“Persépolis”: el catecismo del velo, la memoria como resistencia en Marjane Satrapi
En “Persépolis”, Marjane Satrapi articula memoria, cuerpo e identidad en una reflexión profunda sobre el poder y su penetración en la vida cotidiana.
Recuerdo con nitidez el momento en que leí Persépolis por primera vez. No fue una lectura neutra ni distante; entré en ella con una sensación de desajuste, como si algo en esas páginas me obligara a recolocar mi manera de pensar la infancia, la memoria y el poder. Me revolvió mi propia experiencia: totalitarismo, exilio, transformación y la memoria como lugar de arraigo. Lo que más me impactó desde el inicio no fue la dimensión histórica en sí misma, sino la forma en que lo político se infiltraba en lo cotidiano. La escuela, la calle, la ropa, el lenguaje, el juego infantil: todo estaba atravesado por un sistema de control que convertía cada gesto en un acto potencialmente vigilado.
A medida que avanzaba en la lectura, comencé a percibir que la infancia narrada por Satrapi no se desarrollaba en un espacio protegido, sino en un territorio expuesto, donde crecer implicaba aprender a interpretar el poder antes incluso de comprenderlo. Leí esas páginas desde mi propia memoria de formación intelectual, preguntándome hasta qué punto toda infancia, en mayor o menor medida, se construye bajo sistemas de disciplina que naturalizamos. Sin embargo, en Persépolis esa disciplina no es difusa ni abstracta: se materializa en normas visibles, en castigos, en símbolos religiosos obligatorios, en discursos oficiales que buscan modelar la identidad desde edades tempranas.
Esa claridad brutal me obligó a detenerme. No estaba ante un relato sobre el pasado, sino ante una reflexión sobre los mecanismos que producen sujetos. Sentí también, de manera muy directa, la presencia del cuerpo femenino como campo de conflicto. El velo, que en muchas narrativas externas aparece reducido a un signo cultural, aquí se manifestaba como una imposición vivida desde dentro, una experiencia que organizaba la percepción de sí misma y de las otras.
“¿Qué significa recordar cuando el recuerdo se opone a un sistema que ha intentado organizar la vida, los cuerpos y el lenguaje?”
La niña que narra aprende pronto que su cuerpo no le pertenece del todo, que está atravesado por una red de significados que la preceden. Esa constatación me resultó especialmente perturbadora porque mostraba, con una sencillez implacable, cómo el poder comienza su trabajo en la superficie más íntima. Mientras avanzaba en la lectura, empecé a entender que lo que tenía entre manos no era solo una autobiografía ni un documento histórico. Era, sobre todo, un ejercicio de memoria que se negaba a ceder ante el olvido. En esa insistencia por contar, por dibujar, por fijar escenas aparentemente pequeñas, percibí una forma de resistencia silenciosa pero firme.
La autora no construye un relato heroico; reconstruye una conciencia. Y en esa reconstrucción, la infancia deja de ser un tiempo perdido para convertirse en un espacio de interpretación. Esa experiencia de lectura me situó frente a una pregunta que atraviesa todo este ensayo: qué significa recordar cuando el recuerdo se opone a un sistema que ha intentado organizar la vida, los cuerpos y el lenguaje. Desde ese lugar, desde esa inquietud inicial, empiezo a pensar Persépolis no solo como obra autobiográfica, sino como un dispositivo crítico que revela, con una lucidez excepcional, cómo el poder se instala en la vida cotidiana y cómo la memoria puede convertirse en una forma de resistencia.
Contexto histórico y maquinaria del régimen

Para comprender la potencia crítica de Persépolis, necesito situarme primero en el entramado histórico que la hace posible. No leo la obra aislada de su contexto, sino como el resultado de un proceso político y social que transforma radicalmente la vida cotidiana. La Revolución Islámica de 1979 no solo reorganiza el poder institucional en Irán, sino que modifica de manera profunda la estructura simbólica del país. A partir de ese momento, el Estado se redefine como una autoridad teocrática que aspira a regular no únicamente la esfera pública, sino también la moral privada, la educación, el lenguaje y el comportamiento.
Desde mi perspectiva, uno de los aspectos más significativos de ese proceso es la rapidez con la que la revolución se traduce en un sistema de vigilancia cotidiana. La imposición del velo obligatorio, la segregación por sexos en las escuelas, la censura cultural y el control del discurso político no aparecen como medidas aisladas, sino como parte de un dispositivo más amplio que busca modelar al sujeto desde su formación más temprana. En Persépolis, ese proceso se percibe a través de escenas aparentemente pequeñas, pero cargadas de densidad histórica: el aula, la calle, los juegos infantiles, las conversaciones familiares.
