Borrosas criaturas. Violencias (I)

"Ejercicio de resistencia". Serie: Matriarcado (2017). | Imagen: Aneli Pupo

Ha sido muy difícil comenzar a escribir estos testimonios. He debido sortear el gigantesco obstáculo del miedo y la vergüenza. También el de la resistencia y la desmemoria, impuesto por las propias víctimas que ya no quieren serlo —no quieren ser asociadas con la imagen de una víctima— y se niegan a recordar. Aunque no siempre es que se nieguen sino que les resulta muy duro recordar. Puedo dar fe de ello: más de una vez he necesitado esforzarme para poder definir un detalle o una palabra que no se escapó, sino que desterré de mi memoria, porque rememorarlo es vivirlo otra vez.

Así es que tuve que insistir, tuve que hablar y preguntar (también a mí misma) en más de una ocasión, tuve que convencer (también a mí misma) de que valía la pena descorrer la espesa cortina que por lo general cubre los episodios de violencia familiar. A veces también fue necesario ayudar a descubrir esta violencia porque después de tantos siglos aparece incluso disfrazada de amor, de costumbre, de resignación y hasta de preocupaciones y cuidados. Y también de críticas, señalamientos y rechazos no solo por parte de los perpetradores, sino de las propias mujeres e incluso de parte de quienes tienen el encargo social de defenderlas y hacer cumplir las disposiciones que existan, más o menos efectivamente, para evitar todo este daño.

Pero insistí —tuve la fuerza para seguir insistiendo— y encontré que un impulso muy, muy grande me venía de la conciencia de que yo “Puedo hablar”. Quiero decir que estoy viva para hacerlo y entonces debo hablar en nombre de las que ya no pueden. Tengo que hablar en nombre de las que ya no están en este mundo porque alguien las borró de la existencia y convirtió lo que fueran sus vidas en apenas un recuerdo, en una  estadística y en un dolor sentido por muy poca gente.

Dije que fue necesario hablar y convencer, pero también aclarar definiciones porque encontré que, en un amplísimo rango de personas, es desconocido el qué y el cómo. Desde lo obvio hasta la sutileza, qué cosa es violencia, cuántos tipos existen, cuándo es institucional, qué cosa es micromachismo, cuándo y de qué maneras se está ejerciendo esa violencia sobre nosotras, y por supuesto, sobre todo, qué podemos hacer cuando se sufre.

Para enseñar, para aprender, para seguir vivas y también para honrar memorias y existencias y dignidades. Para eso es este libro. Esa es la finalidad.

Hay un refrán en muchas partes del planeta: “la mano que mece la cuna gobierna al mundo”. Pero no es cierto, nada hay más alejado de la verdad, porque la mano que mece la cuna, la mano que cocina, la mano que enseña a caminar es nada más que una mano sin cuerpo, sin rostro y sin valor suficiente como para mostrarse en otro ámbito que no sea detrás de, constantemente detrás de, y por supuesto desde el desconocimiento. O lo que es lo mismo: falacia en muchos idiomas, una estructura social para la oscuridad, el silencio y el miedo.

La violencia doméstica o intrafamiliar es, para mí, casi como un sacrilegio porque la casa es el lugar de donde salimos todos y adonde regresamos cuando se termina o se pone una pausa en la batalla con el mundo. Todos regresan, todos regresamos, a donde espera una mujer. A la casa y la mujer llegamos con la política y con el hambre, con la suciedad y el agotamiento, con el poder y con el llanto.

Algo importante para mí, también, es que no me he rendido en el amor. Escribo justo ahora desde ahí, desde el entendimiento que ofrece el corazón cuando se limpia de rencores y de trabas o lo que es lo mismo: escribo desde la libertad.

