Nettie Stevens, la mujer que miró dentro de las células y cambió para siempre la historia de la genética
En 1905 identificó el papel de los cromosomas X e Y en la determinación del sexo. Su descubrimiento no recibió durante décadas un reconocimiento proporcional a su importancia.
En 1905, la científica estadounidense Nettie Maria Stevens (1861-1912) demostró el papel de los cromosomas X e Y en la determinación del sexo, un hallazgo fundamental para el desarrollo de la genética moderna. Sin embargo, durante décadas su contribución quedó eclipsada por la de investigadores varones, entre ellos Edmund Beecher Wilson y Thomas Hunt Morgan, cuyos nombres ocuparon un lugar más destacado en la historia de esta disciplina.
Nettie Stevens realizó el descubrimiento mientras estudiaba un escarabajo conocido como gusano de la harina (Tenebrio molitor). Al examinar sus células reproductoras, identificó dos tipos de espermatozoides con cromosomas diferentes y estableció su relación con el desarrollo de machos y hembras. Sus resultados aportaron pruebas decisivas frente a las teorías que atribuían la determinación del sexo a factores ambientales o a componentes celulares distintos de los cromosomas.
En 1906, apenas un año después de la publicación de su investigación, Edmund Beecher Wilson y Thomas Hunt Morgan fueron invitados a exponer sus teorías sobre la determinación del sexo en una conferencia científica, mientras Nettie Stevens quedó fuera de la lista de ponentes. Aquel episodio ilustra las diferencias de reconocimiento que marcaron su trayectoria en una comunidad científica dominada por hombres.
Nettie Stevens: de profesora a investigadora a los 35 años
Nettie Maria Stevens nació el 7 de julio de 1861 en Cavendish, Vermont, Estados Unidos. Era hija de Ephraim Stevens, carpintero, y Julia Adams, quien murió en 1863, cuando Nettie tenía apenas dos años. Su padre volvió a casarse y, años después, la familia se trasladó a Westford, Massachusetts, donde la futura científica continuó sus estudios.
Desde sus años escolares, Nettie Stevens destacó por su rendimiento académico. Se graduó en 1880 en la Westford Academy y posteriormente estudió en la Westfield Normal School, donde completó en dos años un programa de cuatro y obtuvo las mejores calificaciones de su promoción. Sin embargo, las limitaciones económicas retrasaron su ingreso en la universidad. Durante más de una década trabajó como profesora y bibliotecaria, y destinó parte de sus ingresos a financiar su formación.
Desde sus años escolares, Nettie Stevens destacó por su rendimiento académico.
En 1896, a los 35 años, Nettie Stevens consiguió ingresar en la Universidad de Stanford, en California. Allí obtuvo la licenciatura en 1899 y la maestría en 1900. Posteriormente continuó sus estudios en el Bryn Mawr College, una institución de educación superior para mujeres en Pensilvania, donde se doctoró en Biología en 1903, a los 41 años.
Durante su formación doctoral, Nettie Stevens realizó estancias de investigación en la Estación Zoológica de Nápoles, Italia, y en el Instituto de Zoología de Würzburg, Alemania. En este último centro trabajó con Theodor Boveri, uno de los investigadores que estudiaban el papel de los cromosomas en la herencia. Aquella experiencia contribuyó a orientar sus investigaciones hacia los mecanismos celulares relacionados con la reproducción y la transmisión de características hereditarias.
El descubrimiento de los cromosomas X e Y en 1905
En 1905, Nettie Stevens publicó Studies in Spermatogenesis with Especial Reference to the «Accessory Chromosome» (Estudios sobre la espermatogénesis, con especial referencia al cromosoma accesorio). En esta investigación examinó las células reproductoras del escarabajo Tenebrio molitor para estudiar la función de los cromosomas en la determinación del sexo.