Mientras analizo la obra, entiendo que la guerra entre Irán e Irak (1980-1988) refuerza y consolida esta maquinaria del régimen. La guerra no solo genera destrucción material, sino que produce un clima de movilización permanente que legitima el control social. El miedo, el sacrificio y el discurso heroico se convierten en herramientas ideológicas que penetran en la vida diaria.
“Al reconstruir la experiencia vivida, Satrapi desarticula el discurso homogéneo del poder y deja al descubierto sus mecanismos más íntimos.”
Los niños crecen rodeados de relatos sobre mártires, amenazas externas y deber patriótico. Desde esa atmósfera, la infancia deja de ser un espacio protegido y se convierte en un terreno atravesado por la narrativa del Estado. Lo que más me interesa observar es cómo ese sistema no opera únicamente mediante la represión visible, sino también a través de una pedagogía constante. La escuela, en particular, se presenta como uno de los principales instrumentos de formación ideológica. Allí se repiten consignas, se establecen normas morales estrictas y se reorganiza la percepción del mundo en términos binarios: pureza e impureza, fe y traición, obediencia y desviación. En la experiencia de la niña que narra, ese aprendizaje se convierte en una forma temprana de contacto con el poder.
Desde esta perspectiva, empiezo a leer Persépolis como un relato sobre la formación de una conciencia dentro de un sistema que intenta moldearla. La historia no aparece como un telón de fondo lejano, sino como una fuerza que organiza cada gesto. La revolución entra en la casa, en el cuerpo, en el lenguaje. La guerra se filtra en los juegos, en los miedos nocturnos, en las ausencias. El régimen, en definitiva, se vuelve una presencia constante que define las posibilidades de existir.
Al situarme frente a este contexto, entiendo que el testimonio de Satrapi adquiere una dimensión particular. No se limita a narrar acontecimientos históricos; muestra cómo esos acontecimientos se inscriben en la vida de una niña que aprende a interpretar el mundo en medio de la contradicción. La maquinaria del régimen no solo disciplina, también produce subjetividad. Y es precisamente en ese punto donde la memoria autobiográfica se vuelve una herramienta crítica: al reconstruir la experiencia vivida, la autora desarticula el discurso homogéneo del poder y deja al descubierto sus mecanismos más íntimos.
Marjane Satrapi: biografía, formación y posición cultural

Antes de adentrarme por completo en la infancia narrada en Persépolis, siento la necesidad de detenerme en la figura de su autora. No puedo leer esta obra sin pensar en la trayectoria vital e intelectual de Marjane Satrapi, porque su historia personal atraviesa cada página. La autobiografía aquí no es un recurso literario: es el núcleo desde el cual se organiza todo el relato.
Satrapi nace en Teherán en 1969, en el seno de una familia profundamente politizada, culta y crítica. Desde mi perspectiva, este dato resulta esencial para comprender la textura del libro. No se trata de una niña aislada del contexto histórico, sino de alguien que crece en un hogar donde la historia se discute, se interpreta y se vive con intensidad. Sus padres participan en manifestaciones, cuestionan el régimen y transmiten a su hija una conciencia temprana de la injusticia social.
Ese entorno familiar introduce desde el inicio una tensión entre el discurso oficial y la experiencia doméstica. La Revolución Islámica irrumpe en su infancia y redefine el país en el que crece. Sin embargo, la familia de Satrapi no se alinea con el nuevo poder. Esa distancia crítica marca su formación. Desde muy joven, aprende a convivir con el conflicto entre lo que ocurre en la esfera pública y lo que se piensa en privado. Esa fractura, que más tarde se convertirá en uno de los ejes de Persépolis, forma parte de su biografía antes de convertirse en materia narrativa.
A los catorce años, sus padres deciden enviarla a Viena. Este traslado no es solo una decisión educativa, sino una estrategia de protección frente al clima político y moral cada vez más restrictivo en Irán. Desde mi lectura, este momento constituye una primera ruptura decisiva. La experiencia del exilio, vivida en plena adolescencia, introduce una nueva forma de desarraigo: la sensación de no pertenecer completamente a ningún lugar.
En Europa, Satrapi entra en contacto con otras formas de pensamiento, con otras libertades, pero también con nuevas dificultades. La distancia cultural, la soledad y el choque identitario marcan esos años. Cuando regresa a Irán tiempo después, lo hace con una mirada distinta, atravesada por la experiencia europea. Ese regreso no resuelve la fractura; la vuelve más visible. La autora comienza a habitar un espacio intermedio entre dos mundos. Más adelante se instala en Francia, donde se forma en artes visuales y donde finalmente da forma a Persépolis.
