Maydée González Gavilán: Cuando París comienza en La Habana
El dibujo, la memoria y la identidad atraviesan la trayectoria de Maydée González Gavilán, creadora cubana radicada en París desde 1986.
Hay artistas que se descubren frente a un cuadro. Otros obligan a detenerse mucho antes, a cruzar el umbral de la casa donde crecieron, a escuchar las conversaciones que marcaron su infancia y a recorrer los espacios donde el arte nunca fue una excepción, sino una forma de vivir. Con los años he aprendido que una biografía artística no comienza el día de la primera exposición. Comienza mucho antes, allí donde una mirada aprende a existir sin saber todavía que algún día será una obra.
Así llegué a Maydée González Gavilán. Desde el primer momento comprendí que su historia no podía contarse como una simple sucesión de fechas, exposiciones o reconocimientos. Había algo más profundo que reclamaba mi atención: el nacimiento de una sensibilidad. Antes de convertirse en artista, había crecido respirando dibujo, pintura, ilustración y creación. Su universo no estaba poblado únicamente de imágenes; estaba construido por ellas.
El origen de una sensibilidad artística
Siempre me han interesado esas herencias invisibles que rara vez aparecen en los libros de historia del arte. Hay enseñanzas que no dejan certificados ni diplomas, pero terminan definiendo toda una vida. Se transmiten observando unas manos que dibujan, escuchando hablar de una obra aún inacabada o descubriendo, casi sin advertirlo, que crear es también una manera de mirar el mundo.

Sin embargo, ninguna herencia basta por sí sola. Toda mirada llega un día en que necesita separarse de aquello que la hizo posible para encontrar su propia voz. Es en ese instante cuando comienza el verdadero viaje del artista. La memoria deja de ser un refugio y se convierte en un punto de partida; los lugares de origen dejan de ser una frontera para transformarse en una presencia silenciosa que acompaña cada decisión creativa.
I. Aprender a mirar
Siempre me ha parecido que las familias de artistas constituyen pequeños laboratorios de sensibilidad. En ellas, el arte deja de ser un acontecimiento excepcional para convertirse en una experiencia cotidiana. Los materiales de trabajo ocupan el mismo espacio que los objetos domésticos; las conversaciones giran alrededor de una ilustración, un cartel, una pintura o un proyecto aún inacabado; la creación deja de pertenecer exclusivamente al estudio para instalarse en la vida diaria. Crecer en un ambiente semejante significa aprender, casi sin advertirlo, que el mundo puede comprenderse también a través de las imágenes.

En el caso de Maydée González Gavilán, esa circunstancia adquiere una importancia singular. Nació en La Habana en 1959, un año que marcaría de manera irreversible la historia política y cultural de Cuba. Mientras el país comenzaba a redefinir todas sus estructuras institucionales, ella iniciaba su propia existencia en el seno de una familia profundamente vinculada a las artes plásticas y a la comunicación visual. Esa coincidencia temporal no constituye un simple dato cronológico. Sitúa su infancia en un momento de intensa reorganización cultural, cuando el arte ocupaba un lugar central en la construcción simbólica del nuevo proyecto revolucionario y los creadores participaban activamente en la configuración de un imaginario colectivo.
El legado artístico de sus padres
Su padre, Jesús González de Armas, desarrolló una trayectoria estrechamente relacionada con el dibujo, la ilustración y el diseño gráfico. Formado en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, participó en distintos proyectos de comunicación visual y llegó a figurar entre los pioneros del departamento de dibujos animados del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Aquella experiencia situó el dibujo en un espacio donde convergían las artes plásticas, el cine, la narrativa y el lenguaje audiovisual, ampliando considerablemente las posibilidades expresivas de la imagen.
Su madre, Margie Gavilán Monzón, también formada en San Alejandro, orientó su trabajo hacia la pintura y la caricatura. La coincidencia de dos creadores dentro del mismo ámbito familiar produjo un entorno poco habitual, en el que distintas formas de entender el dibujo convivían de manera natural. La línea podía adquirir un sentido pictórico, narrativo, humorístico o gráfico, demostrando desde muy temprano que un mismo lenguaje era capaz de recorrer disciplinas aparentemente distintas.
El dibujo como aprendizaje cotidiano
No considero casual que el dibujo termine ocupando un lugar tan relevante en la producción posterior de Maydée. Antes de convertirse en un recurso técnico, el dibujo había sido para ella un idioma cotidiano. Mucho antes de preguntarse qué deseaba representar, ya había aprendido que una línea podía contener una emoción, sugerir un movimiento o construir un relato. Esa familiaridad temprana con el lenguaje gráfico constituye, a mi juicio, uno de los elementos más sólidos para comprender la coherencia que mantendrá su obra décadas después.
La Habana de aquellos años ofrecía, además, un paisaje cultural extraordinariamente dinámico. Museos, escuelas, publicaciones ilustradas, carteles, campañas gráficas, proyectos cinematográficos y espacios de formación artística convivían dentro de una atmósfera de intensa producción visual. Resultaría imposible determinar con exactitud cuáles de esas experiencias dejaron una huella concreta en la sensibilidad de la futura artista. Sin embargo, sería igualmente difícil sostener que un contexto semejante no desempeñó ningún papel en la construcción de su mirada. Toda educación estética se alimenta tanto de las enseñanzas conscientes como de aquello que se incorpora de forma casi imperceptible mediante la observación cotidiana.

La Habana como escenario cultural
Sería un error interpretar la formación artística de Maydée González Gavilán únicamente desde el ámbito familiar. Ninguna sensibilidad se construye en aislamiento. Del mismo modo que el hogar constituye el primer espacio de aprendizaje, la ciudad termina convirtiéndose en una maestra silenciosa que moldea la percepción de quienes la habitan. En el caso de Maydée, esa ciudad fue La Habana de las décadas de 1960 y 1970, un escenario complejo donde convivían el entusiasmo fundacional de un nuevo proyecto político, la reorganización de las instituciones culturales y una intensa producción de imágenes destinadas a transformar la representación del país y de sus ciudadanos.
El nacimiento del ICAIC, la consolidación de la Casa de las Américas, el fortalecimiento del sistema nacional de enseñanza artística y el protagonismo adquirido por el diseño gráfico situaron las artes visuales en un momento de extraordinaria vitalidad. Aquellas instituciones no solo promovían la creación de obras; impulsaban una nueva cultura de la imagen en la que ilustradores, cartelistas, pintores, caricaturistas, diseñadores y cineastas compartían con frecuencia espacios de trabajo, inquietudes intelectuales y proyectos comunes.
