Sita Gómez de Kenelba: deserción, silencio y la pintura como evidencia
La pintura de Sita Gómez hace del cuerpo femenino un espacio de tensión entre los discursos que intentan reducirlo: la identidad, la historia y la moral.
Pinto porque me da alegría, y mis cuadros son una expresión de ese placer. Soy un pintor satírico, pero siento compasión y fascinación por mis temas. Los temas que me atraen no provienen de una visión extravagante de la vida, sino que tienen su origen en la perspectiva de la realidad que elijo observar y plasmar en la pintura.
Sita Gómez de Kenelba, 1975.
6 pintores cubanos que trabajan en Nueva York.
Centro de Relaciones Interamericanas, 1975
(con Hugo Consuegra, Juan González, Carmen Herrera,
Oscar Magnon y Daniel Serra Badue)
La trayectoria vital de Sita Gómez de Kenelba (París, 1932) se inscribe en una geografía que no puede fijarse en un solo territorio sin producir una reducción indebida. Nacida en el seno de una familia de alta formación intelectual, hija del médico y científico cubano Domingo Mauricio Gómez-Gimeránez, su inscripción como ciudadana cubana desde el nacimiento establece una primera tensión entre lugar de origen y pertenencia legal. Ese dato, aparentemente exterior a la obra, anticipa una constante que atraviesa su producción pictórica: la imposibilidad de estabilizar una posición única desde la cual mirar. El estallido de la Segunda Guerra Mundial introduce una ruptura decisiva en esa primera configuración. La ocupación nazi de París obliga a la familia a desplazarse hacia Cuba, configurando una experiencia temprana de desarraigo que se articula como reconfiguración perceptiva.
La segunda gran inflexión biográfica se produce tras la Revolución cubana de 1959. Ese proceso político desencadena un nuevo desplazamiento, esta vez hacia Estados Unidos. La instalación en Nueva York no puede entenderse como un simple traslado geográfico, sino como ingreso en un campo artístico altamente codificado, donde la legitimidad se construye a partir de redes institucionales, discursos críticos y economías de visibilidad.
La relación entre formación y producción no se organiza en términos de continuidad, sino de desajuste. La academia proporciona herramientas, pero no determina la lógica interna de la obra. En lugar de adherirse a las corrientes dominantes del momento, Gómez desarrolla un lenguaje pictórico centrado en la figura humana, particularmente en la figura femenina, que se distancia tanto de la abstracción dominante en ciertos sectores del arte estadounidense como de una figuración narrativa convencional. Sus primeras exposiciones en Nueva York a partir de la década de 1960 marcan el inicio de una trayectoria sostenida, pero no exenta de intermitencias en términos de visibilidad crítica.
La elección de la figura no responde a una voluntad de representación mimética ni a un interés por el retrato psicológico en sentido clásico. Las mujeres que habitan su pintura no remiten a identidades individuales reconocibles; funcionan como condensaciones de experiencias sociales, históricas y afectivas. La biografía, en este punto, deja de ser un relato externo para convertirse en una matriz operativa que organiza la imagen. La condición de exilio, la memoria de la guerra, la circulación entre contextos culturales dispares y la inserción en un campo artístico que no termina de absorberla plenamente se traducen en cuerpos que no alcanzan nunca una estabilidad completa.
El desarrollo de su carrera en Estados Unidos, con base en Nueva York y posteriormente en Hudson, no implica una resolución de esas tensiones, sino su desplazamiento a otros niveles. La inserción institucional, las exposiciones y la incorporación de su obra a colecciones relevantes no eliminan la posición liminal que ocupa dentro de la historia del arte. Su trabajo se sitúa en una zona intermedia: demasiado figurativo para ciertas narrativas modernistas, demasiado complejo para ser reducido a un discurso identitario explícito. Esa ubicación ambigua explica, en parte, la relativa demora en su reconocimiento amplio.
A lo largo de las décadas, Gómez ha mantenido una práctica constante, centrada en la exploración de la figura en gran formato, con un uso del color que intensifica la presencia del cuerpo hasta situarlo en un umbral entre lo escénico y lo íntimo. La reiteración de ciertos motivos no debe interpretarse como repetición en sentido reductivo, sino como insistencia: cada figura reabre una problemática que no encuentra resolución definitiva. La pintura no avanza hacia una síntesis, sino que profundiza en una condición de inestabilidad que constituye su núcleo.