“En el exilio, recordar se convierte en una forma de reconstruir la identidad.”
Este desplazamiento geográfico e intelectual es fundamental. La obra no se escribe desde el interior del régimen, sino desde una distancia que permite reorganizar el pasado. La memoria se activa desde el exilio, desde un lugar donde recordar se convierte en una forma de reconstruir la identidad. Al situar a Satrapi en este recorrido biográfico, entiendo mejor la densidad de su gesto autobiográfico. No es solo una autora que narra su infancia; es una mujer formada entre contextos culturales distintos, marcada por la experiencia del desplazamiento y por la necesidad de traducir una historia compleja para lectores que, en muchos casos, desconocen ese mundo.
Pienso en las reflexiones de Philippe Lejeune sobre el pacto autobiográfico, esa relación de confianza que se establece entre quien narra y quien lee. En Persépolis, ese pacto se siente especialmente fuerte. La autora se presenta como sujeto de su propia historia, asumiendo la responsabilidad de narrarla desde su memoria. Al mismo tiempo, su formación artística le permite transformar esa experiencia en un lenguaje visual accesible y profundamente expresivo.
Desde mi perspectiva, la posición cultural de Satrapi es clave para comprender la potencia de la obra. No escribe únicamente como testigo de un país, sino como una voz situada entre culturas. Su mirada se construye desde el cruce entre Oriente y Occidente, entre la memoria personal y la historia colectiva, entre la infancia vivida y la conciencia adulta que la reconstruye. En ese lugar intermedio encuentro una de las claves más fértiles de Persépolis: la posibilidad de pensar la identidad como algo en constante negociación.
El cuerpo femenino como territorio político

Al avanzar en la lectura de Persépolis, hay un punto en el que comprendo que el cuerpo femenino no aparece solo como una dimensión biográfica, sino como uno de los escenarios centrales donde el poder se hace visible. Leo la imposición del velo no únicamente como un elemento cultural o religioso, sino como un dispositivo político que organiza la percepción del cuerpo, regula la presencia pública y define desde edades tempranas la relación entre identidad y obediencia.
Desde mi mirada, uno de los aspectos más perturbadores es que esta regulación comienza en la infancia. Las niñas aprenden rápidamente que su cuerpo no es un espacio neutral, que está cargado de significados, expectativas y límites. La vestimenta obligatoria, las normas sobre el comportamiento y la separación por sexos no operan solo como reglas externas, sino como mecanismos que moldean la autopercepción. En ese proceso, el cuerpo se convierte en el primer territorio donde el régimen establece su autoridad.
Diversos pensadores han analizado esta relación entre poder y corporalidad. Michel Foucault, al estudiar las sociedades disciplinarias, explicó cómo el poder moderno se ejerce a través de la regulación minuciosa de los cuerpos, produciendo sujetos dóciles y útiles. Al leer Persépolis, reconozco con claridad ese principio: el control no se limita a la represión visible, se instala en los gestos cotidianos, en la forma de vestir, en la manera de ocupar el espacio. Simone de Beauvoir ya había advertido que el cuerpo de la mujer es históricamente un campo de inscripción de normas sociales y morales. En el contexto que narra Satrapi, esa inscripción se vuelve particularmente evidente.
El velo, lejos de ser un simple objeto, funciona como una frontera simbólica que delimita lo permitido y lo prohibido. La niña aprende a habitar su propio cuerpo bajo la mirada constante de una autoridad que define qué es decente, qué es peligroso y qué debe ocultarse.
Judith Butler, por su parte, ha planteado que el género se construye a través de normas reiteradas que producen identidades aparentemente naturales. Desde esa perspectiva, lo que observo en Persépolis es el esfuerzo sistemático por fijar una identidad femenina que responda a los valores del régimen. El cuerpo cubierto, vigilado y disciplinado se convierte en una pieza fundamental dentro del proyecto político.
Lo que más me interesa subrayar es que esta regulación no se experimenta solo como una imposición externa. La niña que narra comienza a interiorizar esas normas, a medir sus gestos, a pensar su presencia en el mundo en función de lo que se espera de ella. En ese momento, el poder ya no necesita intervenir de forma constante: ha comenzado a instalarse en la conciencia.
“En Persépolis, el cuerpo femenino es el lugar donde se cruzan la política, la moral, la religión y la identidad.”
