Entrevista | Sandra Ceballos: “El arte protesta no es más que un grito que muchas personas prefieren ignorar”

Tras décadas dedicadas a impulsar el arte independiente en Cuba, Sandra Ceballos reflexiona sobre la censura, la pérdida de su privacidad y la necesidad de recuperar su propia obra.

Sandra Ceballos, artista cubana y fundadora de Espacio Aglutinador. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Mi historia con Sandra Ceballos comenzó en 1990, cuando cursaba el segundo año de Historia del Arte y todavía no sospechaba hasta qué punto aquella artista terminaría formando parte de mi propia biografía intelectual. Mi primer trabajo universitario dedicado al arte contemporáneo cubano tuvo como objeto su exposición La bella y la bestia. Recuerdo el descubrimiento de una obra que se apartaba de las complacencias visuales y de las convenciones que entonces pretendían administrar el gusto, la belleza y hasta las posibilidades de representación del cuerpo humano. Había en aquellas imágenes una libertad perturbadora, una inteligencia feroz y una manera de comprender la creación que me obligaron a mirar de otro modo.

Entre las obras de mi colección conservo una pieza icónica de Sandra. Es precisamente aquella que me hizo enamorarme de su trabajo y que, muchos años después de nuestro primer encuentro artístico, terminó llegando a mis manos. La pieza pertenece a mi colección, pero su presencia excede cualquier consideración patrimonial: guarda la memoria de la estudiante que fui, de sus primeros descubrimientos y de una fidelidad estética que ha sobrevivido a más de tres décadas de investigación, escritura y convivencia con el arte. En 1993 entrevisté a Sandra por primera vez. Desde entonces, nuestras conversaciones, su amistad y el seguimiento de su trayectoria me han permitido reconocer en ella una de las personalidades más monumentales del arte cubano contemporáneo. Hoy la considero, además, una figura del arte universal, por la radical independencia de su pensamiento y por la capacidad de convertir su existencia en una práctica creadora inseparable de sus convicciones.

Espacio Aglutinador: el desafío de Sandra Ceballos a la censura cultural en Cuba

Hay, sin embargo, otra dimensión de Sandra Ceballos cuya importancia histórica exige una atención particular. En 1994, fundó Espacio Aglutinador, una iniciativa que terminaría transformando las posibilidades de exhibición, encuentro y circulación del arte independiente en Cuba. Su aparición tuvo lugar en un país donde, desde 1959, el poder político había sometido la cultura a una vigilancia institucional que alcanzó formas brutales de censura, persecución y exclusión. Sandra abrió las puertas de su propia casa a artistas de distintas generaciones, procedencias y lenguajes, y convirtió aquel espacio doméstico en un territorio de libertad. Lo sostuvo durante décadas, atravesando prohibiciones, presiones, interrupciones y sucesivas reaperturas.

Cuando pienso en Espacio Aglutinador, encuentro inevitable establecer una genealogía con dos mujeres fundamentales para la modernidad artística cubana: María Luisa Gómez Mena y Loló Soldevilla. Cada una, desde circunstancias históricas diferentes, comprendió que crear las condiciones para la existencia pública del arte constituye también una intervención decisiva en su historia. Su proyecto representa, a mi juicio, la experiencia galerística privada e independiente más importante y sostenida de la Cuba posterior a 1959. Su valor reside tanto en las exposiciones realizadas y en los artistas acogidos como en haber preservado, durante casi tres décadas, la posibilidad de decidir al margen de los mecanismos oficiales de legitimación. Aglutinador fue también una obra de Sandra, quizá una de las más radicales, aunque su generosidad haya contribuido en ocasiones a desplazar la atención que merecía su producción personal.

La artista detrás de Espacio Aglutinador

He querido que esta entrevista regrese precisamente a esa artista. A la mujer que pinta, experimenta, interviene su propio cuerpo, incomoda, desafía y se niega a entregar su pensamiento a cualquier autoridad. La amistad no me impide reconocer las contradicciones de su trayectoria ni examinar críticamente sus posiciones. Al contrario, después de tantos años, me permite escucharla con la confianza de quien conoce el peso de sus decisiones y sabe distinguir entre la leyenda pública y la persona que la ha construido.

