Entrevista a Daína Chaviano. Literatura, memoria y reconstrucción de Cuba
La escritora cubana habla de los límites entre historia y ficción, de su investigación sobre el pasado de la Isla y de la espiritualidad que atraviesa la serie "La Habana Oculta".
Conversar con Daína Chaviano fue para mí uno de esos placeres que no se agotan al terminar una entrevista. Durante el diálogo tuve la sensación de regresar a una zona decisiva de mi propia formación como lectora y, al mismo tiempo, de entrar en un territorio que apenas comienza a mostrarme todas sus posibilidades críticas. No me acercaba a una autora descubierta para la ocasión ni a una obra elegida solo por su pertinencia académica. Llegaba a esta conversación acompañada por una memoria de lectura muy anterior, ligada a mi juventud y al disfrute con que leí sus libros de ciencia ficción. Esa relación temprana hizo que el encuentro tuviera para mí una densidad particular: en la escritora con quien hablaba reconocía también a la autora que había ensanchado, muchos años antes, mi idea de lo que podía ser la literatura cubana.
Mi conocimiento de la obra de Daína Chaviano comenzó, por tanto, desde el asombro. Sus ficciones me ofrecieron en aquellos años una libertad imaginativa que yo agradecía sin necesidad de convertirla todavía en argumento crítico. Leía por el puro placer de atravesar mundos, aceptar otras leyes de lo real y descubrir que lo fantástico y lo especulativo podían hablar de nosotros con una intensidad que el realismo más obediente no siempre alcanzaba. Había en esos libros una invitación a desconfiar de los límites impuestos a la experiencia. Lo visible no era la medida completa del mundo, y la imaginación no funcionaba como evasión, sino como una manera de interrogar lo que la realidad inmediata dejaba fuera. Aquel disfrute juvenil permaneció conmigo, aunque entonces no pudiera prever el camino que acabaría abriendo.
Cuando el placer de la lectura se convirtió en una pregunta crítica
Con los años, la lectora se convirtió también en investigadora, pero no quise que la disciplina del análisis borrara la emoción de aquella primera cercanía. Al volver sobre la escritura de Daína Chaviano encontré una continuidad profunda entre la potencia imaginativa de sus obras de ciencia ficción y el proyecto narrativo de La Habana Oculta. Cambian las épocas, las escalas históricas y los modos de organizar la trama; permanece, sin embargo, la voluntad de atravesar la superficie de lo real. La ciudad, los cuerpos, la memoria y la historia nacional aparecen rodeados por presencias, mitologías, creencias y voces que impiden reducir Cuba a una cronología política o a una imagen exterior. Mi antiguo placer de lectura comenzó entonces a formularse como pregunta intelectual.
Una obra convertida en pregunta crítica
De esa pregunta nació esta entrevista. Quise comprender cómo trabaja una escritora que ha hecho de la investigación una parte sustantiva de su creación sin permitir que el documento asfixie a la novela. Me interesaba conocer el modo en que la historia consultada, la memoria personal, la imaginación y la experiencia espiritual entran en la escritura y se transforman en personajes, conflictos y formas de conciencia. También quería escuchar cómo piensa ella misma la relación entre las cinco novelas que componen hasta hoy la serie, qué lugar concede a La Habana como ciudad real y simbólica, y de qué manera el exilio alteró su mirada sin cancelar su pertenencia. No buscaba confirmar una lectura ya cerrada, sino abrir un campo de estudio a partir de la voz de quien construyó ese universo.
El placer de conversar con Daína provino, en buena medida, de la lucidez y la generosidad con que volvió sobre su propio proceso de escritura. Sus respuestas no simplifican la obra ni la convierten en una sucesión de explicaciones autorales. Por el contrario, permiten ver cuánto trabajo, cuánta búsqueda y cuántas decisiones se encuentran detrás de aquello que en la novela llega al lector como una realidad viva. Mientras la escuchaba, comprendí con mayor claridad que La Habana Oculta no había sido concebida mediante una tesis impuesta desde el principio. El conjunto fue reconociéndose a sí mismo, dejando que personajes, presencias y memorias pasaran de un libro a otro hasta revelar una arquitectura más extensa.
