Lise Meitner, la física que explicó la fisión nuclear y quedó fuera del Nobel
Su trabajo permitió comprender la fisión nuclear, pero el premio Nobel fue otorgado únicamente a su colaborador Otto Hahn, relegando durante décadas su contribución.
Nacida en Viena en 1878, en el seno de una numerosa familia judía, Lise Meitner creció en una Europa donde el acceso de las mujeres al conocimiento científico no solo era limitado, sino legalmente restringido. A finales del siglo XIX, la educación pública para las niñas se detenía a los 14 años y las universidades austríacas estaban cerradas para ellas. Su entrada en la ciencia no fue fruto de un camino allanado, sino de una determinación personal poco común.
Una física precoz en un entorno hostil
El giro que permitió a Meitner avanzar llegó en 1897, cuando el Estado austríaco autorizó a las mujeres a cursar estudios universitarios en ciencias y letras. La medida respondió a una necesidad práctica —la atención médica a mujeres musulmanas en territorios ocupados de Bosnia y Herzegovina—, pero abrió una grieta decisiva en la exclusión académica. En 1901, solo cuatro jóvenes lograron aprobar el Matura, el examen que habilitaba el acceso universitario. Lise Meitner fue una de ellas.
Ese mismo año inició sus estudios universitarios. El encuentro con el físico Ludwig Boltzmann fue determinante: sus clases no solo le ofrecieron un marco teórico, sino una forma de entender la ciencia como una herramienta para interpretar lo invisible y anticipar fenómenos que escapaban a los sentidos. Boltzmann no discriminaba a las mujeres y fomentó un entorno intelectual en el que Meitner pudo integrarse y crecer.
Meitner decidió trasladarse a Berlín para especializarse en radioactividad, un campo en plena expansión.
Su talento se manifestó temprano. En 1905, durante sus prácticas universitarias, explicó un experimento de Lord Rayleigh que el propio científico británico no había logrado interpretar del todo y avanzó predicciones teóricas adicionales. La ampliación de ese trabajo la condujo al doctorado en 1906, convirtiéndose en la segunda mujer en obtener el título de Doctora en Física en la Universidad de Viena, con una tesis centrada en la conducción del calor en cuerpos no homogéneos.
A pesar de ese logro, Viena ofrecía pocas perspectivas para una mujer dedicada a la investigación. Meitner decidió trasladarse a Berlín para especializarse en radioactividad, un campo en plena expansión.
Berlín: colaboración científica y exclusión cotidiana

En Berlín solicitó permiso al físico Max Planck para asistir a sus clases. Aunque él sostenía que las mujeres no debían acceder a la universidad, hizo una excepción al reconocer el talento extraordinario de Meitner. Allí conoció a Otto Hahn, quien pidió colaborar con ella de manera voluntaria. Esa asociación científica se prolongó durante tres décadas y fue extraordinariamente productiva.
La desigualdad, sin embargo, era estructural. El laboratorio no admitía más mujeres: Meitner trabajaba en un sótano habilitado en una antigua carpintería, sin acceso a los servicios del instituto ni al laboratorio principal de Hahn. Aun así, entre 1908 y 1909 publicaron numerosos artículos sobre el actinio, apoyados en la complementariedad entre la química de Hahn y la física de Meitner.
No fue hasta 1913 cuando obtuvo su primer sueldo, significativamente inferior al de su colega.
Con la creación del Kaiser-Wilhelm-Institut en 1912, precursor de los Institutos Max Planck, las diferencias entre ambos se institucionalizaron: Hahn recibió un puesto oficial; a Meitner se le ofreció una colaboración sin salario. No fue hasta 1913 cuando obtuvo su primer sueldo, significativamente inferior al de su colega. Ese mismo periodo marcó otro hito: se convirtió en la primera mujer profesora universitaria en Prusia.
En 1919, mientras Hahn recibía la medalla Emil Fischer, a Meitner se le ofreció solo una copia, sin mención explícita a su contribución. Ella no protestó públicamente, pero tampoco acudió a recogerla.
Exilio, fisión nuclear y dilemas éticos
La llegada del fascismo en Alemania transformó su vida. Aunque inicialmente pudo continuar trabajando pese a su origen judío, perdió su título académico. En 1938, tras la anexión de Austria, quedó sin nacionalidad. Poco después fue expulsada del instituto y, tras un complejo entramado de ayudas de colegas como Hahn, Planck y Niels Bohr, logró huir clandestinamente en 1939 hacia Holanda y luego a Suecia.
Junto a su sobrino Otto Robert Frisch, Meitner formuló la explicación teórica de la fisión nuclear aplicando la ley de equivalencia masa-energía de Albert Einstein. El trabajo, publicado en Nature, desencadenó una carrera científica internacional, encabezada por Estados Unidos con consecuencias militares en lo que se conocería inicialmente como el Proyecto Manhattan que fabricaría la bomba atómica, liderados por J. Robert Oppenheimer. Ella predijo la reacción en cadena, pero rechazó participar en cualquier proyecto destinado a fabricar una bomba atómica. Su negativa fue clara y definitiva: no quería contribuir a un arma.
El Nobel que no llegó y el legado que permanece
En 1944, el Premio Nobel de Química fue concedido únicamente a Otto Hahn. La exclusión de Meitner, pese a nominaciones conjuntas previas, se convirtió en uno de los episodios más controvertidos de la historia del galardón. Aun así, su trayectoria fue reconocida posteriormente con numerosos premios internacionales: el premio de la ciudad de Viena a la ciencia en 1947, la medalla Max Planck en 1949, la medalla Wilhelm Exner en 1960, la medalla Dorothea Schlözer de Göttingen en 1962 y muchos galardones más. Así como Einstein rechazó todos los premios que le concedió Alemania, ella los aceptó pensando que era importante para la reinserción del país en una rutina normalizada.
En 1997, el elemento químico 109 fue bautizado como meitnerio en su honor.
En 1966, Hahn, Meitner y Strassman recibieron el famoso premio Enrico Fermi. A pesar de que Otto Hahn intentó que Meitner no recibiera tal reconocimiento, Strassman no lo permitió. En 1997, el elemento químico 109 fue bautizado como meitnerio en su honor.
Aunque a menudo se la ha llamado “la madre de la bomba atómica”, Lise Meitner rechazó siempre ese título. Murió en 1968, a los 90 años. En su lápida quedó grabada una frase que resume su vida científica y ética: “Nunca perdió su humanidad”.
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