Arte │ Francesca Woodman: el cuerpo como lenguaje
Francesca Woodman hizo del cuerpo femenino y de la fugacidad los ejes de una búsqueda estética y conceptual que medio siglo después sigue siendo novedosa.
Francesca Woodman comenzó a fotografiarse a los trece años y en apenas una década de trabajo construyó un corpus de más de quinientas imágenes que hoy se exponen y estudian en todo el mundo. Su vida fue breve, pero su legado es extraordinario.
Su padre, George, era pintor, ceramista y también fotógrafo; su madre, Betty, escultora. Ese ambiente de creación marcó su mirada desde la infancia. Pasó parte de su niñez en Florencia, ciudad que despertó en ella una fascinación duradera por la arquitectura, las ruinas y el peso del tiempo sobre los espacios. Más tarde, ya en Estados Unidos, ingresó en la Escuela de Diseño de Rhode Island, una de las más prestigiosas de América, donde desarrolló su lenguaje fotográfico. Gracias a una beca, regresó a Italia en 1977, y allí alcanzó su madurez como artista.
El cuerpo y el tiempo
Francesca Woodman trabajaba casi siempre en blanco y negro, y el sujeto predominante de sus imágenes era su propio cuerpo. Pero lejos de tratarse de un ejercicio de vanidad, usaba su figura como herramienta para una radical investigación visual: borrosa por el movimiento, parcialmente oculta detrás de muebles o paredes, fundida con el empapelado de viejas habitaciones abandonadas, su figura se disolvía en el espacio, desapareciendo a medias, dejando apenas un rastro. Los escenarios que elegía, mansiones victorianas, fábricas en ruinas, interiores derruidos, resaltaba la impermanencia, la fugacidad, haciendo no solo de la figura humana, sino también del tiempo, los protagonistas de su obra.
El surrealismo y de la literatura gótica ayudaron a definir su estilo. Aprendió de André Breton y de Man Ray, pero hizo con esas influencias en algo radicalmente distinto. Cada imagen era planificada, ensayada, interpretada y, en ese sentido, se ubicaba a medio camino entre la performance y a la fotografía tradicional, anticipando así una corriente estética y conceptual que los artistas posteriores no tardarían en asumir.
Al concluir sus estudios en Roma, Woodman se mudó a Nueva York en 1979, con la intención de abrirse paso en el mundo profesional. Presentó una y otra vez su portafolio a galerías y revistas de moda, pero los rechazos se acumularon y, con ellos, un estado depresivo que la condujo, en enero de 1981, con apenas 22 años, al suicidio.
Una radical exploración de la identidad femenina

En 1986 sus padres organizaron una exposición retrospectiva que viajó por Europa y los Estados Unidos. Desde entonces, la obra de Francesca Woodman no ha dejado de ganar relevancia. Hoy sus fotografías forman parte de las colecciones permanentes del MoMA, el Guggenheim de Bilbao y el Whitney Museum, entre otras instituciones de primer nivel.
Su influencia sobre generaciones posteriores de artistas es ya innegable: figuras como Cindy Sherman o Nan Goldin, que también exploraron la identidad femenina a través de la imagen, reconocen en ella a una precursora fundamental.
Pero lo que hace perdurable la obra de Woodman no es solo esa peculiar mezcla de belleza y perturbación, de desnudez juvenil y desgaste, y ese espíritu trágico que fueron una constante de su trabajo, sino la densidad de preguntas que sus imágenes lanzan sobre el espectador. ¿Qué significa representarse a uno mismo? ¿Puede alguien ser, al mismo tiempo, presencia y ausencia? ¿Dónde termina el cuerpo y empieza el espacio? Woodman hizo de esas preguntas el centro de su vida y de su fotografía. Y esa es, quizás, la razón por la que su trabajo sigue siendo, casi medio siglo después, tan actual.
Vea a continuación una galería con algunas de sus obras más relevantes.
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