como voluntaria. El 21 de octubre de 1854, Florence partió hacia Scutari al mando de treinta y ocho enfermeras. Era la primera vez en la historia que el ejército británico enviaba mujeres a un campo de batalla.
Lo que encontraron al llegar fue mucho peor que las descripciones de la prensa. Scutari era en realidad un enorme cuartel turco convertido en hospital improvisado. Los heridos yacían hacinados en los pasillos. El sistema de alcantarillado no funcionaba, los desechos se filtraban contaminando el agua y las ratas pululaban por todas partes. Las sábanas estaban tan sucias y rígidas por la sangre seca que muchos preferían no usarlas. No había vendajes ni medicinas suficientes, e incluso la comida escaseaba.
Para colmo, el personal médico masculino las recibió con disgusto, como a intrusas. Pero Florence fue astuta; en lugar de confrontar a los doctores, organizó a sus enfermeras para que trabajaran en las cocinas, lavando ropa, preparando comidas nutritivas y limpiando. Usó su propio dinero y los fondos recaudados por la prensa para comprar suministros. Poco a poco, los doctores notaron el cambio y empezaron a aceptar que las enfermeras ayudaran en las salas.
Pero Florence hizo algo más, algo que ningún administrador hospitalario había hecho antes: comenzó a tomar notas. Registraba cada muerte, cada admisión, cada tratamiento. Clasificaba las causas de los decesos en categorías precisas y calculaba las tasas de mortalidad. Lo que descubrió fue horrible: durante el primer verano de su estancia en Scutari, más de cuatro mil soldados murieron en el hospital, el 42% de los pacientes. Y lo más escalofriante: diez veces más soldados morían por enfermedades como el cólera, la disentería y el tifus, que por las heridas de guerra.
En marzo de 1855, seis meses después de que Florence llegara a Scutari, el gobierno británico envió una comisión sanitaria para inspeccionar el hospital. Los comisionados, espantados con el aspecto del lugar, ordenaron una limpieza masiva de los vertederos, la reparación del sistema de drenaje y la mejora radical de la ventilación. El efecto fue inmediato: la tasa de mortalidad cayó del 42% al 2% en cuestión de semanas.
Florence trabajaba sin descanso. Pasaba veinte horas al día organizando, administrando, supervisando. Por las noches, cuando el personal médico se retiraba, tomaba su lámpara y recorría los kilómetros de pasillos, hablando con los enfermos, escribiendo cartas a sus familias, reconfortándolos en sus últimos momentos. Los soldados la llamaban “el ángel guardián”.
Pero el precio de su dedicación fue alto: en mayo de 1855, Florence contrajo lo que probablemente fue una fiebre tifoidea. Estuvo al borde de la muerte durante dos semanas y, aunque sobrevivió, nunca se recuperó del todo.
El poder de la visualización de datos

En agosto de 1856, tras el fin de la guerra, Florence regresó a Inglaterra con el firme propósito de convencer al gobierno para que extendiera las reformas implementadas en Scutari a todos los hospitales del Imperio. Fue recibida como una heroína nacional, pero eso no bastaba para lograr lo que quería: necesitaba algo mucho más convincente que su prestigio y las anécdotas que podía contar, necesitaba datos. Durante meses trabajó ordenando las estadísticas que había recopilado en Crimea. Los números, sin embargo, eran incomprensibles para la mayoría de quienes tomaban las decisiones, y Florence se vio en la necesidad de crear un nuevo tipo de gráfico donde pudieran ver con claridad lo que sus números significaban. Así creó lo que hoy se conoce como Diagrama de la Rosa, un revolucionario recurso para la visualización de datos.
En 1858 envió su informe y sus gráficos a la Reina Victoria. En ellos mostraba de forma irrefutable que más del 60% de las muertes en Scutari podían haberse evitado, que los soldados no habían muerto luchando, sino debido a la incompetencia administrativa y la falta de higiene en los hospitales. El documento, destinado solo a los ojos de la reina y su círculo más cercano, se filtró a la prensa y provocó un escándalo que obligó al gobierno a establecer una Comisión Real de Salud en el Ejército. Florence fue designada consultora de la Comisión y, gracias a su esfuerzo, se establecieron estándares de higiene, sistemas de recolección de datos, mejoras en la ventilación y el drenaje de los hospitales, y se profesionalizó la atención médica en todo el país.
Sus aportes al campo de la Estadística fueron reconocidos con su nombramiento como miembro de la Royal Statistical Society. Fue la primera mujer en acceder a ese cargo, y también la primera persona que usó gráficos estadísticos para persuadir a las autoridades de que cambiasen sus estrategias.
Fundadora de la enfermería profesional moderna

