Figura clave y poco conocida del arte mexicano del siglo XX, Emilia Ortiz dejó en su obra un retrato poliédrico de la sociedad y la cultura de su país.
Durante décadas y casi a la sombra, Amalia Nieto produjo una obra que hoy se reconoce entre las más notables hechas por una mujer artista en Latinoamérica.
Prudence Heward pintó con honestidad, desafiando a base de talento las normas de su época y produciendo una obra que la crítica no supo valorar justamente.
Mela Muter construyó una carrera singular en el corazón de la vanguardia artística parisina, sorteando los obstáculos del género, el exilio y la guerra.
Marcada por una búsqueda constante, la obra de Greta Freist sintetiza las inquietudes estéticas y existenciales más profundas del arte europeo del siglo XX.
Araceli Gilbert tardó años en recibir el reconocimiento que merecía, pero su genio y su tenacidad hicieron de ella un símbolo del arte en Latinoamérica.
Huérfana, vendida como concubina a los catorce años, superviviente en los márgenes de la sociedad y exiliada, Pan Yuliang hizo del arte una manera de vivir.
En su pintura, Paula Modersohn-Becker exploró la figura y la identidad femeninas con una franqueza y una originalidad sorprendentes.
La obra de Judy Chicago, una de las más polémicas del siglo XX, transformó el modo en que el arte puede hablar de historia, cuerpo, género y poder.
Relegada durante años por la crítica, Anna Ancher es reconocida hoy entre los grandes pintores europeos por su maestría en la representación de la luz.