El horizonte visual de su identidad
Ese universo resultaba especialmente significativo para una niña cuya propia vida transcurría dentro de una familia estrechamente vinculada a ese mismo proceso de transformación cultural. La actividad profesional de sus padres no terminaba al abandonar el estudio o el lugar de trabajo. Las preocupaciones creativas, las conversaciones sobre proyectos, las referencias a otros artistas y los debates estéticos formaban parte del ámbito doméstico. La frontera entre la experiencia privada y la vida cultural era, en buena medida, inexistente.
No debemos olvidar, además, que aquellas décadas coincidieron con uno de los momentos más fecundos del cartel cubano, reconocido internacionalmente por la originalidad de sus soluciones gráficas. El desarrollo de la animación, la ilustración editorial y el diseño para instituciones culturales consolidó un lenguaje visual donde la síntesis formal, la expresividad de la línea y la capacidad narrativa de la imagen adquirieron una relevancia excepcional. Aunque resulte imposible medir la influencia concreta de cada uno de esos fenómenos sobre la futura artista, sí es posible afirmar que conformaban el horizonte visual desde el que comenzó a educar su sensibilidad.
Entre la vitalidad artística y el control ideológico
La creación se desenvolvía en un espacio donde el entusiasmo inicial convivía con tensiones cada vez más visibles entre libertad artística y control político. Esa realidad, todavía percibida de forma difusa durante la infancia, terminaría formando parte del horizonte vital de toda una generación de creadores.
Considero que esta coexistencia entre extraordinaria riqueza visual y progresiva restricción ideológica constituye una de las claves para comprender la sensibilidad de Maydée González Gavilán. Aprendió a mirar en una ciudad que producía imágenes con una intensidad poco común, pero también en un contexto donde esas mismas imágenes comenzaban a estar sometidas a condicionamientos políticos y culturales. Esa dualidad, lejos de ser una contradicción circunstancial, formó parte del paisaje intelectual en el que se desarrolló su educación estética y acompañaría, de un modo u otro, las decisiones que marcarían posteriormente su trayectoria artística y personal.
II. El dibujo como lengua materna
Cuando intento reconstruir los primeros años de Maydée González Gavilán, hay una idea que regresa una y otra vez a mi pensamiento. Antes de aprender las convenciones del arte, antes de enfrentarse a los problemas de la composición o de la técnica, aprendió una forma de comunicación que no necesitaba palabras. El dibujo constituía el lenguaje natural de su entorno. No era únicamente una disciplina artística ni una destreza profesional. Era una presencia constante, una manera de pensar y de relacionarse con la realidad.
Una infancia rodeada de imágenes
En ellos, el gesto de dibujar no representa un descubrimiento, sino la prolongación de una experiencia que ha acompañado toda su infancia. Imagino a Maydée creciendo entre carpetas de bocetos, papeles cubiertos de apuntes, pinceles aún húmedos, conversaciones sobre ilustraciones, proyectos editoriales y dibujos que pasaban continuamente de las manos de sus padres a la mesa de trabajo. No se trata de una reconstrucción romántica de la infancia, sino de una consecuencia lógica del ambiente creativo en el que se desarrolló su vida cotidiana.
Para una niña criada en ese contexto, la creación artística difícilmente podía percibirse como una actividad extraordinaria. Formaba parte del ritmo habitual de la casa, de la misma manera que otras familias organizan su vida alrededor de profesiones completamente distintas. Esa convivencia diaria con el acto de dibujar debió enseñarle muy pronto que una línea nunca es únicamente una línea. En manos de un ilustrador puede construir una narración; en las de un caricaturista puede condensar una crítica social; en las de un pintor puede convertirse en estructura, volumen o movimiento. Comprender esa extraordinaria capacidad de transformación constituye, probablemente, una de las primeras lecciones que recibió sin necesidad de formularla con palabras. No deja de resultar significativo que, dentro de su producción artística posterior, el dibujo conserve una posición central.
La línea como territorio de pensamiento
Mientras numerosos creadores terminan relegándolo al papel de simple herramienta preparatoria para la pintura, Maydée parece mantener hacia él una fidelidad constante. Esa permanencia me lleva a pensar que el dibujo nunca fue para ella un procedimiento auxiliar, sino un territorio de pensamiento. La línea no antecede necesariamente a la obra; con frecuencia es la obra misma. Quizá esa preferencia explique también la notable economía de recursos que caracteriza muchas de sus composiciones. En ellas no encuentro una búsqueda deliberada del virtuosismo técnico ni un interés por la acumulación de elementos formales. Percibo, por el contrario, una confianza absoluta en la capacidad expresiva del trazo. Cada línea parece asumir la responsabilidad de sostener el conjunto de la imagen, eliminando todo aquello que resulta accesorio.

Esa síntesis no transmite pobreza visual, sino una profunda seguridad en el lenguaje elegido. A medida que observo sus dibujos, advierto otro aspecto que considero especialmente revelador. Existe en ellos una notable contención. No necesitan imponerse mediante efectos espectaculares ni recurrir al exceso para afirmar su presencia. La intensidad surge precisamente de la precisión con que cada gesto ocupa el espacio del papel. Esa actitud frente al dibujo revela una disciplina interior que, a mi juicio, comienza mucho antes de la formación académica.
La contención como principio expresivo
Se trata de una forma de entender la creación basada en la observación paciente, en la confianza depositada en el trazo y en la convicción de que una imagen puede alcanzar una gran fuerza expresiva mediante recursos extraordinariamente sencillos. No puedo afirmar hasta qué punto esa manera de concebir el dibujo fue transmitida conscientemente por sus padres. Las fuentes disponibles no permiten reconstruir ese diálogo íntimo. Sin embargo, tampoco resulta necesario demostrar una enseñanza explícita para reconocer la existencia de una continuidad.