Literatura, memoria y una posible refundación de Cuba
La Habana Oculta permite seguir la nación a través de tiempos que desbordan el presente y corrigen la falsa idea de un origen único. En sus páginas se encuentran la memoria indígena, las migraciones, las genealogías africanas, españolas y chinas, las religiones, las costumbres, la vida republicana, la experiencia revolucionaria y las fracturas producidas por el exilio. Lo espiritual y lo oculto no adornan esa historia ni la apartan del rigor; forman parte del acervo con que los cubanos han comprendido el mundo, soportado sus pérdidas y conservado una continuidad frente a las sucesivas violencias. Leer esas dimensiones como conocimiento, y no como simple superstición o recurso fantástico, modifica la imagen misma de la nación.
Por eso esta conversación tendrá como resultado un estudio más amplio. Mi hipótesis es que la serie puede leerse en claves de reconstrucción y de refundación nacional. No hablo de una refundación abstracta ni de la sustitución automática de un poder por otro. Me interesa la posibilidad de imaginar una Cuba posdictatorial capaz de revisar los relatos que la dictadura convirtió en dogma, devolver a la historia las voces expulsadas y reconocer como parte de la nación a quienes viven fuera de su territorio. Antes de reconstruir instituciones será preciso reconstruir la memoria, admitir sus conflictos y aceptar que la cultura cubana no cabe en una identidad homogénea ni en una sola versión del pasado.
Memoria, identidad y nación en La Habana Oculta
En esa futura lectura, la novela será algo más que el objeto que ilustra una época. Será el espacio donde una nación dispersa puede volver a relacionar sus fragmentos y ensayar otras formas de pertenencia. El exilio no aparecerá como un apéndice, sino como una experiencia fundamental para pensar la psicología de la Cuba que deberá rehacerse; la espiritualidad no quedará relegada al folclor, sino incorporada al conocimiento de los procesos nacionales; y la ficción no será el reverso de la historia, sino el procedimiento que permite devolver a los datos su espesor humano. La obra de Daína Chaviano ofrece un territorio privilegiado para plantear estas cuestiones porque reúne investigación, memoria e imaginación sin someter una dimensión a las otras.
Los orígenes
¿En qué momento comprendió que las cinco novelas pertenecían realmente a un mismo universo?
Al inicio había planeado una trilogía. Pero cuando estaba escribiendo La isla de los amores infinitos, las protagonistas de las tres novelas anteriores (Melisa, Gaia y Claudia) literalmente se “colaron” en ella. Aunque en esta cuarta entrega de la serie desempeñan personajes secundarios, cada una aporta su propio mundo esotérico para explicar o enriquecer cuanto sucede en torno a la protagonista, Cecilia.

Más tarde, cuando decidí explorar el universo taíno en una Cuba que ya se acercaba al final de su prehistoria, mientras desarrollaba los personajes, comprendí —en algún momento de iluminación— que allí estaba la historia del indio mudo que me había perseguido durante las dos novelas anteriores, encarnada en el hermano del protagonista indígena.
Fue así como la trilogía original —que desde el principio llamé “La Habana oculta”— terminó convirtiéndose en una serie novelística. Prefiero emplear ahora esa denominación, en lugar de “pentalogía”, porque no sé si en algún momento escribiré otra novela que también forme parte de ese universo.
En mis novelas, La Habana no es solo una ciudad, sino también un símbolo y una síntesis de toda la isla.
Quiero aclarar que esta serie no se circunscribe al espacio espiritual de la capital. En mis novelas, La Habana no es solo una ciudad, sino también un símbolo y una síntesis de toda la isla. Explorar su evolución me ha permitido comprender mejor la historia de la nación cubana.
La ciudad y sus presencias fantasmales
¿Nació primero la ciudad o los personajes?
Primero fue la ciudad. Nunca he podido despojarme de mi condición de habanera. Existe en La Habana una especie de energía —de pálpito espiritual, si se quiere— que nunca encontré reflejada en ninguna novela. Hay muchas que describen el paisaje urbano o que desarrollan conflictos sociales, acontecimientos políticos y personajes históricos, pero ninguna que indague en su espiritualidad. No me refiero a mencionar o describir toques de santo, bautismos y ese tipo de ceremonias, sino a explorar la influencia de las distintas tradiciones espirituales en la naturaleza del cubano y en la historia del país. Los grandes o pequeños dramas personales, que a su vez han determinado el rumbo de la historia, también han dependido muchas veces de valores y formas de entender el mundo nacidos de convicciones religiosas o espirituales.
