Narrativa ecuatoriana │ Mónica Ojeda: "Todo el mundo huye de mi corazón porque parece un cocodrilo"

Con una mezcla de horror psicológico y poesía, Mónica Ojeda explora en sus relatos los miedos y deseos de la mujer, lo inconfesable y el poder de la palabra.

Araceli Gilbert: "Composición con máscaras" (1946).
Araceli Gilbert: "Composición con máscaras" (1946).

¿Acaso nosotros sabemos mirar en este mundo palpitante?
Claudia Peña Claros

I

Parece imposible, pero en la cordillera de los Andes se pasea un cocodrilo. Es un cocodrilo fantasma: un deseo salvaje de mi imaginación. Como todo deseo, infunde temor y también fascina, es decir, reorienta los sentidos hacia el misterio de lo irresistible. Cuenta la historia de lo que pasó hace millones de años, cuando la placa de Nazca chocó contra la placa suramericana y la tierra se levantó y los ríos se dividieron y los volcanes abrieron sus bocas ardientes. No miento: antes no había cordillera y los cocodrilos andaban por América del Sur alimentándose de sus ríos. Luego las montañas nacieron, el agua de la cuenca del Amazonas se desvió del Caribe hacia el Atlántico y muchos cocodrilos desaparecieron.

Antes de que los Andes nacieran, existían 14 especies de cocodrilos. Ahora solo hay 6.

Perdido entre montañas, páramos y volcanes, mi cocodrilo a veces deja sus huellas en los nevados y se baña en los cráteres con lagunas amarillas. No sabe cómo regresar a casa porque está solo en el espacio y en el tiempo. Su cuerpo es puro ayer: su tamaño, jurásico, de un verde selva que deslumbra. El cocodrilo es mi hermano querido porque los dos venimos del río y nos perdemos entre volcanes.

Soy migrante, digo, y ahora escribo en lo ancho de su lomo:

Según Humboldt, algunos volcanes de Ecuador vomitaban peces.
Según Emily Dickinson, en su volcán crecía la hierba.
Según yo, en mi volcán nadan cocodrilos provenientes de los manglares de Guayaquil.

II

No recuerdo la primera vez que vi un río (mi ciudad natal está atravesada por varios), pero sí la primera vez que vi un volcán. Tenía 19 años y estaba enamorada. Viajé a Baños de Agua Santa y contemplé a la mama Tungurahua lagrimeando lava en medio de la noche. Esta belleza es peligrosa, pensé: esta incandescencia es el amor. Mi novio me agarró de la mano y nos quedamos muy quietos mirando el espectáculo.

Le dije: hay una teoría que dice que los volcanes originaron la vida en la tierra.

Me dijo: somos dos cocodrilos mirando el nacimiento del mundo. Desde entonces la cordillera y sus elevaciones son el sitio al que acuden mis pensamientos aunque mi cuerpo viva lejos de allí.

Escribo en el lomo de mi cocodrilo:

Un volcán refunda la mirada y la escucha sobre esta tierra.
El paraíso es mirar y escuchar la tierra nueva que va a nacer.

III

Hace algunos años encontraron al abuelo de los cocodrilos en los Andes: unos huesos prehistóricos de hace 148 millones de años de una especie desconocida. Si cierro los ojos lo veo nadar en el cráter de un volcán muerto, rozar las chuquiraguas y las almohadillas de páramo con sus dientes, golpear piedras anchas de basalto con su cola.

“Todo el mundo huye de mi corazón / porque parece un cocodrilo”, dice un poema de Jorge Eduardo Eielson. Yo no sé por qué mi corazón está enterrado en los Andes si crecí lejos de la cordillera, en la costa, junto a grandes cuerpos de agua que desembocan en el mar. No sé por qué uno ama lugares que hace suyos con la palabra. Dicen que la función del lenguaje es evocar: hacer aparecer, traer a la imaginación.

Dicen que la geografía es emocional y biográfica, que un lugar en el mundo es el territorio en donde uno arrastra su barriga llena de hambre y de curiosidad.

Solo hay una pregunta válida: ¿Cuál es la forma escondida del territorio en donde aprendí a desear?

IV

Desde el río Guayas, al amanecer, puede verse el Chimborazo. A sus aguas llegan las cenizas de la mama Tungurahua y del Sangay. Por los manglares de la costa nadan cocodrilos que, durante las lluvias tropicales, entran a la ciudad y espantan a la gente.

Mi cocodrilo se pierde en los Andes. Su territorio vivo no responde a ningún límite geográfico, sino al amor por la altura.

Escribo:

Lo radicalmente otro, dice Derrida, es el animal.
Lo radicalmente otro, dice Ailton Krenak, es la selva, el río, el volcán.
La geografía es una escritura-animal. Una escritura-volcán.
Una razón poética.

V

Geografía = la escritura de la tierra. No describir el volcán, sino que él escriba en nosotras.
“El sentimiento de lo sublime se funda en el instinto de conservación y en el miedo”, dice Edmund Burke, “...una especie de temblor satisfactorio, cierta paz que está mezclada con el terror”.

Un miedo delicioso.

¿Por qué deseamos lo que nos amenaza?
¿Por qué deseamos el volcán?

VI

Un cocodrilo se pasea por los volcanes de la cordillera. Oye sonidos entonados por rocas terrestres y espaciales y miles de años pasan ante sus ojos: ve la placa de Nazca introduciéndose bajo el continente, la elevación de las montañas y el surgimiento de los cráteres; espera junto a los pajonales y la arena, rodeado de alpacas y colibríes, con la barriga llena de ofrendas. Va a las ruinas de Ingapirka antes de que se convirtieran en ruinas, asiste a la erupción de los volcanes Corazón, Ilaló, Carihuairazo, Reventador y Pululahua. Duerme en el bosque de Puyango durante la petrificación de sus árboles, va a la Casa del Cóndor de Piedra, el Kuntur Rumi Wasi, a las caras de Huasipamba, y observa sesenta mil años de cambios en el paisaje.

Frente a ese tiempo geológico, su vida es más corta que los días de florecimiento de un frailejón.
Ese cocodrilo existe, aunque la carne no dure.
Y es mío para escribir.

Araceli Gilbert: "Todo encaja" (1943).
Araceli Gilbert: "Todo encaja" (1943).

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Mónica Ojeda es una de las voces más potentes de la literatura latinoamericana contemporánea y una de las jóvenes escritoras más reconocidas. Sus relatos, cargados de imágenes simbólicas y elementos de la mitología andina, combinan la reflexión y la poesía para ofrecer una inquietante mirada a los problemas de la mujer en el mundo actual. La violencia, el deseo, el miedo, el maltrato infantil y la rebeldía ante los estereotipos y las normas son algunos de sus temas habituales. Ojeda ha sido incluida en varias listas de los mejores narradores jóvenes en lengua española y en 2019 obtuvo el Premio Prince Claus Next Generation.

Se ilustra este cuento de Mónica Ojeda con dos obras de la artista Araceli Gilbert (1913-1993). Considerada por la crítica como la pintora ecuatoriana más importante del siglo XX, Gilbert estudió en la Academia de Bellas Artes de Santiago de Chile antes de continuar su formación en París y Nueva York. En 1955, tras su regresó a Ecuador, su obra contrastó fuertemente con el realismo social predominante en los espacios artísticos de su época, por lo que durante décadas fue difícil de aceptar. A pesar de los obstáculos y las incomprensiones, Araceli Gilbert es reconocida hoy como la madre del arte abstracto ecuatoriano.

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