La vida de Sita Gómez no puede separarse de su obra sin perder aquello que la define. No porque la pintura ilustre episodios biográficos, sino porque ambos niveles operan bajo una misma lógica de desplazamiento. La biografía no explica la obra; la obra reorganiza la biografía en un plano visual donde los acontecimientos dejan de ser secuencias para convertirse en intensidades. Lo que en el plano histórico aparece como exilio, en la pintura se manifiesta como imposibilidad de fijar la figura en un único régimen de sentido.
Del dato biográfico a la operación pictórica
La inscripción de Sita Gómez en la historia del arte cubano y, de manera más amplia, en el campo artístico transnacional de la segunda mitad del siglo XX, exige un desplazamiento previo del marco de lectura. La dificultad no reside únicamente en la dispersión geográfica de su trayectoria ni en la oscilación entre contextos culturales distintos, sino en la inadecuación de los instrumentos críticos que tienden a ordenar esas trayectorias dentro de unidades nacionales estables o genealogías estilísticas lineales. La obra de Gómez resiste esa doble captura: no se deja fijar como producción representativa de una identidad cubana entendida en términos territoriales ni se integra sin fricción en los relatos de la pintura figurativa desarrollados en el ámbito estadounidense.
Este punto de partida obliga a reconsiderar la función de la biografía dentro del análisis. No como un repertorio de datos exteriores que acompañan la obra a modo de contexto ni como una clave interpretativa que permitiría descifrar sus imágenes desde una causalidad directa, sino como una estructura que organiza la percepción desde la cual la pintura se produce. Los desplazamientos que atraviesan la vida de Gómez, París, Cuba, Nueva York, no operan como episodios sucesivos, sino como capas simultáneas que configuran un régimen visual específico, en el que la figura aparece sometida a tensiones que no se resuelven en una síntesis.
La noción de campo formulada por Pierre Bourdieu permite situar esta problemática en un plano relacional, donde la posición de la artista no se define por una pertenencia fija, sino por su inscripción en redes de legitimación, circulación y reconocimiento que no terminan de estabilizarse. A su vez, la idea de dispositivo desarrollada por Michel Foucault resulta operativa para pensar la pintura no como un simple medio de representación, sino como un conjunto de operaciones que organizan lo visible, distribuyen la atención y producen efectos de verdad. En la obra de Gómez, estas dos dimensiones convergen en una práctica que no busca afirmar una identidad, sino sostener un estado de inestabilidad productiva.


La figura femenina que domina su pintura deja de ser un motivo iconográfico para convertirse en el lugar donde esas tensiones se inscriben. La cuestión no consiste en cuerpos que remiten a sujetos identificables ni en escenas que puedan ser leídas como narraciones cerradas, sino en configuraciones en las que la memoria, el desplazamiento y la experiencia histórica se condensan sin llegar a cristalizar en un significado unívoco. La pintura opera, así como un espacio en el que la biografía deja de organizarse en términos narrativos para adquirir una forma visual, donde los acontecimientos no se ordenan en secuencia, sino que se presentan como intensidades coexistentes.
El objetivo de este ensayo no será reconstruir la vida de Sita Gómez como un relato coherente que explique su obra, sino analizar de qué manera esa vida, atravesada por rupturas históricas y desplazamientos geográficos, se traduce en una lógica pictórica específica. Esto implica atender a la materialidad de las imágenes, escala, color, construcción de la figura, sin separarla del campo de fuerzas en el que se inscribe. Solo en esa intersección es posible comprender una producción que no se deja reducir ni a la biografía ni a la forma, sino que se sostiene en la tensión constante entre ambas.
Nacimiento, guerra y exilio como matriz de percepción


El punto de origen de Sita Gómez no puede fijarse sin introducir inmediatamente una dislocación. Nacida en París en 1932, inscrita como ciudadana cubana, su identidad se constituye desde el inicio en una superposición de registros que no convergen en una síntesis estable. Esta condición inaugural es la primera configuración de un régimen de percepción en el que la pertenencia aparece siempre mediada, nunca dada. La ciudad europea en la que nace, el estatuto jurídico que la vincula a Cuba y el entorno familiar cosmopolita en el que se forma producen una posición que no se deja reducir a una adscripción única. Desde ese primer momento, la identidad no se presenta como un suelo, sino como una operación en curso.
La irrupción de la Segunda Guerra Mundial introduce una ruptura que no sustituye esa condición inicial, sino que la intensifica. La ocupación nazi de París obliga a la familia a desplazarse hacia Cuba, estableciendo una experiencia temprana de desarraigo que no se articula en términos de pérdida lineal, sino como reconfiguración simultánea de referencias. El tránsito entre Europa y el Caribe no implica la sustitución de un horizonte cultural por otro, sino la coexistencia de sistemas que no terminan de integrarse. Esa coexistencia no se resuelve con el tiempo; se sedimenta como una forma de percepción en la que cada imagen parece atravesada por una memoria que no puede localizarse en un origen único.