Treinta y tres años después de nuestra primera entrevista, vuelvo a conversar con Sandra Ceballos. Ya no soy aquella estudiante fascinada ante La bella y la bestia, aunque algo de su asombro permanece intacto. Ella sigue siendo, para mí, una artista monumental, una amiga entrañable y una de las figuras imprescindibles para comprender la libertad creadora en el arte contemporáneo. Su historia pertenece a Cuba, pero su obra, su pensamiento y la extraordinaria aventura de Espacio Aglutinador reclaman un lugar en la historia universal del arte.

Sandra Ceballos: el cuerpo, la violencia y la libertad en el arte

El arte fue un medio para mostrar lo repulsiva que es la humanidad, en general, sus carnes sucias y también las mías.

Antes de Espacio Aglutinador, ¿qué experiencias te llevaron hacia las artes plásticas y cómo encontraste en el arte un medio para expresar tu relación con la injusticia y con la condición humana?

En realidad, no voy a decir que sentía pasión por las Artes Plásticas como dicen todos los artistas. Me gustaba más nadar y bailar. De hecho, estudié Ballet clásico por poco tiempo. Luego música y terminé en San Alejandro porque si seguía en la secundaria básica me iba a dar clases mi madre que era maestra de 8vo grado de mi escuela y me iba a llevar durito. Las Artes Plásticas no me interesaban mucho, me gustaba más el buceo y escribir. Y de seguro que si volviera a nacer sería bióloga marina. Tampoco quise cuestionar la realidad mediante el arte, de hecho, nunca me interesó cuestionar la realidad porque realmente no me interesaba la realidad ni las personas que la habitan. Lo que nunca he soportado es la injusticia. Y el arte fue un medio para mostrar lo repulsiva que es la humanidad, en general, sus carnes sucias y también las mías.

¿Cómo entiendes los cambios que ha experimentado tu trabajo a lo largo del tiempo y qué papel tienen la experimentación, los materiales y las emociones en tu práctica artística?

Trabajo el arte porque me gusta ver terminadas las piezas y coleccionarlas. Suelto un poco de cáscaras cerebrales y así me curo de todo tipo de asco. No sé si se puede llamar evolución a los procesos creativos que van sucediendo, el juicio en el arte al respecto es sugestivo, cada uno lo interpreta a su manera. No hago artes decorativas ni tampoco deportivas, o sea como un ejercicio académico para superarme. "Superarme" y evolucionar me provocan risa, es irónico. Nunca se sabe si realmente el paso del tiempo es una evolución. Lo que sí que sí sé, es que trae arrugas, osteoporosis y sarcopenia entre otros atributos. Trabajo sin demasiado cálculo, me gusta el experimento y manosear diversos materiales y cuando hago performances no me gusta actuar sino estar viva en ese momento y ya, expresarme como resultado de emociones reprimidas y protestar contra todo lo que creo que lastima mi sensibilidad.

Absolut Sandra, obra de la artista cubana Sandra Ceballos, perteneciente a la serie homónima (1995-2006).

¿Qué impulsa la elección de los materiales y lenguajes de tu obra, y cómo intervienen en ese proceso el subconsciente, la espiritualidad y tu libertad personal?

En relación con los materiales y los modos de expresión que elijo para trabajar, no existe un mecanismo conceptual preestablecido, ni grandes estudios filosóficos, investigaciones complejas y profundas, ni estudios de doctorado o maestría que determinen mis decisiones. Tampoco existe una inclinación hacia un mercado decorativo o hacia un circuito mercantil específico, regido por intereses económicos. Lo que existe, de manera clara y determinante en mi interior, es un impulso profundamente subconsciente que guía la elección del material, la herramienta expresiva y la forma. Un ejercicio fundamental para mí, dada mi personalidad compleja, ha sido transitar el camino de la espiritualidad y aprender a liberar mi mente de mí misma, de los demás y de todo aquello que se presenta como establecido, real o probable. Al concederme esas libertades, he conseguido abrir canales mentales y energéticos que me permiten, sin necesidad de un esfuerzo consciente excesivo, encontrar el medio, la fórmula y el material adecuados para expresarme, sin ataduras, condicionamientos ni encasillamientos.