De ahí que decidiera examinar a fondo los credos que llevaron a la isla las sucesivas oleadas humanas procedentes de muchas partes del mundo: Allan Kardec y su doctrina espiritista, los orishas, la idea de la reencarnación, la mediumnidad, la persistencia en nuestra población de supersticiones, leyendas y ceremonias de sanación heredadas de los aborígenes taínos, el culto chino a los antepasados y su ética de trabajo, así como ciertas creencias paganas europeas que terminaron mezclándose con otras africanas y aborígenes. Durante todos los años que viví en Cuba conocí creyentes, practicantes o estudiosos de todas esas tradiciones.
Cuba y sus presencias fantasmales
Nunca las he presentado, sin embargo, como algo ajeno a la vida cotidiana de los grupos humanos que las llevaron al Caribe, sino como una dimensión real e inseparable de su existencia. Pensé que integrar todo ese universo espiritual en cada trama ofrecería una mirada diferente, quizá más amplia y profunda, que otra centrada únicamente en el acostumbrado cascarón externo —manipulado hasta el cansancio— del paraíso tropical poblado de miserias y mulatas.
Cuba —La Habana— es mucho más que eso. Creo que su fascinación no nace únicamente de su paisaje geográfico o humano, sino también de esas presencias fantasmales forjadas a lo largo de siglos de una historia mucho más compleja: una historia que todavía debemos seguir descubriendo, no solo para el resto del mundo, sino también para nosotros mismos, sus habitantes y herederos.
Escribir La Habana desde el exilio
¿Qué significó para usted regresar literariamente a La Habana desde el exilio?
Me fui de la isla en 1991. Regresé dos veces para visitar a mi padre enfermo. Fueron visitas llenas de felicidad y tristeza. Mi madre había muerto y yo no había estado allí para despedirla. Volver a mi casa, conocer a familiares que habían nacido después de mi partida, recorrer lugares tan familiares como el Vedado o La Habana Vieja sin poder encontrar a los amigos que solían estar allí, palpar el deterioro de sus calles, de barrios enteros, de sus parques, de rincones emblemáticos, me provocó sentimientos contradictorios ante una Habana que era y no era la que había conocido.
Además, para entonces ya había escrito cuatro novelas en las que había ahondado en el estudio de algunos elementos históricos de mi ciudad que yo desconocía mientras vivía allí. De modo que no solo la vi físicamente distinta, debido a la depauperación arquitectónica y social, sino también porque ahora se trataba de una ciudad cuya historia conocía mucho mejor y que, por ello, me resultaba mucho más rica y hermosa, aunque su fisonomía hubiera cambiado para peor. Fue una experiencia que me dejó sentimientos profundamente contradictorios.
Mantener vivos los recuerdos
¿Escribe para recordar o para reconstruir?
Para ambas cosas. Empecé escribiendo para no olvidar lo que había sido mi vida en ese sitio. Quizás tenía el presentimiento de que ya no volvería a ver la ciudad de mi infancia y juventud. La serie nació como un intento de mantener vivos mis recuerdos; luego, poco a poco, fui tratando de reconstruirla, no solo a partir de mis recuerdos, sino también imaginando su futuro, como ocurre en Los hijos de la Diosa Huracán.
Empecé escribiendo para no olvidar lo que había sido mi vida en ese sitio.
En el caso de las reconstrucciones históricas, ese trabajo se inició con la tercera novela, y ha continuado en las siguientes de un modo u otro.

La Habana como personaje
Muchos lectores consideran que el verdadero protagonista del ciclo no es ningún personaje sino La Habana. ¿Comparte esa lectura?
Sin duda. No creo que esas novelas pudieran haber existido, ni siquiera de manera aproximada, en otra ciudad que no fuera La Habana.
¿Existe una Habana visible y otra oculta?
Existe, claro, del mismo modo que existe una Cuba visible y otra oculta en muchos aspectos.
La ciudad y sus barrios
¿Qué lugares de la ciudad poseen para usted una energía especial?