Las sensibilidades también se heredan mediante la convivencia, la observación y el ejemplo cotidiano. Se aprenden viendo trabajar a otros, asistiendo al nacimiento de una imagen o descubriendo que detrás de cada dibujo existe una forma particular de ordenar el mundo. Por ello considero que, antes de convertirse en el lenguaje personal de Maydée González Gavilán, el dibujo fue su lengua materna. No porque naciera sabiendo dibujar, sino porque aprendió desde muy temprano que el mundo podía comprenderse, pensarse y habitarse mediante la línea. Esa convicción, adquirida casi de manera imperceptible durante los primeros años de su vida, terminaría acompañándola en todas las etapas posteriores de su trayectoria artística, incluso cuando el exilio la obligó a reconstruir su existencia lejos del paisaje donde esa primera mirada había comenzado a formarse.
III. La búsqueda de una voz propia
Toda herencia constituye, al mismo tiempo, un privilegio y un desafío. Crecer en una familia donde el arte forma parte de la vida cotidiana ofrece un acceso excepcional al conocimiento de los procesos creativos, pero también plantea una pregunta inevitable: ¿cómo construir una identidad propia cuando los referentes más cercanos poseen una trayectoria reconocida? La historia del arte demuestra que muchos hijos de artistas han debido afrontar esa tensión entre continuidad y emancipación, entre el reconocimiento de un legado y la necesidad de encontrar un lenguaje que les pertenezca exclusivamente.

No creo que Maydée González Gavilán escapara a esa circunstancia. Todo parece indicar que su formación se desarrolló dentro de un ambiente donde el dibujo, la ilustración y la pintura constituían formas naturales de expresión. Sin embargo, ningún aprendizaje garantiza por sí mismo el nacimiento de una voz artística. Llega un momento en que toda influencia debe dejar de ser una referencia exterior para convertirse en una experiencia interior. Solo entonces comienza verdaderamente el recorrido personal de un creador.
El lento proceso de encontrar un lenguaje
Ese proceso rara vez se produce de manera brusca. La identidad artística no aparece como una revelación inmediata, sino como el resultado de una lenta acumulación de observaciones, dudas, descubrimientos y elecciones. Aprender a dibujar no significa todavía saber qué decir mediante el dibujo. Dominar una técnica tampoco implica haber encontrado un universo propio. Entre una cosa y otra existe un largo periodo de búsqueda en el que el artista ensaya posibilidades, acepta unas, rechaza otras y comienza, casi sin advertirlo, a reconocer aquello que le resulta esencial. Imagino que esa etapa debió de estar marcada por una intensa capacidad de observación.
Las primeras obras de un creador suelen contener ecos de las imágenes que lo acompañaron durante su formación, pero también pequeños gestos de independencia que anuncian un camino diferente. No siempre son transformaciones espectaculares. En ocasiones basta una forma distinta de resolver el espacio, una preferencia por determinados temas o una confianza creciente en la síntesis para advertir que la mirada comienza a desprenderse de las influencias iniciales.
El predominio de la línea
En el caso de Maydée, esa evolución parece orientarse progresivamente hacia un lenguaje donde la línea adquiere un protagonismo absoluto. El dibujo deja de desempeñar una función descriptiva para convertirse en un instrumento de pensamiento. La imagen ya no necesita apoyarse en la abundancia de recursos ni en complejas construcciones compositivas. Basta un conjunto reducido de trazos para sugerir el movimiento, la tensión o la presencia de una figura. Esa economía formal no responde a una simplificación, sino a una depuración consciente del lenguaje.

Me interesa especialmente esa capacidad para eliminar lo accesorio. Existe una diferencia profunda entre la pobreza de medios y la síntesis expresiva. La primera nace de la limitación; la segunda, de la experiencia. Cuando un artista consigue decir más utilizando menos recursos, demuestra haber alcanzado un elevado grado de dominio sobre su propio lenguaje. En la obra de Maydée esa voluntad de síntesis parece surgir de una relación muy íntima con el dibujo, entendido no como un paso previo hacia otra disciplina, sino como el espacio donde el pensamiento visual encuentra su forma más directa.
No resulta fácil establecer el momento exacto en que esa voz terminó de consolidarse. Las fuentes conservadas apenas permiten reconstruir cronológicamente sus primeros años de producción. Sin embargo, las obras conocidas revelan una notable coherencia interna. No transmiten la impresión de una artista que cambia continuamente de registro buscando una identidad, sino la de alguien que, una vez descubierto su lenguaje, decide profundizar en él con una extraordinaria fidelidad.
Una evolución sin rupturas espectaculares
Quizá esa sea una de las características más significativas de su trayectoria. Frente a las exigencias del mercado artístico, que con frecuencia premia la constante renovación estilística, Maydée parece optar por una investigación silenciosa, paciente y profundamente rigurosa sobre las posibilidades expresivas del dibujo. Su evolución no se construye mediante rupturas espectaculares, sino a través de un refinamiento continuo de los elementos esenciales de su lenguaje plástico.
Esa búsqueda de una voz propia constituye, en realidad, el verdadero cierre de sus años de formación. A partir de ese momento, la artista ya no se define únicamente por el entorno del que procede ni por la herencia cultural que recibió durante la infancia. Comienza a ser reconocible por aquello que solo ella puede aportar: una mirada personal, construida sobre la memoria de sus orígenes, pero plenamente consciente de la necesidad de transformar esa herencia en una expresión artística autónoma.
IV. Los primeros pasos de una artista
Toda formación encuentra un momento decisivo en el que deja de pertenecer al ámbito del aprendizaje para enfrentarse a la realidad de la creación. Ese tránsito rara vez puede fijarse mediante una fecha concreta. Se produce de manera gradual, casi imperceptible, cuando la curiosidad comienza a transformarse en disciplina y el ejercicio cotidiano termina convirtiéndose en una necesidad interior. Pienso que ese fue también el recorrido de Maydée González Gavilán.
Los datos conservados sobre estos años son escasos, circunstancia que obliga a reconstruir su trayectoria con prudencia y evitando afirmaciones que las fuentes no permiten sostener. Sin embargo, incluso esa limitada información basta para advertir que la artista no surgió de manera improvisada. Detrás de su obra existe un largo proceso de maduración donde confluyen la sólida educación visual recibida durante la infancia, el contacto permanente con el mundo de las artes plásticas y una voluntad cada vez más definida de desarrollar un lenguaje propio.

