De la Luna al cuerpo: las nuevas exigencias del autocuidado sobre las mujeres

Del viaje lunar de Christina Koch a la presión estética cotidiana, el autocuidado se transforma en una nueva exigencia sobre los cuerpos de las mujeres.

| Ensayo | 15/08/2026
La astronauta Christina Koch, integrante de la misión Artemis II. Foto: National Geographic.

El 1 de abril de 2026, la humanidad presenció un hito científico cuando la misión Artemis II despegó con destino a la órbita lunar. A bordo viajaba la astronauta Christina Koch, seleccionada en 2013, veterana de seis caminatas espaciales —incluyendo la primera realizada exclusivamente por mujeres— y poseedora del récord del vuelo espacial individual femenino más largo, con 328 días consecutivos en la Estación Espacial Internacional. Al convertirse en la primera mujer en salir de la órbita baja terrestre, dar la vuelta a la Luna y situarse entre los cuatro seres humanos que han viajado más lejos de la Tierra, Koch no solo quebró una frontera física; desmanteló, en la práctica, la narrativa histórica que reservó la odisea espacial como un territorio predominantemente masculino.

Esta hazaña debería alzarse como el referente para millones de mujeres a nivel global. Sin embargo, el presente histórico revela una amarga contradicción: en el mismo momento en que una mujer alcanza los confines del espacio, los derechos femeninos en la Tierra atraviesan uno de los periodos de mayor vulnerabilidad y retroceso. Mientras las fronteras del cosmos se expanden, las fronteras de la autonomía femenina sufren un cercamiento feroz.

Las mujeres padecen hoy una sobrecarga física y mental sin precedentes, atrapadas en la exigencia de sostener dentro de estándares “adecuados” su denominado capital erótico y el mantenimiento de una supuesta “energía femenina”. Pero la trayectoria de Koch contradice este concepto: si la “energía femenina” existiera del modo en que este discurso nos la presenta —como una esencia pasiva, mística, nutricia y volcada hacia la estética o el espacio doméstico—, Koch jamás habría salido de la atmósfera terrestre. La “energía femenina” no es más que una construcción social utilizada para fijar roles femeninos en discursos contemporáneos.

El cuerpo femenino como territorio de explotación

Como analizó Silvia Federici en Calibán y la bruja, el capitalismo necesitó desde sus orígenes la degradación del cuerpo femenino y su sometimiento para garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo. Hoy, el patriarcado no ha desaparecido; ha perfeccionado sus herramientas. Continúa organizando las diferencias entre los cuerpos y manteniendo la división sexual del trabajo bajo la misma prescripción sexista de siempre, aunque ahora revestida con el lenguaje de la elección individual.

Todo tiene que estar bien en la cocina, pero ahora también hay que levantarse como si el maquillaje fuera eterno y las arrugas no tuvieran derecho a existir.

El sistema ha descubierto que los cuerpos de las mujeres no solo son la fábrica invisible donde se reproduce la fuerza laboral mediante el trabajo doméstico no pagado, sino que son, en sí mismos, una mercancía de la que puede extraerse ganancia. Sus cuerpos son utilizados como medios para continuar usufructuando vorazmente bajo la tendencia del glow up. El mandato social ha cambiado de forma, pero no de fondo. Todo tiene que estar bien en la cocina, pero ahora también hay que levantarse como si el maquillaje fuera eterno y las arrugas no tuvieran derecho a existir.

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Ilustración: Laura Vargas

Este imperativo revela la doble jornada contemporánea. La sociedad patriarcal ya no se conforma con la mujer recluida o subordinada al trabajo productivo y reproductivo; ahora exige la obediencia y la disciplina estética absoluta de sus cuerpos. Esta disciplina no genera emancipación alguna: solo produce mayor ganancia para la industria cosmética a expensas de un mayor agotamiento, alienación y estrés diario para las mujeres. Para neutralizar cualquier atisbo de resistencia, el sistema ha cooptado el concepto histórico de autocuidado.

La transformación del autocuidado en mandato estético

La visión histórica de la salud y el autocuidado —vinculada al descanso reparador, al tiempo libre, al ocio no mercantilizado y a la atención integral de la salud física y mental— ha sido desmantelada. En su lugar, la narrativa del glow up vende una falsedad empaquetada como bienestar a mujeres, adolescentes y niñas.

En su lugar, la narrativa del glow up vende una falsedad empaquetada como bienestar a mujeres, adolescentes y niñas.

Bajo la estafa del glow up, lo que se denomina “autocuidado” ocupa una porción masiva del tiempo libre que las mujeres podrían utilizar para el descanso o la organización política. El discurso publicitario ya no es parar y respirar, sino someterse a rutinas infinitas de skincare, mantener el pastillero en estricto orden y aplicar la sobrecarga progresiva en el gimnasio.

No se trata de hacer ejercicio para ganar salud orgánica ni de usar la medicina para estar fuertes; son prescripciones orientadas a consolidar la belleza, la estética y las hormonas dentro de rangos estrictos y normativos. Por tanto, esto no es autocuidado real: es disciplinamiento y moldeamiento de los cuerpos.

