Memoria e historia en Flora Basulto de Montoya. Primera parte
La trayectoria de Flora Basulto de Montoya revela el papel de las mujeres intelectuales cubanas en la cultura, la educación y la literatura del siglo XX.
La historia de la cultura cubana tiene zonas de silencio imperdonables. Un silencio condicionado por diversas causas entre las que sobresale la censura política impuesta por el régimen totalitario. Lo poco que se ha escrito acerca de esta historia ha tenido un profundo carácter excluyente. [1]
Otro aspecto que ha lastrado mucho esas exposiciones ha sido como, en general, se ha pasado por alto las características regionales que condicionan, no solo económicamente a la producción cultural. Tal parece, desde este punto de vista, que Cuba es un espacio histórico con un solo discurso cultural. Se ha obviado el discurso historiográfico desde el siglo XIX hasta hoy. Carlos Trelles en su Bibliografía cubana recopila las primeras historias de Santa María del Rosario, Matanzas, Puerto Príncipe, entre otras, que constituyen el embrión de la microhistoria insular que vendrá después a desembocar en Mudos testigos de Ramiro Guerra y en Juan Pérez de la Riva con su extraordinario ensayo “Cuba: una isla con dos historias” publicado por primera vez en 1967.
Pérez de la Riva afirma en ese ensayo medular cómo la historia de la isla hay que analizarla a partir de lo que él denominó la Cuba A y la Cuba B. Se refería a las características entre Oriente y Occidente. Pero además, esas diferencias se ponen al descubierto entre las diferentes regiones de esas dos historias. El año 1967 es cabal porque en 1968, un año después, Castro en su discurso “Cien años de lucha” dijo categóricamente y con supina ignorancia que la historia de Cuba era una sola. No se había molestado en leer a los historiadores cubanos.
Puerto Príncipe frente al relato único de la historia cubana
Una de las regiones que más ha incomodado a los regímenes políticos, a lo largo de su historia, ha sido Puerto Príncipe, hoy Camagüey. El Capitán General Leopoldo O’Donnell afirmó lo siguiente al referirse a esta región: “El distrito de Puerto Príncipe es el que merece mayor cuidado, pues es innegable que las ideas de independencia (...) es allí donde fermentan algunas cabezas y adonde en diferentes ocasiones ha habido intentos más o menos marcados de realizarlas (...) Sus naturales tienen, con bastante exactitud entre los demás de la Isla la reputación de osados y aptos para cualquier empresa”.[2] No obstante, fue el General José Gutiérrez de la Concha en sus Memorias sobre el estado político, gobierno y administración de la isla de Cuba quien, si bien con mucho encono, era quien mejor conocía esta parte de la isla:
Es Puerto Príncipe una de las ciudades más antiguas de Cuba (...) difiere bastante bajo todos los aspectos de las otras poblaciones de la isla, así por la condición de sus habitantes como por la industria de su territorio. Los elementos que por tanto tiempo constituyeron la mayor garantía del país, se hallan aquí muy debilitados. (...). Es, en fin, Puerto Príncipe, cabeza de territorio cuyos naturales muestran particular afición a ser distinguidos por el nombre indio de camagüeyanos, tomado de una hacienda en que se fundó la ciudad, como afectando cierto espíritu de singularidad en cuanto al resto de la isla, de la cual, es muy de notar, han salido siempre con mayor número que de otros distritos los jóvenes de las familias medianamente acomodadas para educarse en el extranjero y, sobre todo en la vecina República de los Estados Unidos. De Puerto Príncipe es el más sagaz acaso de los que en último país trabajan por arrancar a la corana S.M. la preciosa Antilla, Don Gaspar Betancourt Cisneros quien después de haber recibido en él una educación no común, y de haber vivido algunos años en Puerto Príncipe es el más sagaz difundiendo de palabra y por escrito sus perjudiciales doctrinas, fue a colocarse a la cabeza de los emigrados que formaron la Junta Cubana establecida en Nueva York, con el fin de promover la insurrección en la isla.[3]