Mientras observaba sus dibujos, tuve la impresión de que en ellos no existe el deseo de deslumbrar mediante la complejidad técnica. Su interés parece orientarse hacia otro lugar: alcanzar la máxima intensidad expresiva con el menor número posible de recursos. Esa elección revela una comprensión profunda del dibujo como forma de pensamiento y no únicamente como procedimiento plástico. La línea deja de describir para comenzar a sugerir; el vacío adquiere el mismo valor que el trazo; la contención se convierte en una cualidad expresiva antes que en una limitación formal.
De la formación a la afirmación artística
Es precisamente durante estos años cuando empieza a reconocerse una personalidad artística que ya no depende exclusivamente del entorno familiar. La influencia recibida permanece, pero deja de ocupar el centro del discurso. La artista comienza a seleccionar sus propios caminos, a definir sus intereses y a establecer una relación cada vez más íntima con un lenguaje que irá acompañándola durante el resto de su trayectoria.
Este proceso de afirmación coincidió, además, con un contexto cultural cubano cada vez más complejo. Las oportunidades de creación convivían con un clima de creciente control ideológico que afectaba de una u otra forma a la vida intelectual del país. Aquella realidad terminaría condicionando el horizonte vital de numerosos artistas de su generación y constituiría el marco histórico desde el que, años después, Maydée González Gavilán tomaría una de las decisiones más trascendentales de su vida: abandonar Cuba para reconstruir su trayectoria en París.
V. París: la libertad de reinventar la mirada
El año 1986 marcó un punto de inflexión en la vida de Maydée González Gavilán. Tras abandonar Cuba, inició en París una nueva etapa que no supuso únicamente un cambio geográfico, sino una profunda transformación personal y artística. Como ocurre en tantos procesos de emigración, el desplazamiento implicó la necesidad de reconstruir una vida desde sus cimientos, adaptarse a un entorno cultural distinto y redefinir el lugar que el arte ocuparía en esa nueva realidad.
Siempre he pensado que el exilio obliga al artista a responder una pregunta esencial: qué permanece cuando todo lo demás cambia. El país, las costumbres, el idioma cotidiano, los afectos e incluso las referencias culturales pueden modificarse radicalmente. Sin embargo, la mirada, esa forma íntima de comprender el mundo que comenzó a formarse muchos años antes, continúa acompañando al creador allí donde se encuentre.
La madurez de su lenguaje
En el caso de Maydée, París no significó una ruptura con su lenguaje plástico, sino la posibilidad de desarrollarlo desde una libertad distinta. Alejada del contexto que había condicionado buena parte de su experiencia cubana, pudo profundizar en una investigación artística centrada en el dibujo como espacio de reflexión, depuración y búsqueda interior. La línea conservó el protagonismo que había adquirido desde sus primeros años, pero ahora dialogaba con nuevas influencias, nuevos escenarios y una experiencia vital profundamente transformada.
No encuentro en su obra la voluntad de romper con sus orígenes. Percibo, más bien, un proceso de continuidad. La artista no renuncia a la memoria de la que procede, pero tampoco permanece detenida en ella. París se convierte en el lugar donde esa memoria adquiere nuevas resonancias y donde el dibujo alcanza una madurez basada en la síntesis, la economía de recursos y la confianza absoluta en la fuerza expresiva del gesto.

Quizá esa sea una de las mayores aportaciones de Maydée González Gavilán. Su trayectoria demuestra que la identidad artística no depende exclusivamente del territorio donde nace un creador, sino de la capacidad para mantener la fidelidad a una mirada mientras cambian las circunstancias que la rodean. En ese equilibrio entre memoria y renovación reside buena parte de la singularidad de su obra y también una de las claves para comprender su lugar dentro del arte cubano contemporáneo.
VI. La poética de la línea
Acercarse a la obra de González Gavilán supone aceptar, desde el primer momento, que el dibujo no desempeña un papel secundario dentro de su producción artística. Constituye el núcleo mismo de su lenguaje. Allí donde otros creadores encuentran en el color o en la materia el principal vehículo de expresión, Maydée deposita esa responsabilidad en la línea. No la utiliza para delimitar formas de manera convencional, sino para construir una escritura visual donde cada trazo parece contener una intención precisa.
Mientras observaba sus obras, comprendí que su dibujo posee una cualidad poco frecuente: transmite serenidad sin perder intensidad. No existe precipitación ni exceso. Cada elemento ocupa el lugar indispensable, como si la artista hubiera eliminado deliberadamente todo aquello que pudiera distraer la atención de lo esencial. Esa economía de medios no empobrece la imagen; por el contrario, concentra su fuerza expresiva y obliga al espectador a establecer una relación más íntima con la obra.
La fuerza expresiva de la austeridad
El espacio en blanco participa activamente de esa construcción. Lejos de entenderlo como una superficie vacía, Maydée lo incorpora al discurso plástico con la misma importancia que concede al propio trazo. La figura y el silencio visual mantienen un equilibrio constante, permitiendo que la mirada complete aquello que la artista decide únicamente sugerir. Esa confianza en la capacidad evocadora del dibujo revela una concepción madura del lenguaje gráfico, donde la insinuación adquiere tanto valor como la representación.
Esta actitud estética responde, a mi juicio, a una comprensión profundamente reflexiva del acto de dibujar. La línea deja de ser un simple recurso descriptivo para convertirse en un instrumento de pensamiento. Cada obra parece surgir de un proceso de depuración en el que desaparece todo lo accesorio hasta conservar únicamente aquello que resulta imprescindible para sostener la emoción y el significado.
Quizá por ello sus dibujos producen una impresión de extraordinaria coherencia. Más allá de la diversidad de temas o composiciones, existe una fidelidad constante a unos principios formales que atraviesan toda su producción. No se trata de repetir fórmulas, sino de profundizar una y otra vez en las posibilidades expresivas de un mismo lenguaje. Esa perseverancia, alejada de modas pasajeras y de búsquedas efectistas, constituye uno de los rasgos que mejor definen la personalidad artística de Maydée González Gavilán y explica la singularidad de una obra que ha encontrado en la sencillez aparente una de sus mayores formas de complejidad.
VII. Memoria e identidad en la obra de Maydée González Gavilán
Toda obra artística termina revelando algo más que las preocupaciones formales de quien la crea. También deja entrever una manera de comprender la existencia, de relacionarse con la memoria y de construir la propia identidad. En el caso de Maydée González Gavilán, considero que ambos conceptos aparecen estrechamente vinculados. Sus dibujos no buscan narrar episodios concretos ni ilustrar acontecimientos biográficos. Su fuerza reside precisamente en la capacidad de sugerir un universo interior donde la experiencia vivida permanece transformada por el lenguaje del arte.