Sin embargo, también percibo que en ese mismo espacio surge una forma de resistencia. Cada gesto de incomodidad, cada pregunta, cada intento de comprender lo que significa cubrirse, revela una fisura en el sistema. El cuerpo disciplinado no deja de ser, al mismo tiempo, un lugar de experiencia, de conflicto y de pensamiento. Desde mi lectura, ahí reside una de las dimensiones más profundas de la obra: mostrar cómo el control del cuerpo es una estrategia central del totalitarismo y cómo, incluso dentro de esa regulación, persiste la posibilidad de cuestionar.
En Persépolis, el cuerpo femenino no es un elemento secundario del relato, sino uno de sus núcleos más densos. Es el lugar donde se cruzan la política, la moral, la religión y la identidad. Y al reconstruir esa experiencia desde la memoria, Satrapi no solo narra su historia personal: expone el modo en que el poder intenta inscribirse en la piel misma de quienes crecen bajo su influencia.
Por otra parte, desde el territorio corporal, la memoria no funciona solo como una herramienta narrativa, sino como un gesto político de primer orden. Recordar, en contextos donde el poder ha intentado fijar una versión única de la historia, se convierte en una forma de oponerse al olvido programado. En esa operación, la autobiografía deja de ser un ejercicio íntimo para transformarse en un contra archivo.
Desde mi perspectiva, cada escena reconstruida por Satrapi opera como una restitución de la experiencia vivida frente a los relatos oficiales que tienden a simplificar, homogeneizar o borrar las zonas de conflicto. La memoria aparece fragmentada, episódica, a veces contradictoria. Sin embargo, es precisamente esa textura la que la vuelve creíble y resistente. No ofrece una cronología perfecta; ofrece huellas.
Pienso en la manera en que Paul Ricoeur entendía la memoria como un acto ético, ligado a la responsabilidad de testimoniar. En Persépolis, esa responsabilidad se traduce en la insistencia por fijar momentos que, de otro modo, quedarían diluidos en la narrativa heroica del Estado o en la distancia de la historia oficial. La autora no reconstruye solo grandes acontecimientos, sino también escenas domésticas, silencios, pérdidas mínimas que, juntas, componen una experiencia irreductible.
También encuentro resonancias con las reflexiones de Maurice Halbwachs sobre la memoria colectiva. La historia personal que se narra nunca es completamente individual: está atravesada por la familia, por la comunidad, por las conversaciones que intentan explicar lo que sucede afuera. En ese cruce, la memoria se vuelve un espacio de negociación entre lo íntimo y lo social.
Al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar en los estudios sobre trauma que han señalado cómo el recuerdo se organiza muchas veces en fragmentos. La forma gráfica de Persépolis, con su sucesión de viñetas y episodios breves, me parece especialmente adecuada para dar cuenta de esa experiencia. Cada escena funciona como una cápsula que conserva una emoción, una imagen, un aprendizaje. El pasado no aparece como una continuidad fluida, sino como una serie de impactos que regresan. Desde esa perspectiva, narrar se convierte en un acto de resistencia. No porque la memoria anule el poder, sino porque introduce fisuras en su relato.
Al contar su infancia, Satrapi recupera voces, gestos y contradicciones que no encajan en la lógica uniforme del discurso oficial. En esa recuperación, la experiencia singular se vuelve una forma de confrontación. Mientras escribo y pienso en esta dimensión de la obra, entiendo que la memoria no solo preserva el pasado: también reorganiza el presente. La autora adulta vuelve sobre la niña que fue y, en ese movimiento, interpreta, resignifica y ordena lo vivido. El dibujo y la palabra funcionan como herramientas para entender lo que en su momento no podía comprenderse del todo.
Por eso leo Persépolis como un trabajo de memoria que desborda lo autobiográfico. Es un ejercicio de reconstrucción crítica que restituye complejidad a una historia marcada por el control y la violencia simbólica. En ese gesto, recordar deja de ser un acto nostálgico para convertirse en una forma de pensamiento y, sobre todo, en una práctica de resistencia frente a cualquier intento de imponer una única versión del pasado.
El lenguaje visual: blanco y negro como ética narrativa
Al detenerme en la forma gráfica de Persépolis, comprendo que su potencia no reside únicamente en lo que cuenta, sino en cómo lo muestra. El blanco y negro, lejos de ser una limitación técnica, se convierte ante mis ojos en una elección ética. En esa economía visual percibo una voluntad de despojar la experiencia de cualquier exceso ornamental para concentrarse en lo esencial: el gesto, el contraste, la huella. Desde mi lectura, la simplificación del trazo no empobrece la narración; la intensifica.