¿Qué significa para ti utilizar el cuerpo como herramienta de comunicación en la performance y cómo se relaciona esa práctica con tus conflictos personales y los de otras personas?

Teniendo en cuenta que el cuerpo humano es un conjunto de elementos, sustancias y órganos que funcionan mediante una mecánica interactiva, tanto interna como externamente, en relación con todo lo que nos rodea, entiendo que sus posibilidades de acción y comunicación son infinitas. En nuestra manera de interactuar con lo cotidiano y con todo lo que ello implica —trabajar, tener sexo, sentir, defecar, orinar, bañarse, agredir, amar, etc.—, lo único que hago es presentar una alternativa más: es decir, utilizar el cuerpo de otra manera, como un medio de comunicación y una herramienta de acción desde la cual expresar, de forma consciente y responsable, aquello que me molesta y me coloca en un estado de ansiedad. A través de mis performances canalizo mis propios conflictos. Esto significa que mi mundo es, en cierta medida, el mundo de los demás; que, al hablar de mis sentimientos, estoy hablando también de los sentimientos, las tensiones y las contradicciones de millones de personas. El arte de la performance y en general el Arte es sin duda una terapia naif.

¿Cómo entiendes la presencia de imágenes agresivas o violentas en el arte, la reacción del espectador ante ellas y el lugar de las prácticas artísticas independientes en Cuba?

Con relación a las imágenes violentas, o a aquellas que no han sido canonizadas como bellas dentro de las teorías ortodoxas de la estética, puedo asegurar que quienes trabajamos desde esa escala agresiva o violenta de la imagen y la performance lo hacemos —al menos en mi caso— sin experimentar necesariamente la perturbación que los espectadores podrían atribuirnos. Hay de todo. Existen artistas perturbados que producen obras preciosistas, edulcoradas, académicas y complacientes, del mismo modo que los hay que desarrollan un arte visceral, agresivo o violento. Pero, si ampliamos la mirada más allá del ámbito artístico, encontramos individuos perturbados dirigiendo países, organizaciones mundiales e instituciones religiosas. A estas alturas, pocas cosas consiguen asombrarme. Sé que existe un demonio dentro de cada uno de nosotros, una dimensión oscura que podría relacionarse con Tánatos, la pulsión de muerte. La diferencia está en que algunos no le tememos: sencillamente, lo exportamos hacia la materia y lo exteriorizamos mediante las herramientas del arte, convirtiéndolo en imagen, acción o performance.

Sé que existe un demonio dentro de cada uno de nosotros, una dimensión oscura que podría relacionarse con Tánatos, la pulsión de muerte.

Otros artistas prefieren ignorar esa zona oscura porque le temen y optan por formas expresivas complacientes, asociadas a una idea idealizada del amor y la belleza. Sin embargo, no pretendo establecer jerarquías entre unas prácticas y otras. Todo vale; lo que está en juego es el condicionamiento del receptor, cuya mirada, moldeada por el imaginario social, tiende con frecuencia a rechazar la violencia cuando esta aparece dentro del arte. No obstante, he podido percibir que, últimamente, quizá como consecuencia del karma de horror que están padeciendo los pueblos a escala mundial, aumenta el número de consumidores de arte que encuentran en el dark art una vía de catarsis, frente a quienes continúan buscando en las imágenes soñadoras y decorativas una experiencia de complacencia estética.

Considero necesario ampliar la memoria de estos procesos y evitar que la historia de las prácticas artísticas y cívicas independientes en Cuba quede reducida a una élite o a momentos recientes. La resistencia cultural cubana ha sido mucho más extensa, heterogénea y compleja, y en ella han participado generaciones de artistas e intelectuales que, desde diferentes posiciones y estrategias, cuestionaron los límites impuestos por la política cultural oficial en Cuba. También dentro del gremio del teatro y de la música como: Procesual Art Studio. Cristo Salvador Galería. El Telégrafo. El Línea 106 del fotógrafo Alfredo Ramos, Galería Sojo de Rubén Cruces, el teatro Obstáculo de Víctor Varela, Perséfone Teatro de Adonis Milán, Kairós de Lyn Cruz, el colectivo del Ciervo Encantado; La azotea de Reina María donde se reunían artistas y poetas; Riera Studio, dedicado al Art Brut; Demóngeles colectivo artístico e independiente que fusiona la música, la poesía y el activismo; La banda punk Porno para Ricardo. Actualmente, los espacios y proyectos absolutamente independientes: Derivas en el estudio de Yornel Martínez, La casa del Río de Antonio Margolles y La Clínica en mi estudio dedicado al performance, entre otros.