La singularidad histórica de Puerto Príncipe
No es casual, entonces, que en la preparación de la gesta de 1895, Martí estuviera consciente del hecho de que, sin la incorporación de Camagüey no se podía ganar ninguna guerra. El historiador cubano Manuel Moreno Fraginals en su libro El ingenio afirmaba:
Puerto Príncipe, actual Camagüey, es una de las grandes incógnitas de la historia de Cuba. A principios del siglo XVIII hubo en sus inmensos llanos un desarrollo productor de apreciable volumen. Indudablemente la importancia económica de Puerto Príncipe fue muchísimo mayor de todo lo que nosotros sabemos hasta hoy. Hay toda una serie de datos sueltos que forman como piezas de un gran rompecabezas. El Espejo de paciencia, con sus siete poetas, revela una inquietud intelectual que solo es posible bajo una sólida base económica. Entre fines del XVII y durante todo el siglo XVIII se levantan edificaciones religiosas que solo pueden originarse en un pueblo que tiene una gran acumulación de capital. El convento de la Merced, terminado en 1748, es uno de los mayores de Cuba. Y cerca de esta gran construcción se alza la imponente Parroquial Mayor―superior en tamaño a la Catedral habanera―, las parroquias de la Soledad, Santa Ana y Santo Cristo, el asilo de San Juan de Dios, el Hospital de Mujeres, la iglesia del Carmen, el hospital de San Lázaro y el colegio de los Jesuítas. Para estas obras se hicieron donaciones y suscripciones de cantidades en efectivo muy respetables para la época. Hay un Agüero que entrega de una sola vez 23 000 pesos. Para el colegio de los Jesuítas se recaudan en un año 52 000. Además de todo esto, encontramos que hay trabajo para tres escribanías y durante el siglo XVIII se abren dos más. En 1774 el censo de La Torre sitúa a Puerto Príncipe como la segunda ciudad de Cuba, con más de 30 000 habitantes, lo cual la cataloga también entre las primeras de América.[4]
Comercio, cultura y vida cotidiana en Puerto Príncipe
Puerto Príncipe tuvo a lo largo de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX un sólido comercio de cabotaje situado en dos puertos, uno al norte y otro al sur[5] de la actual provincia de Camagüey. Este hecho favoreció la presencia de una población relacionada directamente con la marinería, reparación de buques, así como, la relación con otras partes del mundo. Lo que le permitía no solo la comunicación con otros puertos de la isla, sino también con Europa, a través de Burdeos y luego con Estados Unidos. Esa es la razón del por qué en el Puerto Príncipe del siglo XIX hubo una imprenta que publicaba las obras, entre otros, de Víctor Hugo en francés.

Y por último, que hubiera un sorprendente capital cultural que se evidencia, entre otras cosas, en la existencia de importantes bibliotecas en los hogares de sus habitantes. Un ejemplo, entre otros muchos, es el de Gertrudis Gómez de Avellaneda quien relató en sus memorias cuáles habían sido sus lecturas de infancia y adolescencia en la biblioteca de su familia. La historiografía cubana no ha abordado este tema. Quizás explicaría el por qué personalidades como la Avellaneda o Aurelia Castillo de González nunca recibieron una enseñanza institucional. No era como absurdamente se ha afirmado y hasta publicado que Aurelia Castillo era tan pobre que no tenía recursos para que le pagaran su instrucción.