Las figuras aparecen casi esquemáticas, pero cargadas de expresión. Los espacios se construyen con pocos elementos, y sin embargo contienen una densidad emocional notable. Esa austeridad me obliga a mirar con más atención. Cada viñeta funciona como una unidad cerrada donde el sentido se condensa. Pienso en las reflexiones de Scott McCloud sobre la abstracción en el cómic: cuanto más simplificada es una imagen, más fácilmente puede el lector proyectarse en ella.
En Persépolis, esa operación me parece especialmente significativa. La figura infantil, reducida a líneas claras y contrastes firmes, se vuelve un punto de identificación. La experiencia individual adquiere una dimensión universal sin perder su singularidad.
También encuentro resonancias con las ideas de Roland Barthes sobre la imagen como espacio de significación abierta. El blanco y negro no solo organiza el contraste visual; introduce una lógica de oposición que atraviesa todo el relato: visible e invisible, permitido y prohibido, público y privado. La estética se convierte así en una forma de pensamiento.
Lo que más me impresiona es la manera en que la violencia se representa sin caer en la espectacularización. Las escenas duras no se construyen a partir del detalle explícito, sino desde la sugerencia. Una figura que cae, una silueta que desaparece, un rostro inmóvil. En esa contención percibo una forma de respeto hacia lo vivido. La imagen no busca impactar por exceso, sino por precisión.
“La fuerza de Persépolis no radica en su complejidad técnica, sino en la coherencia entre lo que se narra y la manera de narrarlo.”
Mientras avanzo en el análisis, entiendo que esta elección formal está profundamente vinculada con el trabajo de la memoria. El recuerdo rara vez aparece cargado de detalles minuciosos; suele presentarse como una serie de escenas nítidas, recortadas, casi simbólicas. El lenguaje gráfico de Satrapi parece responder a esa lógica. Cada viñeta funciona como una condensación del pasado.
Desde esa perspectiva, el blanco y negro no solo construye una estética reconocible, sino que organiza una ética narrativa. El trazo se mantiene sobrio, directo, sin buscar efectos innecesarios. La forma se alinea con el contenido: contar lo vivido con claridad, sin adornos que distraigan, sin dramatizaciones que deformen la experiencia.
Al pensar en otras novelas gráficas testimoniales, comprendo que Persépolis ocupa un lugar singular. Su fuerza no radica en la complejidad técnica, sino en la coherencia entre lo que se narra y la manera de narrarlo. En esa coherencia encuentro una decisión profundamente política: la de construir un lenguaje visual que acompañe el gesto de recordar sin apropiarse del dolor, sin convertirlo en espectáculo, sin traicionar su intimidad.
Identidad, exilio y fractura interior

Al llegar a la etapa del exilio en la vida de Marjane Satrapi, siento que el relato entra en una zona de especial densidad emocional e histórica. No se trata únicamente de un desplazamiento geográfico, sino de una ruptura profunda en la formación del yo. La salida de Irán hacia Viena, a comienzos de los años ochenta, ocurre en un contexto marcado por la guerra entre Irán e Irak, la radicalización del régimen y la creciente clausura moral del espacio público. En ese clima, muchas familias intelectuales y críticas toman la decisión de enviar a sus hijos fuera del país como una forma de preservación. Desde mi lectura, ese gesto familiar tiene un peso histórico considerable.
La diáspora iraní que se consolida en Europa durante esos años no es homogénea: está formada por estudiantes, opositores políticos, artistas, familias de clase media urbana que ven reducidas sus posibilidades de vida dentro del nuevo orden teocrático. Satrapi se inscribe en esa generación que crece entre dos mundos sin pertenecer completamente a ninguno. La adolescencia en Viena aparece entonces como un territorio ambiguo. Por un lado, representa la apertura: acceso a otras libertades, otras formas de pensamiento, otra relación con el cuerpo y con la cultura. Por otro, introduce una experiencia de desarraigo que atraviesa toda su formación. La lengua, los códigos sociales, el humor, la manera de relacionarse: todo exige un aprendizaje constante.
Desde mi perspectiva, esta etapa produce una fisura interior que no se cierra con el tiempo, sino que se convierte en una de las matrices de su identidad adulta. Pienso en las reflexiones de Edward Said sobre el exilio como una condición permanente, no solo un hecho puntual. El exiliado vive en un estado de desplazamiento continuo, incluso cuando logra instalarse en un nuevo lugar. En Persépolis, esa sensación se percibe en la manera en que la autora reconstruye su adolescencia: una etapa marcada por la búsqueda de pertenencia y por la dificultad de explicar quién es y de dónde viene.