La segunda gran fractura, producida tras la Revolución cubana de 1959, reactiva ese mecanismo de desplazamiento. La salida hacia Estados Unidos no puede pensarse como una ruptura aislada, sino como la reiteración de una condición ya instalada. La llegada a Nueva York introduce a Gómez en un campo artístico regido por lógicas específicas de legitimación, donde la visibilidad depende de la inserción en redes institucionales, discursivas y económicas que no garantizan una integración automática. Este nuevo contexto no corrige la inestabilidad previa; la reorganiza en otro nivel, donde la pertenencia vuelve a ser una cuestión en disputa.
Estos desplazamientos no se organizan en una secuencia progresiva que pueda narrarse como evolución. Operan como capas activas que coexisten y se reactivan mutuamente. El presente no cancela lo anterior, sino que lo convoca de manera constante, produciendo una percepción en la que toda forma está atravesada por temporalidades múltiples. La pintura de Gómez se sitúa en ese punto de intersección, donde la memoria no se articula como relato continuo, sino como insistencia que reaparece bajo distintas configuraciones.
Formación en Nueva York: entre academia, campo artístico y desajuste


La llegada de Sita Gómez a Nueva York introduce una modificación decisiva en la estructura de su trayectoria, al trasladar una biografía ya marcada por el desplazamiento a una ciudad que, durante los años cincuenta, se consolidaba como capital internacional de legitimación estética. Nueva York no funcionaba como escenario neutro de formación, sino como un campo de fuerzas en reorganización, atravesado por la consolidación del expresionismo abstracto, la mitificación del artista heroico masculino, la expansión de galerías, museos y escuelas, y la presión de un discurso crítico que convertía la modernidad pictórica en un sistema de pertenencias vigilado. Entrar en ese espacio implicaba someterse a una gramática de reconocimiento donde la obra no bastaba por sí sola; debía situarse dentro de una economía de nombres, estilos e instituciones.
La formación de Gómez en la Parsons School of Design, donde obtiene su diploma en 1955, debe situarse en ese clima. Parsons formaba parte de la red educativa que conectaba diseño, artes aplicadas y profesionalización visual en una ciudad que absorbía con rapidez las herencias europeas desplazadas por la guerra. Este aprendizaje no puede entenderse como mera adquisición de destrezas, porque introduce una tensión: por un lado, proporciona base técnica y control formal; por otro, la enfrenta a un horizonte donde el prestigio se desplazaba hacia la abstracción y la autonomía del lenguaje pictórico.
En la Nueva York de esos años, la pintura se encontraba dominada por figuras como Jackson Pollock, Willem de Kooning o Mark Rothko, cuya autoridad consolidaba una imagen del pintor ligada a la épica del gesto y la ruptura con convenciones europeas. En ese contexto, la persistencia de Gómez en la figura humana, y en particular en la figura femenina, desplaza el problema de la modernidad hacia otro lugar. La figura no funciona como refugio académico ni como resistencia ingenua; aparece como una operación que reintroduce el cuerpo en una escena que tendía a expulsarlo.


El contraste con Carmen Herrera resulta esclarecedor. Ambas comparten desplazamiento, inserción difícil en el campo neoyorquino y reconocimiento tardío. Sin embargo, sus respuestas divergen: Herrera reduce, depura y tensa el plano; Gómez acumula, encarna y teatraliza. Donde una construye una arquitectura de precisión, la otra activa una presencia cargada de color, gesto y memoria.
Esta divergencia no es oposición, sino evidencia de un campo donde distintas estrategias desarticulan la supuesta neutralidad del canon moderno. Su primera exposición individual en Nueva York en 1964 marca un punto de inflexión. Mientras el pop y el minimalismo reconfiguraban la relación entre imagen y objeto, Gómez insiste en el cuerpo pintado. Esa insistencia no la sitúa fuera de su tiempo; la coloca en una relación oblicua con él. La figuración que desarrolla no es retorno ni continuidad, sino una forma de intervención que desactiva oposiciones simplificadoras entre modernidad y representación.
Tipologías, gestos y construcción de presencia femenina
Es el tema que mejor conozco, así que durante los últimos doce años solo he pintado mujeres: jóvenes, mayores, sencillas, bellas; todas tienen algo fascinante para mí. Y como mujer, las veo desde una perspectiva totalmente distinta a la de un hombre. Mis mujeres no son las criaturas glamurosas, elegantes y sensuales que imaginan los hombres. Son seres humanos cálidos, con defectos, problemas, dolor y celulitis. Siempre me intrigan y divierten las pruebas, las tribulaciones y el esfuerzo que todas realizamos instintivamente para lucir como Hollywood las idealiza.