Las mujeres y la cultura cotidiana de Puerto Príncipe
La historiadora Amparo Fernández y Galera se detiene en un tema que pocas veces ha sido estudiado en la isla con la excepción de Ana María Borrero, Anita Arroyo y María Elena Molinet. Me refiero a la moda como un importante componente del sistema de la cultura. Desde muy temprano las mujeres principeñas manifestaron interés por todo aquello que tuviera que ver no solo con el vestir y calzar, sino también por todo el universo que la moda abarca. Había, pues, una importante infraestructura que abarcaba desde costureras, especialistas en diferentes tipos bordados y otros oficios que se pasaban de generación en generación. Por eso resulta de tanto interés este dato aportado por Fernández y Galera:
El 19 de julio de 1588 el escribano principeño Diego Villavicente se presentaba en La Habana ante su colega Martín Calvo de la Puerta, con el fin de otorgar una de obligación a favor de otro miembro del ramo, el escribano público Francisco del Poyo y Vallejo, vecino de la Habana, por 70 cueros vacunos: al pelo, terciados, dos tercios de toros de siete de toros de siete tercios para arriba y uno de vacas, de siete tercios para arriba, enjutos, salados y bien acondicionados, de dar y recibir, puestos y cargados en puerto de Jiguey de la dicha villa del Puerto del Príncipe (...) y esto por razón de un vestido de raso pardo con pasamanos de oro que la compra de los dichos cueros me ha dado y entregado.[6]
Una historia cultural también escrita por las mujeres
No es posible abarcar todos los aspectos que marcaron el devenir de una región como Puerto Príncipe. Existen diferentes criterios sobre este concepto, en lo personal comparto con Luis Álvarez en otros textos, nuestra preferencia por el del historiador Hernán Venegas porque:
Desde su punto de vista, la región se caracteriza ante todo por su dinámica, donde la evolución histórica, económica y cultural marcan una serie de transformaciones. (...). El punto de vista de este historiador es fundamental para poder enfrentar una región como Puerto Príncipe, la cual, a lo largo de tres siglos de vida colonial presentó límites político-administrativos (y, por ende, también caracteres geográficos) sumamente cambiantes. Lo esencial de una región en cuanto tal, desde luego, es el conjunto de características económicas que, a lo largo del tiempo, van sustentando la vida cultural, y entre las cuales se destaca la conformación de un mercado interno o elementos de este.[7]
Tales aspectos no pueden ser ignorados cuando se pretende analizar problemas históricos y culturales. No es posible hablar de una historia total y olvidar los elementos sistémicos que la condicionan. La historia de la cultura es un tejido complejo elaborado no solo por los grandes discursos y eventos, sino también por aquellos actores sociales sin nombres o por los silenciados por las políticas excluyentes.
Recuperar la memoria de Flora Basulto de Montoya
Flora Basulto de Montoya (Camagüey, 1889-Miami, 1962) forma parte de esas premeditadas exclusiones generadas por la mediocracia y la incultura.
Flora Basulto de Montoya tuvo una amplia labor cultural. Fue periodista y no sólo para diarios nacionales, sino también para importantes revistas del continente como Repertorio Americano, una de las publicaciones culturales más sólidas del siglo pasado. Dirigida por el costarricense Joaquín García Monge. Allí aparecieron textos de Mirta Aguirre, Delmira Agustini, Claribel Alegría, Emilia Bernal, Dulce María y Mercedes Borrero, Carmen de Burgos, Carmen Conde, Rosalía de Castro, Flora Díaz Parrado, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Aleksandra Kolontái, Selma Lagerlöf, Dulce María Loynaz, Sarah Méndez Capote, Anisia Miranda, Serafina Núñez, Victoria Ocampo, Enma Pérez y Teresa de la Parra entre otras.
Flora Basulto de Montoya tuvo una amplia labor cultural. Fue periodista y no sólo para diarios nacionales, sino también para importantes revistas del continente como Repertorio Americano.
Como puede observarse, en la revista también están presentes otras camagüeyanas como Emilia Bernal, Flora Díaz Parrado y las hermanas Borrero: Mercedes y Dulce María. Este es un dato importante porque estos nombres se insertan hoy en lo que pudiera denominarse el discurso femenino en la cultura principeña. Por otra parte, coloca a Basulto de Montoya en una red mayor de escritoras y periodistas que trascienden el marco regional y continental. Es importante señalar que esta revista no fue solo de mujeres. En ella colaboraron también figuras como Fernando Ortiz, Enrique José Varona, Miguel de Unamuno, Jorge Luis Borges, Rómulo Betancourt y Rómulo Gallegos, entre otros.
Flora Basulto de Montoya y los silencios de la historia
La revista puede catalogarse como un espacio que dio a conocer una importante red de intelectuales que desborda los marcos del continente y el Caribe. En Repertorio Americano, Basulto de Montoya publicó en varias ocasiones desde 1949 hasta 1952.