También encuentro resonancias con las ideas de Homi Bhabha sobre la identidad en los espacios intermedios. La subjetividad se forma en la frontera entre culturas, en ese lugar donde ninguna tradición es completamente propia y ninguna ajena del todo. Desde ese punto de vista, Satrapi no es solo una autora iraní ni una autora europea: su voz se construye en ese cruce, en ese territorio híbrido donde la memoria personal y la experiencia migratoria se entrelazan.
La experiencia del exilio adolescente, además, no está exenta de conflictos personales profundos. La soledad, la necesidad de adaptación, el deseo de integrarse y, al mismo tiempo, el miedo a perder las propias raíces genera una tensión constante. Desde mi lectura, ese proceso de negociación identitaria es una de las zonas más humanas del relato. La autora no se presenta como una figura heroica; se muestra vulnerable, contradictoria, en plena construcción.
Me interesa especialmente cómo esa fractura interior se relaciona con el cuerpo y con la percepción de sí misma. En Europa, la joven Satrapi experimenta nuevas formas de libertad, pero también nuevas formas de invisibilidad. Es extranjera, mujer, adolescente. Su identidad se vuelve un campo de interpretación para los otros. Esa mirada externa condiciona su manera de presentarse, de hablar, de recordar.
En este punto, no puedo dejar de pensar en las reflexiones de Julia Kristeva sobre el extranjero como figura que desestabiliza las identidades fijas. El sujeto que vive entre culturas no solo se adapta: también cuestiona, traduce, reorganiza. Desde esa perspectiva, el exilio no es únicamente pérdida; es también un espacio de transformación.
“El cruce entre historia, migración y subjetividad es una de las claves más profundas de Persépolis.”
Cuando Satrapi regresa a Irán, después de años en Europa, la fractura se hace aún más evidente. Ya no es la niña que se fue, pero tampoco logra reinsertarse completamente en el país que dejó. La experiencia del retorno revela que el hogar ya no es un lugar estable. La memoria se convierte en el único territorio continuo. Más adelante, su instalación definitiva en Francia termina de consolidar esta identidad desplazada. Desde allí escribe Persépolis, reconstruyendo su infancia y su juventud con la distancia necesaria para comprenderlas. En ese gesto, el exilio deja de ser solo una herida para convertirse en un lugar de pensamiento.
También encuentro afinidades con otras autoras que han trabajado la experiencia del desarraigo desde la escritura autobiográfica. Pienso en Assia Djebar y su exploración de la memoria colonial y femenina; en Chahdortt Djavann y su análisis crítico del exilio iraní contemporáneo. Todas ellas, desde lugares distintos, han convertido la experiencia del desplazamiento en un campo de elaboración intelectual.
Desde mi perspectiva, el exilio en Persépolis no aparece como un episodio secundario, sino como un punto de inflexión en la formación de la autora. Es el momento en que la identidad se vuelve consciente de sí misma, en que la memoria comienza a organizarse como relato, en que la infancia deja de ser solo pasado y empieza a convertirse en materia de interpretación.
En ese cruce entre historia, migración y subjetividad, encuentro una de las claves más profundas del libro. La fractura interior no desaparece, pero se transforma en una forma de lucidez. La autora aprende a habitar ese espacio intermedio, y desde allí construye una voz capaz de narrar lo vivido sin reducirlo, sin simplificarlo, sosteniendo la complejidad de pertenecer a más de un mundo al mismo tiempo.
Conclusiones críticas

Al cerrar este recorrido por Persépolis, comprendo con mayor claridad que la obra de Marjane Satrapi no puede leerse únicamente como un relato autobiográfico ni como un testimonio histórico situado. A lo largo de este análisis, la he ido entendiendo como una pieza que articula memoria, cuerpo e identidad dentro de una reflexión profunda sobre el poder y sus formas de penetración en la vida cotidiana. Pero al llegar al final, la dimensión que más se impone es su carácter de advertencia.
Desde mi perspectiva, Persépolis nos obliga a pensar la infancia como un espacio político, el cuerpo como un territorio de regulación y la memoria como una forma activa de resistencia. Esa tríada sostiene toda la obra y la proyecta hacia el presente. La niña que aprende a vivir bajo un régimen disciplinario no pertenece solo al pasado iraní; representa una experiencia humana que se repite bajo diferentes formas en múltiples contextos.
