Arte │ Pan Yuliang, el arte como destino y autoafirmación
Huérfana, vendida como concubina a los catorce años, superviviente en los márgenes de la sociedad y exiliada, Pan Yuliang hizo del arte una manera de vivir.
Pan Yuliang nació en 1895 en Yangzhou, en la provincia de Jiangsu, con el nombre de Chen Xiuqing. Con apenas dos años perdió a su padre y con ocho, a su madre. Quedó bajo la tutela de un tío que, incapaz de sostenerla, la vendió a un burdel en Wuhu cuando ella tenía catorce años. Durante un tiempo vivió allí como prostituta, en una condición social que en la China de entonces marcaba a una mujer de por vida, sin posibilidad de redención pública.
Su destino cambió cuando conoció a un inspector aduanero ilustrado y reformista que se enamoró de ella, compró su libertad y la tomó como segunda esposa. Ella adoptó entonces el apellido de su marido, en un gesto que siempre explicó como de profunda gratitud, no solo por liberarla sino también por alentarla a estudiar.
Así, siendo ya adulta, Pan Yuliang comenzó su formación. En 1918 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Shanghái, donde estudió dibujo y conoció las técnicas de la pintura occidental. Sus maestros advirtieron de inmediato su talento y, en 1921, el gobierno chino le otorgó una beca para continuar su aprendizaje en Europa.
Pasó los siguientes años entre Lyon, París y Roma. Fueron años de trabajo intenso y de entrenamiento riguroso en la tradición académica europea, pero también de apertura a las vanguardias que por entonces sacudían el panorama artístico: el postimpresionismo, el fauvismo y, sobre todo, la influencia de Cézanne, dejaron una huella visible en su pintura.
En 1928 Pan Yuliang regresó a China con un bagaje artístico poco común y una ambición firme: integrar la técnica occidental con los temas y la sensibilidad de la pintura clásica de su país.
Entre dos mundos

A su llegada a China, Pan Yuliang fue nombrada directora del Departamento de Pintura Occidental de la Academia de Artes de Nanjing, un reconocimiento extraordinario para una mujer en aquella época. Durante ese tiempo, organizó exposiciones que atrajeron de inmediato la atención del público y la crítica, convirtiéndose en la primera mujer artista china en exponer individualmente en su patria.
Sin embargo, los desnudos femeninos que constituían gran parte de su obra fueron recibidos con hostilidad: muchos los juzgaron obscenos e inapropiados, especialmente viniendo de alguien con su pasado. La sociedad china, convulsionada por la guerra civil y todavía muy conservadora, toleraba mal que una ex prostituta se convirtiera en profesora universitaria y exhibiera desnudos en los museos. En más de una ocasión fue objeto de insultos y rumores malintencionados sobre su origen, y sus cuadros eran con frecuencia vandalizados en las exposiciones.
En 1937, tras la invasión japonesa y rodeada por un ambiente cada vez más hostil hacia su obra, Pan Yuliang regresó a París, donde pasó los últimos cuarenta años de su vida. Instalada en Montparnasse, el barrio que había albergado a toda una generación de artistas y exiliados, trabajó sin pausa en condiciones casi siempre precarias. Expuso en los principales salones de la vanguardia parisina y, a pesar de la distancia, mantuvo vivo su vínculo con la tradición pictórica china. Nunca volvió a casarse y, hasta su muerte en 1977, no dejó de pintar.
El reconocimiento tardío
Antes de fallecer, Pan Yuliang dejó instrucciones para que su extensa obra fuese enviada a China, y así se hizo: miles de sus trabajos —que incluían pinturas, dibujos, grabados y esculturas— llegaron al Museo Provincial de Anhui, en Hefei, donde hasta hoy se conserva la mayor colección de su obra en el mundo.
Pero el reconocimiento solo le llegó mucho después, con la gradual apertura que siguió a la Revolución Cultural. En 1994, cuando la cineasta Huang Shuqin dirigió la película Un alma perseguida por la pintura, inspirada en su historia, Pan Yuliang se hizo célebre en toda Asia y los museos empezaron a exhibir sus piezas de manera regular.
Una figura fundacional del arte chino moderno
Su estilo, difícil de encasillar en una tradición, se alimentó tanto del postimpresionismo europeo como de la pintura en tinta china, creando una síntesis personal entre ambos conceptos del arte.
El autorretrato ocupó un lugar central en su producción. Se pintó a sí misma decenas de veces, siempre con una mirada directa, reafirmando su propia y compleja identidad: una mujer que había sido vendida como objeto, prostituida, exiliada y denigrada por su pueblo, pero que, pincel en mano, dueña de una formación y un talento excepcionales, reclamaba frente al lienzo su derecho a expresarse.
Hoy se la considera una figura fundacional del arte chino moderno. Su capacidad para conectar la tradición oriental y las vanguardias occidentales, y la fuerza de carácter con que logró sostener ese empeño en las duras condiciones de la marginación social, la sitúan entre los grandes artistas de su tiempo, más allá de cualquier frontera nacional o de género.
Vea a continuación una galería con algunas de sus obras más relevantes.
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