Si me preguntas por lugares específicos de La Habana, son muchos. De los que recuerdo cuando vivía allá, están el Malecón, el Centro Cultural Padre Félix Varela y su maravilloso patio central, la ceiba que crece en medio de una calle del Vedado, la Plaza de Armas, la gruta de la Virgen de Lourdes en la Iglesia de Jesús de Miramar, la entrada del edificio donde está la Gran Logia de Cuba —nunca entré, pero se sentía algo diferente cuando pasabas frente a ella—, el Jardín Japonés del Restaurante 1830, la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús (Iglesia de Reina), el antiguo Monte Barreto (creo que hoy es un parque), ciertas calles de la Víbora, el Bosque de La Habana, la furnia del Vedado, a la que yo llamaba “el precipicio”, porque había que atravesarla por un pasillo colgante que me daba pavor…
¿Qué barrios aparecen constantemente en su memoria?
Si te refieres a la ciudad: El Vedado, La Habana Vieja, varias playas y parques... Si hablas de otras partes de la isla, los más persistentes son mi casa en el municipio Playa, la antigua finca de mis abuelos en Morón y la casita de madera de mi abuela materna en Lawton.
¿Cuánto hay de ciudad real y cuánto de ciudad imaginada?
Hay mucho más de ciudad real que imaginada, excepto en Los hijos de la Diosa Huracán, donde imagino una Habana futura, más cercana a la utopía y la esperanza que a las distopías que predominan en las novelas cubanas contemporáneas.
¿Podría existir este ciclo en otra ciudad del mundo?
No lo creo. Las características sociales de la isla, junto con su convulsa historia reciente, no se repiten en ninguna otra región del planeta.
Historia y memoria
¿Qué importancia concede a la investigación histórica antes de comenzar una novela?
Cuando se trata de una novela histórica, necesito estar completamente familiarizada con la época para tener una idea clara del ambiente y las condiciones de vida de los personajes. Esto implica conocer, no solo el marco socioeconómico, sino los detalles más mínimos: la ropa y los peinados que se usaban entonces, con sus diferencias entre hombres, mujeres y niños —muchos ni siquiera saben que existieron reglas sobre el color, el tipo o la cantidad de tela permitida, según la clase social—, la alimentación, los utensilios domésticos, los distintos oficios, las normas sociales, los medios de transporte y mucho más.

Guardo una cantidad enorme de carpetas y archivos digitales con todo ese material. De todo lo recopilado, suelo usar solo una parte. El resto es información que necesito tener como trasfondo de la época.
El detector hemingwayano
Ahora bien, un escritor no puede enamorarse del resultado de largas horas de investigación. El famoso detector hemingwayano debe mantenerse bien sintonizado para detectar lo que no le sirve y desecharlo. He leído libros en los que sus autores han intentado incorporar todo lo recopilado, aunque la trama no lo exija.
Hace algún tiempo leí la obra de un autor europeo ambientada en la Prehistoria. Aunque el entorno era fascinante, el escritor perdió ese filtro al describir las técnicas que usaban los cavernícolas para fabricar sus instrumentos, hasta el punto de dedicar varias páginas a detallar esa tecnología. Habría resultado interesante si la descripción se hubiera limitado a unos pocos párrafos, pero aquellas explicaciones terminaron por hacerse muy tediosas y, lo peor, detenían el ritmo de la narración. Y te lo dice alguien que disfruta de novelas o series con cientos, e incluso miles de páginas, siempre que estén justificadas. Ese es un peligro que siempre debe evitarse.
El equilibrio entre documentación e imaginación
¿Cómo equilibra la documentación con la imaginación?
Utilizo mi instinto. Una vez que conozco la época, es más fácil desarrollar y encaminar la trama. Muchas veces, ese conocimiento me obliga a alterar lo que tenía previsto e incluso modificar el comportamiento de los personajes.
La escritura fluye entonces como una especie de esquizofrenia, donde mi personalidad como autor parece escindirse entre dos zonas opuestas de la conciencia creativa.
Mientras escribo, salto constantemente entre el racionalismo y la lógica —que exigen respetar los datos de la investigación— y la intuición —el flujo del subconsciente que mantiene libre la imaginación—. La escritura fluye entonces como una especie de esquizofrenia, donde mi personalidad como autor parece escindirse entre dos zonas opuestas de la conciencia creativa.