Ser mujer y artista independiente en Cuba: discriminación y desigualdad

Absolut Exter, obra de Sandra Ceballos en homenaje a la artista de vanguardia Alexandra Exter.

¿Cómo has vivido la discriminación en el mundo del arte por tu condición de mujer y por tu independencia personal, y qué piensas de las estrategias adoptadas para alcanzar la igualdad?

Lamentablemente, la discriminación de género no ha disminuido como debería, ni en el arte ni en otras profesiones, ni siquiera en las religiones o en la propia vida cotidiana. He sufrido discriminación por parte de “curadores y curadoras”, así como de “funcionarios y funcionarias” de la cultura, no solo por mi actitud resiliente, sino también por ser mujer y asumir una posición de independencia, autosuficiencia y seguridad que, paradójicamente, suele asociarse con una actitud patriarcal antes que con una actitud sumisa. Molestan mi espíritu liberal, mi honestidad al negarme a prostituir mis principios para divulgar y vender mi obra, mi sinceridad, mi autonomía personal y también mi vocación altruista. Por eso, he asumido que la discriminación que he experimentado no responde únicamente al hecho de ser mujer, sino también a mi manera de existir, pensar y actuar con independencia.

No creo que la solución a la discriminación de las mujeres en el arte consista en confinarlas a exposiciones exclusivamente femeninas. Considero que esa práctica, aunque pueda responder a una voluntad de visibilización, corre el riesgo de convertirse en una forma de autosegregación. Lo que exigimos es equidad, no separación; que se nos reconozca y trate en igualdad de condiciones, sencillamente como seres humanos. Creo que quienes ejercen la curaduría, independientemente de su género, deberían actuar con justicia y contribuir a desmontar esos mitos decadentes y desfasados que una sociedad machista ha impuesto y perpetuado durante generaciones.

No creo que la solución a la discriminación de las mujeres en el arte consista en confinarlas a exposiciones exclusivamente femeninas.

Y sí, también existen mujeres machistas: mujeres que se subestiman a sí mismas y pretenden que las demás hagamos lo mismo, reproduciendo los mecanismos de subordinación que históricamente nos han limitado. Mientras los movimientos feministas continúen privilegiando, en determinados contextos, los intereses políticos, las estrategias de poder o las dinámicas elitistas por encima de una perspectiva verdaderamente humana e inclusiva, difícilmente podremos erradicar las distintas formas de discriminación, violencia, criminalidad y abuso que se ejercen contra las mujeres desde estructuras religiosas, jurídicas y gubernamentales. La lucha por la igualdad no debería convertirse en otro espacio de exclusión, sino en una reivindicación de la dignidad, la libertad y la justicia para todas las personas.

Si tuvieras que escoger tres obras propias para conservar en una colección personal, ¿cuáles elegirías y qué relación mantienes con la idea de que el arte pueda resolver algo?

Con respecto a las obras que más me interesan de mi propia labor, o con las que presuntamente he resuelto «algo», te diré que me resulta difícil escoger entre esas expresiones que me han acompañado a lo largo de mi vida. Realmente, pienso que el arte no cura ni resuelve nada; más bien, alivia y constituye un canal más para que los observadores se regodeen en su propia dictadura mental. El ácido sale un poco de la mente cuando un artista se expresa, pero no te ilusiones, porque apenas se asoma. Si yo fuera coleccionista de mi propio trabajo, escogería dos obras de Expresión Sicógena y una de Absolut Sandra.

Espacio Aglutinador: tres décadas de arte independiente frente a la censura en Cuba

Has afirmado que Espacio Aglutinador era una obra en sí mismo. ¿En qué sentido consideras artística su propia existencia?