Nosotras, las mujeres, vivimos en un mundo de permanentes, rulos, tintes para el cabello, cintas, rímel, labiales y corsés para transformarnos en criaturas deseables; sujetadores que realzan o reducen la figura; zapatos de plataforma y tacones altos; estampados coloridos, volantes, lazos, tirantes, ganchos, cremalleras y botones... y, por supuesto, muchísimas joyas. La dote que necesitamos y recibimos, mendigamos, exigimos o robamos a los hombres. La llevamos en agujeros en las orejas, alrededor del cuello, atada a las muñecas, rodeando los dedos y enrollada alrededor de los tobillos; todo para atraer a los hombres a nuestras trampas amorosas, o a veces mercenarias. Pasamos horas interminables y sufrimos innumerables agonías para embellecernos, todo para vivir en “harenes” donde los hombres son los verdaderos cautivos.
Pinto Madonas doradas, santas veneradas, Venus vanidosas, madamas traviesas, viragos virtuosas, niñas femeninas; todas perfumadas, maquilladas, con el pelo rizado, almidonadas y listas para enfrentarse a un mundo frío y gris en el que todos debemos sobrevivir. Mientras los hombres se esfuerzan por mimetizarse con la población, las mujeres se convierten en el único color de sus vidas. Son lo suficientemente valientes como para sonreírle al conformismo, abrocharse el abrigo, ponerse los guantes, subirse las medias y enfrentarse al mundo completamente seguras con sus glamurosos atuendos, convencidas de que son irresistibles para mí.
Loeb Gallery, NYU, 1981.


Como vemos en sus palabras, dichas en Galería Loeb, NYU, en1981: la insistencia en la figura femenina no puede reducirse a elección temática. Lo que aparece es el cuerpo como superficie de inscripción donde convergen historia, memoria y construcción social. La figura no ilustra una identidad previa; la produce en el acto de aparecer. Cada cuerpo funciona como archivo en tensión, donde capas heterogéneas se acumulan sin resolverse en una lectura estable. Las figuras no remiten a individuos reconocibles ni a tipos sociales definidos. Tampoco se disuelven en abstracción. Se sitúan en un umbral donde conservan volumen y gesto, pero rehúsan convertirse en retratos psicológicos. Esta ambigüedad resulta estructural: la figura se ofrece como presencia intensa, sin estabilizarse como sujeto identificable.
El color no acompaña la forma; la construye. La piel, el vestido y el fondo se organizan como campos cromáticos que tensan la figura desde dentro, impidiendo su fijación naturalista. El cuerpo no se ilumina; se activa. La luz deja de describir para intensificar. El gesto, por su parte, no remite a acciones narrativas, sino a una energía contenida. La frontalidad remite a tradiciones ceremoniales y escénicas, pero sin producir representación estable. La escena permanece suspendida, como si no llegara a resolverse en acontecimiento.
La vestimenta interviene en la construcción del cuerpo. No cubre la figura; la expande. Los patrones y texturas borran la distinción entre superficie corporal y pictórica. En ese punto, la figura se convierte en campo donde lo íntimo y lo social se entrelazan. La oscilación entre lo glamuroso y lo grotesco no se fija en ninguno de los polos. La desproporción o el exceso no buscan deformar, sino liberar la figura de una medida normativa. La belleza se vuelve inestable, sometida a variaciones que impiden su fijación.
Evolución formal y conceptual e inserción en el campo artístico de su tiempo


La evolución de Gómez no se organiza como sucesión de etapas, sino como intensificación de problemas. Desde los años sesenta aparece una voluntad de sostener la figura en condiciones de inestabilidad: frontalidad, color activo, espacio ambiguo. Este núcleo no desaparece; se densifica. Durante los setenta y ochenta, mientras el campo se desplaza hacia el minimalismo y el arte conceptual, su pintura intensifica su singularidad. Frente a la reducción formal, mantiene la figura como lugar de acumulación. La superficie no se enfría; se espesa. El color no se neutraliza; se afirma.
En décadas posteriores, los discursos sobre identidad y género abren nuevas lecturas, pero la obra no se reduce a ellos. La figura no funciona como signo transparente, sino como campo de tensiones. La noción de campo permite entender esta posición: una producción constante frente a estructuras de legitimación variables. Formalmente, se observan desplazamientos internos: ampliación de escala, autonomía del color, vibración de la línea, ambigüedad espacial. Conceptualmente, se radicaliza la pregunta por la presencia. La pintura no representa; produce aparición.