Al analizar las células reproductoras, Nettie Stevens descubrió que los machos producían dos tipos de espermatozoides: unos contenían un cromosoma grande, actualmente denominado X, y otros uno pequeño, conocido como Y. En cambio, los óvulos contenían siempre el cromosoma X. Esta diferencia permitió identificar un mecanismo cromosómico relacionado con el desarrollo sexual de los descendientes.
Los resultados mostraron que, en esta especie, la fecundación de un óvulo por un espermatozoide con cromosoma X daba lugar a una hembra, mientras que uno con cromosoma Y originaba un macho. Nettie Stevens estableció así que la composición cromosómica de los espermatozoides intervenía en la determinación del sexo, una conclusión que transformó el conocimiento sobre los mecanismos biológicos de la reproducción.

El hallazgo también permitió cuestionar la interpretación del biólogo estadounidense Clarence Erwin McClung, quien había relacionado el cromosoma accesorio con la determinación del sexo, pero le atribuía una función diferente. Las observaciones de Nettie Stevens demostraron que, en el escarabajo estudiado, la presencia del cromosoma pequeño estaba asociada al desarrollo masculino, lo que contribuyó a revisar las hipótesis anteriores sobre este proceso.
Más de un siglo después, Sarah B. Carey, Laramie Aközbek y Alex Harkess revisaron la importancia de sus investigaciones en un artículo publicado en 2022 en la revista científica Philosophical Transactions of the Royal Society B. Los autores concluyeron que el trabajo de Nettie Stevens proporcionó pruebas inequívocas de que la herencia del cromosoma Y desencadenaba el desarrollo masculino en el gusano de la harina. También destacaron que sus investigaciones posteriores, publicadas en 1906, identificaron cromosomas sexuales en numerosas especies y ampliaron el alcance de su descubrimiento.
Nettie Stevens y Edmund Beecher Wilson: el reconocimiento desigual de un descubrimiento
El biólogo estadounidense Edmund Beecher Wilson también investigaba la determinación cromosómica del sexo y publicó resultados sobre esta cuestión en 1905. Sin embargo, sus experimentos se centraron en insectos con un sistema cromosómico diferente, en el que los machos presentaban un solo cromosoma X, mientras que las hembras tenían dos. Nettie Stevens identificó en Tenebrio molitor un sistema basado en los cromosomas X e Y, y aportó pruebas de la función del cromosoma Y en el desarrollo masculino. Aunque ambos llegaron de manera independiente a conclusiones relacionadas, sus contribuciones no fueron idénticas.
La bióloga española Carolina Martínez Pulido, de la Universidad de La Laguna, analizó el papel de Nettie Stevens en la historia de la genética en un estudio publicado en 2005 en la revista Clepsydra. La investigadora la describió como “una bióloga extraordinaria que realizó una contribución realmente sustancial a la genética teórica” y destacó que su mayor aportación científica fue demostrar la relación entre determinados cromosomas y la diferenciación sexual. Carolina Martínez Pulido también subrayó la amplitud de su producción científica, desarrollada en una etapa en la que las mujeres afrontaban importantes obstáculos para acceder a la investigación y obtener reconocimiento por sus resultados.
En su investigación, Carolina Martínez Pulido también examinó la atribución del descubrimiento a Edmund Beecher Wilson, considerado uno de los principales especialistas en citología de su época. La bióloga española señaló que, aunque ambos investigadores alcanzaron conclusiones de manera independiente, el reconocimiento histórico favoreció con frecuencia al científico estadounidense. El caso de Nettie Stevens permite observar cómo la importancia de una aportación científica no siempre se correspondió con la visibilidad concedida a su autora.
Thomas Hunt Morgan: del rechazo inicial al Nobel de 1933
El genetista estadounidense Thomas Hunt Morgan, que había sido profesor de Nettie Stevens en Bryn Mawr College, mantuvo inicialmente reservas sobre la explicación cromosómica de la determinación del sexo. Sus investigaciones posteriores con moscas del género Drosophila contribuyeron a consolidar la teoría de que los genes se encuentran en los cromosomas. Nettie Stevens ya había estudiado estos insectos antes de que se convirtieran en el principal organismo experimental del laboratorio de Thomas Hunt Morgan. Sin embargo, sus respectivas contribuciones ocuparon lugares muy diferentes en la historia de la genética.