A lo largo del ensayo he observado cómo el cuerpo femenino aparece como el punto donde el poder se vuelve más visible. En el caso de la Revolución Islámica, esa regulación adopta la forma de normas religiosas, códigos morales estrictos y vigilancia social constante. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que esta instrumentalización del cuerpo de la mujer no es exclusiva de un solo sistema político o cultural. Es un fenómeno que atraviesa geografías y épocas, aunque adopte discursos distintos.
Aquí emerge una cuestión compleja y delicada: la relación entre cultura, identidad y libertad individual. El relato de Satrapi permite comprender cómo el extremismo religioso, cuando se convierte en estructura de Estado, puede intervenir directamente en la vida íntima, en la educación, en la percepción del propio cuerpo. La obra no ataca una fe ni una tradición en abstracto; muestra las consecuencias de su instrumentalización política.
Desde esta perspectiva, el libro se sitúa en un lugar incómodo y necesario. Nos obliga a reflexionar sobre los límites entre el respeto cultural y la defensa de las libertades individuales. Pienso en las reflexiones de Ayaan Hirsi Ali sobre la tensión entre tradición y derechos humanos, en los textos de Fatema Mernissi sobre el control simbólico del cuerpo femenino en sociedades patriarcales, y en los análisis de Leila Ahmed sobre la complejidad histórica del velo como signo religioso, cultural y político. Estas voces, distintas entre sí, coinciden en señalar que el cuerpo de la mujer ha sido con frecuencia el campo donde se dirimen disputas identitarias profundas.
Al mismo tiempo, no puedo ignorar el riesgo del etnocentrismo. Leer Persépolis desde una perspectiva occidental exige una cautela crítica. Existe siempre el peligro de convertir la experiencia narrada en una confirmación de prejuicios sobre el mundo islámico. Sin embargo, la obra de Satrapi no funciona como una denuncia externa, sino como una reflexión interna. Es la voz de alguien que pertenece a ese contexto y que habla desde su experiencia.
“Persépolis es parte de una genealogía de pensamiento y creación que ha hecho del arte un espacio de cuestionamiento.”
Por eso me parece fundamental situarla en diálogo con otras mujeres procedentes de contextos islámicos que han utilizado el arte y la escritura como formas de resistencia. Pienso en Shirin Neshat y su trabajo visual sobre la identidad femenina y la religión; en la escritora iraní Azar Nafisi y su defensa de la lectura como espacio de libertad; en la periodista y activista iraní Masih Alinejad y su visibilización internacional de la protesta contra la obligatoriedad del velo; en la novelista Nawal El Saadawi, cuya obra denunció durante décadas las estructuras patriarcales en el mundo árabe. Todas ellas, desde lugares distintos, han cuestionado la regulación del cuerpo femenino como mecanismo de poder.
Estas voces muestran que la crítica no viene solo desde fuera. Surge desde dentro, desde mujeres que han vivido esas tensiones y han decidido narrarlas. En ese sentido, Persépolis forma parte de una genealogía más amplia de pensamiento y creación que ha hecho del arte un espacio de cuestionamiento. Al pensar en el presente, me inquieta constatar que el extremismo, en sus múltiples formas, sigue representando un riesgo directo para las mujeres.
En algunos contextos, ese riesgo adopta la forma de leyes restrictivas, violencia institucional o control social directo. En otros, aparece bajo discursos más sutiles que buscan normalizar la desigualdad en nombre de la tradición o de la identidad. En ambos casos, el resultado es similar: la autonomía del cuerpo femenino se convierte en un terreno disputado.
También me interesa subrayar que esta tensión no afecta únicamente a las mujeres que viven en países de mayoría islámica. Las sociedades occidentales tampoco están exentas de conflictos en torno al cuerpo, la libertad y la identidad. Debates sobre vestimenta, derechos reproductivos, violencia de género o representación pública revelan que el control del cuerpo femenino sigue siendo un tema central en múltiples sistemas culturales.
Desde mi lectura, Persépolis adquiere una fuerza especial precisamente porque no simplifica esta complejidad. No convierte a su protagonista en un símbolo abstracto ni reduce la experiencia a una única interpretación. Muestra contradicciones, afectos, vínculos familiares, momentos de alegría y de dolor. Esa humanidad es la que impide que el relato se convierta en un discurso ideológico cerrado.
Al terminar este ensayo, siento que la obra de Satrapi ocupa un lugar singular dentro de la historia de la narrativa gráfica y de la literatura testimonial contemporánea. Ha logrado articular una experiencia personal en una forma estética que permite pensar cuestiones universales: la formación del yo, la memoria, el poder, la identidad y la libertad. Desde una posición crítica, entiendo Persépolis como un texto que nos obliga a mantener abierta la reflexión. Nos recuerda que las libertades individuales nunca son definitivas, que el control puede adoptar múltiples formas y que el cuerpo, especialmente el de la mujer, sigue siendo uno de los espacios donde esas tensiones se hacen visibles.
