"Conducta impropia", versión Miami

En este texto de opinión, la autora defiende a Luis Manuel Otero Alcántara como “una persona recuperando el derecho a su propio cuerpo después de años de que se lo arrebataran”.

| Opinión | 18/08/2026
Luis Manuel Otero por ingeborgpm
Luis Manuel Otero. Foto: @ingeborgpm

Hay una foto mía circulando esta noche en una publicación que “me responde”, pero no me cita, no explica el porqué de la “respuesta” ni va a lo que la ocasionó. Simplemente usa mi imagen, manipulada con inteligencia artificial, como ilustración muda de un ataque que ni siquiera se atreve a nombrar su objeto.

No hay argumento. No hay cita. No hay pregunta.

Solo exhibición pura: aquí está ella, para que ustedes decidan qué pensar, sin que ni siquiera se muestre lo que yo dije.

Esa publicación me sorprendió “suelta” en un grupo llamado “Marco Rubio para presidente” o algo de eso. Luego busqué mejor el origen y vi que tal "respuesta" no nació como pieza independiente, pero luego su autor la quiso aislar en un post aparte, con dedicatoria y etiqueta.

Nació como una réplica a un comentario mío, en un hilo donde yo misma anunciaba que retiraba mi etiqueta de una publicación anterior, de otra persona. Luego, la ha republicado en varios grupos, a los que iré, uno por uno, retirando mi etiqueta.

Esa réplica fue tomada y separada de la pregunta en el comentario que la originó. Esta persona que no es amigo mío, quizás alguna vez fue compañero de causa en La Habana, en “la caliente” como le dicen, la separó de mi comentario, la aisló de todo el intercambio y la publicó sola, como si fuera un pronunciamiento espontáneo y autónomo. Sin decir jamás de dónde provenía la disertación ni qué la provocaba. Sin decir a santo de qué. Sin decir a quién.

El hilo completo desaparece y queda solo el fragmento que conviene, presentado como si tuviera vida propia.

La foto manipulada como cartel que acompaña esa publicación que proclama "El exilio es conducta” es el mismo gesto que hizo otra publicación con dos videos de un artista bailando rumba en un toque de tambores en un espacio público durante la inauguración de su exposición en La Torre de la Libertad de Miami: de nuevo la imagen expuesta como supuesta evidencia, arrancada de su contexto, para que signifique lo que otro decida que signifique.

En 1984, el año en que nací (alguien me llamaba joven el otro día y yo preguntaba dónde están los jóvenes), Néstor Almendros y Orlando Jiménez-Leal estrenaron Conducta impropia, un documental que reunió los testimonios de decenas de cubanos, de homosexuales, artistas, creyentes, disidentes, sobre cómo el Estado cubano convirtió la manera de vestir, de hablar, de moverse, de amar... en materia de sospecha política. 

No hacía falta cometer un delito. Bastaba con "comportarse" de forma que no encajara en el molde aprobado. A esto se le llamó, textualmente, conducta impropia y fue motivo suficiente para abrir el campo de trabajo forzado en la UMAP, para el ostracismo social, para la vigilancia permanente del vecino, del compañero de trabajo, del colega, del propio familiar reclutado como informante. El mecanismo no perseguía solo lo que la gente decía. 

Perseguía lo que la gente era, expuesto en gestos: un baile, una manera de caminar, una amistad, una risa fuera de lugar.

Y hay algo particularmente insultante en el vehículo elegido para reeditar esa vieja moralina: un lenguaje impostadamente "elevado", de responsabilidad cívica y valores trascendentes, que huele más a texto generado por inteligencia artificial que a convicción propia. 

Ese es el peligro exacto de usar palabras "inteligentes" sin un fondo sólido que las sostenga: se puede producir, con un par de instrucciones bien dadas, un discurso que suena a la misa del domingo, un sermón en toda regla, que vaya de responsabilidad, memoria y dignidad, sin que quien lo firma haya tenido jamás que sostener esos valores en carne propia.