Mientras contemplaba su producción, tuve la impresión de que sus imágenes rehúyen cualquier exceso narrativo. No necesitan explicar una historia para transmitir una emoción. La memoria aparece despojada de anécdotas y convertida en una presencia silenciosa que atraviesa la obra sin imponerse sobre ella. Esa contención dota a sus composiciones de una dimensión universal, permitiendo que cada espectador establezca su propio diálogo con las figuras y los espacios representados.

La identidad ocupa igualmente un lugar central en ese proceso creativo. Sin recurrir a símbolos evidentes ni a discursos explícitos sobre el origen o el exilio, la artista mantiene una relación constante con aquello que configura su experiencia personal. La identidad no se presenta como una afirmación cerrada, sino como una construcción permanente, enriquecida por el paso del tiempo, por el desplazamiento geográfico y por la incorporación de nuevas vivencias. Lejos de entenderla como un concepto fijo, Maydée parece asumirla como una realidad en continua transformación.
Conocerse a través del dibujo
Esa actitud explica, a mi juicio, la notable serenidad que transmite su obra. Incluso cuando el dibujo nace de experiencias complejas, la representación evita el dramatismo y se orienta hacia una reflexión más profunda sobre la condición humana. El equilibrio entre síntesis formal y densidad emocional permite que cada imagen conserve un delicado espacio para el silencio, la evocación y la interpretación personal.
Quizá esa sea una de las razones por las que su producción mantiene una coherencia tan sólida a lo largo del tiempo. Más allá de las variaciones temáticas o de las circunstancias biográficas, la artista permanece fiel a una búsqueda constante: explorar, mediante la economía del dibujo, aquello que permanece cuando los acontecimientos han dejado de ser únicamente recuerdos y se convierten en parte de la identidad de quien los ha vivido. En esa fidelidad a la memoria, entendida no como nostalgia sino como conocimiento de uno mismo, reside una de las aportaciones más singulares de Maydée González Gavilán al arte cubano contemporáneo.
La memoria como espacio de creación
Existe una forma de memoria que no pretende reconstruir el pasado con exactitud documental. No enumera fechas, no reproduce acontecimientos ni aspira a convertirse en un archivo de lo vivido. Es una memoria transformada por el tiempo, decantada por la experiencia y convertida en materia de creación. Considero que es precisamente esa memoria la que recorre la obra de Maydée González Gavilán.
Al observar sus dibujos no encuentro la voluntad de fijar episodios concretos de su biografía. Tampoco percibo un interés por convertir la experiencia personal en relato explícito. La artista parece recorrer un camino diferente. La memoria deja de ser un recuerdo identificable para convertirse en una atmósfera que envuelve la imagen y condiciona la relación del espectador con ella. Lo vivido permanece presente, pero despojado de toda referencia circunstancial.
Esta transformación resulta especialmente significativa si se tiene en cuenta el itinerario vital de Maydée. La experiencia de abandonar el país de origen y reconstruir una vida en otro contexto cultural convierte inevitablemente la memoria en un territorio de reflexión permanente. Sin embargo, su obra evita caer en la nostalgia o en la representación literal del desarraigo. El recuerdo no aparece como una mirada hacia atrás, sino como un elemento plenamente incorporado a la identidad presente de la artista.
La construcción del lenguaje plástico
Pienso que esa actitud explica la extraordinaria serenidad de sus composiciones. La memoria no pesa sobre la imagen como una carga emocional. Actúa, más bien, como un sustrato silencioso que sostiene la construcción del lenguaje plástico. Cada trazo parece contener la experiencia acumulada de una vida, pero sin necesidad de convertir esa experiencia en argumento. El dibujo habla desde la síntesis, no desde la descripción.
Esta manera de entender la memoria aproxima su trabajo a una concepción profundamente contemporánea del arte, donde el valor de la obra no depende de la fidelidad con que reproduce la realidad, sino de su capacidad para transformarla en una experiencia estética. El recuerdo deja de pertenecer exclusivamente a quien lo vivió y adquiere una dimensión abierta, permitiendo que cada observador proyecte sobre la obra sus propias vivencias y emociones.

Por ello considero que, en Maydée González Gavilán, la memoria no constituye un tema iconográfico más. Es el fundamento invisible sobre el que descansa toda su creación. No necesita representarse de manera explícita porque está presente en la propia forma de dibujar, en la economía de recursos, en el valor concedido al silencio y en esa permanente búsqueda de lo esencial que caracteriza el conjunto de su producción artística.
La identidad como construcción permanente
Si la memoria constituye uno de los pilares silenciosos de la obra de Maydée González Gavilán, la identidad representa el proceso mediante el cual esa memoria adquiere una forma siempre cambiante. Me interesa entender la identidad no como una condición fija ni como una categoría inmutable, sino como una realidad que se transforma continuamente a medida que cambian las circunstancias de la vida. En ese sentido, la trayectoria de la artista resulta especialmente significativa.
Nacer en Cuba, formarse en un ambiente profundamente vinculado a las artes plásticas y desarrollar buena parte de su carrera en París configura una experiencia vital donde la identidad no puede reducirse a una única pertenencia. Su obra parece asumir esa complejidad con absoluta naturalidad. No encuentro en ella la necesidad de reivindicar constantemente un origen ni de romper con él. Ambos espacios conviven sin imponerse uno sobre el otro.
Quizá esa sea una de las características más interesantes de su producción. La identidad no aparece convertida en un discurso explícito ni en una afirmación programática. Se manifiesta de una manera mucho más sutil, integrada en la forma de construir las imágenes, en la economía expresiva del dibujo y en la fidelidad a un lenguaje que permanece reconocible a pesar de los cambios geográficos y culturales. La artista demuestra que la identidad no depende únicamente del lugar donde se vive, sino de la coherencia con la que se desarrolla una mirada propia.
Identidad como proceso de cambio continuo
Esta concepción resulta especialmente valiosa dentro del arte contemporáneo, donde el desplazamiento, la emigración y la circulación internacional de los creadores han cuestionado las antiguas definiciones nacionales de la producción artística. Maydée pertenece a esa generación para la que la creación deja de responder exclusivamente a un territorio concreto y comienza a desarrollarse en un espacio cultural mucho más amplio, donde la experiencia personal adquiere un peso decisivo.
