Escritura en el destierro: versos que regresan
David Noda García construye en “La espada del desterrado” (Barker Publishing, 2026) un mapa afectivo sobre la emigración, la pérdida y la continuidad de la identidad cubana.
La conversación empezó como siempre, a distancia: él desde una cocina de apartamento en algún punto de Estados Unidos, yo desde la luz amarilla de mi sala en Matanzas. Cinco años nos separan físicamente, pero la voz por llamada achica el mapa. Aquella noche traía en la pantalla su libro recién salido: La espada del desterrado, de David Noda García (Barker Publishing, 2026). Me habló del gesto humilde de publicar y de la extraña vida que cobra un libro cuando ya no pertenece solo a su autor: reseñas que llegan por correo, mensajes de lectores que encuentran en sus versos una casa provisional.
La poesía como resistencia frente al olvido
El volumen se abre como una invocación. En el prólogo‑juramento que inaugura la obra, suenan estas líneas que bien podrían ser credo y herramienta: “Que mi caballo no desfallezca sobre el teclado; que los buitres del silencio no se abalancen sobre mis dedos; que mi escudo no flaquee ante la embestidura de los malhechores; que mi espada atraviese los fanatismos…” (Epígrafe). Esa oración no es mera retórica: es la voluntad explícita de quien escribe para enfrentar el olvido y la erosión del recuerdo.
Le pedí que me leyera un pasaje y, a través de la pantalla, me regaló fragmentos y silencios. En “Síndrome de Alejandro” el poeta pone en escena la figura del conquistador como espejo y como sombra: “Guardo bajo mis párpados / la sombra temeraria de Alejandro / sobre la implacable sombra equina” (Síndrome de Alejandro). Hay en ese comienzo una mezcla de grandeza y fragilidad, una conciencia de la gloria que no excluye el vértigo del final. Más adelante, con una contundencia que corta, escribe: “Me niego a ser carne putrefacta / en la memoria de unos pocos, / y luego polvo y olvido. / Asedio las murallas del tiempo” (Síndrome de Alejandro). Esos versos condensan la urgencia del libro: preservar la palabra como muro frente a la desaparición.
Ironía, mitos y símbolos del destierro
En “Herencias tartufianas” afila el sarcasmo. Noda observa la performatividad de la palabra pública y la convierte en diagnóstico: “Los cantares de gesta no acaban; / entran por cada agujero / para inundarlo todo. / Predican el paraíso pos… pos… pospuesto” (Herencias tartufianas). La ironía se vuelve herramienta para señalar el artificio del discurso y la vacuidad que muchas veces se disfraza de solemnidad.
El libro abre además caminos simbólicos y dialoga con figuras y mitos literarios: títulos como “Los muros de Troya” y “El Aleph” —que aparecen en el índice y en la trama temática del volumen— funcionan como anclas culturales y señales de lectura. Estos enunciados convocan, en distintos registros del libro, la idea del lugar legado y del punto donde convergen memorias: la referencia a Troya evoca asedio y pérdida, mientras la invocación del Aleph sugiere el intento por contener el todo en un punto —gestos que aquí se traducen en imágenes poéticas sobre isla, exilio y archivo íntimo.
Un mapa afectivo para la diáspora cubana

Hablamos de lo que el libro puede representar para la diáspora cubana. Me contó que entre quienes han cruzado el mar hay lecturas que no son solo reconocimiento: son reencuentro y reparación. Para la diáspora, La espada del desterrado puede operar como mapa afectivo —no el mapa del retorno físico, sino el plano de los pequeños recuerdos que sostienen la identidad: músicas, tonos de voz, nombres de calles, órdenes domésticos que resisten el paso del tiempo. En esa clave, el libro funciona como un repertorio común donde los versos devuelven nombres y gestos que, lejos de la isla, se vuelven indispensables para la continuidad de una vida colectiva dispersa. Quienes se encuentran fuera hallan en estos textos no únicamente eco de nostalgia, sino semillas de conversación que permiten nombrar lo compartido sin convertirlo en estatua.
Entre la épica y la intimidad
Uno de los aciertos de La espada del desterrado es su manejo del tono: alterna la épica y la miniatura sin pérdida de cohesión. Hay poemas que suenan a canto de batalla; otros funcionan como postales íntimas (“Postal impresionista del Parque de la Libertad”, “Canto desde una Cueva”), y esa variación dota al conjunto de una respiración que evita la monotonía. La poética de Noda no busca solemnidad ostentosa; busca ver y nombrar, con la precisión del que sabe que nombrar equivale a sostener.
Para la promoción, David ha optado por la cercanía: presentaciones en librerías independientes y colaboraciones con podcasts culturales; cree en el gesto de la lectura en voz alta porque, según él, un poema recitado recupera su dimensión oral y hace que la distancia se sienta menos tajante. Me pidió que no anunciara rutas oficiales: “Estará en librerías independientes y plataformas digitales”, fue todo lo que permitió decir. Yo añadiría: búscalo en manos de amigos y en pequeñas vitrinas; allí es donde el libro cumple su destino.
Si buscas una poesía que hable del destierro sin la furia fácil ni la nostalgia complaciente, La espada del desterrado merece atención. No promete retorno ni arreglos simples; ofrece, en cambio, un modo de regreso íntimo: nombrar, conservar y poner en diálogo pasado y presente. Empieza por leer el epígrafe y “Síndrome de Alejandro” para sentir el pulso del tono; sigue por “Herencias tartufianas” para captar la ironía afilada; detente en “Los muros de Troya” y en “El Aleph” para acceder a las claves simbólicas del volumen; y detente en las imágenes menores que restituyen el cuerpo del recuerdo. Allí está la poesía que denuncia y cura a la vez.
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