El paradigma del glow up

El paradigma del glow up exige que las mujeres respondan a una ecuación imposible:

  1. Estabilidad financiera y emocional impecable: lograda mediante el propio trabajo asalariado o la dependencia económica del trabajo de otros (esposos, padres).
  2. Atractivo ininterrumpido: estar siempre listas para la mirada ajena.
  3. Gestión logística del tiempo extremo: encajar jornadas laborales con el gimnasio, rituales interminables de cuidado de la piel, y la selección rigurosa de suplementación con creatina, proteínas, probióticos y vitaminas.
  4. Control dietético cuantitativo: seguir la dieta perfecta ajustada a las kilocalorías exactas que corresponden a la edad, estatura y peso corporal.
  5. Estética minuciosa: el arreglo permanente de pelo, cejas y pestañas, el consumo constante en la industria cosmética y un refinado “buen gusto” en el vestir, bajo la premisa de que a los 30 años ya se debe poseer el armario definitivo para toda la vida.

La ecuación imposible del glow up

Las consecuencias directas de este control son la inseguridad crónica y la sobrecarga cotidiana. Sin embargo, estas consecuencias no son fallos del sistema, sino su insumo principal. La opresión se manifiesta también en la dictadura del reloj biológico. La edad biológica de la mujer, y no sus logros profesionales, intelectuales o familiares, sigue operando como el rasgo medidor de su valor y vigencia en la sociedad.

Una máxima expresión de esta asimetría se observa en la salud mental y la violencia sistémica. Las mujeres son empujadas a gestionar la ansiedad y el agotamiento mediante la contención farmacológica, autoadministrándose ansiolíticos para controlar las emociones que el propio sistema les altera. Mientras tanto, a los hombres no se les exige el mismo autocontrol sobre su carácter y su ego, manteniéndose como los principales agentes de la violencia machista y la ola insostenible de feminicidios que azota al mundo.

El sentido radical del autocuidado

El viaje de Christina Koch a la Luna en 2026 nos recuerda de qué son capaces las mujeres cuando se liberan de las ataduras materiales e ideológicas que las han determinado históricamente. La verdadera conquista no vendrá de la disciplina sobre el cuerpo para encajar en los márgenes de una industria cosmética y corporativa. Llegará con la destrucción de las estructuras que convierten el cuerpo de la mujer en una mercancía explotable.

Violencia estética 2
Ilustración: Laura Vargas

Frente a la trampa del glow up y la falsa libertad del consumo, el feminismo exige recuperar el sentido radical del autocuidado: la socialización del trabajo doméstico, el fin de la brecha de los cuidados, el derecho al descanso real, la soberanía sobre el propio cuerpo y el desmantelamiento de un sistema que pretende hacernos creer que la emancipación consiste en maquillarse para ir a trabajar o someterse a dietas estrictas para ser aceptadas. La liberación no será televisada ni vendida en rutinas de belleza; será la consecuencia de organizar la sociedad sobre la base de la equidad, la justicia de clase y la verdadera autonomía de nuestras vidas.

Inseguridad, reloj biológico y sobrecarga emocional

La inseguridad femenina es la materia prima de la que se nutre el mercado: si las mujeres no se sintieran incompletas o inseguras, el glow up dejaría de ser funcional y las multinacionales cosméticas, farmacéuticas y del fitness no podrían rentabilizar sus ansiedades. Lo que se vende engañosamente como un estilo de vida al alcance de todas es, en la práctica, materialmente imposible para la inmensa mayoría.

Lo que se vende engañosamente como un estilo de vida al alcance de todas es, en la práctica, materialmente imposible para la inmensa mayoría.

Todas las mujeres no se encuentran en igualdad de condiciones económicas, ni tienen acceso a los mismos recursos simbólicos. Las desigualdades de clase y la diferenciación racial operan de manera tajante. Mientras las redes sociales están inundadas de consejos producidos predominantemente por mujeres blancas y adineradas, en la vida real persiste la discriminación sistemática y las brechas tecnológicas, educativas y financieras. Este ideal resulta especialmente accesible para sectores con mayores ingresos, disponibilidad de tiempo y acceso a los mercados globales.

La inseguridad femenina como modelo de negocio

De cara a los logros que el movimiento feminista ha alcanzado históricamente, la ideología del glow up representa un retroceso reactivo. Varias corrientes del feminismo pusieron en cuestión la pretendida “universalidad” del sujeto masculino y la preponderancia del hombre sobre la sociedad, buscando universalizar a la humanidad mediante el reconocimiento de la diversidad de las mujeres.

Violencia estética 1
Ilustración: Laura Vargas

El glow up opera en sentido inverso: impone una falsa universalidad homogénea e imposible. Pretender que una sola forma de ser mujer —la mujer occidental, estilizada, hiperconsumidora y normada— encarne los estándares absolutos de belleza, salud e higiene implica despojar de derechos y validez a todas aquellas que no pueden acceder a ese estándar o que deciden disentir de él. La realidad cotidiana de las mujeres en Latinoamérica, en África, así como de las mujeres trabajadoras, trans y lesbianas es borrada de este modelo. Si la norma exige homogeneidad, la diferencia es castigada con la marginación y la culpa.

El glow up frente a los logros del feminismo

Bajo el régimen del capital erótico —presentado engañosamente como una herramienta de movilidad social y acceso a determinados espacios—, el “ser mujer” se reduce una vez más a un “ser para otros”. Detrás de la retórica del empoderamiento estético prevalece el ansia de los sectores corporativos por maximizar sus tasas de ganancia a costa de la alienación femenina.

Mientras la atención se desvía hacia el conteo de calorías y el cuidado de la piel, la estructura material que sostiene la sociedad permanece intacta: las tareas de cuidado continúan sin ser redistribuidas ni valoradas en función de su verdadero aporte al ciclo productivo. Como ha señalado el feminismo, la reorganización equitativa y socializada del trabajo de hogar y de cuidados sí constituiría un gran triunfo revolucionario para las mujeres, pues liberaría el tiempo necesario para la vida, el descanso y la emancipación.

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