Con relación a tu pregunta: tendría que responderte que Aglutinador no tenía «componentes artísticos», porque era Arte en sí mismo. Su objetivo, su existencia y su proyección eran, en su totalidad, una manifestación artística. Obviamente, sin el Arte, el Espacio Aglutinador no hubiese existido. No se puede definir a Espacio Aglutinador a partir de las obras, las exposiciones o las actividades que acogía, sino como una práctica artística integral, en la que el propio espacio, su existencia y su proyección constituían la obra.

Dragón bandera, obra de la artista cubana Sandra Ceballos.

¿Cómo interpretas la censura en la historia cultural cubana, especialmente después de 1959, y de qué manera has vivido personalmente sus mecanismos de exclusión?

La censura —con diferentes terminologías— existe desde que existe el ser humano. Comienza en la familia y se extiende a las distintas sociedades, gobiernos, religiones, sectas, etc. En cada contexto se manifiesta de diversas maneras. En Cuba, la censura también ha existido históricamente, sustentada en criterios morales, políticos y en las tradiciones costumbristas. En el ámbito artístico, después de 1959, el gobierno cubano persiguió y reprimió brutalmente a artistas homosexuales y a quienes eran considerados hippies, confinando a muchos de ellos en campos de trabajo forzado, como las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Algunos lograron salir de Cuba y emigrar a otros países; otros fueron víctimas de castigos que los recluyeron en sus propios domicilios, mientras que muchos más fueron sencillamente borrados de los espacios de divulgación cultural por funcionarios, críticos de arte, curadores y especialistas en artes y letras, artes escénicas, entre otros. Mi caso es bastante evidente, como ya expuse en una respuesta anterior. Formo parte del grupo de artistas discriminados en Cuba por mi actitud irreverente y resiliente frente a un sistema cultural corrupto y mediocre. Y lo que más me gusta de todo esto es que no me arrepiento absolutamente de nada.

¿Qué significó para ti la experiencia de Espacio Aglutinador como espacio de aprendizaje, libertad de expresión y convivencia entre artistas con posiciones estéticas diferentes?

Indudablemente, el Espacio Aglutinador fue una escuela que me inició como curadora y me hizo crecer en el ámbito del libre pensamiento y la democracia en las artes. Amplió mis conocimientos sobre la libertad de expresión, no solo en lo referente a las ideas políticas y a los conceptos estéticos subjetivos, sino también en relación con las diversas herramientas y formas expresivas que tantas veces son despreciadas por los ortodoxos que manipulan y divulgan la cultura y el arte más convencional o académico. Lo irreverente en el arte es, precisamente, lo que permite descubrir nuevos caminos y generar aportes significativos. En Cuba había y sigue habiendo mucho elitismo y discriminación hacia determinados creadores, y no únicamente por cuestiones políticas, sino también por razones de edad, personalidad, estética y cualidades que, paradójicamente, deberían constituir valores fundamentales, pero que hoy día parecen no ser relevantes para la divulgación de la obra de un artista: la honestidad, la sinceridad, el respeto por uno mismo y la ética profesional. Esta discriminación no procede exclusivamente de los funcionarios de la oficialidad cubana, sino también de artistas que detentan el poder, críticos que se venden y curadores más interesados en la posición económica o en el poder que ostentan los artistas que en la calidad de sus obras. En general, el Espacio Aglutinador desarrolló una labor altruista, democrática y justa. Allí no se hizo política panfletaria, porque su propia existencia y su estructura conceptual constituían, en sí mismas, un acto político.

El precio de sostener Espacio Aglutinador: intimidad y creación personal

Realmente, mi casa-estudio fue siempre un espacio de confrontación y celebración para artistas e intelectuales, muchos años antes de que se inaugurara el Espacio Aglutinador.

¿Cómo se convirtió tu casa-estudio en Espacio Aglutinador y qué consecuencias tuvo esa transformación para tu intimidad y para la atención que dedicabas a tu propia obra?