En el número 13 del año 1952 de Repertorio Americano escribió la autora de Tierra Prócer directamente al director de la revista Joaquín García Monge[8] su “Carta abierta”. Se dirige al mismo como “Director y Alma de Repertorio Americano”. La autora hace una serie de comentarios acerca de la revista y las publicaciones que en ella aparecen. Aquí se hace evidente que no sólo publicaba sus textos, sino que era una lectora aguzada de esta revista cultural. Así afirma:
Cada vez que me llega un número de Repertorio Americano, siento ardiente impulso de expresar a Ud. la gratitud que siento al leer tan valiosos trabajos. Ya se lo he dicho ─y usted lo sabe, por eso lo hace─ que usted mantiene el abrazo espiritual y fraternal de América. Yo, que soy americanista, me siento dichosa cuando leo algo, siempre interesante, de mis compañeros literarios de todo el continente, porque sus escritos no solo encierran un fondo moral y progresista, sino que son educativos. En el número 20 de 1950 me interesaron como tales: El león de Taracapá por Fernando Alegría, escrito en la capital de El Salvador: nos presenta a un hombre valiente y progresista que en sus primeros tiempos tiene por lema: “El odio nada engendra, solo el amor es fecundo”. (La cursiva es mío como lo será cada vez que aparezca en este ensayo. O. G.).[9]

Su profundo sentimiento americanista es reafirmado en esta misiva. También el conocimiento filosófico al comentar el fragmento de la Psicopatología de Nietzsche publicado en ese número por el ecuatoriano Agustín Cueva “para que los jóvenes de nuestra América conozcan en pocas palabras que no deben seguir las teorías de Nietzsche, ni tengan como mentor a un enajenado”[10]. Realizó en esta carta-reseña de un análisis muy interesante al develar cómo se conectaban en disímiles textos las ideas acerca de la pedagogía, la historia y la cultura no sólo del continente americano con sus vínculos con Europa.
La vocación pedagógica de Flora Basulto de Montoya
Flora Basulto de Montoya se destacó a su vez por su vocación como pedagoga. Estuvo vinculada desde esta óptica con las redes pedagógicas, de las que poco se ha hablado en la historiografía insular. Hay testimonios que la ubican en relación con Italia, por ejemplo. Realizó importantes estudios sobre la lengua española que llevaron a la conformación del texto Conciencia ortográfica en tres tomos especialmente escritos para la enseñanza de la lengua en el segundo grado de los estudios primarios[11].
Flora Basulto de Montoya se destacó a su vez por su vocación como pedagoga.
Se publicó en el mismo Camagüey por la editorial Rodríguez. Fue utilizado en las escuelas primarias de Camagüey y del resto de la isla. Se afirma que en sus páginas la autora desarrolló su propio método de la enseñanza de la ortografía: el auto-viso-motriz. En las páginas de Repertorio Americano, el 15 de octubre de 1951 se publicó la siguiente reseña “Noticias de libros”:
Maestro de escuela, preocupado, progresista, fíjese en este libro. Conciencia ortográfica por Flora Basulto de Montoya. Libro-Cuaderno de Lenguaje y Ortografía. Para el 2do grado. Adaptado a los nuevos cursos de estudios. Editorial Rodríguez, Maceo no. 7, Camagüey, Cuba. La muy estimada autora declara: “Queremos que nuestro libro venga a llenar la gran necesidad que existe de “adquirir conciencia ortográfica” desde los primeros grados”. “Queremos poner al servicio de maestros y alumnos nuestra experiencia de muchos años en el magisterio”. “No ofrecemos reglas ortográficas, aprendizaje monótono e inadaptable a los intereses del niño”. “El método auto-viso-motriz es el más eficiente para la adquisición de conciencia ortográfica empíricamente”. “Resaltar en el encerado con tiza de color la letra motivo de la dificultad ortográfica”.Ahora no se atenga al encerado: busque la maestra o madre y póngalo en manos de sus alumnos o hijito este libro: Conciencia ortográfica de Flora Basulto de Montoya. [12]
De la pedagogía a la literatura infantil
Tiempo después dio a conocer su libro Historia de la educación en Camagüey con el que alcanzó el Premio Provincial de Historia. Su trabajo no quedó ceñido a la pedagogía porque incursionó en otra área fundamental como la literatura infantil. Esa vocación pedagógica la llevó a escribir en los años cincuenta La maestra rural, una novela hoy prácticamente desconocida.
Su trabajo no quedó ceñido a la pedagogía porque incursionó en otra área fundamental como la literatura infantil.