(Video realizado Por Ricardo Vega. Producido por Zoé Valdés y Gustavo Valdés. Lunáticas Producciones) Agradezco a cada uno, la autorización para poder publicarlo dentro de este texto, y en un ensayo mayor de estudio de la obra de Sita Gómez de Kenelba)
Más allá de la figuración: desajuste e inestabilidad
Clasificar su obra como figurativa resulta insuficiente. La figura está presente, pero no garantiza reconocimiento estable. No actúa como mediadora hacia un mundo representado, sino como campo donde esa mediación se interrumpe. El desajuste se extiende a la relación con el espacio. El fondo no funciona como contexto, sino como campo activo que presiona la figura. La línea no delimita con claridad; vibra, desplaza, desborda. El color actúa como fuerza autónoma que fragmenta o expande. Esta inestabilidad no implica falta de control, sino una lógica precisa que impide la lectura inmediata. La insistencia en la figura revela su función crítica: el cuerpo, cargado de historia y normas, se convierte en el terreno donde esas estructuras se tensan desde dentro. La figuración aparece, así como categoría en crisis.
Campo, diáspora y constelaciones críticas. Reconfiguración transnacional
La inscripción de Sita Gómez en el campo artístico de la segunda mitad del siglo XX no se resuelve mediante adscripción a una escuela, corriente o identidad nacional estable. Su posición se configura en una intersección de desplazamientos geográficos, discontinuidades históricas y estructuras de legitimación a distintas escalas. Para comprender el alcance de su trabajo resulta necesario situarlo en una constelación más amplia, en la que la diáspora cubana no funciona como comunidad homogénea, sino como campo fragmentado atravesado por tensiones, jerarquías y asincronías.
La noción de campo permite entender esta configuración como sistema de relaciones donde las posiciones dependen de la interacción entre instituciones, agentes, discursos críticos y mercados. En la diáspora cubana, ese campo aparece descentrado: múltiples polos de legitimación se activan según contextos históricos y geográficos. La Habana, Nueva York, Miami o París producen condiciones específicas de visibilidad que afectan de manera diferencial a los artistas.
En este entramado, la obra de Gómez ocupa una posición definida por su capacidad de operar entre varios polos sin coincidir plenamente con ninguno. Su trayectoria en Nueva York la sitúa en un nodo central del arte contemporáneo internacional, pero su figuración intensiva y su relación oblicua con los discursos dominantes la mantienen a distancia de los relatos hegemónicos. Su inscripción como artista cubana tampoco la integra automáticamente en narrativas latinoamericanas que han privilegiado ciertos lenguajes como signos de modernidad.
Esta distancia no equivale a exterioridad. La obra circula, se exhibe y se colecciona, pero no se traduce sin pérdida a los códigos dominantes. La posición resultante no es marginalidad pasiva, sino lugar de producción estética donde la obra gana libertad al no ser absorbida por completo.
Género, cuerpo y construcción de identidad


Abordar la obra desde la categoría de género exige evitar dos reducciones: leer el cuerpo femenino como tematización simple o inscribirlo automáticamente en un marco feminista explicativo. En esta pintura, el cuerpo no funciona como signo transparente ni como vehículo de identidad formulada previamente, sino como construcción compleja donde convergen historia, representación y conflicto. El cuerpo femenino no aparece como entidad estable que la pintura representa, sino como resultado de operaciones formales. La identidad no antecede a la imagen; se produce en ella. Esta inversión altera la lectura del género: deja de ser contenido para convertirse en efecto de la construcción pictórica.
La tradición occidental ha construido el cuerpo femenino como superficie regulada de visibilidad. La pintura de Gómez no invierte simplemente esa lógica; interviene en el nivel donde se vuelve operativa. Las figuras no se ofrecen como objetos de contemplación estabilizada. Su frontalidad, escala y densidad cromática impiden una relación distanciada. El rostro no organiza una psicología legible. Funciona como superficie opaca que desactiva la identificación directa. El cuerpo no responde a proporciones normativas; se expande, comprime o estiliza sin aspirar a ideal alguno. La vestimenta participa en la construcción del cuerpo hasta borrar la frontera entre interior y exterior. La apariencia no oculta una esencia; constituye un campo donde la identidad se construye y se desestabiliza simultáneamente.
Memoria sin relato: tiempo y persistencia
La relación entre memoria e imagen no se organiza como relato. La memoria aparece como persistencia que atraviesa la figura sin ordenarse en cronología. Las imágenes no reconstruyen episodios; sostienen intensidades. La repetición no responde a serialidad ni a agotamiento del motivo. Se trata de una insistencia transformada donde cada figura reabre el problema.