No obstante, esa apertura no implica la desaparición de las raíces. Todo lo contrario. La memoria de la infancia, la formación recibida, la disciplina del dibujo y la sensibilidad construida durante los primeros años continúan actuando como un fundamento permanente de su obra. París aporta nuevas referencias y libertades, pero no sustituye aquello que la artista había incorporado mucho antes de abandonar Cuba. Ambas experiencias terminan dialogando en un mismo lenguaje plástico.
Creo que ahí reside una de las mayores fortalezas de su producción. La identidad deja de entenderse como un lugar al que regresar y se convierte en un proceso de construcción continua. Cada dibujo participa de ese recorrido, integrando pasado y presente sin establecer jerarquías entre ambos. La artista no necesita elegir entre una u otra pertenencia porque su verdadera identidad se encuentra precisamente en el acto de crear. Es en el dibujo donde todas esas experiencias confluyen, se transforman y adquieren una unidad que trasciende cualquier frontera geográfica o cultural.
El silencio como lenguaje plástico
Hay artistas que buscan conquistar la mirada del espectador mediante la intensidad del color, la complejidad de la composición o la acumulación de elementos visuales. Otros, en cambio, parecen recorrer el camino opuesto. Reducen el lenguaje a sus componentes esenciales hasta descubrir que, en ocasiones, aquello que no se representa posee tanta fuerza expresiva como lo que permanece visible. Considero que Maydée González Gavilán pertenece a esta segunda tradición.
Mientras analizaba su obra comprendí que el silencio ocupa en ella un lugar tan importante como la propia línea. No me refiero a un silencio entendido como ausencia o vacío, sino como una decisión estética plenamente consciente. La artista evita saturar la superficie del papel y permite que amplias zonas respiren junto a la figura. Ese equilibrio entre presencia y ausencia convierte el espacio en un elemento activo de la composición.

Siempre me ha interesado esa capacidad que poseen algunos dibujantes para sugerir más de lo que muestran. En lugar de conducir al espectador hacia una única lectura, abren un territorio donde la interpretación permanece deliberadamente inacabada. La imagen no impone una respuesta. Invita a una conversación. Esa actitud exige una enorme confianza en el propio lenguaje, porque supone renunciar al exceso descriptivo y aceptar que la emoción puede surgir precisamente de aquello que permanece insinuado.
En la obra de Maydée esa economía expresiva alcanza una notable coherencia. Cada trazo parece responder a una necesidad concreta. No encuentro líneas superfluas ni recursos destinados únicamente a exhibir destreza técnica. Todo parece orientado hacia una depuración constante del lenguaje, como si cada dibujo hubiera atravesado un largo proceso de reflexión antes de alcanzar su forma definitiva.
El silencio visual como forma de concentración
Esta búsqueda de lo esencial establece una relación muy estrecha con la tradición del dibujo entendido como pensamiento. Desde el Renacimiento hasta buena parte de la creación contemporánea, numerosos artistas han considerado que la línea constituye el instrumento más directo para expresar una idea. Maydée se sitúa, a mi juicio, dentro de esa concepción. El dibujo no oculta el proceso creativo ni pretende disfrazar su origen. Conserva la inmediatez del gesto y, al mismo tiempo, la disciplina de quien ha aprendido que cada decisión formal posee consecuencias expresivas.
Quizá por ello sus obras transmiten una sensación de equilibrio poco frecuente. No buscan impresionar mediante soluciones espectaculares ni responder a las tendencias cambiantes del mercado artístico. Permanecen fieles a un lenguaje sereno, contenido y profundamente reflexivo. Ese silencio visual que atraviesa toda su producción no debe interpretarse como una renuncia, sino como una forma de concentración. La artista elimina el ruido para permitir que la línea, por sí sola, sostenga el peso de la imagen.
En ese sentido, el silencio constituye una de las materias invisibles de su obra. No aparece representado, pero está presente en cada espacio reservado al papel, en cada pausa del dibujo y en cada decisión de no añadir aquello que no resulta imprescindible. Lejos de empobrecer la composición, esa actitud dota a sus imágenes de una intensidad contenida que invita al espectador a mirar despacio y a descubrir que, en ocasiones, la verdadera elocuencia del arte reside precisamente en aquello que decide callar.
La síntesis como principio estético
Una de las cualidades que más llaman mi atención en la obra de Maydée González Gavilán es su capacidad para alcanzar una gran intensidad expresiva mediante recursos extraordinariamente contenidos. Esta elección no debe confundirse con una simplificación del lenguaje plástico. Muy al contrario, la síntesis constituye uno de los ejercicios más complejos a los que puede enfrentarse un artista. Exige saber qué conservar y, sobre todo, qué eliminar sin que la obra pierda su capacidad de comunicar.
Mientras observaba sus dibujos comprendí que esa economía formal responde a una decisión profundamente meditada. No existe la impresión de que falte información; tampoco la de que el dibujo haya quedado inacabado. Cada composición parece haber alcanzado el punto exacto en el que cualquier incorporación adicional alteraría el equilibrio conseguido. Esa sensación de medida revela una notable madurez artística y una confianza absoluta en las posibilidades expresivas de la línea.
La síntesis atraviesa todos los aspectos de su lenguaje plástico. Se manifiesta en la reducción de los elementos compositivos, en la claridad de las estructuras, en el control del espacio y en la renuncia a cualquier efecto ornamental que distraiga la atención de lo verdaderamente importante. La artista parece perseguir una imagen depurada hasta sus componentes esenciales, convencida de que la fuerza de una obra no depende de la cantidad de información que contiene, sino de la precisión con que esa información ha sido organizada.
La sobriedad como símbolo de lo profundo
Pienso que esta actitud guarda una estrecha relación con su propia trayectoria vital. La experiencia, el paso del tiempo y la distancia suelen enseñar a distinguir lo esencial de lo accesorio. Del mismo modo que la memoria conserva únicamente aquello que considera significativo, el dibujo de Maydée parece someter cada imagen a un proceso semejante de depuración. Lo superfluo desaparece para dejar espacio a una expresión más contenida, pero también más intensa.
