Poesía cubana | "El Ciprés", un poema de Mónica Olivera
En "El ciprés", Mónica Olivera aborda la libertad como una aspiración urgente y, al mismo tiempo, inalcanzable en el presente.
Es demasiado grande para mí.
¡Ciprés, árbol prohibido!
belleza desafiante imposible de alcanzar...
¿Él lo presiente o lo sabe?
Sabe que no puedo
ni pronunciar su nombre.
Me quema la garganta.
El cielo de su mirada
me castiga,
me abrasa la piel
por dentro
como el sol de Starkville o Nigeria.
Fantasma despiadado
que solo quiere castigarme...
Alma sin vida
que quizá ni siquiera
yo encuentre
en el otro paraíso.
En El ciprés, Mónica Olivera —ensayista, periodista y traductora— se aproxima a la poesía desde una escritura breve, contenida y de fuerte carga simbólica. El árbol aparece como una figura de deseo y límite: una belleza prohibida, demasiado alta o demasiado distante, que interpela a quien la contempla desde la imposibilidad. Clavado en la tierra y vuelto hacia el cielo, el ciprés concentra una aspiración de libertad que arde en el presente, pero se percibe todavía fuera del alcance; algo que no puede cultivarse, tocarse ni siquiera nombrarse sin dolor.
El poema El ciprés, de Mónica Olivera, se ilustra con Campo de trigo con cipreses, de Vincent van Gogh (1853–1890), una obra pintada en junio de 1889, apenas un año antes de la muerte del artista, durante su etapa en Saint-Rémy-de-Provence. Este óleo sobre lienzo, conservado en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, muestra un paisaje atravesado por fuerzas opuestas: la claridad del trigo, la ondulación del viento, la densidad de las montañas y la presencia oscura del ciprés, que se eleva como una figura solitaria en medio del campo.
En ese periodo, Van Gogh se encontraba internado en el hospital de Saint-Paul de Mausole y atravesaba una etapa de gran fragilidad emocional, pero también de extraordinaria intensidad creativa. Los cipreses se convirtieron entonces en una imagen decisiva dentro de su pintura: no eran solo árboles, sino presencias verticales, casi ardientes, que parecían unir la tierra con el cielo y, al mismo tiempo, sugerir una zona de sombra. Asociado en la tradición mediterránea al duelo, los cementerios y la permanencia más allá de la vida, el ciprés introduce en la obra una tensión entre belleza, naturaleza y muerte, como si el paisaje entero respirara bajo la conciencia del final.
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