¿Desde qué altura moral se le exige a un hombre que acaba de salir de una prisión política que no baile en su propia inauguración? ¿Quiénes son los que reclaman esa pureza de conducta, esa solemnidad ininterrumpida, ese luto obligatorio?

¿Nunca bailaron ellos al son de un tambor? ¿Fueron todos, sin excepción, tan rectos y puros como predica el texto que repiten? 

Luis Eligio Pérez, artista de Omni Zona Franca, documentó profesionalmente el evento. Las fotos  que aparecen en esta publicación son suyas
Luis Eligio Pérez, artista de Omni Zona Franca, documentó profesionalmente el evento. Las fotos que aparecen en esta publicación son suyas

La moralina impostada, sea escrita por alguien o pulida por ChatGPT, no adquiere autoridad por sonar grandilocuente. La autoridad moral se gana viviendo lo que se predica, no citándolo con buena sintaxis.

Todo un mes completo se ha visto en el exilio de Miami la misma gramática con el vestuario cambiado.

A un hombre que acaba de salir de cinco años de prisión política se le exige ahora que actúe su liberación de una forma específica y aprobada: con solemnidad permanente, impecable, sin alegría visible, sin cuerpo, sin baile, sin lenguaje inapropiado, sin arte que incomode.

Que baile en un evento público a los pocos días de estar libre no es leído como lo que es: una persona recuperando el derecho a su propio cuerpo después de años de que se lo arrebataran.

Sino como prueba de "falta de responsabilidad moral con la causa". Es la misma lógica de la conducta impropia: no importa el delito, importa el gesto y ese gesto es usado para decidir si esa persona merece o no seguir perteneciendo a la comunidad de los legítimos. A saber cuántos lo son realmente.

Y esta semana llegó el remate. Un youtuber mal llamado influencer con audiencia importante (y cómplice) transmitió hace 10 horas lo que se pronosticaba desde el primer día que Luisma salió “en libertad” y lo entrecomillo porque nadie le quiere otorgar realmente libertad alguna, nadie lo ha dejado ser libre ni comportarse como alguien en libertad, nadie lo cree merecedor, nadie (de la mayoría indignada que participa entusiasta en el acto de repudio) se la daría.

Es más, si estuviera en sus manos, se la arrebatarían, lo deportarían, lo mandarían de vuelta al calabozo, para esperar a la siguiente víctima. Y si no lo pueden expulsar de Estados Unidos, lo quisieran al menos deportar del condado de Miami-Dade.

Este programa cierra con la premisa (en el cierre para que se le grabe bien a la audiencia ávida de drama) de que a este hombre ya no se le debe llamar preso político.

Que es, cito, "un preso común".

Que su arte (cualquier pintura, cualquier gesto) "tiene connotación sexual" y por tanto es motivo de burla. Que contar una anécdota íntima con su propio hijo se interpreta, sin pruebas, en la peor luz posible. Que hay que "quitarle la careta".

Que la estrategia correcta no es debatir con él (esto porque seguramente Luisma mismo, sabiamente, ser de luz, ha decidido no compartir cámara con quien lo ataca), sino no darle cámara, dejarlo "diluirse en el silencio" hasta que desaparezca.

Se llegó incluso a compararlo, en tono de burla, con la figura popular cubana y altamente carismática de Juana Bacallao, para degradarlo ante una audiencia entera.

Aquí el círculo se cierra en el punto exacto donde se empezó a trazar: quitarle a alguien la etiqueta de preso político ya no es un matiz analítico, es un acto de despojo.

Y, como "no podemos devolverlo", dicen en el estudio del Mañanero, hay que hacer "lo mismo que él nos está haciendo". ¿Qué les está haciendo a ustedes tres el artista Luis Manuel Otero Alcántara? ¿Qué está haciendo que no sea denunciar y dar su testimonio, además de explotar, ahora sí, su potencial censurado, perseguido, encarcelado y silenciado en La Habana, pero ampliamente reconocido y multipremiado en el mundo entero?