Esta voluntad de síntesis sitúa su obra dentro de una tradición artística que entiende la sobriedad como una forma de profundidad. No necesita recurrir al exceso para construir significado. La emoción surge precisamente del equilibrio alcanzado entre presencia y ausencia, entre el trazo y el vacío, entre aquello que la artista decide mostrar y aquello que confía a la sensibilidad del espectador.
Considero que esa confianza constituye una de las mayores virtudes de su trabajo. Maydée González Gavilán no pretende conducir la mirada mediante respuestas cerradas. Prefiere sugerir antes que afirmar, insinuar antes que describir y abrir espacios de interpretación donde cada observador complete la experiencia estética desde su propia memoria. En esa capacidad para decir mucho con muy poco reside, a mi juicio, una de las características más sólidas y personales de su lenguaje plástico.
El dibujo como afirmación de libertad
Después de recorrer la obra de Maydée González Gavilán desde la memoria, la identidad, el silencio y la síntesis, llego a la conclusión de que el dibujo representa mucho más que el procedimiento técnico sobre el que se construye su producción artística. Constituye una forma de situarse ante el mundo. Cada línea revela una actitud creadora basada en la independencia, la reflexión y la fidelidad a un lenguaje que la artista ha cultivado durante toda su trayectoria sin dejarse arrastrar por las transformaciones efímeras del gusto o del mercado.
Siempre he considerado que la verdadera libertad de un creador no consiste únicamente en elegir los temas que desea abordar, sino también en decidir cómo quiere expresarlos. Esa elección implica renuncias, disciplina y una profunda coherencia con uno mismo. En el caso de Maydée, esa libertad se manifiesta en la constancia con la que ha desarrollado un lenguaje propio, alejado de cualquier necesidad de espectacularidad y sustentado en la convicción de que la sencillez puede alcanzar una enorme intensidad expresiva.
No resulta casual que el dibujo haya permanecido como el eje de su producción incluso después de los profundos cambios que marcaron su vida. El desplazamiento hacia París, la reconstrucción de una nueva existencia y el contacto con otros contextos culturales no alteraron la esencia de su lenguaje. Antes bien, contribuyeron a consolidarlo. La línea continuó siendo el espacio donde la artista podía pensar, recordar y crear con absoluta libertad, manteniendo un diálogo constante entre la experiencia vivida y la expresión plástica.
Un mismo territorio para la creatividad
Pienso que esa fidelidad constituye una de las aportaciones más valiosas de su trayectoria. Frente a una época caracterizada por la velocidad, la multiplicación de imágenes y la permanente búsqueda de novedades, Maydée González Gavilán ha preferido profundizar en un mismo territorio creativo. Esa perseverancia no expresa inmovilidad, sino una confianza poco común en las posibilidades de un lenguaje que todavía continúa ofreciendo nuevos matices a quien está dispuesto a explorarlo con rigor.
Al finalizar este recorrido comprendo que la obra de Maydée no necesita imponerse mediante discursos grandilocuentes. Su fuerza nace precisamente de la coherencia con la que ha sabido construir una voz propia. Cada dibujo confirma que la libertad artística no depende del tamaño de la obra, del número de recursos empleados ni de la complejidad de la composición. Depende, sobre todo, de la capacidad para permanecer fiel a una mirada. Esa fidelidad atraviesa toda la producción de Maydée González Gavilán y convierte su dibujo en el lugar donde memoria, identidad y creación alcanzan una de sus expresiones más auténticas.
VIII. Más allá de las fronteras: El lugar en el arte cubano contemporáneo
La historia del arte ha tendido tradicionalmente a organizarse mediante categorías relativamente estables. Escuelas, generaciones, movimientos, territorios o periodizaciones han permitido ordenar un inmenso caudal de obras y artistas. Sin embargo, esas mismas herramientas de clasificación resultan, en ocasiones, insuficientes para comprender trayectorias que se desarrollan entre distintos espacios culturales y que no responden con facilidad a una única definición. La figura de Maydée González Gavilán constituye un buen ejemplo de esa realidad.
Su formación pertenece plenamente al ámbito cultural cubano. En Cuba adquirió las primeras referencias visuales, la educación artística y la sensibilidad que marcarían de manera permanente su lenguaje plástico. No obstante, una parte esencial de su producción se desarrolla en París, ciudad donde consolida su madurez creativa y desde la que continúa construyendo una obra profundamente coherente. Esta doble pertenencia dificulta cualquier intento de situarla exclusivamente dentro de una tradición nacional o de una experiencia europea.

A mi juicio, precisamente ahí reside uno de los mayores intereses de su trayectoria. Maydée representa a una generación de artistas cuya identidad creadora se configura a partir del desplazamiento, de la convivencia entre distintas culturas y de la capacidad para mantener una continuidad estética a pesar del cambio de contexto. Su obra demuestra que la creación contemporánea no puede entenderse únicamente desde los límites geográficos, sino desde los itinerarios intelectuales y vitales que recorren los propios artistas.
El arte cubano fuera de la isla
Este aspecto adquiere una relevancia especial en el caso cubano. Buena parte de la producción artística vinculada al exilio o a la emigración ha permanecido durante años dispersa entre colecciones particulares, galerías, archivos familiares y espacios culturales situados fuera de la isla. Esa dispersión ha dificultado la elaboración de una visión verdaderamente integrada del arte cubano contemporáneo, donde las trayectorias desarrolladas dentro y fuera del país puedan analizarse como partes de un mismo proceso histórico.
No considero que Maydée González Gavilán deba entenderse como una excepción aislada. Su caso forma parte de una realidad mucho más amplia que afecta a numerosos creadores cubanos cuya obra ha evolucionado lejos de los principales centros institucionales de la historiografía nacional. Incorporar estas trayectorias no significa ampliar simplemente un catálogo de nombres. Implica reconocer que la cultura cubana contemporánea ha continuado desarrollándose a través de múltiples geografías y que esas experiencias forman parte inseparable de su patrimonio artístico.
Desde esta perspectiva, la aportación de Maydée trasciende el ámbito estrictamente individual. Su obra invita a revisar categorías historiográficas que hoy resultan insuficientes para comprender la complejidad de la creación contemporánea. Más que preguntarnos si pertenece al arte cubano o al arte francés, quizá debamos reconocer que ambas dimensiones conviven de manera natural en una trayectoria construida desde la continuidad de una misma mirada.
