Narrativa ucraniana │ Yulia Iliukha: “Mujeres de Ucrania”

Los relatos de Yulia Iliukha ofrecen una mirada íntima al drama de la mujer en tiempos de guerra, retratando la resistencia, el luto y los retos del exilio.

Tatiana Yablonska: "Primavera en la ventana" (1958), detalle.
Tatiana Yablonska: "Primavera en la ventana" (1958), detalle.

Una mujer que había estado esperando la llegada del mundo ruso llevaba dos meses bajo los escombros de su casa.

Cuando empezó, y oyó las primeras explosiones, se asustó. Pero entonces comprendió quién estaba detrás de los estruendos matutinos y se regocijó: “Nuestros muchachos llegarán pronto”.

La mujer había enseñado lengua y literatura rusas toda su vida en la escuela a solo cien metros de su casa. Dos años antes de jubilarse, la escuela había cambiado al ucraniano como idioma de enseñanza, y la habían despedido discretamente.

Apenas se recuperó de este golpe, tuvo de pronto mucho tiempo libre, y lo dedicó a preparar clases que, de todos modos, nunca se impartirían. Se sumergió en Pushkin, leyó a Lermontov con un lápiz y se dejó llevar por Tutchev. La mujer pasaba las tardes convenciéndose de la grandeza y la gloria de la poderosa cultura rusa, sentada en un viejo sillón que había comprado hacía veinte años.

Entonces recordaba su juventud. Departamento de lingüística, residencia estudiantil, vestidos de percal, poemas en un parque oscuro, manos calientes, palabras de amor. Luego, recuerdos de salchichas baratas y del helado más delicioso del mundo se deslizaban por su mente. La mujer no recordaba el sabor de las salchichas ni del helado, pero creía firmemente en su perfección. Estaba segura de que todo esto podría recuperarse. Solo tenía que esperar un poco; los malentendidos pronto se aclararían: “nuestros muchachos” jamás dispararían contra civiles.

La mujer dormía cuando parte de su edificio, del quinto al primer piso, se derrumbó. La grandeza de la cultura rusa la sepultó sin siquiera preguntarle su opinión sobre Pushkin y Lermontov.

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Una mujer que buscaba a su marido en una fosa común recordaba la geografía de su cuerpo como un mapa topográfico de Ucrania dibujado a mano.

Su marido tenía una marca de nacimiento en el índice y el dedo medio de la mano derecha. Su madre le contó una vez que, durante el parto, el médico se había aferrado a esos dos dedos para sacarlo, salvándoles la vida a ambos. Su madre solo bromeaba, pero él siguió contando esta historia con toda seriedad durante años.

A su marido le habían sacado un diente. El cuarto del lado izquierdo del maxilar superior. Apenas se notaba, a menos que sonriera de oreja a oreja. Su marido jugaba al fútbol. En un partido, el otoño pasado, chocó con el atacante del equipo contrario. Mandíbula fracturada, dientes rotos. No paraba de bromear diciendo que debería haberse implantado ese diente antes de la guerra.

Su marido tenía un tatuaje a lo largo de todo el brazo, un lobo mostrando los dientes, y runas. Durante años le dio vueltas a la idea hasta que finalmente hizo el boceto él mismo. Cuando tatuaron el dibujo en su cuerpo, resultó tener un giro inesperado: si se miraba al lobo desde cierto ángulo, parecía sonreír.

Su esposo tenía una cicatriz. Una antigua operación de rodilla, consecuencia de su pasado como futbolista, que se suponía que sería su carrera. Las líneas torcidas de la vieja sutura no se veían bajo sus pantalones, y él rara vez usaba pantalones cortos. A menudo le dolía la rodilla con el frío.

La mujer tuvo suerte. Su esposo tenía marcas distintivas que la ayudaron a identificarlo. El lobo tatuado le sonrió por última vez.

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Una mujer que regresaba al pueblo de su infancia no lo reconoció.

Donde antes había ido a la escuela, ahora había un profundo cráter y un montón de ladrillos. Recordó su aula, la última al final del pasillo en la planta baja. Su pupitre, el segundo de la fila del medio, donde había grabado “Kolia + Ira” y un pequeño corazón. Su amiga Taya, que vestía una falda corta a cuadros, se había mudado a Rusia hacía una década.

Allí donde al final del último verano escolar escuchó por primera vez en su vida una declaración de amor, había ahora una tumba. La mujer estuvo a punto de pisarla, pero vio una cruz improvisada y saltó a un lado. La tumba estaba cubierta de hierba: correhuela, achicoria y trigo silvestre. No había inscripciones en la cruz hecha de tablas grises.

Donde antes se alzaba la casa de ladrillo blanco de sus padres, solo quedaban los muros. Negros y carbonizados, parecían los restos de dientes podridos en una boca retorcida por el dolor.

La mujer dio unos pasos hacia adelante. El cristal crujió bajo sus pies; las tejas del techo crepitaron. Miró hacia adentro a través de la ventana sin marco, que parecía la cuenca de un ojo arrancado. Su infancia, que hasta hacía poco transcurrió entre esas paredes, se había convertido en cenizas.

La mujer contempló con los ojos secos el pueblo de su infancia, ahora en ruinas. Luego se ajustó el arma, enderezó la espalda, que le dolía por el chaleco antibalas, y caminó lentamente de regreso hacia sus compañeros soldados.

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Una mujer que ya no podía más se bebía una botella de vino cada noche.