(Yo sé lo que les está haciendo y lo está haciendo, además, magistralmente y mucho mejor que todos nosotros: les está ignorando olímpicamente y eso no se lo pueden perdonar.)

Es decidir, desde la comodidad del exilio y sin haber pisado esa celda, quién sufrió lo suficiente y de la manera correcta para merecer el título y quién no. Es la misma vigilancia que se ejercía en la isla, con otro acento: ahora decide quién es un ciudadano decente y quién es un elemento disruptivo que hay que neutralizar mediante el desprestigio social y el silencio impuesto.

“El exilio”, dice la consigna que ahora circula junto a mi foto, "es conducta".

Tienen razón, sin darse cuenta de lo que están diciendo. El exilio es, en efecto, conducta. La pregunta es de quién, quién la aprueba y qué tipo de conducta.

Hay una conducta que consiste en salir de una prisión política y reclamar, con el cuerpo entero, el derecho a existir sin pedir permiso.

Y hay otra conducta, esta sí impropia, esta sí digna de examen, que consiste en usar la imagen de una mujer sin explicación, en descontextualizarla, en “responderle” un algo que nunca se cita, en filmar a un hombre bailando para acusarlo o usar los vídeos como mismo los usó la Seguridad del Estado en San Isidro y en subirse a un podio a decidir, con el mazo en la mano, quién puede seguir llamándose preso político.

Esto es, sencillamente, castrismo trasplantado al exilio. No hace falta un Estado ni una Seguridad uniformada para reproducir su lógica más profunda: la vigilancia mutua y permanente, el sermón moral como arma, la sospecha convertida en veredicto, el silenciamiento del que piensa distinto disfrazado de defensa de los valores.

Cada episodio de estos, cada foto usada sin permiso, cada baile filmado como delito, cada preso político degradado a preso común entre risas de estudio, no es un hecho aislado.

foto: Luis Eligio D Omni
foto: Luis Eligio D Omni

Y mientras nos dan pie para un título tan contundente como "Conducta impropia, versión Miami", el hombre que fue preso de conciencia apenas hace un mes, el artista al que llevan un mes entero acusando de banalizar símbolos, de faltarle el respeto a la bandera por usarla alguna vez como segunda piel, inauguraba ese mismo día que le filmaron bailando con tambores, una instalación monumental en el Museum of Art and Design de Miami: una montaña de cientos de banderas cubanas, apiladas una sobre otra, como representación viva de los millones de cubanos desperdigados por el mundo, esos mismos que hoy lo atacan minuto a minuto, desde sus aires acondicionados, Internet y electricidad garantizados.

Ya no se trata de una bandera "profanada". Ahora el artista devuelve el gesto que sus acusadores indignados ven como insolencia, con cientos de banderas, entregadas de su propia mano a un salón repleto de cubanos que se acercaban a sumarlas a una gran montaña.

Como decimos en Cuba: al que no quiere caldo, le dan tres tazas.

Una respuesta perfecta a la moralina expresada por el exilio vigilante de conductas impropias.

fotos: Luis Eligio D Omni
fotos: Luis Eligio D Omni

No el silencio que le exigen, sino más arte, más gestos, más banderas, más cuerpos bailando al ritmo de la música afrocubana en el mismo salón, en estricta confraternidad, como acto de resistencia colectiva ante el dolor que impone la dictadura.

Es el contraste entre quienes vigilan y sermonean desde la sospecha y quien sigue creando y convocando pese a todo, que dice más de esta historia que cualquier comunicado, sermón o manifiesto de sus detractores, intolerantes, racistas y castristas en lo más profundo de sus almas.

Pero, tristemente, cada pieza de este ataque nos aleja un poco más de la Cuba que decimos querer construir: una Cuba futura sin prejuicios ni censura, sin persecución ideológica de ningún signo, donde el respeto sea una práctica real y no una consigna que se recita mientras se hace exactamente lo contrario.