La literatura, hay un término hoy para calificarla, que va dirigida a niños y jóvenes no apareció como generación espontánea a partir de 1959. ¿Qué fue entonces del libro de Esteban Borrero titulado Lecturas de Pascua? Hubo otros autores que no es posible mencionar por razones de espacio, pero sí al menos recordar. La primera publicación dirigida a los niños se tituló La Infancia, apareció en 1853 y circuló por buena parte de la isla. Por tanto, no fue La Edad de Oro, se puede afirmar que hay secciones en que Martí repitió en su propia revista.

Otros fueron los hermanos Sellén, anteriores a Martí, Eusebio Guiteras, Cirilo Villaverde, Dulce María Borrero, Mariano Brull, Emilio Ballagas, Enma Pérez (la esposa del importante narrador Carlos Montenegro), Hilda Perera y Herminio Almendros entre otros. Hubo hasta un teatro escrito y, en ocasiones, representado para niños. Flora Basulto se inserta por derecho propio entre estos autores.
Una tradición de literatura infantil anterior a 1959
No obstante, para Susana Montero, investigadora del Instituto de Literatura y Lingüística de Cuba, la nombra apenas, al afirmar en uno de sus ensayos:
De un total de sesenta narradoras registradas durante la etapa, algunas totalmente desconocidas hoy, por pleno derecho al olvido, podemos señalar un grupo representativo de la mejor narrativa de entonces, que publican sus obras fundamentalmente entre 1930 y 1955, lo cual viene a coincidir─ como habíamos señalado─ con los años de mayor incorporación de las mujeres a la vida social de la nación. En la tercera década encontramos apenas once obras narrativas de seis escritoras que hayan alcanzado (merecido o no) algún relieve literario: El romance heroico del soldado desconocido (1924) de María Lafita Navarro, Como se va el amor y Aventuras de Buchón (ambas de 1926) de Carmela Nieto Herrera, Gemas orientales (1928) de Pura Rodríguez Castells, Aventuras de Rafo y Raúl (1929) de Flora Basulto de Montoya, Evocaciones (1922), El triunfo de la débil presa (1926) y La vida manda (1929) de Ofelia Rodríguez Acosta, y La gozadora del dolor (1922), El relicario (1923) y Una mujer que sabe mirar (1927) de Graciela Garbalosa. De todas, únicamente las obras de Ofelia Rodríguez Acosta ameritan un estudio crítico mayor como ejemplo de la narrativa femenina epocal.[13]
Pero en su acápite de “Otras líneas narrativas” incluye a Flora Basulto, quien ya en 1954 había publicado Una niña bajo tres banderas. Memorias, pero Montero solo se detiene en las Aventuras de Raflo y Raúl alrededor del mundo para decir que es “una sucesión de episodios que sirven a su autora para cultivar en los niños el interés por la geografía regional y profundizar sus conocimientos sobre la historia y la fauna de diferentes países”.[14]
Teatro, feminismo y redes de intelectuales cubanas
Flora Basulto incursionó también en el teatro. Recibió el Premio Nacional de Teatro en el Concurso de Bellas Artes cuando se celebró la Segunda Fiesta Intelectual de la Mujer que se celebrada en Camagüey. Era esta provincia una plaza importante del feminismo cubano. La participación de Basulto y el premio otorgado, así como, sus vínculos con otras mujeres artistas e intelectuales de la isla como las hermanas Dulce María y Ana María Borrero, Carolina Poncet, Isabel Esperanza Betancourt entre otras, da la medida de que existía una red de intelectuales cubanas que no ha sido lo suficientemente estudiada.
Además, de los vínculos de Basulto con la red de intelectuales hispano-americanas, como ya comenté anteriormente. Estas fiestas se llevaron a cabo en 1935, 1938-1939, aquí es donde participa Flora y obtiene el premio de teatro con su obra, La doble esposa. Esta no fue la única obra teatral que escribió porque hay referencias de que llegó a escribir una comedia musical. No he podido entrar en contacto con estas otras obras. Tampoco tengo la constatación de que hayan sido estrenadas. Es posible que haya tenido vínculos con la revista Horizontes. Esa revista se fundó en Morón, que pertenecía a la antigua provincia de Camagüey durante tres años y luego pasó a Sancti Spíritus en 1935-1939.[15] No obstante, no se ha podido corroborar si Flora Basulto publicó o no en ella.