El tiempo se construye como duración: acumulación de variaciones que densifican la experiencia visual. La materialidad pictórica introduce una temporalidad específica. Color, textura y superposición producen espesor temporal. La imagen no captura un instante; lo disuelve en una duración continua. Los acontecimientos históricos no aparecen como temas, pero tampoco desaparecen. Se inscriben como fuerzas que atraviesan la forma. La historia no se narra; actúa.
Recepción, visibilidad y lugar en la historia



La posición de Gómez no puede evaluarse solo por presencia institucional. Su obra circula de manera sostenida, pero no se fija en relatos historiográficos dominantes. Esta disociación entre producción constante y reconocimiento parcial constituye un rasgo central. La visibilidad es intermitente, condicionada por la capacidad del campo para leer aquello que no encaja en sus categorías. En algunos momentos se integra bajo etiquetas generales que permiten su inclusión, pero reducen su especificidad; en otros queda desplazada. La estructura del campo, las jerarquías de género y las categorías del arte latinoamericano han contribuido a esta lectura incompleta. Las revisiones recientes han reactivado su obra, pero el riesgo persiste: integrar sin transformar los marcos críticos.
El reajuste retrospectivo que reintroduce artistas subvaloradas no modifica necesariamente las estructuras que produjeron su exclusión. En el caso de Gómez, la dificultad no es invisibilidad absoluta, sino lectura insuficiente. Integrarla sin revisar las categorías implica neutralizar aquello que la vuelve problemática. La tarea crítica exige producir herramientas capaces de atender a una obra que desborda oposiciones entre figuración y abstracción, identidad y forma.
El análisis de la recepción debe incorporar las condiciones políticas que han intervenido en la configuración del campo. En el caso de artistas cubanas en diáspora, el Estado posterior a 1959 estableció un régimen de visibilidad selectivo que afectó su inscripción en el relato cultural. La salida al exilio fue leída como ruptura política que condicionaba la legitimación. El silencio en torno a estas trayectorias no responde a omisión, sino a una operación activa de desarticulación.
Este silenciamiento se articuló con discursos que privilegiaban determinadas prácticas como representativas de la cultura nacional, dejando fuera otras producciones. Las consecuencias de ese proceso continúan afectando la lectura contemporánea de estas obras. La pintura de Sita Gómez se sitúa en ese cruce de fuerzas: campo internacional, diáspora, género y política cultural. Su potencia no reside en ocupar un lugar estable, sino en sostener una tensión que obliga a reconfigurar los marcos desde los cuales se intenta leerla.
Las mujeres de Sita Gómez: espejo del resentimiento y la hipocresía revolucionaria


Las figuras femeninas de Sita Gómez no solo deben leerse en relación con las tensiones formales, perceptivas y temporales que organizan su pintura; también funcionan como superficies donde se hace visible un conflicto histórico específico: la fractura entre el discurso igualitario del proyecto revolucionario cubano y las prácticas reales de exclusión, silenciamiento y control que atravesaron su política cultural. El cuerpo que aparece en su obra no constituye únicamente un problema de representación; se convierte en el lugar donde se inscribe una experiencia histórica marcada por la contradicción.
El relato revolucionario se construyó sobre una promesa de transformación radical de las estructuras sociales, incluida la emancipación de la mujer como sujeto político y cultural. Sin embargo, la materialización de esa promesa quedó atravesada por mecanismos de regulación que afectaron directamente la producción artística, especialmente en aquellos casos que no se alineaban con los códigos ideológicos o estéticos promovidos por el Estado. La mujer artista, lejos de ocupar una posición plenamente reconocida, quedó situada con frecuencia en una zona de visibilidad condicionada, donde su trabajo debía ajustarse a determinadas expectativas para ser legitimado.
En este contexto, la figura femenina en la pintura de Gómez adquiere una dimensión crítica que no se formula como discurso, sino que se manifiesta en la estructura misma de la imagen. Sus mujeres no encarnan el ideal de sujeto revolucionario ni reproducen los modelos de representación promovidos por la cultura oficial. No aparecen como trabajadoras heroicas, símbolos de una colectividad organizada o alegorías de un proyecto político. Se presentan, por el contrario, como cuerpos que no se dejan integrar en una narrativa coherente.
Esa negativa a la integración puede leerse como una resistencia que no necesita declararse. La figura, en su densidad cromática, su frontalidad y su opacidad, introduce una fisura en el imaginario de la transparencia ideológica. El cuerpo no comunica un mensaje claro; interrumpe la posibilidad de reducir la imagen a un contenido unívoco. En esa interrupción se hace visible la distancia entre la retórica del consenso y la experiencia real de quienes quedaron fuera de sus límites.