Tras la muerte de Nettie Stevens, Thomas Hunt Morgan publicó un obituario en la revista Science, el 11 de octubre de 1912, en el que repasó sus investigaciones y destacó su capacidad de observación y precisión científica. Sin embargo, al referirse al descubrimiento relacionado con los cromosomas sexuales, señaló que la investigadora había tenido una participación en aquel hallazgo, sin atribuirle de manera destacada la demostración que había realizado en 1905. El reconocimiento de sus capacidades científicas contrastaba así con el limitado protagonismo que concedió a su contribución más importante.
En 1915, Thomas Hunt Morgan publicó junto con Alfred Henry Sturtevant, Hermann Joseph Muller y Calvin Bridges el libro The Mechanism of Mendelian Heredity, una obra de referencia para la consolidación de la teoría cromosómica de la herencia. Para entonces, las investigaciones de Nettie Stevens habían contribuido a demostrar la relación entre los cromosomas y la determinación del sexo, aunque su nombre no alcanzó en los relatos históricos posteriores una visibilidad comparable a la de Thomas Hunt Morgan.

En 1933, Thomas Hunt Morgan recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos sobre la función de los cromosomas en la herencia. El galardón reconoció sus investigaciones genéticas posteriores y no específicamente el hallazgo de Nettie Stevens en 1905. Sin embargo, la proyección internacional del científico contribuyó a consolidar su presencia en la historia de la genética, mientras la aportación de Nettie Stevens permanecía menos visible en numerosos relatos sobre el desarrollo de esta disciplina.
Las científicas que recuperaron el legado de Nettie Stevens
En 2008, la investigadora francesa Simone Gilgenkrantz publicó una biografía de Nettie Stevens en la revista científica Médecine/Sciences, en la que examinó la falta de reconocimiento de sus descubrimientos. La autora señaló que la reputación de la genetista había quedado eclipsada por la de Thomas Hunt Morgan y que su nombre estaba ausente de la mayoría de los libros de biología y genética en Francia. Para Simone Gilgenkrantz, recuperar la trayectoria de Nettie Stevens significaba reconocer la contribución de una de las primeras mujeres que participaron en el desarrollo de la genética moderna.
En 1910 figuró entre las 18 mujeres incluidas en una relación de mil integrantes destacados de la comunidad científica estadounidense.
Aunque el reconocimiento de su descubrimiento fue desigual, Nettie Stevens alcanzó cierto prestigio científico durante su vida. En 1910 figuró entre las 18 mujeres incluidas en una relación de mil integrantes destacados de la comunidad científica estadounidense. Su presencia en aquella selección reflejaba tanto la relevancia de sus investigaciones como la escasa representación femenina en los espacios de reconocimiento académico de comienzos del siglo XX.
Una carrera interrumpida y un legado recuperado
Nettie Stevens murió el 4 de mayo de 1912 en Baltimore, Maryland, a consecuencia de un cáncer de mama. Tenía 50 años. Poco antes, el Bryn Mawr College le había ofrecido una plaza de profesora investigadora creada para ella, pero su enfermedad y posterior fallecimiento le impidieron asumir el cargo. Su muerte interrumpió una trayectoria que había comenzado relativamente tarde y que, en pocos años, había producido descubrimientos fundamentales para la genética.
Cuando murió, habían transcurrido apenas nueve años desde que obtuvo su doctorado y siete desde la publicación de su descubrimiento sobre los cromosomas sexuales. En ese breve período, Nettie Stevens contribuyó a establecer que la determinación del sexo podía depender de la composición cromosómica, una conclusión que abrió nuevas posibilidades para estudiar la herencia y los mecanismos biológicos de la reproducción.
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