Díaz-Canel anuncia reformas económicas ante la desconfianza general
Con el país hundido en la peor crisis de su historia, Díaz-Canel pide confianza mientras promete nuevos ajustes económicos pero sin cambios políticos.
El dictador cubano Miguel Díaz-Canel anunció el viernes 12 de junio, en un encuentro con periodistas oficiales, un paquete de reformas económicas que, según afirmó, responde a “las exigencias de los tiempos actuales”.
El anuncio llega en medio de una profunda crisis agravada por las tensiones con Estados Unidos. Apenas un día antes, la administración Trump había sancionado a CUPET, la petrolera estatal cubana, mientras el 5 de junio vencía el plazo del Departamento de Estado estadounidense para que empresas extranjeras cortaran vínculos con GAESA.
Las medidas anunciadas
Entre las medidas presentadas por Díaz-Canel destaca la apertura del sector turístico a “nuevos actores” y “nuevas modalidades” para gestionar el parque hotelero tras la retirada de las grandes cadenas extranjeras que operaban en la isla.
También se anunció la eliminación de las importadoras estatales que actuaban como intermediarias obligatorias en el comercio exterior, así como una mayor autonomía para las empresas estatales tanto en la reinversión de utilidades como en la posibilidad de establecer alianzas con otros actores, acceder al mercado cambiario e importar insumos. El dictador subrayó además incentivos a la inversión extranjera directa, destacando que los cubanos residentes en el exterior tendrán las mismas condiciones que los residentes en la isla.
Díaz-Canel prometió mejores condiciones para los agricultores, uno de los sectores más dañados por las políticas restrictivas del régimen. También se refirió a una reforma del aparato estatal, con un proyecto de ley que prevé reducir a veinte los ministerios para lograr una estructura “más ágil” y con “menos burocracia”.
El dictador reconoció la fuga de capital humano por la emigración y dijo que se estudian incentivos para retener a trabajadores jóvenes calificados. Según explicó, las propuestas forman parte del “Programa Económico y Social para 2026”, que fue sometido a consulta popular y revisado con la ayuda de expertos internacionales, tomando como referencia las experiencias como las de China y Vietnam.
Escepticismo generalizado

Consciente del desgaste político del régimen que preside, Díaz-Canel apeló una vez más a “la confianza” y “la unidad”, evadiendo responsabilidades, culpando a Estados Unidos por la crisis y utilizándolo para justificar la falta de transparencia que distingue al aparato corrupto del poder en Cuba: “No todo lo podemos decir tan claramente porque el enemigo está acechando todo lo que hacemos”, dijo: “Nuestra respuesta tiene que ser la de la unidad”.
La reacción de los analistas y de la población ha sido justamente de desconfianza ante las promesas. El economista Pedro Monreal calificó el anuncio como un “pragmatismo tardío sin aparentes conexiones claras entre las medidas”, advirtiendo que sin resolver primero un marco de inserción internacional que funcione, nada de lo demás sería eficaz.
Otros medios independientes señalaron que gran parte de lo anunciado ya se conocía, como el proyecto de “Ley de Tierras Agropecuarias y Forestales”, que mantiene la propiedad estatal sobre la mayoría de los terrenos, y la reducción del aparato estatal, que incluye la creación de un Ministerio de Información y Comunicación Social, que se perfila como una nueva herramienta de control ideológico.
Muchos cubanos consideran que estas promesas son repetitivas y no han traído cambios significativos en el pasado.
El nudo político
Más allá del contenido económico, el debate de fondo apunta al marco político en que se inscriben las reformas anunciadas. Para muchos resulta cuestionable que se pretenda modernizar la economía manteniendo intacto el monopolio del Partido Comunista sobre el poder, sin que exista una apertura política equivalente.
El llamado de Díaz-Canel a “tener confianza” choca así con una realidad que las propias reformas reconocen implícitamente. Una crisis económica larga y profunda, agravada por las sanciones de la administración Trump, pero originada en décadas de malas decisiones tomadas por el propio régimen, exigen cambios radicales en la estructura de gobierno y responsabilidades concretas a quienes han hundido al país en la peor crisis de su historia.
Como advierte Monreal, el régimen cubano tiene ante sí dos caminos: asumir el precio político del fracaso, o rectificar autocríticamente y transformar de manera drástica el modelo. Mientras esa disyuntiva no se resuelva, tanto la población de la isla como los cubanos en el exterior seguirán recibiendo con escepticismo cualquier anuncio de reforma que no vaya acompañado de cambios políticos reales.
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