El resentimiento al que remite este bloque no debe entenderse como emoción individual ni como afecto psicológico expresado por la pintura. Funciona como categoría histórica para nombrar la acumulación de tensiones no resueltas entre inclusión proclamada y exclusión efectiva. Las figuras de Gómez no representan ese resentimiento; lo encarnan como energía que atraviesa la imagen sin traducirse en narración. La hipocresía, por su parte, no aparece como juicio moral, sino como estructura: coexistencia de un discurso emancipador con prácticas que reproducen jerarquías y silencios.
El cuerpo femenino, en este marco, se convierte en el lugar donde esas contradicciones se vuelven visibles sin necesidad de tematizarse. La saturación cromática, la inestabilidad de la forma, la tensión entre presencia y opacidad, todo contribuye a producir una imagen que no puede ser absorbida por los códigos de representación dominantes. La figura no se ofrece como ejemplo ni como modelo; se impone como problema. Esta imposibilidad de integración adquiere una dimensión particular si se considera la condición de exilio. Las mujeres de Gómez no pertenecen a un territorio definido ni responden a una identidad nacional estabilizada. Su presencia está atravesada por desplazamientos que impiden cualquier lectura en términos de pertenencia plena. La figura no solo desarticula el imaginario revolucionario; también cuestiona las formas en que la nación ha sido pensada como unidad cultural.
La pintura, lejos de reconstruir una identidad perdida, mantiene abierta la herida de esa fractura. El cuerpo no se recompone; se presenta como superficie donde la historia deja marcas que no se organizan en un relato reparador. Esta condición impide que la obra sea leída como nostalgia o como crítica directa; se sitúa en un plano donde ambas dimensiones quedan desplazadas. El carácter especular de estas figuras no implica una relación de reflejo simple. La pintura no devuelve una imagen reconocible del mundo revolucionario; pone en evidencia aquello que ese mundo no puede representar de sí mismo. El espejo no confirma; distorsiona, intensifica, revela zonas de opacidad que el discurso oficial no puede absorber. En este sentido, las mujeres de Sita Gómez funcionan como dispositivos de exposición de una contradicción histórica que no ha sido plenamente elaborada. La pintura no resuelve esa contradicción ni propone una salida; la mantiene activa, impidiendo que se cierre en una narrativa tranquilizadora.
Este bloque no introduce un contenido nuevo en la obra, sino que desplaza su lectura hacia una dimensión donde lo formal, lo histórico y lo político se entrelazan sin jerarquía. La figura femenina deja de ser objeto de análisis separado para convertirse en el punto donde convergen las tensiones que han atravesado tanto la biografía de la artista como el campo en el que su obra ha circulado. La potencia de estas imágenes reside en su capacidad de sostener esa convergencia sin resolverla. El cuerpo aparece como lugar donde el discurso falla, donde la historia no se deja narrar y donde la identidad no se estabiliza. En ese espacio, la pintura de Sita Gómez alcanza una de sus formulaciones más incisivas: no como representación de un mundo, sino como superficie donde sus contradicciones se vuelven visibles.
La obra de Sita Gómez obliga a reformular varios ejes fundamentales de la historia del arte contemporáneo. Estas conclusiones no operan como síntesis reductiva, sino como campos de alcance diferenciado donde la pintura demuestra su capacidad de desbordar las categorías disponibles.
1. Alcance formal: la persistencia de la figura como problema estructural
Desde una perspectiva formal, la pintura de Gómez introduce una variación decisiva en la comprensión de la figuración. Frente a los postulados de autonomía del medio defendidos por críticos como Clement Greenberg, su obra demuestra que la presencia del cuerpo no implica regresión ni dependencia narrativa, sino la posibilidad de complejizar la superficie pictórica hasta convertirla en un espacio de tensión activa. Su trabajo dialoga indirectamente con las objeciones formuladas por Rosalind Krauss a los modelos formalistas cerrados, en tanto evidencia que la especificidad del medio no se agota en la planitud ni en la pureza, sino que puede ser atravesada por elementos que desestabilizan su lectura. La figura en Gómez no contradice la modernidad; la obliga a rearticularse.
2. Alcance figurativo: crisis de la representación y desplazamiento del cuerpo
Desde el punto de vista figurativo, la obra de Gómez desactiva la función tradicional de la representación. En diálogo con las reflexiones de Georges Didi-Huberman, la imagen no aparece como soporte de sentido estable, sino como acontecimiento donde múltiples temporalidades se cruzan sin resolverse. La figura femenina no comunica una identidad; produce una inestabilidad que impide su fijación.