Al principio se relajaba con una pequeña dosis. Cada noche, con manos temblorosas, se servía el vino en completa oscuridad; los apagones creaban un agujero negro bajo sus costillas. No lo servía en una copa —al diablo con lo romántico y lo estético—, sino en una taza, hasta el borde. Luego se la bebía de un trago y se iba a la cama, no porque quisiera dormir, sino porque ansiaba más. Pero el olvido no llegaba.

Pronto subió a dos tazas, luego a tres. En poco tiempo, la mujer se encontró bebiendo una botella del vino más barato en una sola noche. “¡Qué porquería!”, habría dicho antes. “¡Qué fiasco!”, pensaba ahora.

La mujer buscaba desesperadamente paz mental en el alcohol y no la encontraba. Encontraba dolor. Encontraba rabia. Encontraba lágrimas. Lloraba y maldecía cuando la botella estaba vacía. Pero esa misma taza se convirtió en su salvavidas. La mujer pensaba en ella cuando sonaba la alarma antiaérea. Pensó en ella al oír las explosiones. Pensó en ella cuando se difundieron las malas noticias. Se estaba perdiendo, cayendo en un abismo con la última gota.

Un día, la mujer notó que le temblaban las manos todo el tiempo y se asustó. Presa del miedo, volvió a buscar la botella.

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Una mujer que ocultaba un agujero negro en su interior se aplicaba lápiz labial rojo cada mañana.

Antes de la guerra nunca había usado ese color, pero en marzo compró cinco labiales de una sola vez en diferentes tonos: rojo brillante, rojo zanahoria, rojo ladrillo, rojo vino y rojo rosa.

Cada día de trabajo, elegía el color del lápiz labial por la mañana, como si fuera a llevarlo puesto todo el día en la oficina. Sin embargo, su oficina había sido bombardeada en febrero, y la mujer se aplicaba lápiz labial a toda prisa y bajaba corriendo al sótano.

Abajo, en la penumbra, nadie podía ver que sus labios estaban torcidos. La mitad izquierda de su labio superior era más ancha y asimétrica a la derecha. El lápiz labial se había corrido en las comisuras como si una boca ensangrentada se hubiera retorcido de dolor. Cuando la mujer tenía que permanecer sentada en el sótano durante mucho tiempo, sacaba su lápiz labial y se lo volvía a aplicar en la oscuridad.

Cuando los castaños florecieron y cesaron los bombardeos, los chismosos volvieron a sus lugares en los bancos junto a los bloques de apartamentos. Sonreían a la mujer cuando iba al supermercado o a buscar ayuda humanitaria, y luego susurraban a sus espaldas:

“Se ha vuelto a poner pintalabios rojo. ¿Sabías que su marido lleva desaparecido desde marzo? No se ha sabido nada de él desde entonces. Mírala, ¡qué descarada!”

Los chismosos, que sabían cómo se debía guardar luto, escupieron al suelo indignados y se ensañaron con el siguiente transeúnte.

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Una mujer que aprendía a vivir no encontraba la paz.

El mundo, que antes le pareció tan vasto, se encogía cada vez más. Se extendía ante ella como un libro del abecedario para un niño de primaria, pero era demasiado débil para aprender las letras. Dormía mal y comía poco. Perdía peso y empezó a envejecer.

No podía quedarse mucho tiempo en un mismo lugar. Solo el camino la salvaba de los malos pensamientos, solo los nuevos lugares la ayudaban a olvidar. Le gustaban los hoteles: creaban una ilusión de hogar, una falsa proyección de felicidad. En los hoteles, sentía que revivía su vida anterior, cuando cada viaje era unas vacaciones largamente esperadas, no una escapada apresurada.

Los pueblos cambiaban como un caleidoscopio. Caminaba por cada uno de ellos hasta cansarse lo suficiente como para dormir y no soñar. Ahora tenía todos esos pueblos, demasiado hermosos para describirlos con palabras, los que había soñado visitar toda su vida. Pero no estaba allí.

La mujer anhelaba volver a ser la de antes, ajena a su felicidad. Pero la perdió en uno de los innumerables trenes. Ante ella se extendía un vacío indefinido.

Al día siguiente, le esperaba otro camino.

Tatiana Yablonska: "Tierra" (1966).
Tatiana Yablonska: "Tierra" (1966).

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Tras el inicio de la guerra en 2014, Yulia Iliukha participó como voluntaria en el Dombás, preparando botiquines médicos para los soldados ucranianos. En 2022, durante los primeros meses de la invasión rusa a gran escala, comenzó a escribir los testimonios de la guerra y las familias desplazadas en breves relatos que acabaron convirtiéndose en su obra literaria más famosa: Mujeres de Ucrania, reconocido en 2023 con el Premio Chapbook y en 2024 con el Premio al Libro del Año de la BBC. Directos y libres de la retórica épica común a la narrativa de tema bélico, sus relatos ofrecen una mirada íntima al drama de las mujeres en tiempos de guerra, retratando el miedo, el luto, la resistencia diaria y las complejas decisiones del exilio.

Se ilustran estos textos de Yulia Iliukha con dos obras de la artista ucraniana Tatiana Yablonska (1917-2005). Nacida en Smolensk en 1917, Yablonska vivió la transición de Ucrania desde los tiempos del imperio ruso y la dominación soviética hasta la independencia, y su estilo evolucionó del realismo inicial en obras como Grano (1949) y Mañana (1954), hacia un neoimpresionismo muy personal. Celebrada como una de las pintoras ucranianas más influyentes del siglo XX, en 2017 el Banco Nacional de Ucrania recordó el centenario de su nacimiento con una moneda conmemorativa.

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