Una Cuba donde a nadie se le tome la foto para sermonear al resto sobre la "conducta impropia" de un tercero y donde decir lo que se piensa no convierta a nadie, sin comerla ni beberla, en blanco del odio ajeno.

Esa Cuba no se construye practicando aquí, en el exilio, adaptando, ensayo tras ensayo, las mismas técnicas persecutorias y de control que dijimos combatir allá “en la caliente”, mientras aquí lo que se tiene es “una fría” en una mano y en la otra un mouse para dar likes y seguir scrolleando (o trolleando).

Indira Romero (voluntaria del Movimiento San Isidro en Miami) ilumina al artista para la foto profesional de Luis Eligio D Omni
Indira Romero (voluntaria del Movimiento San Isidro en Miami) ilumina al artista para la foto profesional de Luis Eligio D Omni

Para terminar con la "altura" que nos exigen, quiero responder públicamente a una lectora, que me sigue y me dice que se siente menos sola cuando me lee. Para ella y para todos los que se sienten como ella es que escribo estas diatribas, tan largas y difíciles de digerir para "no lectores": no son definitivamente para los indignados ni para los que hacen el acto de repudio permanente, que por suerte va quedando todavía, milagrosamente, en el plano digital, virtual. En el plano físico, todo son magníficas noticias para el progreso de Luisma y el público que le sigue.

A mi lectora, gracias por confiar en mí para depositar tus palabras, que pesan tanto y siento mucho que gente valiosa como tú se sienta sola (con razón) y abandonada en este mar de ingratitud.

Ella ni exagera ni se desahoga conmigo, pasajeramente. Su mensaje es el diagnóstico cerrado de lo que estamos documentando en estos textos. Cuando el ataque llega disfrazado de causa, cuando el verdugo grita "libertad" mientras te clava una puñalá, es lógico perder la brújula de quién es el enemigo.

Nos quieren aislar para que nos sintamos perdidos en el medio de la insolidaridad, pero la gente como nosotros no enloquece simplemente porque exista una maquinaria diseñada y engrasada a cada minuto para generar confusión y soledad a propósito, para que gastemos las fuerzas atacándonos entre nosotros mismos en vez de mirar hacia quien de verdad nos oprimió y nos sigue oprimiendo.

Este desvío de atención de lo que de verdad importa realmente es agotador e imperdonable. He tocado esto en otros textos: demasiada energía tirada al vacío, pero al mismo tiempo, nos sirve para acompañarnos y no sentirnos tan perdidos.

Tampoco quiero ir suavizando el conflicto. Hay, en efecto, un castrismo interiorizado que muchos trajeron y lo tienen completamente incorporado, que se apodera del alma de sus portadores y que reproduce aquí, a 90 millas, la misma práctica de vigilancia, sospecha y sermón moral de la que dijeron estar en contra. Habrá que exorcisarlos.

Pero no convirtamos Cuba en lo que solo es el trauma sin sanar empuñado como arma blanca contra el que tenemos más cerca.

No anotes a Cuba en la lista de las causas perdidas todavía.

Revisémonos primero, busquemos el fallo propio antes de señalar, sigamos escribiendo, sigamos de cerca la conversación con una lucidez casi dolorosa, para no desviarnos nunca de nuestro camino, que es el de la verdad y el de la luz. No quiero contagiarme de indignación y de oscuridad. Quiero contagiarme con los tambores o las cazuelas de la libertad.

No nos contagiemos de la enfermedad de los desalmados porque todavía existen quienes, como tú, en medio del tornado que arrolla parejo, devastando todo a su paso y aspirando a la mayoría, eligen resistirse a replicar el patrón.

Heredamos esto, sin duda, de unos pocos cubanos que nos precedieron y eso también se contagia. Cuando quieren quitarle la luz a alguien, hay que hacer un cacerolazo y seguir iluminándolo con nuestras luces, así sea la linterna de nuestros teléfonos para ayudar al fotógrafo (profesional).

Un abrazo grande de vuelta. Aquí no estás sola.

Cuatro links para más contexto:


Texto publicado originalmente en Tropikaldystopia

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