Realmente, mi casa-estudio fue siempre un espacio de confrontación y celebración para artistas e intelectuales, muchos años antes de que se inaugurara el Espacio Aglutinador. Por aquellos tiempos, mi pareja era Félix Ronda, un excelente médico y caricaturista que publicaba sus dibujos en DDT, una revista dedicada al cómic. A principios de los años noventa conocí al artista Ezequiel Suárez y comenzamos una bella relación, tanto afectiva como artística. Decidimos entonces abrir un espacio de exhibiciones en mi estudio, ante el recrudecimiento de la censura y la discriminación hacia los artistas e intelectuales ejercidas por funcionarios de las instituciones culturales cubanas y sus especialistas y curadores. En 1994 realizamos en mi casa la primera exposición, Arte degenerado, en la era del mercado. Así comenzó una experiencia que, progresivamente, fue erosionando mi privacidad doméstica. Lo más interesante del Espacio Aglutinador, desde el punto de vista formal, fue que nunca intentamos imitar una galería de arte convencional. Por el contrario, preservamos deliberadamente la apariencia de un hogar, con sus muebles y objetos cotidianos. La privacidad terminó por desaparecer por completo y nuestra casa se convirtió en un recinto de acogida y tolerancia para los artistas. No viví aquel destino como un sacrificio, sino que lo disfruté. Sin embargo, con el paso de los años sentí la necesidad de dedicar más tiempo a mí misma y a la divulgación de mi propia obra. Decidí entonces poner fin a mi labor altruista y justiciera para volver a ocuparme de Sandra.

El arte como denuncia de la violencia machista y las exclusiones culturales

¿Cómo abordas desde el arte la violencia contra las mujeres y qué lugar ocupan la experiencia personal, la impotencia y la denuncia en ese proceso creativo?

Cuando uno fabrica un objeto artístico o realiza una performance, no solo expresa un sentimiento o conceptualiza una idea determinada, sino que también revive su propio drama, aunque este permanezca enmascarado. Los canales secretos de la mente liberan traumas y frustraciones de los que ni siquiera el propio artista es plenamente consciente. La elección de un tema determinado puede convertirse, en última instancia, en un pretexto para dar rienda suelta a conflictos psicológicos no resueltos. La violencia de género, al igual que cualquier otra forma de violencia, es intolerable. Los asesinatos, las torturas y las historias de mujeres víctimas de monstruos con apariencia humana son realidades que no podemos pasar por alto. El arte constituye también una herramienta de denuncia, una vía para expresar el dolor que provoca la imposibilidad de actuar con mayor eficacia en el momento preciso y salvar esas vidas. La impotencia ante el crimen: he ahí un sentimiento tóxico que permanece sin resolver. El arte protesta no es más que un grito que, lamentablemente, muchas personas prefieren ignorar.

Discursos Mangas, obra de la artista cubana Sandra Ceballos, perteneciente a una serie que incorpora fragmentos de discursos de Fidel Castro.

¿Qué piensas de las clasificaciones generacionales y de los mecanismos mediante los cuales se construye el reconocimiento de artistas y movimientos en la historia del arte?

Nunca he estado interesada en separar o segregar a los artistas, ni en dividirlos por generaciones, edades, género, país o región, religión, sectas, tendencias, etc. Precisamente, uno de los conceptos fundamentales del Espacio Aglutinador fue escapar de esa tendencia al escrutinio ortodoxo dentro del ámbito artístico. El propio término Aglutinador reafirma esa idea. El sectarismo y la fragmentación en las artes propician la competencia, las enemistades, las injusticias, las difamaciones, la envidia y la discriminación. Todas las generaciones aportan al arte y a la vida. De hecho, todos los artistas aportan algo. La apreciación y valoración de una obra de arte determinada son subjetivas. Nadie es mejor que nadie.

También está más que demostrado que la fama de determinadas generaciones, movimientos artísticos o artistas no depende exclusivamente de los valores estéticos o conceptuales de sus obras, sino que está condicionada, en gran medida, por el marketing, las relaciones personales —de amistad o íntimas, dicho finamente— y los intereses económicos. Toda una estructura de legitimación que, con frecuencia, poco tiene que ver con la valoración estética o conceptual de las obras. En este contexto, el talento tampoco es necesariamente el factor determinante, aunque puedan existir coincidencias entre el reconocimiento y las cualidades de una obra. Al final, los conceptos de calidad, belleza y relevancia de los aportes de una generación son igualmente subjetivos. Unos dicen que sí; otros, que no. Unos afirman que aquí; otros dirán que allá. Y así se construyen y se disputan los criterios de valoración artística, como si existiera una verdad absoluta capaz de establecer qué generación artística o quién merece ser reconocido y quién no.