Una obra dispersa y una memoria por recuperar
Como narradora escribió una serie de cuentos y novelas cortas como Gato con guantes y El lunar o la hija del milagro, entre otros textos que hoy se hace muy difícil localizar en las bibliotecas de la isla. El silencio sobre Flora Basulto de Montoya resulta inexplicable y fruto de la ignorancia acerca de las historias regionales. Ella aparece en el famoso diccionario ¿Quién es quién en el mundo? de 1946. Fue miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Americanos. Pero no está incluida en el Diccionario de Literatura Cubana publicado en 1988. Pero es algo que no puede extrañar.
Como narradora escribió una serie de cuentos y novelas cortas como Gato con guantes y El lunar o la hija del milagro,entre otros textos que hoy se hace muy difícil localizar en las bibliotecas de la isla.
Flora Basulto de Montoya, en la mejor tradición regional, también sintió un profundo interés por la historia, las leyendas y costumbres principeñas. Dejó dos obras cabales: Una niña bajo tres banderas. Memorias, Tierra prócer y una biografía de su coterráneo Carlos J. Finlay. Acerca de esa necesidad de mantener viva la historia y la memoria de su Camagüey me referiré después.
Notas
[1] Solo mencionar las omisiones deliberadas en el Diccionario de Literatura Cubana, así como el esquematismo valorativo de los dos tomos de la Historia de la Literatura Cubana publicados por el Instituto de Literatura y Lingüística.
[2] Archivo Histórico Nacional, Madrid, Ultramar, España, 463.2.
[3] José Gutiérrez de la Concha. Memorias sobre la Isla de Cuba. Madrid, s.e., 1850, pp. 202-203.
[4] Manuel Moreno Fraginals: El ingenio. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. I, p. 85.
[5] Cfr., Amparo Fernández y Galera: Cultura y costumbres en Puerto Príncipe en los siglos XVI y XVII. Editorial Ácana, Camagüey, 2005, pp. 37-43.
[6] Citado por Amparo Fernández y Galera de: María Teresa de Rojas: Índice y extractos del Archivo de Protocolo de La Habana. Ediciones C.R., La Habana, 1947, t. 3, p. 157.
[7] Luis Álvarez y Gustavo Sed: El Camagüey en Martí. Ed. Ácana, Camagüey, 2021, p. 26.
[8] Joaquín García Monges (1881-1958) fue un importante escritor costarricense que a su vez ejerció la pedagogía y la edición de textos. Fundó Repertorio Americano en 1919 y ha tenido continuidad hasta hoy. Las directrices de esta publicación estuvieron siempre bien definidas, a saber, hispanoamericana, americanista y defensora cabal de la educación y la cultura. Llegó a ser una suerte de foro intelectual.
[9] Flora Basulto de Montoya: “Carta abierta”, en: Repertorio Americano. Cuadernos de Cultura Hispana. San José, Costa Rica, martes 15 de enero, 1952, año XXXII, pp. 210-220.
[10] Ibídem., p. 219.
[11] Flora fue maestra durante muchos años. Su experiencia en la enseñanza primaria fue el motor que la impulsó a escribir estos textos sobre la enseñanza del lenguaje. Lo que dice mucho de su labor pedagógica. Porque, en efecto, como decía Enrique José Varona, no es posible concebir a un maestro ajeno al estudio y a la investigación.
[12] Reseña publicada el lunes 15 de octubre de 1951 en: Repertorio Americano. San José, Costa Rica, Año XXXII, No. 1131, p. 16.
[13] Susana Montero: “La narrativa femenina cubana (1923-1958)”, en: Cuadernos Hispanoamericanos. Instituto de Cooperación Iberoamericana, España, no. 544, octubre de 1995, p. 21.
[14] Ibíd., p. 38.
[15] La investigadora Lizet ha señalado que: “La revista Horizontes se declara defensora de los derechos de las mujeres y dedica sus espacios a resaltar la labor y triunfos alcanzados por las féminas, en un período donde el movimiento feminista cubano ha alcanzado los principales derechos y su objetivo ahora es consolidar lo alcanzado, manteniendo a las féminas como actor activo de la sociedad, para evitar de nuevo su reclusión en el hogar”. Texto tomado del ensayo “El movimiento feminista cubano desde las páginas de la revista literaria Horizontes de Sancti Spíritus (1935-1939)” en: Revista caribeña de Ciencias Sociales. s.p.
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