Esa continuidad constituye, en definitiva, el elemento que mejor define el lugar de Maydée González Gavilán dentro del panorama artístico contemporáneo. Su obra confirma que la identidad de un creador no depende exclusivamente del territorio donde trabaja, sino de la coherencia con la que desarrolla un lenguaje propio a lo largo del tiempo. En esa fidelidad a la creación, por encima de cualquier frontera, reside la verdadera dimensión de su legado artístico.
Una trayectoria definida por la coherencia
Cuando inicié este ensayo pensé que me encontraba ante la trayectoria de una artista cubana que había desarrollado buena parte de su carrera en París. A medida que avanzaba en la investigación comprendí que esa definición resultaba insuficiente. Reducía una experiencia mucho más compleja y dejaba fuera aquello que, a mi juicio, constituye la verdadera singularidad de Maydée González Gavilán: la extraordinaria coherencia con la que ha construido una obra fiel a sí misma, al margen de las circunstancias históricas, de los desplazamientos geográficos y de los cambios que inevitablemente acompañan el transcurso de una vida.
Mi propósito no es reivindicar ni sacarme de la manga una artista desconocida. Simplemente porque ambos presupuestos escriturales serían erráticos ante el espesor conceptual y plástico de su profusa obra. Ha sido otro. He intentado comprender cómo se forma una mirada, cómo esa mirada madura con el paso del tiempo y cómo logra conservar su identidad incluso cuando todo alrededor parece transformarse. En esa búsqueda he encontrado una lección que trasciende el caso particular de Maydée González Gavilán y alcanza una dimensión mucho más amplia sobre la naturaleza misma de la creación artística.
El dibujo frente a la saturación de imágenes
A lo largo del ensayo he regresado en varias ocasiones al dibujo. No ha sido una elección casual. Estoy convencida de que en la obra de Maydée la línea constituye mucho más que un recurso técnico. Es el lugar donde pensamiento, memoria y emoción encuentran un equilibrio difícil de alcanzar mediante otros lenguajes. Cada trazo revela una actitud frente al acto de crear basada en la contención, en la disciplina y en la confianza depositada en la capacidad expresiva de lo esencial. Vivimos rodeados de imágenes que buscan imponerse mediante el exceso. Frente a esa saturación visual, la obra de Maydée propone exactamente lo contrario: detener la mirada, eliminar el ruido y permitir que el silencio participe también de la construcción del significado.
Quizá por ello considero que su producción posee una vigencia que supera ampliamente las circunstancias en las que fue realizada. No pertenece únicamente al ámbito del arte cubano ni puede entenderse exclusivamente desde la experiencia del exilio. Su trabajo dialoga con cuestiones universales que afectan a cualquier creador: la memoria, la identidad, la búsqueda de un lenguaje propio y la necesidad de permanecer fiel a una forma de entender el mundo. Esa dimensión explica que sus dibujos continúen transmitiendo una intensa sensación de autenticidad incluso para quienes desconocen los detalles de su biografía.
La Habana y París como partes de una misma historia
Durante estas páginas he evitado interpretar el exilio como una fractura definitiva. Prefiero entenderlo como una transformación. París no borró la artista que había comenzado a formarse en La Habana. Tampoco sustituyó la educación visual recibida durante la infancia. Amplió ese horizonte y permitió que una sensibilidad ya consolidada encontrara nuevos espacios de desarrollo. La continuidad que percibo entre ambos momentos me parece mucho más reveladora que la ruptura. La verdadera historia de Maydée González Gavilán no consiste en abandonar un lugar para instalarse en otro. Consiste en mantener intacta una manera de mirar mientras el mundo que la rodea cambia de forma constante.
Repensar las fronteras del arte cubano
También he comprendido que la obra de Maydée invita a revisar algunas categorías con las que todavía acostumbramos a ordenar la historia del arte. Las fronteras nacionales, los relatos construidos desde un único territorio o las clasificaciones excesivamente rígidas resultan insuficientes para explicar trayectorias desarrolladas entre distintas culturas. Su producción demuestra que la creación artística no reconoce límites geográficos tan precisos como los que solemos imponer desde la historiografía. La identidad de un creador se construye mediante experiencias, aprendizajes y elecciones mucho más complejas que una simple adscripción territorial.
Al terminar este recorrido me queda, sobre todo, la sensación de haber conocido a una artista que ha hecho de la coherencia su mayor virtud. No encuentro en su trayectoria concesiones innecesarias, cambios dictados por las modas ni búsquedas destinadas a obtener un reconocimiento inmediato. Percibo, por el contrario, una investigación constante sobre las posibilidades del dibujo, desarrollada con paciencia, rigor y una admirable fidelidad a su propio lenguaje. Esa perseverancia constituye, probablemente, la característica que mejor define el conjunto de su obra.
La fidelidad como legado
Creo que toda investigación termina dejando abiertas nuevas preguntas. Este ensayo no pretende cerrar definitivamente el estudio de Maydée González Gavilán. Aspira, más bien, a situar su trabajo dentro del lugar que merece ocupar en la reflexión sobre el arte cubano contemporáneo y a estimular futuras investigaciones que profundicen en aspectos que todavía permanecen poco conocidos. Su trayectoria demuestra que aún existen artistas cuya obra continúa esperando una lectura detenida, libre de simplificaciones y de categorías heredadas.
Si después de concluir estas páginas tuviera que resumir en una sola idea todo cuanto he descubierto durante este proceso, elegiría una palabra que ha acompañado silenciosamente cada uno de los capítulos: fidelidad. Fidelidad a una educación visual recibida desde la infancia; fidelidad al dibujo como forma de pensamiento; fidelidad a una manera de crear que nunca necesitó renunciar a la sencillez para alcanzar profundidad; y, sobre todo, fidelidad a una mirada que ha sabido permanecer reconocible a través del tiempo y de la distancia. Esa mirada constituye, en definitiva, el verdadero legado artístico de Maydée González Gavilán y la razón por la que su obra merece ocupar un lugar propio dentro de la historia del arte contemporáneo.
Nota: La autora agradece a Ricardo Vega, realizador del video; a Zoé Valdés y Gustavo Valdés, responsables de su producción; y a Lunáticas Producciones, por autorizar la publicación del video en este texto y en un ensayo más amplio dedicado al estudio de la obra de Maydée González Gavilán.
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