¿Dónde termina la Historia y comienza la ficción?
En los mismos límites de la respuesta a: ¿Dónde termina la realidad y comienza la ficción? Cada caso, cada historia, es diferente.
¿Qué responsabilidad siente un novelista cuando utiliza acontecimientos históricos?
Supongo que eso depende de cada escritor. Para mí son fundamentales el respeto a los acontecimientos históricos y la precisión en los detalles propios de la época.
La misma definición de “novela histórica” incluye dos elementos: ficción e historia. Es posible imaginar o recrear las vidas de personajes reales o ficticios, pero la fidelidad a la época es imprescindible. De lo contrario, no sería honesto definir esa obra como novela histórica.
Y si una obra se clasifica con esa denominación a pesar de contener múltiples errores históricos, entonces se trata de una novela histórica fallida.
Lo que la ficción puede explorar donde la historia deja vacíos
¿La ficción puede revelar verdades que la historiografía no alcanza?
Vamos a ver, la historiografía estudia el modo en que se escribe la historia. Analiza cómo los expertos usan fuentes, métodos y teorías para contar el pasado. Trabaja con datos, fechas y acontecimientos documentados, y puede formular hipótesis e inferencias siempre que estén sustentadas por evidencias. Lo que no puede hacer es imaginar libremente cómo pudo haber sido, en la vida real, la reacción de un individuo, la evolución de un conflicto o la respuesta de un grupo humano a partir de los resultados registrados o verificados.
Ahora bien, la literatura —en especial, la ficción histórica— puede permitirse suponer o estimar las reacciones humanas de quienes vivieron o provocaron un suceso histórico. No se trata de adivinar, sino de recrear —a partir de la psicología humana— cómo pudo haber ocurrido todo desde la perspectiva del individuo. En este sentido, es posible que la ficción ayude a los historiadores a concebir nuevas líneas de estudio que tal vez no habían considerado.
Entender el universo indígena cubano
No quiero decir que la ficción llegue antes a la verdad, sino que sus propuestas podrían llevar a un historiador a considerarlas plausibles o refutarlas. De uno u otro modo, esto significaría abordar con una perspectiva fresca una cuestión que aún no ha tenido respuesta y, quizás, abrir el camino hacia una nueva hipótesis sobre un enigma.
El estudio de la historia puede llevar a cualquier escritor a establecer sus propias hipótesis sobre un hecho, aunque no hayan sido verificadas o aceptadas por la historiografía o la arqueología oficial.
En el caso de Los hijos de la Diosa Huracán, encontré numerosos datos extraídos de la arqueología reciente y de crónicas de testigos oculares de la conquista, desde frailes hasta soldados, a los que jamás había tenido acceso cuando vivía en Cuba. Todo ello me permitió entender el universo indígena cubano de una forma muy diferente a la que me habían enseñado en la escuela y en los libros de texto. Pero, aun así, seguían existiendo lagunas en muchos aspectos, por ejemplo, en cuanto a la organización social de las tribus.
Mientras desarrollaba las biografías de los personajes indígenas, me pregunté cómo se distribuirían ciertos oficios. No había encontrado ninguna referencia sobre la alfarería. ¿Quiénes fueron los anónimos creadores de esas vasijas de barro, de esos cemíes divinos y de las piezas de orfebrería?
Los datos y la verdad absoluta
Recordé entonces que, años atrás, había leído acerca de las marcas y siluetas de manos que han aparecido en numerosas cuevas europeas. Un estudio biométrico de esas huellas concluyó que el 75 por ciento pertenecían a mujeres, lo que desmontó el viejo dogma de que solo los hombres cazadores pintaban en las cuevas.
Este dato vino a sumarse a otro que acababa de encontrar sobre los pueblos amazónicos lokono/arawak, emparentados por su origen étnico y lingüístico con los taínos. Hasta donde llega la evidencia arqueológica e histórica, no se sabe con certeza si la alfarería taína era una actividad exclusivamente masculina o femenina. Pero sí se sabe que en la cultura lokono actual —y en la mayoría de las ramas de la familia lingüística arahuaca, a la que pertenecen los taínos—, la cerámica es un oficio realizado por mujeres y transmitido tradicionalmente de madres a hijas.