El 24 de junio de 1860, con los fondos donados por ciudadanos agradecidos y el respaldo personal de la reina Victoria, Florence inauguró la Escuela Nightingale de Entrenamiento para Enfermeras, en Londres. Era la primera escuela laica de enfermería del mundo, y su modelo revolucionó la profesión. El programa que diseñó para sus cursos era riguroso: las estudiantes recibían formación teórica y práctica durante un año; aprendían anatomía, fisiología, higiene, administración y procesamiento de datos.
Pero la enfermería no era para Florence un oficio más: era una vocación que exigía un compromiso inquebrantable con el bienestar del paciente. Las enfermeras debían ser profesionales respetables, bien educadas y capaces de trabajar de manera autónoma. El “modelo Nightingale”, como llegó a conocerse su programa de enseñanza, estableció principios que aún se emplean en la enfermería moderna.
En 1893, treinta y tres años después de la fundación de la escuela, se creó en su honor el Juramento Nightingale, similar al juramento hipocrático, que establece los principios éticos de la profesión en todo el mundo. Pero quizás el mayor logro de Florence fue dar acceso al cuidado profesional de salud a las clases trabajadoras, introduciendo a las enfermeras en la atención de enfermos a domicilio en Inglaterra e Irlanda a partir de 1860. Esta innovación fue el antecedente directo del Servicio Nacional de Salud británico, establecido cuarenta años después de su muerte.
En 1859, un año antes de fundar su escuela, Florence publicó su obra más influyente: Notas sobre enfermería. Aunque había sido escrito como una guía para las mujeres que cuidaban enfermos en sus hogares, el libro se convirtió en el primer texto de la enfermería moderna. Cubría desde la administración de medicamentos hasta la nutrición y la importancia de la luz solar. En él, Florence insistía en que la enfermedad no es inevitable, sino que a menudo ocurre debido a condiciones ambientales que pueden corregirse. Su filosofía era simple: la función de la enfermera no es solo curar, sino crear las condiciones óptimas para que el propio cuerpo del paciente se cure a sí mismo.
Notas sobre enfermería contiene observaciones que ahora parecen obvias, pero que en 1859 eran impensables: que los hospitales deben estar limpios, que los pacientes deben tener privacidad y recibir un tratado digno, que el lavado de manos es esencial para prevenir infecciones y que la dieta es parte integral de la recuperación.
El legado de Florence Nightingale

La genialidad de Florence Nightingale fue advertir que los problemas sociales solo pueden resolverse si se obtienen datos precisos que ayuden a entenderlos. En ese sentido, fue pionera de lo que hoy llamamos “políticas basadas en evidencia”. Antes de ella, cada hospital llevaba registros de manera diferente, haciendo imposibles las comparaciones; pero su visión sistematizadora permitió por primera vez identificar patrones, comparar resultados y definir estrategias comunes.
Sus aportes no se reducen a la enfermería y los problemas sociales de la salud. Junto con Francis Galton impulsó la creación de una cátedra de Matemática Estadística en Oxford que aplicara los mismos métodos a disciplinas como la educación, la criminología, los asilos. Los círculos académicos victorianos no comprendieron entonces su visión, pero hoy todo lo que propuso es práctica común en cualquier centro de investigación.
Florence insistió además en que las niñas necesitaban la misma educación en ciencias que los niños, y diseñó problemas prácticos basados en la vida real de sus estudiantes para hacer las matemáticas accesibles.
Por su extraordinaria labor, que dejó una huella profunda en la vida de las personas, la reina Victoria le otorgó en 1883 la Real Cruz Roja; y el rey Eduardo VII le concedió en 1907 la Orden del Mérito, la primera vez que se entregaba esta distinción a una mujer. En 1908 recibió también las Llaves de la Ciudad de Londres.
El 13 de agosto de 1910, a los noventa años de edad, Florence falleció mientras dormía en su casa. Fue enterrada en el cementerio de la Iglesia de St. Margaret, en Hampshire, cerca de la propiedad familiar donde había crecido. Su lápida es simple, lleva solo sus iniciales y las fechas de su nacimiento y muerte. Pero la relevancia de su trabajo no ha disminuido desde entonces.
El modelo Nightingale de educación en enfermería se emplea en casi todos los países del mundo. La Medalla Florence Nightingale, establecida en 1912 por el Comité Internacional de la Cruz Roja, es el más alto premio internacional que pueden recibir los enfermeros, y cada 12 de mayo, coincidiendo con su nacimiento, se celebra el Día Internacional de la Enfermería. La pequeña lámpara turca que ella llevaba por los pasillos de Scutari es hoy el símbolo universal de la enfermería.

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