Este es un libro donde las mujeres hablarán sobre el miedo; hablarán ellas y hablaré de ellas, de las que conozco, de las que no conozco, de las que me he encontrado, de las que recuerdo y las que me pueda imaginar. Para las que no quieren revelar sus verdaderos nombres usaré los de la literatura o de la historia: habrá María Antonieta o Leda o Diana, habrá Margarita y Magdalena. Aquí hablarán, aquí hablaremos sobre el dominio, sobre las agonías que vivimos, sobre la muerte del amor, sobre la ausencia, sobre las estructuras que permiten violentar e ignorar a una mujer, sobre esas mismas estructuras que no le admiten a una mujer más que la sombra y el silencio. Hablaré todo lo que pueda para no continuar en el mutismo porque, a fin de cuentas, Esperanza también es nombre de mujer.

Mercedes

Desde hace muchos años firmo lo que escribo solamente con el apellido de mi padre: Katia Gutiérrez; así es como queda porque nunca me ha gustado demasiado mi nombre completo. Desde que comencé a escribir y a leer con intención de hacer literatura me di con lo de “el nombre literario”, el más sonoro y atractivo, que se dice fácil y resulta mucho más cómodo de asimilar. Así es que decidí yo también asumir tal práctica y acortar mi nombre. Lógicamente la nueva firma no era sólo de índole sonora o “comercial” sino que además era y es un modo de homenajear a mi maravilloso padre. La parte mala era, y es, que en el proceso obvié a mi también maravillosa madre.

Mercedes fue difícil. Fue muy difícil pero también maravillosa. Fue muy difícil porque siempre tuvo mucho miedo. Tenía miedo de vivir. El miedo no tenía una forma ni un nombre en específico y en cambio era una representación global, abarcadora de todo y de todos, empezando por las propias mujeres, o sea, el primero de los miedos era hacia ellas mismas y hacia el hecho de estar en este mundo. Respirar sola, caminar sola, hablar sola, pensar sola, vivir sola, decidir sola, trabajar sola, dormir sola. En todo eso había y hay mucho temor, como si las terminaciones verbales, la acción y el efecto fueran, para las mujeres, sinónimo de riesgo. Ella, ahora ya lo sé, amaba extraordinariamente a cada uno de sus hijos pero temía más, y esos temores le dañaban el amor. Aun así, y por eso mismo, es que ella fue tan maravillosa. Especialmente por lo mucho que aprendí yo, sin que dijese nunca “¡Mira!”. No le hizo falta. El miedo de Mercedes era tanto que se perdió incluso el amor que para ella pudo tener mi maravilloso padre y nada de esto fue culpa de ninguno de los dos, lo digo sin querer justificar, sino sólo comprendiendo qué y cómo era lo que vivían, lo que tenían, lo que vivía yo también. A fin de cuentas cada persona es su propia circunstancia, el instante que vive, y con esa vida que le toca, hace lo mejor que puede. No hay nada más.

Pero no supo nunca cómo amar, primero que nada a ella misma, luego a ninguno de sus tres hijos. No le enseñaron y no supo comprender que sí es posible superar los miedos o que la respuesta para el terror no puede convertirse en más terror o en el rechazo o en la crítica constante y la condena. Tampoco en la edulcoración de la realidad ni en escamotearse a sí misma detrás de las vidas de los otros. Así es que esto lo aprendí: cuando te maltratas a ti misma el paso siguiente es maltratar a los que amas, a los que deberías amar y luego esos van a seguir maltratando para siempre. Casi siempre, a menos que logren comprender de qué se trata y entonces desaprendan cómo es el desamor.

Y a pesar de todo digo y veo que fue maravillosa por alimentarnos cada día, por enseñarnos a andar y a recordar esas canciones que le gustaban a su madre.

Somos tres niños aún, mis hermanos y yo, para Mercedes. Eso quiero creer, ahora que se ha ido y estamos solos con lo que nos dejara. Yo intento cada día sobreponerme y mis hermanos se rindieron: ellos maltratan también, son todo lo que no deberían.

No hay nada más.

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