Nagore Laffage: el feminicidio que Pamplona no puede olvidar

El crimen cometido durante los Sanfermines de 2008 terminó con una condena por homicidio y convirtió su nombre en un símbolo contra la violencia machista.

| Mundo | Observatorio | 14/07/2026
Acto de homenaje a Nagore Laffage en Navarra. Imagen: Unai Beroiz.

Era la madrugada del 7 de julio de 2008. Pamplona celebraba el inicio de los Sanfermines y Nagore Laffage, una estudiante de Enfermería de 20 años, natural de Irún, se encontraba en un bar del Casco Viejo cuando intercambió unas palabras con José Diego Yllanes Vizcay. Él tenía 27 años y era médico interno residente de Psiquiatría en la Clínica Universitaria de Navarra, donde Nagore realizaba prácticas. No era del todo desconocido para ella: ya se habían cruzado anteriormente en sus pasillos.

Después de conversar durante unos minutos, Nagore salió con Yllanes hacia el piso de él. Un vecino los vio entrar en el portal. Fue la última persona, aparte del agresor, que la vio con vida.

A las 10:04 de la mañana, el servicio de emergencias recibió una llamada desde aquel domicilio. Era Nagore. Solo alcanzó a decir cuatro palabras: “Me va a matar”. No pudo decir nada más.

La agresión dentro del piso

Según quedó acreditado durante el juicio, Yllanes intentó obligar a Nagore a mantener relaciones sexuales. Ella se negó y trató de defenderse. La agresión se extendió por el baño y el salón del apartamento: Yllanes la golpeó repetidamente y terminó estrangulándola. El examen forense no encontró signos de una violación consumada, pero documentó las numerosas lesiones causadas por la paliza que recibió antes de morir.

Después de matar a Nagore, Yllanes llamó a un amigo y le pidió ayuda. El amigo se negó a colaborar y decidió avisar a la policía. Mientras esperaba, Yllanes buscó un cuchillo e intentó descuartizar el cuerpo. Llegó a cortarle un dedo antes de abandonar el intento.

Después envolvió el cuerpo de Nagore en bolsas de basura, lo sujetó con cinta adhesiva y lo trasladó hasta el coche de su padre. Condujo hasta una zona boscosa próxima a Orondritz, en el valle de Erro, donde lo abandonó.

La policía lo detuvo cerca del lugar donde había abandonado el cuerpo. Yllanes confesó el crimen.

La espera de una madre que todavía no sabía nada

En Irún, Asun Casasola esperaba noticias de su hija sin saber lo que había sucedido. Habían hablado el domingo y Nagore le había dicho que no pensaba salir aquella noche. Cuando el lunes no respondió al teléfono, Asun creyó que simplemente no quería que la molestaran. Tiempo después contó que imaginó a su hija pensando que su madre era “una pesada”.

Asun Casasola, madre de Nagore Laffage. Imagen: Diario de Navarra.

Al mediodía del 8 de julio, dos hombres se presentaron en su domicilio y llamaron insistentemente al timbre. Asun los observó por la mirilla, pero no los reconoció y decidió no abrir. Solo más tarde supo que eran policías. Cuando finalmente recibió la confirmación de que habían encontrado el cuerpo de Nagore, Yllanes ya se encontraba bajo custodia.

Una condena por homicidio que la familia consideró insuficiente

El 13 de noviembre de 2009, el jurado popular emitió su veredicto. Una semana después, el 20 de noviembre, Yllanes fue condenado a doce años y seis meses de prisión por homicidio, con la agravante de abuso de superioridad y las atenuantes de reparación del daño y embriaguez. La familia, la Fiscalía y las acusaciones populares habían pedido una condena por asesinato, pero el jurado no apreció alevosía al considerar que Nagore había tenido la posibilidad de defenderse.

Para la familia de Nagore y para las organizaciones feministas que acompañaron el caso, la calificación jurídica no era una simple cuestión de palabras. Condenar el crimen como homicidio implicaba una pena inferior y, desde su perspectiva, contribuía a minimizar la violencia que Yllanes había ejercido contra ella.

La libertad condicional y el intento de borrar el rastro del crimen

En julio de 2017, poco antes del noveno aniversario de la muerte de Nagore, Yllanes obtuvo el tercer grado penitenciario. Al año siguiente accedió a la libertad condicional y terminó de cumplir fuera de prisión la parte restante de la pena.

Después trató de acogerse al llamado derecho al olvido. Yllanes solicitó a Google y a la Agencia Española de Protección de Datos que eliminaran de los resultados de búsqueda los enlaces a las informaciones sobre el crimen y su condena. Pretendía, en la práctica, desvincular su nombre de lo que había hecho. La Audiencia Nacional rechazó la solicitud.

Dieciocho años después, Pamplona mantiene viva su memoria

El 1 de julio de 2026, el espacio Geltoki de Pamplona acogió un acto en memoria de Nagore Laffage, convocado por la plataforma Lunes Lilas. Las organizadoras insistieron en que su muerte no podía reducirse a un accidente ni a un episodio aislado de violencia: para ellas, Nagore fue asesinada por haberse negado a mantener relaciones sexuales.

Las organizadoras advirtieron de que el debate sobre la violencia machista continúa siendo utilizado como instrumento político, mientras los datos muestran la persistencia del problema: solo entre enero y marzo de 2026 se registraron 875 denuncias por violencia de género en Navarra. Ante esa realidad, reclamaron “una vez más, justicia reparadora y no patriarcal”.

El nombre de Nagore Laffage sigue siendo necesario. No como un símbolo abstracto, sino como la memoria concreta de una joven asesinada por un hombre que se negó a aceptar su “no”.

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