Sandra Ceballos ante la censura: nuevos proyectos y una libertad sin concesiones

Sandra, te entrevisté por primera vez en 1993. Más de treinta años después, ¿qué convicciones conservas, qué ha cambiado en tu manera de entender el altruismo y la autonomía, y qué le dirías hoy a aquella Sandra?

Al paso de los años, sigo pensando igual con respecto al arte y los artistas. De hecho, mis dos nuevos proyectos, Mi mundo = al mundo (galería online de Espacio Aglutinador a través de Instagram) y La Clínica (espacio físico dedicado a la performance), se sustentan en los mismos fundamentos democráticos que se desarrollaron en Espacio Aglutinador. Pienso que ahora soy más democrática, pero también más autosuficiente y menos samaritana. El exceso de altruismo de aquellos tiempos, hace treinta años, no me permitía reconocer la injusticia que estaba cometiendo conmigo misma y con mi trabajo personal. La labor artística de los demás siempre ocupaba el primer lugar. Por suerte, nunca dejé de trabajar en mi propia obra, aunque sí dejé de promoverla. La autosuficiencia, en su justa medida, engrandece cualquier labor que se emprenda, porque expresa autoestima, y sin esta es difícil avanzar. Para poder ser justo y altruista hay que empezar por amarse a uno mismo, con espíritu autocrítico, pero también con justicia. Yo le digo a Sandra todos los días: vivir auténticamente, sin caretas fatuas, es un entrenamiento para morir en paz.

Después de tantos años de creación y de defensa de espacios independientes, ¿qué significa hoy para ti la libertad artística y cómo quisieras que se comprendiera tu obra más allá de Espacio Aglutinador?

El arte es, prácticamente, una ecografía del cerebro del individuo. Serás libre creando en la medida en que alcances un justo autorreconocimiento y ejerzas tus propias libertades, sin permitir la intromisión de segundas o terceras personas. Hacer concesiones políticas, sociales, morales, familiares o comerciales durante el proceso creativo conduce directamente a la pérdida de libertad expresiva. La obra de arte se convierte entonces en un instrumento manipulable, subordinado a objetivos concretos ajenos a su propia naturaleza artística/conceptual y pierde así su autenticidad creativa. Cualquier temática es válida si se aborda desde una libertad expresiva plena y en mutuo acuerdo del artista consigo mismo.

Cualquier temática es válida si se aborda desde una libertad expresiva plena y en mutuo acuerdo del artista consigo mismo.

A lo largo de los años he defendido esa libertad de expresión, a pesar de todos los pesares que he tenido que soportar. A partir de 1996 fui discriminada como artista por parte de funcionarios de instituciones culturales cubanas, curadores y críticos de arte al servicio de la dictadura, así como de los propios artistas que respaldan el sistema político de Cuba. Me refiero también a aquellos creadores que han conseguido establecer determinadas cuotas de poder y organizan eventos colectivos, pero que, además, pretenden monopolizar la divulgación nacional e internacional de ciertos artistas cubanos mediante el apoyo del régimen dictatorial, mientras se presentan como supuestos «contestatarios». Son esos Mefistos que juegan a los dos bandos, que se acomodan a las contradicciones del poder y que, paradójicamente, detestan y apartan a los artistas verdaderamente libres, sinceros y corajudos, los cuales, contra viento y marea, han aportado una enorme fuerza creativa y riqueza espiritual sin hacer concesiones al dinero, a la represión y censura política, el poder o la fama.

Ser un artista libre y auténtico no tiene necesariamente que ver con ser bueno o malo, ni con el reconocimiento, el prestigio o la aceptación de una obra. Tiene que ver, ante todo, con el respeto a uno mismo y a los demás; con la capacidad de mantenerse fiel a las propias convicciones sin someter la creación a intereses ajenos.

Vigo, 29 de octubre de 2026

© Virginia Ramírez Abreu, 2026. Todos los derechos reservados.

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