Amparándome en estos datos, y sin que mi condición de novelista me exigiera pruebas concluyentes, decidí adjudicar ese oficio a uno de los principales personajes femeninos indígenas de la novela. Sin embargo, no quise presentar esa posibilidad como una verdad absoluta. Por eso, su sobrino se convierte en su aprendiz. Ese es uno de los espacios donde la ficción histórica puede permitirse formular una hipótesis verosímil sin afirmar que constituye un hecho demostrado.
Las diosas taínas y una interpretación posible
Otro ejemplo. Guiándose por lo que dejaron los cronistas españoles y por algunas tradiciones, los arqueólogos y etnógrafos reconocen la existencia de tres diosas principales en el panteón taíno: Atabey (Gran Madre de la Creación), Iguanaboína (Deidad del Buen Tiempo, el sol, la lluvia mansa y la abundancia en las cosechas) y Guabancex (Diosa de los Huracanes y la Destrucción).
Todo lo que he leído se refiere a ellas como tres entidades independientes. Pero siempre he sido una admiradora —y seguidora— de las obras de etnólogos comparatistas como James Frazer, Joseph Campbell y Robert Graves, quienes formularon hipótesis sobre la evolución y el significado de dioses y creencias de las sociedades antiguas a partir de paralelismos con otras culturas.
Uno de los motivos que aparecen repetidamente en distintas tradiciones religiosas antiguas es la asociación de tres figuras femeninas o de una divinidad femenina con múltiples manifestaciones. La encontramos, por ejemplo, en las Matres o Matronae del mundo celta-romano, en las Moiras griegas y, de otra manera, en ciertas tradiciones indígenas americanas, como la asociación mexica de Chicomecóatl, Chalchiuhtlicue y Huixtocíhuatl.
Por eso, tampoco me pareció muy arriesgado aventurar que, en lugar de tres diosas separadas, estas tres deidades podrían ser manifestaciones de una misma diosa con tres avatares, del mismo modo que los cristianos conciben a su Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, una concepción trinitaria que también encontramos en otras tradiciones religiosas.
En ambos casos, no pretendo revelar verdades que la historiografía no se atreve a dar por ciertas, sino plantear hipótesis con un grado razonable de plausibilidad.
Lo sobrenatural
En sus novelas lo fantástico nunca parece romper la realidad, sino convivir con ella. ¿Cómo consigue ese equilibrio?
Supongo que cuando hablas de lo fantástico te refieres a esa clase de hechos que no parecen tener un origen o explicación evidentes en el universo que conocemos. Para mí, lo que suele denominarse fantástico también forma parte del mismo universo, solo que se manifiesta de maneras distintas a las habituales.

Esa percepción no es solamente literaria: siempre he convivido con fenómenos que no he podido explicar. En mis novelas he narrado con exactitud o recreado algunos de esos sucesos. Cuando mi memoria no conserva todos los detalles, he llenado los vacíos con mi imaginación. En otros casos, me he limitado a contarlos tal como ocurrieron, integrándolos en determinadas tramas.
Para mí, lo que suele denominarse fantástico también forma parte del mismo universo, solo que se manifiesta de maneras distintas a las habituales.
Por eso, cuando introduzco sucesos fantásticos inventados en una novela histórica o en cualquier otra obra, les otorgo el mismo peso que a los hechos considerados realistas, porque esa convivencia forma parte de mi experiencia cotidiana. Así es como percibo el mundo en que vivo.
Autores influyentes
¿Qué autores influyeron en esa manera de entender lo maravilloso?
Tengo una gran mezcla en ese sentido. Figuras como Ray Bradbury, J.R.R. Tolkien, Julio Cortázar, Mario Levrero y muchos más se encuentran entre los autores de ficción que he mencionado en otras entrevistas.
Pero, más que ellos, quienes han contribuido a ampliar mi comprensión de esa dimensión de lo maravilloso han sido antropólogos, científicos, filósofos, ocultistas y especialistas difíciles de encasillar en una sola disciplina. Algunos que me vienen a la mente ahora son Colin Wilson, Jeremy Narby, W. B. Yeats, Julian Jaynes, Edgar Cayce, Jim Marrs… La mayoría de estos nombres no le dirán nada a mucha gente, pero han sido figuras fundamentales para mí a la hora de explorar los rincones más oscuros y menos transitados del conocimiento y de la experiencia humana.