Este desplazamiento redefine el estatuto del cuerpo en la pintura contemporánea. Lejos de desaparecer en favor de la abstracción o de convertirse en signo transparente dentro de discursos identitarios, el cuerpo se afirma como territorio donde la representación se vuelve problemática. La figura deja de ser garantía de reconocimiento para convertirse en espacio de interrogación.
3. Alcance conceptual: memoria, archivo y no narratividad
En el plano conceptual, la obra de Gómez introduce una forma de memoria que no se articula como relato. Esta condición la sitúa en proximidad con ciertas intuiciones de Walter Benjamin, particularmente en lo relativo a la concepción del tiempo como acumulación de fragmentos no reconciliados. La pintura no reconstruye una historia; la mantiene en estado de latencia. Esta memoria sin relato redefine la relación entre imagen e historia. La obra no funciona como documento ni como ilustración, sino como espacio donde la historia se inscribe sin volverse legible en términos lineales. El archivo no se organiza; se presenta como coexistencia conflictiva.
4. Alcance crítico: insuficiencia del campo y necesidad de nuevas herramientas
El análisis de su recepción ha permitido evidenciar una insuficiencia estructural del campo artístico para producir herramientas adecuadas a obras que no encajan en sus categorías dominantes. En línea con la teoría del campo de Pierre Bourdieu, la posición de Gómez no puede entenderse como marginalidad pasiva, sino como resultado de una relación conflictiva entre producción y sistemas de legitimación. La crítica que se limita a incorporar su obra en narrativas preexistentes reproduce la misma lógica que generó su lectura insuficiente. La alternativa exige una transformación de los marcos analíticos, capaz de atender a la complejidad sin reducirla.
5. Alcance político: arte, Estado y producción de silencio
La consideración del contexto cubano posterior a 1959 ha permitido introducir una dimensión política que no puede separarse del análisis estético. Siguiendo planteamientos cercanos a Griselda Pollock, la visibilidad de las artistas no depende únicamente de su producción, sino de las estructuras que regulan su circulación. El silenciamiento de trayectorias en diáspora, unido a la selección ideológica de prácticas legitimadas, ha contribuido a la desarticulación de una parte significativa de la producción artística cubana. La obra de Gómez se sitúa en ese punto donde estética y política se entrecruzan sin reducirse una a la otra.
6. Alcance transversal: figuración y abstracción más allá de la oposición


Uno de los aportes más consistentes de este estudio reside en la superación de la oposición entre figuración y abstracción como eje organizador. La dificultad para integrar tanto la pintura de Gómez como la abstracción producida por otras artistas revela que el problema no reside en los lenguajes, sino en las categorías que los ordenan. La obra de Gómez demuestra que la figuración puede operar como campo experimental de alta complejidad, mientras otras prácticas abstractas evidencian que la reducción formal no implica neutralidad. Ambas zonas obligan a revisar las jerarquías que han estructurado la lectura del arte contemporáneo.
La obra de Sita Gómez posee un valor que no puede medirse únicamente en términos de inserción histórica o reconocimiento institucional. Su importancia reside en la capacidad de sostener, durante décadas, una investigación pictórica que atraviesa problemas formales, figurativos y conceptuales sin resolverlos en fórmulas repetibles. Desde el punto de vista formal, su pintura alcanza una intensidad poco frecuente en la relación entre color, figura y superficie. La imagen no se organiza como equilibrio, sino como tensión sostenida. Desde el plano figurativo, introduce una inestabilidad que transforma el cuerpo en problema, evitando tanto la representación complaciente como su disolución en abstracción.
En el nivel conceptual, su trabajo construye una forma de memoria que no se deja traducir en relato, manteniendo abierta la relación entre historia e imagen. Esta condición la sitúa en una posición singular dentro del arte contemporáneo, donde la complejidad no se resuelve, sino que se afirma como método.
A nivel personal, la valoración no puede formularse en términos de admiración genérica. La obra de Sita Gómez exige una toma de posición. Nos enfrenta a los límites de nuestras herramientas, a la insuficiencia de nuestros marcos de lectura y a la necesidad de repensar la relación entre forma, historia y cuerpo. Su pintura no pide ser entendida en los términos disponibles; obliga a producir otros. En esa exigencia reside su valor más alto. No como excepción que debe ser incorporada, sino como práctica que redefine el campo en el que se inscribe. El alcance de esta obra no es acumulativo, sino transformador. Allí donde la historia del arte encuentra dificultad para nombrarla, comienza precisamente su potencia.
Vigo, 2 de mayo de 2026

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