Antes de cerrar esta reflexión, considero necesario incorporar una mirada crítica sobre el impacto que los movimientos extremistas de base religiosa y política tienen en el mundo contemporáneo, especialmente cuando se articulan como proyectos de control social y violencia. Desde mi perspectiva, uno de los peligros más visibles en el presente radica en el avance de grupos radicalizados que instrumentalizan la religión, la tradición o la ley para justificar prácticas de sometimiento, persecución o eliminación del disenso. En distintos contextos geopolíticos, estas corrientes han promovido sistemas normativos que restringen de manera severa los derechos de mujeres, niñas y minorías sexuales, convirtiendo el cuerpo y la vida cotidiana en espacios de regulación coercitiva.
Al pensar este fenómeno en relación con Persépolis, advierto que el relato de Satrapi no solo documenta una experiencia histórica localizada, sino que nos permite comprender la lógica de estos procesos cuando el fanatismo se convierte en estructura política. No se trata de una crítica a una fe en sí misma, sino al uso radicalizado y violento de marcos religiosos o identitarios como herramientas de poder.
Cuando estos discursos se extreman, pueden traducirse en políticas que legitiman la exclusión, la violencia y la negación de libertades básicas, afectando de manera especialmente intensa a las mujeres y a las personas más vulnerables. Desde mi lectura, este tipo de proyectos autoritarios, sostenidos por visiones cerradas del mundo, no solo generan daño en los territorios donde se imponen, sino que también impactan en la percepción global de la convivencia, los derechos humanos y la libertad individual. El temor, la violencia simbólica y la amenaza física se convierten en instrumentos de presión política, económica y geoestratégica.
En ese sentido, la memoria que articula Persépolis adquiere una dimensión preventiva: permite reconocer las señales tempranas del control cuando este comienza por el cuerpo, la educación y la vida cotidiana. La niña que narra su infancia bajo un régimen totalitario termina convirtiéndose, a través del dibujo y la memoria, en una voz que interpela al presente. En ese gesto encuentro el sentido más profundo de la obra: no solo recordar lo vivido, sino transformar ese recuerdo en una forma de pensamiento crítico capaz de atravesar el tiempo y seguir dialogando con nosotros.
Alarma, precaución y responsabilidad crítica
Sin modificar lo anterior, deseo cerrar con una reflexión autónoma sobre la necesidad de mantener una vigilancia ética y política ante cualquier forma de extremismo que, en nombre de identidades religiosas, culturales o ideológicas, busque restringir libertades y revertir derechos conquistados.
Me preocupa el clima de confusión que a veces diluye la crítica legítima al fanatismo bajo etiquetas simplificadoras o alineamientos acríticos. La defensa de la diversidad y del respeto cultural no puede implicar silencio frente a prácticas violentas, coercitivas o discriminatorias que afecten de manera directa a mujeres, niñas y colectivos vulnerables. Desde esta posición, sostengo la importancia de una alerta responsable y documentada ante corrientes radicales que instrumentalizan la fe o la tradición para justificar la imposición de normas que limitan la autonomía personal, la educación y la libertad de conciencia.
El desafío es doble: evitar el prejuicio y, al mismo tiempo, no renunciar a la denuncia cuando los derechos humanos son vulnerados. Esta tensión exige matiz, rigor y una ética del cuidado que distinga entre comunidades, creencias y las agendas extremistas que se apropian de ellas. Pienso también en la necesidad de un debate feminista honesto y plural que no rehúya las zonas incómodas.
La solidaridad internacional con mujeres y niñas que viven bajo contextos de violencia, coacción o persecución debe traducirse en posicionamientos claros, informados y sostenidos en el tiempo. No se trata de imponer miradas externas ni de hablar por otras, sino de acompañar, escuchar y respaldar a quienes, desde dentro de sus propias sociedades, denuncian abusos y luchan por su autonomía. Este llamado no pretende simplificar realidades complejas ni alimentar antagonismos culturales, sino reforzar un principio básico: ningún proyecto político o religioso puede justificar la negación de la dignidad, la libertad o la seguridad de las personas. Mantener viva la memoria crítica, como propone Persépolis, implica también sostener una atención activa ante cualquier deriva autoritaria, venga de donde venga, y cuidar los espacios de libertad que tantas generaciones han construido con esfuerzo.
Vigo, 15 de febrero de 2026.
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