Más allá del llamado "realismo mágico"
¿Considera que Latinoamérica vive lo sobrenatural de una forma distinta a Europa?
Se ha creado una especie de mito —impulsado por agencias literarias, editoriales y comerciantes de la cultura— que considera que el llamado “realismo mágico” es una condición o característica de la literatura e incluso la vida en Latinoamérica. Creo que eso es un disparate.
Quien ha leído cómo los granjeros irlandeses convivían con las hadas desde épocas inmemoriales hasta nuestros días, lidiando a diario con los desastres que provocan en su ganado, sus cosechas y sus casas, o conozca los relatos de testigos que vieron muertos que, después de ser enterrados, regresaban a sus casas en Francia, Alemania o Escandinavia, comprenderá que la convivencia con lo sobrenatural no constituye una experiencia exclusiva de América Latina.
No voy a discutir si estos relatos ocurrieron o no, como tampoco pondré en duda que los campesinos cubanos tengan muchas anécdotas sobre sus encuentros con güijes (duende cubano) en medio del monte. Lo que me interesa es que, para quienes los protagonizan o transmiten, esos hechos no necesariamente son considerados extraordinarios, sino que forman parte de la realidad de su vida cotidiana.
Analizando la etiqueta literaria
Ese mal llamado “realismo mágico”, supuestamente exclusivo de Latinoamérica, aparece bajo distintas formas en tradiciones de todo el mundo. Por ejemplo, existen numerosas anécdotas que suelen sembrar el pánico en mercados de varios países de África occidental, especialmente en Nigeria, donde se cuenta de individuos que se transforman en boas ante decenas de personas. También existen numerosos relatos de estatuas que beben leche en la India.

Quien busque un poco descubrirá que lo que ciertos mercaderes convirtieron en una etiqueta literaria, supuestamente exclusiva de Latinoamérica, y que ha ayudado a vender ciertos libros y autores, en realidad solo es una muestra de que la irrupción de lo sobrenatural en la vida cotidiana es un fenómeno que puede encontrarse en cualquier parte del mundo.
Las tradiciones espirituales dentro de sus novelas
¿Qué papel desempeñan la santería, el espiritismo y las tradiciones populares dentro de su universo narrativo?
No puedo decir que hayan tenido un peso mayor que otras tradiciones espirituales. Al igual que las creencias celtas o el culto a los antepasados en la tradición china, todas han sido herramientas y, a la vez, terrenos de exploración.
Cada conjunto espiritual aporta su propia carga y desempeña una función esencial dentro de la novela donde aparece.
Siempre he introducido distintas creencias en cada novela, según las necesidades de la historia. La reencarnación ocupa un lugar central en Gata encerrada, mientras que, en Casa de juegos, son fundamentales los orishas y el panteón afrocubano. En El hombre, la hembra y el hambre, la tradición espiritista y la mediumnidad constituyen la columna vertebral de la trama. Así, en La isla de los amores infinitos hay una mezcla de folclore y supersticiones que los africanos, españoles y chinos trajeron de sus tierras a Cuba, si bien las creencias chinas tienen un peso mayor. En Los hijos de la Diosa Huracán, ese universo religioso lo ocupa la cosmovisión de los indios taínos.
Cada conjunto espiritual aporta su propia carga y desempeña una función esencial dentro de la novela donde aparece. Todos son igualmente importantes dentro de sus respectivos mundos narrativos.
Lo espiritual en la literatura
¿Ha vivido experiencias personales que influyeran en esa dimensión espiritual?
Si lo negara, mentiría. A lo largo de mi vida, he tenido unas cuantas vivencias que no he podido explicar a través de mis sentidos o de la lógica habitual. Algunas cambiaron mis puntos de vista con respecto a lo espiritual. Otras lo ampliaron. He tenido premoniciones, experiencias fuera del cuerpo y visiones mentales de objetos o presencias, que luego han sido corroboradas por otras personas.
Sin embargo, no hago de eso el centro de mi vida. Tampoco me gusta mucho hablar sobre ello. Prefiero conservar esas vivencias en la memoria, especialmente cuando escribo ficción. A veces las incorporo a mis historias o las transformo, siempre que aporten algo al desarrollo de los personajes o me ayuden a conducir la trama en determinada dirección.
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