Narrativa canadiense │ Margaret Atwood: “Tramas para exóticos”
Reconocida como una de las autoras contemporáneas más influyentes, Margaret Atwood aborda en este cuento los prejuicios contra quienes no encajan en las normas.
Desde temprana edad supe que mi ambición era estar en una trama. O en varias tramas. Pensaba en ello como una carrera. Pero ninguna trama aparecía en mi camino. Tienes que solicitarlas, me dijo un amigo mío. Él había recorrido camino, aunque él mismo no había estado en ninguna trama, así que atendí su consejo y me acerqué a la fábrica de tramas.
Como para todas las cosas, hubo una entrevista. Entonces, dijo el joven con aspecto aburrido detrás del escritorio, ¿usted cree que tiene lo que se necesita para estar en una trama? ¿Qué clase de personaje tiene en mente? Jugueteaba con una lista, recorriéndola con el plumón. ¿Personaje?, dije. Sí, eso es lo que hacemos aquí. Tramas y personajes. No se puede tener uno sin lo otro. Bueno, dije, puedo intentar ser el personaje principal. O alguno de ellos, supongo que una trama requiere más de uno.
No puede ser el personaje principal, dijo sin rodeos. ¿Por qué no?, dije. Mírese en el espejo, dijo. Usted es un exótico. Yo dije: Soy una persona respetable. No bailo provocativamente. Exótico, dijo con su voz aburrida. Consulte el diccionario. Extranjero, forastero, que viene de afuera. No de aquí. Pero soy de aquí, dije. ¿Tengo un acento curioso o algo? Yo no hago las reglas, dijo. Tal vez usted sea de aquí, no lo niego, pero su apariencia lo contradice. Si estuviéramos en algún otro lado, no se vería como si viniera de afuera, porque ya estaría afuera, y también lo estarían todos los demás allí. Entonces yo sería el exótico, ¿no es cierto? Soltó una risa cortada. Pero estamos aquí, ¿no es así? Aquí estamos. Y aquí está usted.
No estaba listo para discutir quién parecía de dónde así es que dije: De acuerdo, entonces no seré el personaje principal. ¿Qué más tiene? Para exóticos, dijo hurgando las hojas de su lista. Déjeme ver. Parecía no haber mucho de dónde escoger. Podría ser un exótico jovial, bien intencionado, o el estúpido y borracho esposo golpeador de una exótica, o un exótico hostil cayendo de un caballo, o un exótico astuto y cruel con algún plan malévolo y grandioso. Si fuera una mujer, podría ser exótica sexy; una ardiente, hermosa y amoral degenerada. Por otro lado, podría ser un sirviente cómico. Eso es todo. ¿Eso es todo?, dije. Estaba decepcionado.
Pero hay más opiniones ahora, dijo. Sus maneras se volvían más cálidas. Podría ser el mejor amigo. No obtendría a la chica, pero sí a una chica de algún tipo. O podría ser el vecino de la casa de al lado, que aparece para una charla amistosa. O podría ser un tipo con mucha experiencia, como un entrenador. Que le enseñe al personaje principal a cercenar cabezas con la espada y con una sola mano. Siempre hay lugar para ellos. O podría ser una persona sabia; podría profesar una religión antigua, o podría decir cosas significativas y oscuras, lanzar, ¿cómo se llaman?
Profecías, dije. Sí, dijo, algo así. Alguna vez solo se tenía que ser mujer para que hubiera esas partes sabias, cualquier clase de mujer, pero luego las mujeres empezaron a tener empleos y nadie podía creer que siguieran siendo sabias. En estos días si se es una mujer sabia hay que ser una mujer exótica. Puede tener sabiduría si es hombre, pero tiene que ser viejo. Las barbas ayudan. ¿Sabe cantar? No especialmente, dije. Muy mal, dijo. La ópera queda descartada entonces. Muchas tramas allí. Lo pude haber puesto en el coro. No les importa el aspecto de nadie. De cualquier manera todos llevan esos atuendos exóticos.
Mire, dije, nada de eso se parece a mí. No me atrae particularmente. ¿Qué tal si me consigue un trabajo en la fábrica de tramas? Creo que podría ser bueno para eso.
¿Qué?, dijo. Parecía alarmado.
Adquiriría la mecánica de ello muy fácilmente, dije. Haría nuevas tramas, o les daría un giro o dos a las viejas. Sacaría a los personajes de sus papeles estereotipados. Dejaría a otras personas ser los borrachos idiotas y los sirvientes cómicos y demás. Incrementaría su rango dramático. Lo que verdaderamente estaba pensando era agenciarme uno o dos personajes principales para mí. Satisfacer mis sueños de infancia. O podría hacer toda una trama solo con exóticos. Exóticos de punta a cabo. Entonces indudablemente sería el personaje principal.
Achicó los ojos. Tal vez estaba leyéndome la mente: no soy muy elusivo. Siempre he sido malo para esconder cosas. No sé, dijo. Tenemos estándares que mantener. No creo que funcione.
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Publicado en el libro La tienda (2006), un volumen híbrido que reúne microrrelatos, ensayos poéticos, parábolas de tono satírico y otros textos de difícil clasificación, el cuento “Tramas para exóticos” es una aguda crítica a la industria cultural contemporánea. La representación estereotipada de la diversidad, los prejuicios contra quienes no encajan en las normas y expectativas del mercado, la instrumentalización de “lo exótico” al tiempo que se le niega la plena condición humana, son el centro de este breve cuento, que se inscribe en la vertiente más experimental e irónica de Margaret Atwood. Autora de muy influyentes novelas como El cuento de la criada (1985) y El año del diluvio (2009), Atwood es una de las escritoras más prestigiosas de la actualidad y una activa defensora de los derechos de la mujer, la protección del medio ambiente y la libertad de expresión.
Se ilustra este cuento de Margaret Atwood con una pintura de la artista canadiense Prudence Heward. Nacida en Montreal en 1896, Heward presentó expuso sus primeras obras en 1924, en la Real Academia de las Artes Canadienses, en Toronto. Un año después se mudó a París, donde se vinculó con los artistas del barrio de Montparnasse y estudió en la Academia Colarossi, una de las pocas que admitían a mujeres. A su regreso a Canadá, ganó reconocimiento con pinturas como Muchacha en la colina (1929), La bañista (1930) y otros retratos de mujeres y niños que rompían con los esquemas tradicionales de género. También se acercó al Grupo de los Siete, con quienes expuso en varias ocasiones. Frágil de salud tras un accidente automovilístico, falleció en 1947. Hoy se la reconoce como una de las pintoras canadienses más relevantes de la primera mitad del siglo XX.
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